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Como el cielo los ojos

Paco 9

Edith Checa
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Vaya testamento de mierda que ha dejado. ¿Pueden tenerse menos cosas en esta vida que las que tenía esta mujer? No sé dónde echaba el dinero que ganaba. A ver si va a ser verdad eso de que no tenia suficiente al mes como me decía. No, si... al final he sido también un hijo puta en eso. Reconozco que no la he mandado un duro por la niña en los últimos tres años, pero es que a mí me iba igual de mal.

«Dejo a mi hija lo poco que poseo: mis libros, todos mis libros, con el deseo de que se aficione a la lectura algún día. Deseo que los guarde como un tesoro, como ella sabe que yo guardaría los suyos, y que, poco a poco, a lo largo de su vida, lea aquellos libros que me hicieron vibrar, soñar, huir de mi realidad que nunca fue fácil desde que tengo memoria. Si no pudiera conservarlos todos, al menos que se quede con los que apunto en la lista del final de este testamento. Pero sobre todo quiero que conserve mis libros de poemas, en ellos hay flores secas que no quiero que se pierdan y lágrimas de todos los tiempos: algunas son antiguas y han amarilleado en las hojas entre letra y letra; algunas son lágrimas frescas que aún huelen a la sal de alguno de mis mares. Entre las hojas encontrará a veces consuelo; otras, esperanza; otras, melancolía, pero sobre todo me encontrará a mí, y quizás alivie el dolor de nuestra separación. También dejo a mi hija esas pequeñas cosas que ni siquiera son mías, son de ella: el viejo ordenador, para que se meta en él con la misma sensación de misterio que siempre me metí yo, como la protagonista de aquel cuento que me inventé, Marga, la niña rica y solitaria que se encerraba en la biblioteca de su padre y cogía libros de viajes y se metía en ellos (como hacía Mary Poppins y sus amigos en los cuadros pintados en el suelo del parque); la cámara de vídeo, que también es suya, para que aprenda a captar los sentimientos de la gente que ama como yo capte los suyos y los de nuestra pequeña familia; los vídeos que están grabados, cuando pase algún tiempo y ya podáis verlos sin sufrir, guardadlos y enseñádselos a mis nietos. Sobre todo a la tercera Isabel de la saga, que sé que llegará a quererme como abuela sin haberme conocido. Mis compacts de música clásica y de ópera, Adagietto de Mahler o Meditación de Jules Massenet con los que he escrito mis poemas más tristes; o Brindisi de la Traviata con el que recibía aire fresco y una gran fuerza para seguir tirando, o Un di felice o sonata Claro de luna de Beethoven que también se hacían eco de mis tristezas.

»A mi madre no sé qué dejarle porque no tengo nada de valor excepto los versos que alguna vez le he escrito; las cintas de cassette con canciones que le canté cuando era niña y que son copias por si perdía las suyas. Ahora me doy cuenta de lo poco que tengo para daros. Ahora, cuando me siento a escribir este testamento, me doy cuenta de lo vacías que están mis manos: mis pendientes son baratijas del rastro, y los cuadros que están colgados en las paredes de mi casa tienen sólo el valor sentimental que les queráis dar. Son lienzos en los que mi inexperta mano quiso plasmar el colorido que veo en la naturaleza, a veces irreal de tan hermosa. Haced lo que queráis con ellos aunque hay uno que quisiera testar a una gran amiga. Una de esas amigas que se tienen de toda la vida y que se ha pasado ¡toda la vida! pidiéndome el pequeño cuadro en el que pinté una noche de luna llena en la playa, y que nunca se lo di porque para mí tenía un gran significado. Lo pinté en una época en la que aún creía en el amor, en el ser humano, en el hombre, en mí, por eso no podía regalarlo. Siempre que estaba perdida en un laberinto sin salida lo miraba e inmediatamente volvía a recuperarme, a recuperar aquella joven inquieta, idealista, un poco ingenua pero feliz que creía en todo, y más que en nada en sí misma. Con tan sólo mirar aquella marina nocturna me llenaba de fuerza, de fe y de esperanza. Una fe que, como el cuadro, ha ido perdiendo intensidad, él por el paso del tiempo, yo por las apisonadoras que pone la vida en cada esquina, por los cinceles que van deformando los perfiles de nuestras biografías y la piel de nuestras entrañas. Así que por fin, querida Paloma, te dejo el cuadro que tanto me pediste, me hace ilusión dártelo, siempre prometí que te lo regalaría.

»Los pocos muebles que tengo y que no vayan a servirle a mi hija pueden ser vendidos o regalados. Más bien lo último porque carecen de todo valor y están viejos. El coche, aunque está hecho una pena, aún puede servirle a mi hermano, pero, si lo vende, el dinero que saque por él será para mi hija, que mi madre se lo administre, para que se compre esas cositas que tanto le gustan: pendientes y anillos, lápices de labios, perfiladores y zapatos -su obsesión- para que tenga todos los zapatos que desee.

»Intento recordar si hay algo más que pueda dejar a mi hija, a mi madre, a mi tía o a mis hermanos y no recuerdo nada. Tan sólo se me ocurre que dentro del ordenador hay muchas cosas escritas que a lo mejor algún día alguien piensa que pueden tener algún valor y desea publicarlas, quizás entonces mi hija consiga tener una herencia digna. Así que ruego a mi madre y mi tía que busquen a alguien que sepa de estos temas y que intente sacarle algún provecho.»

¡Vaya herencia! Encima la niña está empeñada en que nos llevemos todo. Miles de carpetas y de cajas de zapatos en los que su madre guardaba lo más inservible. Hoy me ha enseñado una caja transparente llena de rosas que están negras y puestas sobre un pañuelo amarillento de encaje. Me ha dicho que quiere conservar todo, todo. Me ha mirado con lagrimillas en los ojos y me ha dicho: ¿Sabes qué es esto? Flores viejas, le he contestado. Es el pañuelo de encaje que llevaba mamá el día de vuestra boda y las rosas son las que tú le regalaste cuando cumplió sus diecisiete años. Sólo hay dieciséis porque una de las rosas la dejó entre los pies clavados del Cristo que hay a la entrada de la Iglesia de San Antonio de la Florida. No voy a dejar nada de mamá aquí, me ha dicho. Si no me llevo sus cosas yo tampoco voy.

Por más que le he explicado que esta casa hay que dejarla porque no podemos pagar el alquiler eternamente; por más que le he dicho que en mi casa no caben tantos muebles y libros y carpetas y cuadros y las dos gatas, no lo entiende. Me ha amenazado con quedarse con la abuela a vivir porque dice que ella va a tirar sus muebles y a colocar los de su mamá en su casa y que va a conservarlo todo así siempre hasta que se haga mayor y se los lleve si lo desea. Dice que Isabel les ha dicho en las cartas que cuidará de todos desde el otro lado del arco iris; que estará siempre pendiente de ellos y que las cosas que amaba están tan cargadas de su cariño que les harán felices. Al final no sé lo que voy a hacer pero me tengo que ir si no quiero arruinarme. Estoy dándole vueltas, podría irme sin la niña y volver. Tampoco me dicen cuando será lo de las cenizas, además la abuela y la tía dicen que por qué la niña tiene que perder el curso, que la deje aquí hasta el verano. No sería mala idea. Los primeros meses serán los peores y nadie mejor que su abuela para comprenderla y ayudarla. Además yo no soporto ver llorar a mi hija, me destroza.

«Hola, en este momento no puedo atenderte. Al oir la señal deja tu mensaje y te llamaré.»

¡Que no hay manera!, yo creo que este tío está en casa pero no coge el teléfono nunca. Le he dejado ya un montón de mensajes y nada, que no llama. Bien, ha llegado el momento de buscar en las agendas.

Ha sido más fácil de lo que me esperaba. Sencillamente la dirección estaba en la agenda que hay cerca del teléfono. Tengo la dirección pero no sé... Ahora que lo pienso me parece una gilipollez ir a ver a ese tío. Pero es que es una curiosidad morbosa la que me obliga. En el fondo es enfrentarse a un rival con el que mi ex se lo ha pasado bien. Me apetece conocerle, incluso, por qué no, tomarme un café con él. Me jode, aunque esté muerta, que se lo haya pasado bien con otros.

¿Y cómo le reconozco? Ya sé. Le preguntaré a la nena a ver si tiene fotos del Iñaki.

¡Vaya chasco! Ahora resulta que con ese tío sólo ha estado saliendo cuatro meses. Luego estuvieron una época como amigos y más tarde rompieron. Un mes antes de que muriera ya no se hablaban. Dice mi enana que se portó fatal, que le mandó una carta que era más bien un telegrama, y que Isabel se puso furiosa y no paraba de decir que ese tío estaba loco, que era un paranoico. Cuatro meses, más tres de amigos, más uno sin hablarse. Ocho meses. Comenzaron en junio de 1994, bueno y ¿qué más da? Yo pensé que era otra cosa. A esta mujer nunca se le han dado bien los hombres, pobrecilla.

De todas formas da igual. Quiero verle la cara al dueño de los perfiles cósmicos.

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónEnero 1999
Colección RSSNarrativas globales
Permalinkhttp://badosa.com/n052-p09
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