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Como el cielo los ojos

Javier 9

Edith Checa
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Gracias, Berta, por confiar en mí. Hoy he ido a ver a la madre. No he podido esperar más tiempo aunque sé que él está aún en la casa y no puedo entrar. O quizás por eso, porque sé que está y no respetará ni un solo papel o carta o rincón de la casa sin cotillear. He ido a ver a la madre. Me ha recibido muy cordial. Hemos tomado café... Tiene algo de ella: no son sus ojos, ni su boca, nada concreto, es un aire, cierto parecido. Por un momento me he imaginado a Isabel de mayor. Te sonará a topicazo cursi, pero me hubiera gustado verla envejecer. Llegar a tenerla conmigo siendo así de mayor. El pelo gris, la piel suave, la carne blanda..., sus arrugas... Me preguntó si la conocía. En ese momento, rodeado de cosas que ella seguro amaba, porque es la casa de su infancia, delante de aquella mujer, su madre, y con la pregunta suspendida en el aire, las palabras se me han atragantado y, lo sé, se me han cargado los ojos. Hubiera querido decirle que me estaba enamorando de ella, que estoy enamorado de su hija, cuando el destino, la mala suerte o lo que sea, se la ha llevado. Pero no he podido decirle nada. Sin embargo estoy seguro de que esta mujer me lo ha notado porque ha puesto su mano sobre la mía para darme alivio. Me ha hablado de ella... Me ha dicho que durante los últimos meses no le iban bien las cosas en su trabajo, tampoco a nivel personal... Pasaba un mal momento.

«Había tenido complicaciones y aunque ella no le daba mucha importancia yo sé que se lo tomaba muy en serio. Estaba pasando una crisis. Ella siempre me decía que cuando se toca fondo es cuando tomas conciencia de la perspectiva de tu vida y tienes la fuerza suficiente para pegar un fuerte impulso y salir, y no ahogarte. Sentía que había tocado fondo y necesitaba dar un salto, un vuelco a su vida. Volver a construir sus cimientos que estaban deteriorados y crearse más fuerte... Cuando se sentía muy mal se encerraba en casa y no me quería ver, ni contar nada, porque si lo hacía lloraba y no quería hacerme sufrir. Yo sabía que estaba deprimida porque se le agriaba el carácter, se ponía muy nerviosa. Contestaba mal a todos y por cualquier tontería. Le sentaba mal la mínima bobada y se ponía a chillar como una energúmena. Pero al rato, siempre, recapacitaba y me pedía perdón. A todos nos pedía disculpas. Y si le preguntaba por qué estaba tan nerviosa, decía lo mismo: ¡No me preguntes, mamá, no me preguntes! Ya te lo contaré cuando no me duela tanto... Así era ella. Se le saltaban las lágrimas.»

Me ha entregado un sobre cerrado. He leído lo que pone en el exterior y no he podido contener la risa: «Claves de acceso a mi ordenador. Inútil intento de robo, todos los textos están inscritos en el Registro de la Propiedad Intelectual». Al darme el sobre me ha seguido hablando.

«Berta me ha dicho que eras un gran amigo de mi hija y que entiendes de poemas y de cuentos y de esas cosas que escribía. Espero de verdad que te guste lo que ha escrito en estos años y que puedas hacer algo. No sólo por el dinero, que le vendrá muy bien a mi nieta, sino porque ésa era una de sus ilusiones, ver publicado algo y... se fue sin conseguirlo.»

Se le atragantó la última frase. Tiene los ojos muy pequeños, me he fijado bien, es por la hinchazón de los párpados... Al despedirnos me ha dado un abrazo intenso, cargado de amargura y de soledad, uno de esos abrazos que sólo las madres que pierden un hijo pueden dar.

He caminado por la ribera del río hacia su casa, hay menos de un kilómetro. La calle ya no es un barrizal como lo fue durante aquellos años en los que jugaba al escondite entre los árboles. Ahora está asfaltada, aunque no pasan muchos coches. Las tres hileras de fresnos y tilos gigantescos que ella describe, aún sin hojas, adornan la ribera...

«...los mismos que ahora podía mirar, un poco más viejos, como yo; y, en apariencia, más pequeños, también como yo. Nunca, en esa época de mi niñez, me sentí fuerte y grande, quizás tuvo que ver mucho aquella escalinata.»

La escalinata, ahí está. Los peldaños están ya muy deteriorados, y no veo la terraza de la que habla en el cuento. Arriba, frente al portal 21, sólo hay un jardín con dos árboles. Imagino que tampoco vivirán ya en el edificio sus amigos... Y ésta es su perspectiva, las tres hileras de tilos y fresnos y el poyete blanco que bordea toda la ribera del río... Camino. Camino por el mismo paseo que hacía ella cuando regresaba de visitar a su madre. Respiro y disfruto de esta mañana de primeros de marzo.

«Escribo esta carta sin tristeza, sin sufrir, serena y tranquila, así que espero no entristecer a nadie. Mientras escribo, a ratos, miro por la ventana y veo los árboles aún sin hojas. Estamos a finales de febrero de 1995 y, aunque aún falta para que llegue la primavera, ya intuyo en las ramas de los tilos los primeros brotes de vida. Los almendros de mi barrio han florecido, de este barrio. Imagino que en pocas semanas el Valle del Jerte se vestirá con su manto alba, y que Sevilla comenzará a oler a flores de azahar... Percibo el olor de la primavera, del nacimiento de la vida, como si fuera la primera vez, o como si fuera la última... Y reconozco que esta sensación de sentir todo como si fuera la primera vez, o la última, la disfruto desde hace algún tiempo, y me doy cuenta de que, desde entonces, soy más feliz que nunca... Recuerdo ahora los versos de León Felipe que tanto me impactaron y tanta razón tienen: “que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo, pasar por todo una vez, una vez sólo y ligero, ligero, siempre ligero, para que nunca recemos como el sacristán los rezos, ni como el cómico viejo digamos los versos... para enterrar a los muertos como debemos cualquiera sirve, cualquiera, menos un sepulturero.”»

Yo también siento ahora las cosas de otra forma, como si fuera la primera vez que las veo, o la última, como ella las veía:

«...vivas, intensas; todo, no sólo el color, o la luz, los perfumes, las texturas, sino los versos, la música, la calidez de los abrazos, las palabras, los susurros, las miradas, las caricias..., la caricia perdida ¿quién la recogerá?»

¡Las caricias que pude darte! Aquella noche en el baile debí acariciar tus mejillas, decirte que comenzaba a amarte. La caricia perdida ¿quién la recogerá? La caricia perdida, el tiempo perdido, el amor perdido, los años perdidos, su vida perdida. Tus cenizas... que se perderán fundidas en el viento y en el mar...

«Y el viajero que tiene como el cielo los ojos y que está entre vosotros ¿me reconocerá?»

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónEnero 1999
Colección RSSNarrativas globales
Permalinkhttp://badosa.com/n052-j09
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