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Letargos violeta

Edith Checa
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OBSERVARÉ
soñolienta,
en un espacio infinito,
tus ojos cerrados
exhalando
olor a niño dormido
bajo el peso de mi cansancio.
Profeta que riges el sendero
de mis vergeles de abrazos,
que alegras, con el plañir de tu trovador
impulso, mi sino.
Amado rumor de amor callado.
Abrasas al son de una playa
la reliquia en tu mirada
de esposo del destino.
EL EDÉN,
amor de los árboles
                         en tus ojos,
resuenan riachuelos
de risas.
El equilibrio de la naturaleza
está en tus manos,
en los trinos de tu presencia,
en el galopar
salvaje
de tu silencio,
en la siesta bajo un sauce
de éxtasis.
Y VERÁS
en un banco del parque
la guitarra y la rosa.
Verás cómo a la estatua de la niña fuente
le brota agua de horas.
Camina, crujen las hojas,
y el rocío lava tu herida,
                          mi hora.
ANÓNIMA GAVIOTA
rozaste tímidamente mis rejas,
                          de soslayo el interior.
Frente a frente los barrotes
se dejan perfilar aún más
en tu huida.
La atmósfera se ha impregnado
del aleteo de tu vuelo.
Los barrotes son de espuma
y hay un agujero negro para seguirte.
Remonto el aire
en la escapada vertical hacia la cúspide
de tu pensamiento.
LE PIDO AL SOL
un rayo de su luz
y formo oscuridad
en el amanecer de un recuerdo.
Le ruego al sol
un rayo de su luz
y creo el violeta
y un suspiro azul.
Le lloro al sol
un rayo de su luz
y anida en la ensangrentada
ausencia de tu boca.
TU RISA, tétrica ironía
Señor del mar sereno.
eres hoy puñal hiriente
de pasión.
Campanillero de ilusiones,
amigo,
caminante,
te despides.
MORIBUNDO, descubierto en versos.
Evades el tímido juego de un poema
con el rumbo de la pluma
al trasluz de tus palabras secas.
Mueres sin saberlo
en tu sequía.
TUS OJOS fueron, en la noche,
tornándose silenciosos,
en una maduración precoz
que hería.
La noche quedará perdida
en la rima de mis sueños
como un verso cumplido
en el foso de la nada.
EN MIS MANOS, la tierra.
En mis manos brotaba de sus pétalos
el mundo,
                        en mis alas.
El dolor de la espina rosada,
con furia,
en un sordo gemido
en mi pecho
se confunde.
LA LUNA, en su rielar
de añoranzas,
evoca ecos lejanos
que expanden el son
de mi guitarra.
La luz temprana
impregna
de amores sedientos
la mañana.
ENJUGA EN MI PAÑUELO,
bordado de años
y de desiertos,
bordado de ausencias
y de «te quieros»,
tu llanto
de marino
enamorado.
UNA GUIRNALDA DE VERSOS,
que el alma
aflora en la garganta
de una rosa,
navega por la senda
de las tinieblas de unos ojos verdes.
Y el reposo en los brazos del miedo
abriga al menos la soledad
de ser mujer,
y mece los fantasmas del gorrión
por las alturas del águila.
Y en una nube por fin reposa
                          la cordura.
CALLA.
El mar y sus aves,
con la brisa,
que no le despierten.
Busca en el letargo de mis palabras,
y en mi vientre
al hijo del mar.
Calla.
En la ansiedad de sus párpados
susurra mi nombre.
Pero es hora de partir.
La vida le debe tiempo.
BESASTE MI GUITARRA
y lloré sobre ella
como se llora ante la tumba
de una quimera.
Una caricia tuya hizo vibrar
las notas de un sollozo en re mayor
y conseguí sonreír la pena.
Y EL AIRE IMPREGNADO de pino.
Paz.
El cielo se torna agradecido
y relajado
por el encuentro de un olvido,
más intenso
por ser breve.
EN MI VENTANA, madera
                                 rota.
Una brisa en la piel,
en la vejez,
                  por el vaivén,
de un entresueño intermitente,
de una catarsis.
Violeta olvidada
en un sueño juvenil
                  de rabia,
                         impotencia.
Otoño
de besos,
                  sonido de
                  luna,
oleaje de un sueño.
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Copyright ©Edith Checa, 2000
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Fecha de publicaciónDiciembre 2000
Colección RSSTrasluz
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