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Como el cielo los ojos

Paco 3

Edith Checa
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¡Qué carta más bonita!, lo sabía. Ha conseguido hacerme llorar. Cuando nos casamos me leía relatos y poemas. A mí no se me daba bien eso de entender el significado de la poesía pero ella me lo explicaba... hay que desmenuzar el poema para entenderlo, pero con el corazón, no con la cabeza, la poesía no se entiende más que con el corazón... Durante los cinco años que vivimos juntos me animó a que leyera, y leí bastante, nunca a su ritmo por supuesto. Le gustaba compartir las lecturas conmigo. Me hacía pensar sobre lo que el autor quería decir con aquello. Podíamos estar horas hablando, frente a frente, sobre la cama con las piernas cruzadas. Al hablar elevaba las cejas y abría mucho los ojos como si yo fuera un niño al que hay que contarle las cosas con entusiasmo para que se entere. Hablaba con los ojos, también con su modulada voz que sabía manejar a su antojo: ahora subía el tono, ahora susurraba para que pusiera más atención. Mi afición a leer se esfumó cuando nos separamos, así que tanto interés y entusiasmo por su parte no sirvió de nada.

Parece que nos vamos a quedar aquí y que la gente irá acercándose para saludarnos. Mi niña está mejor. Todos estamos bien. Algunas personas me miran extrañadas, sé que cotillean, saben que soy el ex. ¿Y a mí qué me importa? Soy el ex pero siempre nos hemos llevado bien. Cinco años de novios y cinco de casados dan privilegios. Ella fue más mía que de todos los que están aquí juntos, exceptuando claro a mi hija y su familia directa, su única familia porque no tenía más. Siempre se quejaba de que eran pocos, sólo dos hermanos, su madre, su tía y la nena. Sin primos, ni sobrinos. Menos mal, me dijo un día, y se le saltaban las lágrimas, que tengo un sobrino... ¡postizo! Lo decía por mi sobrino, el hijo de mi hermana.

Cada persona nos saluda a su manera, son amables. Algunos están realmente tristes. Hay algunas pibas que no están mal aunque ya son mayorcitas, como ella. Nada, ninguna es mi tipo, son demasiado mayores para mi gusto. Veinteañeras ni una. En la cola hay una pibita, ¿a ver, a ver? ¡Bah!, cómo no, acompañada. Un tío le tiene el brazo echado por los hombros, la ha besado en la oreja. Me da la mano, la miro a los ojos y noto que se estremece, ¡macho, si esto no fuera un funeral iba a durar muy poco esta tía a tu lado!

Me estoy cansando de tanta mano y tanta leche. ¡Qué de gente! ¡Vaya, lo que me faltaba!, un imbécil con cara de suficiente que me mira de mala gana y me aprieta la mano como para triturármela. Estoy a punto de romperle el pescuezo aquí mismo. Le voy a dar dos hostias como no pare de mirarme así. ¿Pero de qué vas tío?, ¿por qué me miras? ¡Qué cabrón! Qué autosuficiencia, un estirao de mierda, seguro que un compañero de trabajo, de esos que se creen algo porque tienen un título. Mucho título y ¡mucha polla-floja! Me estoy hartando. Quiero terminar de una vez con esta mierda.

Todo el montaje de la muerte de Isabel se me está haciendo eterno. No sé si decirle a mi suegra que la niña y yo no vamos a lo de las cenizas. ¡Vaya capricho! Encima la madre dice que, en la carta que le ha dejado, propone que si resulta muy complicado y costoso tirar las cenizas en Llanes que las metan en un pequeño nicho, que no le importa demasiado. Pero nada, la madre está empeñada en esparcir las cenizas sobre el mar, así que no hay nada que hacer. Sólo deseo de una vez por todas irme ya con la niña. Está hecha polvo. No sé cómo voy a lograr arrancarla de esta casa. Cuando le he dicho que nos vamos nada más volver del norte y que vendemos o damos las cosas que hay aquí se ha vuelto loca. Lloraba y gritaba histérica, no quiere vender nada, ni regalar nada, dice que ésta es su casa y que no piensa deshacerse de nada. Encima tengo que llevarme a las dos gatas siamesas porque eran de su madre y de ella. No sé qué voy a hacer.

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónJulio 1998
Colección RSSNarrativas globales
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