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Como el cielo los ojos

Javier 6

Edith Checa
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Se ha dormido, aunque de vez en cuando tiene pequeños estertores, suspiros, restos del llanto. Mueve sus ojos bajo los párpados, está soñando. Quizás ve a su querida amiga, y cómo se escapaban juntas de la clase de redacción periodística porque el profesor se adormecía, dos mujeres casadas comportándose como risueñas quinceañeras. Quizás recuerda aquellos momentos duros de su enfermedad en la que Isabel fue una de las pocas personas que, sin miedo al contagio, la visitaba para contarle chismes que le hicieran reír; o le relataba la desesperante y patética relación con su marido para que viera que ella también era desgraciada. Quizás en su sueño, recuerda las notas del Adagio de Albinoni que las hacía llorar a ambas pensando en la muerte de alguna de las dos. Sobre todo en la muerte de Berta a la que, por error o por poca fe en la ciencia, habían dado dos años de vida. Isabel unas veces le decía, ¡ya veras como vives más que yo! —y así ha sido— y otras, cuando Berta le razonaba, con su lógica habitual, los hechos irrefutables de su futuro incierto, Isabel se volvía melancólica y le pedía a su amiga que le hiciera alguna señal desde el otro lado... «pero sin asustarme, porque sabes que esas cosas de la otra vida me dan terror...»

He dejado a Berta bien dormida al cuidado de sus hijos. Tenía verdaderos deseos de llegar a casa para mirar, tocar, sentir a Isabel. Miro sus ojos claros de mar, verdes como el mar Cantábrico, en el que quiere fundirse para siempre. En el que quiso fundirse desde hace muchos años, desde que era una adolescente.

«Cuando pasen los días en mi vida, y mi alma tenga deseos de llorar; cuando mis recuerdos de alegría nublen mis ojos al mirar, volveré a esa tierra bendita, a ese puerto, con esa mar. Y allí sentada en aquella roca, con el viento en mi cara y la mar a mis pies, lloraré, y aquel mar que tanto quiero sin ya dudarlo mío será y yo seré de él. Cuando pasen los días en mi vida, y sola y con penas me halle, allí marcharé, porque no creo que en mi patria haya lugar de más consuelo que aquella que yo más quiero la tierra de mi querer.»

Tan sólo tenía quince años cuando ya anunció su viaje a Llanes, su vuelta para fundirse con el mar que tanto quería; para unir su esencia marina, sus lágrimas, con el Cantábrico. Y murió precisamente en su viaje a Llanes. Quería ir sola al encuentro con su mar.

«Cuando mis recuerdos de alegría nublen mis ojos al mirar, volveré a esa tierra bendita, a ese puerto, con ese mar, y allí sentada en aquella roca, con el viento en mi cara y la mar a mis pies, lloraré, y aquel mar que tanto quiero sin ya dudarlo mío será y yo seré de él.»

Pero no logró llegar, y ella lo sabía, por eso guardó en sus bolsillos las cartas de sus deseos, tenía miedo de no cumplir la promesa que le hizo al mar, por eso quiere que sus cenizas se esparzan allí, que las tiren desde esa roca. Quiere fundirse con el viento y el mar, diluir su esencia con la misma naturaleza para sentirse viva eternamente. Fundida en el viento, en el mar, en el recuerdo de todos nosotros; de todos los que veamos, por un segundo, suspendidas en el aire, dos galaxias de corpúsculos esmeraldas que fueron sus ojos; suspendida en el aire, por un segundo, la orquesta de amapolas rubí intenso bañadas de alborada que conformaron su boca; suspendidas en el aire, por un segundo, dos cortejos de millares de palomas blancas que fueron sus manos. Quiere perdurar en el recuerdo de los que la amamos, pero no nos permite que tengamos un nicho o una lápida para visitarla, un lugar para adornarlo con margaritas, un pequeño rincón donde nuestro llanto, al caer, limpie el polvo de las letras de su nombre. Sólo quiere estar fundida en el viento y el mar, y ser ráfaga de aire para refrescar nuestras mejillas. Quiere ser el aire fresco y limpio que entre en nuestros pulmones, y darnos vida, y limpiar nuestro oxígeno enrarecido.

«Estoy pidiéndole al sol que me preste un rayo de luz para formar un amanecer en la oscuridad de mi alma, y ser sol, aurora y vida y ser los dos un suspiro azul.»

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónOctubre 1998
Colección RSSNarrativas globales
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