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Como el cielo los ojos

Iñaki 5

Edith Checa
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Quizás me he pasado con Teresa, pero no puedo soportar que Isabel haya contado cosas nuestras. Esta gente habrá pensado, con tanto rollo de que salíamos con nuestros hijos, por lo menos ¡que estábamos a punto de vivir juntos!, pero ¡qué payasada! Ante todos debo de ser un cerdo, otro más en su vida. Tiene obsesión porque todos los hombres se han portado con ella como cerdos, y ahora mis amigos pensarán que lo soy. Encima ella es la muerta, la mártir, la maravillosa mujer abandonada. Yo sólo quería ser amigo, sólo eso, se lo dije un día: quiero sólo amistad, nada más. Pero ella ansiaba más, mucho más, por eso me mandó esta carta, ¡esta asquerosa carta que tanto daño me hizo!: por las mentiras, por las exageraciones, por sus reproches, pero ¿qué coño me va a reprochar a mí una tía que nada tiene que ver conmigo?, ¡estaba loca!

Querido Iñaki:

Comienzo a escribirte y no sé exactamente si al final será carta o diario; una sencilla declaración de sentimientos o una terapia individual. Ni siquiera estoy segura si tendré valor para mandártelo. Sólo sé que quiero hablarte, explicarte por qué he decidido que no nos veamos en algún tiempo, por qué necesito alejarme de ti. Deseo volver a ti como tú quieres, siendo sólo amiga.

El diálogo frente a frente desde el día de El Pardo se me hace muy difícil, quizás por la velocidad con la que al hablar soltamos las ideas, una detrás de otra sin terminar de explicar lo que sentimos realmente. Con esa velocidad con la que hablamos todo queda en la superficie y las ideas nunca llegan a madurar y a ser digeridas por el otro. Quizás también se me hace difícil comunicarme contigo después del Pardo porque la coraza que nos protege, y que apenas habíamos comenzado a abrir, se ha vuelto a cerrar y no nos permite ver, ni comprender. Tenemos miedo a que conozcan nuestra vulnerabilidad, yo no lo tengo ya. Hoy me abro aún más a ti sin miedo a nada.

Estoy tranquila y paladeo cada una de mis palabras que van saliendo sin más. Saboreo incluso el dolor que me produce escribirte. Y digo «saboreo» porque, aunque como ahora llore, siento que estoy viva y cargada de sentimientos. No todo el mundo tiene la suerte de sentir como yo, de vibrar como yo.

¡Tengo tanto amor dentro de mí que podría amarte toda la vida! Esto no lo puede decir mucha gente: «amarte toda la vida». Sin embargo tú me lo dijiste una noche en el cámping haciendo el amor, pero ya no te acuerdas. Me preguntaste llorando (llorábamos los dos) mientras nos amábamos: «¿Dónde has estado metida estos años? Voy a amarte toda la vida»; y yo te dije: «Quiero darte toda la felicidad que no te han dado y hacerte olvidar el daño que te han hecho», y te vi llorar mientras me amabas, y todo tú estabas dentro de mí, tan dentro de mí que no puedo sacarte como pretendes.

No sé dónde estarás sentado leyendo esta carta (sí, carta, porque he decidido que te la voy a mandar). Me gustaría que estuvieras sentado en tu sofá, el que está frente a la tele, donde pasamos muchas horas con las piernas y los brazos entrelazados y besándonos de cuando en cuando, mientras hablábamos de mil cosas y reíamos, mientras disfrutábamos de nuestra pereza de salir y decidíamos qué comida nos íbamos a hacer. O también, y sobre todo, me gustaría que la leyeras en tu cama en la que reímos y lloramos bajo las sábanas que cubrían nuestra ternura.

Recuerdo la primera vez que te enfadaste conmigo. Fue en Albarracín, ya ves, me habías llevado a un lugar maravilloso con el que estuve soñando veintisiete años, y cometí el error de poner mala cara cuando me enteré que habías cenado el día anterior con Carmen. Reconozco que soy un poco celosa, pero no fueron los celos los que me hicieron sentir mal, fue tu misterio, el no querer decir abiertamente dónde habías estado, el no querer compartir conmigo cosas tan sencillas de tu vida. No intento disculparme ni nada, ni siquiera sé por qué te cuento esto. Supongo que pensarás que estoy removiendo cosas ya pasadas, que nada va a cambiar, que para qué recordar todo. Es cierto, no voy en esta carta a ir paso por paso recordando cada momento bueno y cada error que cometimos. Pero déjame que añada que no hay que darle tanta importancia a lo que tú llamas independencia o libertad. Porque el que yo quiera saber de ti, hablar contigo cada día por teléfono o verte un par de veces por semana, no te quita la libertad que tienes de hablar con otras personas, de verlas, de cenar con ellas. El hecho de ocultar las cosas, de tener secretitos, no da más libertad, la libertad está en poder hacer lo que queramos sin tener que demostrarnos, constantemente, a nosotros mismos que somos libres.

Cuando estoy contigo, en esta época en la que sólo hay amistad, siento que hay un imán entre tú y yo, una complicidad extraordinaria, un gran cariño que puede durar toda la vida, sí, pero yo te amo, y cuando estoy cerca de ti necesito que me abraces, besar tus labios, acariciar tus párpados, besar tus mejillas, hacer el amor contigo, decirte que te amo. Durante este tiempo he intentado controlarme y casi lo he logrado: cuando hemos estado cerca he estado a punto muchas veces de besarte, de acurrucarme entre tus brazos, todo lo he podido controlar, aunque luego al alejarme de ti me haya embargado una inmensa tristeza y a veces desesperación. Lo que no he controlado del todo es decirte que te quiero. Se me ha escapado varias veces en estos tres meses y a ti no te ha sentado bien, lo entiendo, está fuera de nuestro pacto. ¡Nuestro pacto!, bueno, es en definitiva el tuyo, porque yo quisiera estar como antes.

Iñaki, voy a volver a ti como amiga, te lo prometo. Espero que me estés esperando, que cuando algún día te llame, preparada para una relación sencilla de amiga, te alegres de mi llamada y nos vayamos a cenar, y bebamos alguno de tus vinos, y nos riamos de esta época que para mí ha sido tan impactante pero que en realidad el tiempo y la distancia puede borrar, ¿o no? No lo sé, quizás nunca desaparezca lo que siento por ti. En ese caso me rendiré y volveré a ti, sin más, pero prometo no decirte lo que siento si tú no me lo preguntas, y espero que no me lo preguntes si no me amas.

Me gustaría saber, al menos, si te ha llegado esta carta. Llámame. Si lo deseas podemos hablar, pero si no, deja tu mensaje después de oir la señal, aunque no te llame.

Te beso.

Isabel

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónSeptiembre 1998
Colección RSSNarrativas globales
Permalinkhttp://badosa.com/n052-i05
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