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La cantera de la memoria

Edith Checa
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaSan Michele, Venecia
ATLANTE
(Escultura-artista, hombre-Dios)
El maestro eleva el cincel biselado de viento
para esculpir el mármol hallado
en la cantera de su memoria.
Y Atlante rebulle en el núcleo de la piedra,
intuyendo la cercanía de la mano creadora
que dará forma a su vida inanimada.
Ansía que el puñal se incruste, certero,
en cada recta, y forme curvas; en cada plano
y forme aristas.
El maestro martillea con la cadencia de un soneto
en el pentagrama de la sinfonía inacabada.
Descubre surcos que no espera,
marca perspectivas a veces erradas
porque Atlante insiste y se agita en su baile prematuro
y quiere ser escultor de su propia hermosura.
Y el maestro, a cada golpe,
se arrepiente de su dádiva libertaria
y abandona a Atlante en angustiosa lucha
cuando sólo queda su pensamiento desdibujado
en los planos de la losa marmórea.
Atlante, el esclavo.
El creador deja su obra inacabada.
SAN MICHELE
(Bahía de Venecia. La isla cementerio)
Una góndola de ébano se acerca a la isla.
El oleaje, tímido, casi ausente, coopera en la tardanza.
Se acerca lenta —góndola de ébano—
y en el aire dormido, espeso de pena,
Stravinski despierta y aprisiona recuerdos
del nuevo viajero en cada nota esparcida en la niebla.
Una nube de ángeles suspiran
e invitan al mar al eterno balanceo.
Y la góndola y su viajero se acercan.
a la isla más solitaria,
y la más poblada.
Viven en ella retazos de memorias,
infinitas memorias apenas compartidas,
froidianos sueños quebrados en el fin de cada tiempo.
Deseos, anhelos, secretos,
sembrada está de flores de melancolía.
La góndola negra se acerca
y la isla levanta su falsa frontera
con cipreses, un anillo de cipreses
vulnerables que flanquean
la entrada sin oponer resistencia.
Se acerca la góndola de ébano a la isla,
la más solitaria,
la isla más poblada,
la nada, la muerte.
ALBERTO
Una nube de volúmenes absurdos
envuelve los instantes de tu edad marchita.
Un gigantesco laberinto de enredaderas
grises ahoga tu memoria
y te pierdes entre conceptos abortados,
ideas inconcretas que son brujas que revolotean
con escoba de síntesis y oratorias rotas.
Giras perdido entre filamentos
inertes, enmarañados y surrealistas.
Giras hasta que el vértigo
se hace dueño de tu soledad ahí dentro.
Gritas,
te ahoga el miedo
a algo semejante a la locura.
Es mejor que ovillarse
agarrado a las rodillas
vencido por el monstruo de la nube
que te engulle. Es miedo tu grito.
Cuando al fin lo espantas
y vuelven las ideas calmadas,
de niño chico,
palomas albas en lento vuelo,
sonríes.
Y tus ojos
rabiosamente verdes,
delatan al hombre que pudiste ser
sin serlo.
Allí dentro ha pasado
una estrella.
A TRAVÉS DEL CRISTAL
El tren sigue imperturbable su camino.
Limpio el vaho del cristal.
Ya no diviso el vertedero humano
de la ciudad de las contradicciones,
ahora paso junto a un campo de amapolas
y veo como Camille y Jean
bajan una pendiente entre la hierba
mientras Monet plasma su adoración en el lienzo.
Salto entonces del vagón de la desidia
y me mezclo entre los topacios terciopelo,
entre la húmeda caricia del césped silvestre
que impregna de frescura mis piernas a cada paso.
Me descalzo para pisar la tierra,
giro sobre mis pies para otear el horizonte
y grabar en mi retina tanta luz,
tantos matices.
Y alguien desempolva el arpa que se hallaba dormida
bajo la corteza de un sauce
y los arpegios son mariposas
que vuelan besando los pétalos de las flores.
Y me tumbo dichosa sobre ese manto mágico
tejido por las manos de los duendes de esta intensidad
que algunos llaman primavera.
EL COLOR DEL ALBERO
Hay una casa antigua
con la fachada cálida del color del albero
y las ventanas de madera siempre cerradas
y un jardín abandonado bajo las lágrimas
abatidas de un sauce viejo.
Está envuelta en un preludio nostálgico
y permanece difusa en algún rincón de mi memoria.
A veces creo verla al doblar cualquier esquina,
o de lejos, o en libros de otros países.
A veces... la sueño.
Abro la verja, cansina y ruidosa, y me interno
en la floresta desamparada
y oigo a la violetas tormentosas,
a unas cuantas margaritas,
y alguna verónica algo mustia,
cómo susurran a mi paso,
una cancioncilla que casi reconozco.
Al mirarla
un destello de intuición apenas percibido,
—génesis de la conciencia, lucero fugaz—
desaparece en la náusea del vértigo de la amnesia,
y me despierto.
Hay una casa antigua
con la fachada cálida del color del albero
y las ventanas de madera siempre cerradas
y un jardín abandonado
bajo las lágrimas abatidas de un sauce viejo.
SEVILLA
Recién segados los aligustres
de tu jardín —encrucijada esmeralda—
olías —tierra hallada en mi latente pasado—
a sabia nueva que embadurna
mis dedos.
Los albores de mayo, impregnados de jazmines
y de cánticos, retornan el revuelo de gasas vaporosas
y el correteo por los pasillos tallados
de fronda malva.
Olías a cipreses nevados por el oro de la tarde;
o como aquella nube perfilada
que se quedó sola en el vértice celeste,
prendida en un punto sobre
los alcázares,
prendida por la pinza
del encanto.
Pasé mi mano por la cercenada alheña
que la cizalla moldeó en tu naturaleza
casi silvestre,
e inhalé tu fragancia de almíbar
y me convertí también en una nube
prendida por la pinza
del encanto, y la añoranza,
en manantial de agua marina
por mi traición.
BALCÓN DE JULIETA
Mi caja de música,
brillante azabache y ramo de petunias,
desgrana al abrirla cataratas que brotan del olvido.
Paralizo la imagen, tomo un solo instante,
y permito la entrada
de una danza de tules blancos,
vapor de gasa al son del intermezzo de Mascagni.
Clavo mis puntas de flecha de diamante
sobre el globo terráqueo de plata y cielo
y viajo porque soy pluma.
Pluma y nube, pluma mecida
en la comba de oro de la alborada
que viaja hasta el balcón de la luna.
Nube que se asoma, entre las damas de noche,
y lanza un racimo de cólquicos
que sujetan, como manos, las puntas de flecha de diamante;
pluma que lanza un ramo de hilos de sol
y enlaza otra pluma, otra nube,
y la eleva hasta la balconada.
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Copyright ©Edith Checa, 1997
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Fecha de publicaciónJunio 1999
Colección RSSTrasluz
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