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Como el cielo los ojos

Iñaki 2

Edith Checa
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Ya podían haber elegido otra hora. Menos mal que al final no me ha dado a los niños, si no, no hubiera podido venir. Aunque mejor sería que no hubiera venido porque no tengo ganas de encontrarme otra vez con la familia. Sí, pero quedaría mal con Mirian y Teresa y todo el grupo. Esto está lleno. Allí están. Mirian tiene mejor cara, pero Teresa está fatal. Al verme se serena un poco.

«¿Qué hay, Iñaki? ¿Qué tal estás?»

«Bien, bien. Bueno, ¿cómo voy a estar?, es horrible. Es horrible»

Me mira como si buscara en mis ojos lástima. ¡Qué manía tiene la gente en ser masoquista! ¡Qué morbo tiene esto de la muerte para la mayoría de las mujeres! Escruta mis ojos buscando una lágrima. ¿Por qué voy a llorar? Me da pena la chica, pero la vida es así. A ella le ha tocado antes que a los demás. A todos nos tocará algún día.

Parece que esto no se mueve. Son casi las seis, deberíamos pasar a la iglesia cuanto antes. Espero que sea rápido. No aguanto las misas largas y menos aún los funerales largos. Mirian me coge del brazo.

«¿Cómo estás, Iñaki?»

¡Qué manía le ha dado a todo el mundo por preguntarme lo mismo!

«Estoy bien, es una pena, pero estoy bien.»

«Ella te quería mucho Iñaki»

Bueno, bueno, ella me quería a su manera, un poco histérica. Absorbente. Celosa sin que hubiera nada entre nosotros. Menos mal que no pasamos de ser más que amigos, si no me engulle como una Mantis religiosa.

«¡Venga Mirian!, ella también te quería a ti y seguro que no le gustaría verte sufrir.»

Me suelta y se abraza a Teresa.

Por fin, entramos. Allí está el cofre con las cenizas. Todo está lleno de flores, de margaritas, claro. Es demasiado folclórico tanto colorido, demasiado para mi gusto. Era un poco folclórica en todo. Muy pasional y visceral, nada comedida. Lógicamente los que la rodean han hecho lo propio, recargar el altar de margaritas de mil colores. Flores blancas es lo propio.

El cura comienza a hablar. Hay dos curas. Esto tiene visos de alargarse demasiado. El viernes tengo que prestar declaración en el juzgado 27 y no tengo casi nada preparado. El 27, el 35, el 15. Ya van ocho juzgados en los que llevan las denuncias de mi ex. Supongo que Isabel ha estado haciendo Primitivas con todos estos números cada semana, me juró que lo hacía y que estaba segura de que algún día iba a tocar. A lo mejor lo hago yo. Lo mismo me toca. No, es una tontería, no me tocará nunca.

«Isabel», retumba el nombre en el silencio de la iglesia. Estoy en el funeral de Isabel. Isabel ha muerto. Nunca volveré a verla: su risa, sus carcajadas. Se le saltaban las lágrimas con tanta risa. Era contagiosa. Todo en ella era contagioso, incluso la ternura. Besaba sus brazos desnudos cuando apagaba la luz para dormirnos. ¡Basta, basta! Tengo que organizar mis papeles. Es domingo, me quedan horas hasta que me acueste. Son las seis y veinte. Vamos a ver: si salimos de aquí... algunos saludos en la puerta... y como he traído la moto... a las siete y media, ocho, estoy en casa. Menos mal que no tengo a los niños. Mi ex por una vez me ha hecho un favor. ¿Y si algún día me preguntan por ella? ¿Qué les voy a decir? Isabel a muerto. La han incinerado. Sus cenizas, lo que queda de ella, las van a tirar al mar Cantábrico, en Llanes. Isabel es un puñado de cenizas: su piel, sus labios. Sus ojos no, sus ojos son de otro. Eran verdes como el Cantábrico, como las hojas de los tilos que tanto amaba antes de amarillear en el otoño. Hablo como ella. Tengo que recoger dos cartas certificadas, una es del Ayuntamiento, multa segura; otra del juzgado. Estoy harto de tanto papel y tanto lío.

Oigo gemidos, hay gente que llora. Un cura dice que van a leer una carta que ha dejado Isabel para su funeral. ¡Ha dejado escrita una carta! Me dan miedo sus cartas, miente, miente siempre. ¿Qué va a decir? Espero que no se le haya ocurrido nombrarme para nada. Estaba obsesionada conmigo, no creo que tenga la desfachatez de dejarme en ridículo delante de todos los amigos y familiares. Hace calor, me sudan las manos, tengo taquicardia. Me siento mal. Hace que me sienta mal hasta en el último momento. Me lo ha hecho pasar mal desde que la conocí y ahora también. ¿Qué vas a decir, Isabel? Sí, estás ahí, en cenizas, pero estás. ¿Qué pretendes hacer después de muerta? ¿No serás capaz de machacarme delante de todos? Te gustaría, lo sé. Como mi ex, como todas. Teresa me observa, Mirian también. ¡Todos me miran! No, no, nadie me mira. Respira profundamente. Nadie se percata de que estás. Yo no he sido más que un simple amigo de Isabel, ¿por qué iba a decir algo sobre mí en la carta que van a leer? Sus cartas son terribles. Será la típica despedida de los que van a morir, nos va a hacer llorar un poco y nada más. Os quiero a todos, os amo. Os cuidaré desde el cielo. Respira, respira. Sus brazos eran tiernas almohadas, yo los besaba. ¡Basta!, ¡Basta!

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónJunio 1998
Colección RSSNarrativas globales
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