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Como el cielo los ojos

Paco 11

Edith Checa
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Mi suegra no ha querido que mi hija viniera a despedirme a la estación. Me ha sentado mal, pero en el fondo era lógico, la niña lo iba a pasar peor.

Con el Talgo tardaré sólo cinco horas. Hace veintiún años los trenes tardaban doce. Nos conocimos en un vagón de segunda. Nos enrollamos. Ella tenía dieciséis años. Tan sólo dieciséis años...

Unos meses después me mandó una cinta de cassette con una canción cantada por ella, acompañada por su guitarra. La había compuesto para mí. Poco tiempo después me regaló otra cinta con la misma música pero al piano. Un amigo escribió una partitura sobre su canción y la interpretó. Esa versión me gustó más. No recuerdo la letra, era malísima.

Nunca quiso darme una oportunidad. Se lo pedí cientos de veces. Unos días antes de casarnos le dije que tenia que jurarme que cuando terminara su carrera nos iríamos definitivamente, se puso como una fiera. Me dijo que ella no se casaba con condiciones. Yo me cabreé como es lógico y la muy bestia rompió las invitaciones de la boda. Ya habíamos mandado muchas, así que no hubo que repetirlas.

Yo no quería casarme, no sé cómo caí en sus redes. Ni tampoco quería tener hijos, pero era tan persuasiva. Ponía esa cara tan llena de ilusión que me convencía en todo.

¡Qué vulnerable era!, la dejaba sin defensas por menos de nada. Nunca se me olvidará la noche de Reyes de hace, bueno mi hija tenía sólo unos meses. Su amiga Paloma nos invitó a pasar esos días en una casa nueva que se había construido en el pueblo. Nevaba, hacía un frío increíble. La casa no tenía luz eléctrica así que no podíamos lavarnos con agua caliente ni usar los radiadores. Ellas estaban encantadas, habían comprado cientos de velas para cuando llegara la noche. A los niños, al suyo y a la nuestra, tan sólo se llevaban días de diferencia, les cambiaban los pañales rápidamente. Les lavaban con el agua que calentaban en la cocina. Un desastre. Yo no me sentía a gusto allí. Demasiadas incomodidades. Lo único bueno fue que con Fede, el marido de Paloma, me entretuve en el único barucho del pueblo hasta tarde. Ellas ya habían preparado comida y habían caldeado con los fuegos de la cocina el salón pero aún así hacía un frío insoportable y no pudimos quitarnos los abrigos.

La cena estuvo bien. Nos reímos mucho. Isabel estaba muy ocurrente e ingeniosa, le pasaba siempre cuando bebía un poco de alcohol. Los niños dormían y nosotros cenábamos con la única luz de las velas en la mesa. Después de cenar y fumar y reír, cuando dieron las doce, Isabel se levantó y nos sorprendió con pequeños regalos para todos. Incluso se había comprado algo para ella. Paloma emitió unos grititos agudos por la alegría. Eran chorradas pero fue divertido.

No sé cómo se estropeó la noche, estábamos demasiado contentos con la bebida, debió de ser por eso por lo que, en un momento dado, solté que nunca me hubiera casado si no me lo pide ella de forma tan obsesiva y que jamás hubiera tenido a nuestra hija porque yo no quería tener niños. No pudo soportarlo. Esta vez no chilló porque los niños dormían, pero se atragantaba con las lágrimas y hablaba con la voz contenida pero gesticulando desesperada por mi versión, que según decía era falsa. Ella dijo que jamás le había pedido a nadie casarse y menos de esa forma que yo relataba. Ella no me insistió en tener un hijo, surgió a raíz de ver a Berta con su bebé recién nacido en el pecho. Dijo que nos miramos con emoción ante aquella estampa y que fue telepatía: que lo decidimos entre los dos, en una cafetería cercana a la clínica y que incluso brindamos. Todavía no tengo muy claro aquello. La verdad es que era difícil negarle algo con la ilusión con la que hablaba, te envolvía y conseguía de ti lo que se le antojaba. No sé cómo decidimos lo de tener un hijo, no me acuerdo.

Cuando pasó el tiempo me dijo que le dolió tanto que dijera eso delante de sus amigos, en una noche tan mágica, que empezó a odiarme. Los tres años que duramos fueron un infierno. Al final me echó de casa. Ya habíamos hecho los papeles de la separación un año antes, pero nos dimos otra oportunidad cambiándonos de casa. Me quedé sin trabajo y ella nunca entendió la putada que me hicieron mis compañeros. No entendió cómo me robaron el arma. La empresa me echó sin derecho a nada. Perdí el juicio. Sin trabajo, sin derecho al paro y va ella y me larga de casa. ¡En el peor momento de mi vida me dio la patada!

Hemos estado diez años separados, no nos hemos llevado muy mal. Ahora ha muerto. Ya no existe. Isabel no existe. Nunca volverá a llamarme para darme el coñazo con lo de los alimentos de la niña. Ni volverá a decirme que se me va a caer la picha a pedazos. Ni la volveré a ver. ¿Soy viudo?, no sé siquiera si puedo considerarme viudo. No, estoy divorciado de ella así que no puedo ser viudo. Ni siquiera se si tengo derecho a alguna pensión. ¡Joder!, ¡sería cojonudo!, ahora voy a tener muchos más gastos con la niña. Menos mal que mi madre me echará una mano en todo. También me la echará Susana, son buenas amigas, aunque no sé, no sé, son amigas porque la niña venía poco, pero ahora que van a vivir juntas, no sé.

Al llegar el tren a este lugar siempre decía que era la entrada más hermosa a una ciudad. Ver el mar a los dos lados del tren. Mar a los dos lados y allí, al final, ella -decía- serena y blanca, dulce sueño Pero nunca quiso venirse a vivir conmigo, eso no se lo puedo perdonar.

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónMarzo 1999
Colección RSSNarrativas globales
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