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Como el cielo los ojos

Iñaki 9

Edith Checa
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¡Otra vez el teléfono! Espero que ahora hablen. No puede ser nadie conocido porque la gente amiga sabe que nunca cojo el teléfono hasta no oír la voz cuando salta el contestador. Lo saben hasta los compañeros de mi trabajo, así que la persona que está llamando no me conoce de nada.

«Hola, soy Paco, el ex marido de Isabel, perdona que te llame pero es que he encontrado un sobre cerrado dirigido a ti y me gustaría dártelo. Por favor llámame, estoy estos días en su casa.»

¿Pero qué es esto? ¿El ex marido de Isabel llamándome a mi casa? ¡Ese cerdo llamándome a mi casa como si me conociera de toda la vida! ¿Cómo se atreve a molestarme? ¿Un sobre cerrado dirigido a mí? Una carta. Otra carta. ¡No!, no. No puedo soportarlo. No quiero cartas. ¡Isabel está muerta!, no hay nada, no queda nada. No deseo nada más de ella. Y menos de él. No quiero oír su voz en otra carta en la que seguro me inculpa de sus penas, me hace responsable del dolor de sus últimos días. ¡No! ¡Olvídate, Iñaki! No vas a contestar a un loco como ése. Loco de remate, además un chulo, un chulo de mierda que la hizo una desgraciada durante años. Ese mierda le hizo putadas, muchas putadas. Me hablaba de su matrimonio y siempre me hablaba de soledad. Ese tío nunca estaba con ella, tenía demasiadas amigas con las que gastar el tiempo. Amigas a las que daba el teléfono y que llamaban a cualquier hora del día o de la noche preguntado por él. Pobre Isabel, cuanto sufrió durante su matrimonio. ¡Cuántas humillaciones!, como el día que descubrió que su marido tenía preservativos en la bolsa de deportes que llevaba al curso de ultraligeros, cuando ella no los necesitaba porque tenía un DIU puesto. El curso lo realizaba a cien kilómetros de Madrid con un compañero de trabajo que Isabel averiguó...

«Se llamaba Consuelo y lógicamente se dedicaba a consolar el furor testicular de mi marido.»

Era tan despreciable que todo lo negaba, incluso juraba por su hija, que nunca había hecho nada con ninguna mujer.

«Un día me empeñé en acompañarle con mi niña al curso, para ver a esa mala pécora y averiguar si estaban enrollados. ¡Tuve que aguantar tantas humillaciones! Se reía de mi miedo a la altura. Y yo muy digna decía que no me daba miedo, tan sólo que me parecía una estupidez gastar tanto dinero por diez minutos. Él seguía porfiándome, ¡es miedo!, decía. Tienes miedo como la mayoría de las mujeres, bueno excepto Consuelo que ya ves está haciendo el curso conmigo. Le eché todo el valor que pude y me monté en aquel ultraligero. Parecía un avioncito hecho con una servilleta de papel y palillos. Me senté y puse mis pies en el único sitio estable que vi, una especie de pedales. Estaba aterrada. No quise mirar la cara de Paco porque le imaginé muerto de la risa con aquella imbécil. En el fondo tengo que agradecer a mi ex el haber vivido una de las experiencias más hermosas e inolvidables: volar a trescientos metros de altura, sobre árboles y pueblecitos, sobre un río dorado por la luz de uno de los atardeceres más hermosos que he visto. Lo peor fue cuando pasaron los diez minutos de vuelo y tuve que enfrentarme a semejante imbécil que, puesto en jarras y con las piernas abiertas —típica postura de los que se creen muy machos y se sienten poderosos pero no valen una mierda— me miraba riéndose incrédulo y me observaba para ver si me temblaban las piernas. La humillación vino después, en el coche, cuando volvíamos a casa. Le dijo a Consuelo delante de mis narices, muerto de la risa, que yo creía que se estaban acostando juntos. Ella iba delante con él, yo con la niña detrás. “¡No se fía de nosotros, cree que le pongo los cuernos contigo!” Y me los estaba poniendo el muy cerdo, con ella y con otras... Cuando me separé por fin, alguien me llamó a casa porque mi marido debía dinero de un asqueroso picadero en el peor barrio de Madrid y que compartía con varios amigos, también casados. Humillaciones, éstas y otras, del mismo día y de otros muchos, ¿para qué te voy a contar, Iñaki?»

Pobre Isabel, ¡cuánto le hizo pasar ese hombre! Era un mierda. Un indeseable. ¿Cómo pudo casarse con ese tío? ¡Y ahora me llama para entregarme una carta! Eso es una encerrona, seguro, una encerrona. Una trampa. Lo que quiere es verme y pegarme una paliza por haber estado con su ex mujer. Es un cerdo, un impresentable. No me fío en absoluto. Tendré que tener cuidado.

«¡Julio!, ¿cómo puedes decirme semejante burrada?, ¿qué has estado hablando con tu madre por teléfono? Hijo, ¿cómo haces eso?, sabes que te pone nervioso y estás en época de exámenes. ¿Por qué no la has colgado? ... ¿Cómo que te ha convencido? ... ¿Llorar?, llorar llora siempre cuando quiere convencer. No tenías que haberle hecho caso... Bueno dime, ¿qué te ha dicho? ... ¿Qué? ... tendrá cara, ¿te pide que te vayas en Semana Santa con ella y a mí no me deja a los niños desde el 17 de diciembre? ... Julio, no la disculpes, los niños no han estado malos, y si lo han estado yo estoy preparado para cuidarlos igual que ella... ¿Que has hablado con Francisco? ¿Y eso, por qué? ... ¿Cariñoso?, no te fíes de él, es como su madre. Ya viste lo que me hizo las últimas veces. Ya te dije lo que me hizo el último día, o es que no te acuerdas: empezó a recoger los juguetes que les he comprado durante estos años para llevárselos a casa de su madre porque decía que, si son de ellos, deben estar allí. Me enfadé, le dije que dejara todo en su sitio y se tiró al suelo, dando golpes con las piernas en la pared y la puerta, gritando como un loco que no le pegara. Los pequeños vinieron corriendo y gritaron asustados, ¡todos gritando y pidiendo auxilio! Y se fueron a la comisaria, Julio, ¿es que no te acuerdas, te lo conté? ¿Cómo puedes fiarte ahora de tu hermano? ... Están haciendo lo posible por que tú también te alejes de mí. Lo sé, lo veo. Ella intenta engañarte como lo ha hecho con los otros. Después de tres años de lucha, ¿vas a arriesgarte tanto? Hablar con ella puede ser terrible, hijo. Intentará convencerte de que es una buena madre para que vuelvas a su casa, y luego te eche como otras veces ¿o es que no te acuerdas del verano pasado, hijo? Llamó al portero y te echaron entre todos, empujándote... ¿Tú?, no, no, no, le dijiste lo que debías... ¡Vamos Julio, por Dios!, no digas tonterías... Hijo, ¿tú también me va a abandonar? ... Bueno, perdona, no he querido decirte eso, ya sé que tú no me vas a abandonar nunca. Pero tengo miedo de que caigas en sus garras y te convenza... Que sí, que ya sé que tienes dieciséis años y no puede contigo... Vale, vale. Hasta el viernes. De acuerdo hijo, ... un beso.»

¡Dios mío!, ¿qué está pasando?, tengo la sensación, como la tuvo Isabel, de que se está apagando mi chimenea.

«Es la hora del declive, la amalgama de los fuegos se está extinguiendo, sólo el rescoldo anodino envuelve con su tibieza nuestra destemplanza. Se ha eclipsado nuestra lumbre. ¡La luna nos abandona! Está gélido el ambiente. Se han parado los relojes.»

Se han parado los relojes. Está gélido el ambiente, se han parado los relojes... Algún día me echarás de menos, tanto que sentirás frío, el frío de la soledad, de mi ausencia. No hay frío tan gélido como el que produce el desamparo de la soledad, algún día notarás que me echas de menos por el frío... Está gélido el ambiente, ¡la luna nos abandona!, se ha eclipsado nuestra lumbre, se han parado los relojes...

Dos mensajes más de ese imbécil. Tengo que tener cuidado. Es peligroso, es un tío peligroso. Insiste, insiste en darme algo. Quiere matarme seguro. Ha leído los poemas, ha leído todo lo que Isabel me ha escrito, claro, ha registrado sus cosas, ¡el ordenador! Ha leído. Me persigue, me va a perseguir siempre. No me va a dejar en paz, como mi ex mujer. Ella me persigue, me denuncia, me roba a mis hijos, ¡intenta robarme a Julio también!, y este tío me persigue. Se atreverá a venir a mi casa, seguro, y a dar golpes en mi puerta, muy capaz, ya me lo decía Isabel, es capaz de todo. ¡Está loco! No sé qué voy a hacer. Me estoy volviendo loco yo también, incluso he notado que a veces hablo solo, no, no, no, no estoy loco, lo que pasa es que no salgo. Debo salir con amigos, estoy encerrado desde el funeral: trabajo y casa, trabajo y casa. Debo salir. Voy a llamar a Teresa, o a Mirian. A Teresa no, antes tengo que perdirle disculpas por haberla dejado plantada el domingo en la cafetería cuando empezó a acusarme. No, no voy a pedirle disculpas, ¡está de los nervios!, como decía Isabel, es ella la que debería disculparse por cotillear sobre mi vida privada. Mirian y ella son inseparables, así que nada. Llamaré a... sí, a Carmen. Ella nunca me falla, es una verdadera amiga. La invitaré a cenar... Isabel tenía celos de Carmen. No soportaba que yo tuviera mi vida privada. Me sentó muy mal lo que me escribió aquella vez.

«No voy en esta carta a ir paso por paso recordando cada momento bueno y cada error que cometimos. Pero déjame que añada que no hay que darle tanta importancia a lo que tú llamas independencia o libertad. Porque el que yo quiera saber de ti, hablar contigo cada día por teléfono o verte un par de veces por semana, no te quita la libertad que tienes de hablar con otras personas, de verlas, de cenar con ellas. El hecho de ocultar las cosas, de tener secretitos, no da más libertad, la libertad está en poder hacer lo que queramos sin tener que demostrarnos constantemente a nosotros mismos que somos libres.»

¡Qué chorrada!, la libertad está en poder hacer lo que queramos sin tener que demostrarnos constantemente a nosotros mismos que somos libres... Yo no necesito demostrarme nada. Soy libre y quiero seguir siéndolo. Por eso no aguanto una pareja, ni una ex, ni al ex de nadie, no quiero aguantar a nadie.

Carmen no está. Se ha ido de viaje.

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónEnero 1999
Colección RSSNarrativas globales
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