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Como el cielo los ojos

Paco 4

Edith Checa
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La niña se ha acostado. Siento verdadera curiosidad por leer las cosas que tiene por aquí. Y tiene muchas, montones de folios con cosas escritas: algunos son poemas, otros relatos grapados, y recortes de periódicos y libros y más libros. No sé por dónde empezar y me gustaría saber si algo de aquí es publicable, sería ideal puesto que no tengo un duro y ahora debo mantener a la niña. Lo que pasa es que tendría que hacer una selección y enviárselo a alguien que entienda, por si acaso. Aunque si ella no lo ha publicado es que no vale nada.

Relatos al atardecer, estos cuentos al menos están ordenados. ¡«La basura»!, vaya título para un relato.

«Él trabajaba de vigilante jurado en el metro de Madrid de seis de la tarde a dos de la madrugada.»

Esto es sobre mí, ¡vaya por Dios!, y está fechado en el 84, hace once años. Vaya, vaya, qué interesante.

«Cuando llegaba a casa Marta dormía profundamente y, por más que arrimaba su dotación masculina a las cálidas nalgas de su mujer, lo único que recibía eran quejidos y un déjame-por-favor-estoy-dormida.»

¡Desde luego!, jamás quería hacer el amor a esas horas, con lo magnífico que es, y eso de «Marta» es para que no la reconozcan, está claro que es ella, a mí no me puede engañar cambiando el nombrecito.

«A las seis y cuarto de la mañana sonaba un estridente despertador, el único en el edificio vacío de tres pisos. Marta tenía que levantarse con el tiempo justo para la ducha y el café. Le aterraba la idea de tener que echarse a la calle y caminar cuesta arriba hasta llegar al punto donde el autocar de su trabajo la recogía cada mañana a las siete menos cinco. Quince minutos de eterna subida, resoplando por el esfuerzo y tragando el aire gélido del invierno.

»Cuando sonaba el despertador y pensaba en aquel esfuerzo de cada mañana un escalofrío le recorría el cuerpo y la angustia se apoderaba de su garganta. Lloraría todas las mañanas si tuviera tiempo, pero no lo tenía. Junto a ella, el cuerpo caliente de Andrés...»

¡Vaya a mí también me ha cambiado el nombre!

«...y el vago recuerdo de un entresueño en el que él se arrimaba para hacer el amor de madrugada. Sin moverse mucho, para no despertarlo, metía su cara dentro de las mantas y acariciaba con su mejilla la espalda de su marido, sintiendo el cálido olor de su cuerpo siempre desnudo; imaginando, intuyendo su sexo floreciente al alba. Un leve beso en la espalda marcaba la despedida...»

¡Y una leche!

«Se levantó de la cama y fue a ver a Elena.»

Será mi hija, claro.

«Estaba dormida. De nuevo el nudo en la garganta. Aquella criatura tan amada, tan dulce, tan pequeña, dormía plácidamente después de jugar hasta cerca de las dos de la madrugada. Marta pensó en Andrés y sus juergas después de salir del trabajo. Pensó en el descontrol de los horarios de su hija, y la angustia se le hizo insoportable.

»Con el ruido del agua de la ducha consiguió llorar y expulsar su rabia. El llanto logró relajarla, pero quedó inmersa en una lentitud que sólo conoce la tristeza.

»Al fin pudo salir de casa con el tiempo justo para lanzarse a aquella subida interminable hasta el paseo donde paraba su autocar.»

Habla como si la subida fuera al Everest ¡y con dos zancadas ya estabas arriba!

«El aire frío entraba en sus pulmones y le hacía toser. Le dolía la espalda por el esfuerzo de la subida. Aun así, a ráfagas, su cerebro no dejó de mandar mensajes durante el recorrido. “Si él no se fuera con sus amigotes después de salir del trabajo a las dos de la madrugada, si no se fuera con ellos —vete tú a saber con quién y dónde se irá a esas horas todos los días de la semana—, si llegara a las dos y cuarto a casa, dormiría hasta las nueve, que es más que suficiente, levantaría a la niña a esas horas, le daría el desayuno y arreglaría algo la casa —hacer las dos camas y preparar la comida, ventilar, dos camas y la comida—. Dios mío, es poquísimo y ni siquiera lo hace. Todo nuestro problema viene de las juergas con sus amigos. Llega tarde, a las cuatro, las cinco, incluso una vez a las siete menos veinte de la mañana, justo cuando tenía que salir ya de casa para irme. Ese día tan sólo tuve tiempo de decirle, al ver su sonrisa: ‘Eres un cabrón, ya hablaremos’. Pero con él nunca puedo hablar, sólo dar alaridos. Me saca de quicio. Se levanta a la una del medio día y la niña duerme igual que él, se ha acostumbrado al horario de su padre. Se levantan a la una. Entre pañales y cambio de ropa desayunan cerca de las dos de la tarde y luego juegan, juegan en la cama hasta que yo llego destrozada del trabajo a las cuatro. Destrozada y muerta de hambre. ¿Y qué me encuentro? A las cuatro de la tarde están todas las luces encendidas como si fuera de noche puesto que a él no se le ha ocurrido, a pesar de que lo digo millones de veces, levantar las persianas para que entre la luz del día. La casa huele a cerrado, a orines de la nena, a sudores nocturnos, a tabaco. Pero la niña me sonríe siempre y yo sonrío por primera vez en el día. Me sonríe y me cuenta en su idioma particular que se lo esta pasando pipa con su padre en la cama deshecha. Y yo, Dios mío, ¿yo qué voy a hacer? Me derrumbo ante tanta hermosura, ante tanta alegría, y la abrazo y la beso, y pienso que debo resistir por ella, porque es lo más importante de mi vida, lo único que me mantiene viva.” Camina ya exhausta y siente una continua punzada en la garganta. Mira el reloj: son las siete menos cinco y aun le queda una última calle para llegar a la parada del autocar. “Ojalá me pusiera enferma, con fiebre, para tener una excusa y faltar al trabajo unos días. Pero mi propia naturaleza no me permite siquiera unas décimas que justifiquen mi ausencia en el trabajo, nunca tengo fiebre, y encima esta estúpida escala de valores y de responsabilidades que tanto me limita.”»

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónAgosto 1998
Colección RSSNarrativas globales
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