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Como el cielo los ojos

Iñaki 11

Edith Checa
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¡No puedo más!, no puedo seguir. ¡Has ganado zorra! ¡Te has llevado a mi hijo! Al hijo por el que he dado todo. ¡He renunciado a todo por mi hijo y me lo quitas! ¡Me has quitado a todos mis hijos!, ¡me has quitado la vida!, ¡me has quitado la vida, lo único que me quedaba para seguir vivo! ¿Qué voy a hacer ahora? Mi hijo, se va contigo. ¡Zorra! ¡zorra!, me has quitado lo que yo más quería...

He pensado en las distintas formas de suicidarme. Lo he analizado bien. Voy a suicidarme porque no quiero vivir, pero sobre todo lo que quiero es venganza. Vengarme de la zorra de mi ex mujer y que no olvide ¡nunca! lo que me ha hecho. Quiero que se sienta culpable, ¡asesina!, quiero que ella, sobre todo ella nunca olvide lo que ha visto, mi muerte.

Tomar pastillas no me gusta, además, como no conozco las dosis necesarias para morir, podría cometer el error de tragar menos y quedarme en coma el resto de mis días y yo lo que quiero es descansar para siempre.

Si me corto las venas, aunque dicen que es la muerte más dulce, puede ser demasiado lento. Mi rostro, aunque pálido, será hermoso, porque la muerte es un dulce sueño, y yo quiero que me vea y se sienta aterrada y que no olvide mi suicidio nunca.

Si me tiro por el viaducto o por cualquier otro sitio daré un espectáculo macabro y ella ni siquiera lo verá.

Lo tengo decidido. ¡Lo tengo todo comprobado! Todo calculado.

He cronometrado lo que se tarda desde la puerta de la cancela del jardín hasta la puerta del portal. La cerradura de esta puerta la acabo de estropear para que no se pueda cerrar, para que no sea necesario tener llave para entrar, además se ve a simple vista que está abierta. He cronometrado también lo que se tarda desde el portal, subiendo por uno de los ascensores, hasta la puerta de mi casa. Incluso he comprobado que si se sube caminando, como es un segundo piso, se tarda muy poco más. En total son aproximadamente dos minutos y medio. Suficiente.

Hoy es sábado por la tarde. El portero no está, es imposible que arreglen la cerradura del portal hasta el lunes. Mi hijo está con su madre. Me llamó anoche para decírmelo. Está casi feliz, me dijo. Sólo faltas tú, papá.

Esta mañana he comprado dos tacos enormes y dos escarpias. He tenido que ir a un sitio especializado. El vendedor me ha dicho que esto sujeta a un muerto. Me ha hecho gracia el muchacho.

He comprado también una soga. He hecho el nudo y me he cerciorado varias veces que se desliza fenomenal.

He llamado a mi ex mujer, hace ya quince minutos, y le he dicho que quiero hablar con ella, que es importante, muy importante. Que venga a casa ahora, a mi casa que también fue suya cuando nos casamos y que ahora, como no hay acuerdo, la mitad es de ella; la grande, donde vive con mis hijos, también es de ella. ¡Todo es de ella! También lo será mi muerte. No quería venir. Tiene miedo a algo. Quizás piensa que la voy a matar. No le parecía buena idea encontrarnos en mi casa. Me ha preguntado varias veces que por qué no iba a verlos y hablábamos allí. Le he dicho que tengo fiebre y que no quiero salir para no empeorar. Al final la he convencido. Le he pedido que llame al timbre de la verja, le he insistido un poco, no quiero que haya errores. ¡Ojalá nadie entre en ese momento! Tiene que estar al llegar ya.

Cuando toque el timbre de la verja yo mismo le abriré con el portero automático. Dejaré abierta la puerta de mi casa. La puerta del portal ya está rota y abierta. Me pondré la soga al cuello. Daré una patada a la silla y ya está. Cuando ella vea la puerta de mi casa abierta entrará y lo primero y único que verán sus ojos es: a su marido ahorcado balanceándose aún, con la mueca asquerosa que sólo tienen los ahorcados y oliendo a orines, porque todos los que se ahorcan se mean y yo llevo varias horas sin ir al baño a propósito, ahora mismo estoy reventando. Quiero que me vea orinado, que me huela orinado, que vea la mueca de la única muerte que no relaja el rostro sino todo lo contrario, lo deforma. Quiero que me vea balancearme. ¡Y quiero verla!, con un minuto y medio de estar colgado todavía puedo verla, mi cerebro aún estará funcionando, ¡ver su cara de espanto!, oir su grito desgarrador, comprobar que, en lo que le quede de vida ¡jamás olvidará este momento! Quiero ser la pesadilla que se repita una y otra vez el resto de su vida.

¡Te odio, zorra!, me has quitado a mi hijo, ¡a todos mis hijos!, ven ya de una vez, no me hagas esperar más. Estoy sentado sobre la silla de esta horca tan sumamente bien preparada, sentado en mi querida silla, casi no puedo levantarme porque me duele la vejiga. ¡Llama de una vez! ¡Maldito timbre, suena!

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónMarzo 1999
Colección RSSNarrativas globales
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