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Como el cielo los ojos

Paco 10

Edith Checa
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Vaya, por fin. Ahora podré ver a mis anchas las fotos y el vídeo del Iñaki... En persona está más viejo. ¡Qué gilipollas!, seguro que se ha cagao de miedo... ¡Qué hija de puta!, cómo se lo pasaban. Le persigue por las habitaciones de un chalet en la playa, frente al mar, muerta de la risa y el otro destornillado. Le graba sin que se lo espere cuando él se afeita y se descojonan los dos. Le graba y comienzan a bailar «Burbujas de amor» de Juan Luis Guerra, la cámara filma dos barbillas desde abajo, la tienen sujeta entre los dos que están abrazados. ¡Maricona!

Vaya coñazo, veinte minutos lo menos con su cara en primer plano. Por cierto que ahora está más calvo, el capullo. Tendrá unos cincuenta..., no llega, pero se acerca. Me jode, es un tío, según mi hija, con tres carreras, es de los que le gustan a su madre. A mí siempre me despreció porque no tenía más que estudios primarios y al final no paraba de decirme que era un mierda y un inculto.

Qué estúpido, pone voz así como de profesor cuando ella le pregunta cosas y no para de filmarle los ojos, ojos un poco saltones, muy saltones, de sapo. Qué gilipollas, cómo se ríe. La cámara está a punto de caerse y mira tú si se pone como un tomate porque le ha dicho que es un chupa-cámara y se lanza muerto de la risa a quitársela. Conmigo nunca jugaba a nada, no era así. Mira que cara de gilipollas pidiéndole un beso para dejar de filmar. Vaya, y el otro se lo da. Se besan, pero no se ve, no se ve. La cámara está perdida colgando entre los dos. ¡No!, ¡está filmando los perfiles cósmicos del cerdo! Es la cámara que está colgada y se balancea sin sentido. Vaya mareo.

Ahora le toca a él filmar. Ahí está ella, dice que no, que no quiere salir, nunca quería salir en las fotos y los vídeos, a mí no me dejaba. Y le tira un cojín. Está guapa, la cabrona. ¡Cómo le mira!, parece que está flipá con el pibe, pone cara de idiota mirándole. A mí la única cara que me ponía era de bestia salvaje gritándome como una histérica, porque era una histérica. Siempre gritando, siempre insultando... Él quiere filmarla a toda costa y ha conseguido que se siente y le hable. Se pone mimosa, mimosa, vaya, no recordaba esa faceta. Se me ponía mimosa al principio, sólo al principio, antes de tener a la enana. Cuando volvía del trabajo de madrugada ella me estaba esperando en la terraza -bueno en verano, claro- y al llegar a casa se me echaba en los brazos muy mimosa. ¡Está guapa, la jodía!

Pánfila enamorada, eso es lo que parece. Ala y otra vez a luchar por la cámara, vaya par de imbéciles. Otra vez sale él, a carcajada limpia, ella le filma la boca, ¡y encima tiene dentadura postiza!, se le nota porque está un poco más caída del lado izquierdo, ¡pero si es un mierda más viejo que Matusalén! Esta tía era gilipollas.

¡Esto sí que es bueno! Ahora resulta que va a ser verdad que había una carta para el capullo del Iñaki. Pues se va a joder porque no se la voy a dar. Esto no.

Querido Iñaki:

He dejado en la carta muchas cosas por decirte. Por eso hoy, tan sólo un día después, vuelvo a escribirte pero decidida a no enviártela nunca, a no ser que cuando me contestes desees que tengamos una relación epistolar ya que parece que otra relación no es factible.

Estoy recordando aquel fin de semana primero. Al día siguiente de nuestra declaración (porque fue una declaración en toda regla) bajo el chopo de la ribera. Cogimos un par de bolsas de viaje y nos marchamos a Burgo de Osma. Nunca olvidaré nuestra visita a la catedral. Íbamos un grupo de visitantes y entre tú y yo había algo tan fuerte que no nos podíamos despegar el uno del otro. Aunque disimulábamos porque a ti no te ha gustado nunca exhibir tus sentimientos, y quizás, o precisamente por eso, hacíamos del disimulo y la clandestinidad un juego amoroso que nos enardecía a ambos. Nos mirábamos con el deseo de otro ansioso roce, de otro encuentro esporádico de nuestras manos escondidas tras cualquier pieza del museo. Nos acercábamos al guía y al grupo y juntábamos nuestros hombros apretándonos el uno contra el otro, y rozábamos casi nuestras caras, y yo sentía tu respiración cálida y acelerada, y tus ojos brillaban más que nunca. Y cuando, tan sólo unos segundos, prestaba atención a la charla ajena que nos daban, sentía clavados en mí tus ojos anhelantes de los míos, y te hacía esperar mi mirada unos instantes para sentirme la mujer más amada.

Aquel fin de semana dormimos en San Esteban de Gormaz, ¿recuerdas? Hicimos el amor por segunda vez. La primera fue en mi casa, nunca olvidaré la fecha, el 20 de junio. Esa primera vez estábamos los dos muy nerviosos. Me dijiste que tus relaciones sexuales no habían sido buenas con tu ex. Que casi no hacíais el amor y sobre todo que cuando lo hacíais era totalmente a oscuras, que nunca la habías visto entera. Me dijiste, lleno de miedos, que lo sentías pero eras, seguro, eyaculador precoz. Yo me reí y le dije que eso tenía remedio con el tiempo y una buena relación, que no te preocuparas. Encendí la luz grande y me puse de pie, desnuda. Te levantaste corriendo a abrazarme. Mírame, te dije así soy, éste es mi cuerpo, espero que lo ames tanto como yo amo ya el tuyo. Entonces nos abrazamos y me dijiste, por primera vez, te quiero.

Aquel fin de semana dormimos en San Esteban de Gormaz, en un hotelito en las afueras del pueblo. Desde nuestra ventana veíamos la luna llena y su tenue luz extendida por el campo. Había muchas estrellas. Estuvimos un rato abrazados, desnudos, mirando en silencio aquel sencillo espectáculo; respirando el aire fresco de la noche y sintiendo en nuestros pies el calor apetecible que aún despedía el suelo de la habitación... Vamos a correr la cama hacia aquí, me dijiste. Quiero que hagamos el amor bajo las estrellas... La luz azulada de la luna, que caía sobre nosotros, jugaba a recorrer todos nuestros perfiles. Primero el tuyo, luego recorría el mío y terminó por unirnos en un solo perfil, perfecto y sublime, y pensé que ni el más genial artista ha moldeado nunca una escultura tan excelsa.

Después de aquella noche de absoluto descanso pasamos el día siguiente caminando por un pequeño barranco, junto a un río. A la hora de la siesta nos tumbamos a descansar bajo los álamos. Noté que me abrazabas de una forma extraña, como escondiéndote para que no te viera los ojos, intuí que estabas llorando y te obligué a que me dejaras mirarte. ¿Qué te pasa?, te dije... «Ayer pasé por una Iglesia y sin más, sin pensarlo, entré. Le pedí a Dios tres cosas, que cuide de mis hijos, que no sufran nunca; le pedí que haga feliz a mi ex mujer para que me deje en paz, para que me deje tranquilo de una vez; y, sobre todo, le di gracias a Dios por haberte conocido, por haberte encontrado.» Llorabas, escondías la cara entre mis brazos y yo mecía tu llanto que acabó siendo intenso y desgarrador. Echaste fuera todo tu sufrimiento pasado y, después de un rato, sonreíste por fin aliviado y tranquilo. Llenaste varias veces tus pulmones del aire limpio y de tu nueva vida, y te vi muy feliz, y de nuevo me dijiste: «Te quiero».

Que se joda, esto también lo va a leer. Se lo enviaré con una nota en la que diga: «Volveremos a vernos, señor cagao».

Ya no tengo nada más que hacer aquí.

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónFebrero 1999
Colección RSSNarrativas globales
Permalinkhttp://badosa.com/n052-p10
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