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En el último peldaño

Edith Checa
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Paseaba por entre los árboles, relajada, sin prisa, en dirección a la casa de mi madre. De lejos, entre tronco y tronco, comencé a ver las escalinatas que dan acceso a la calle paralela. A medida que me acercaba pude distinguir mejor a unos niños que gesticulaban como si rieran arremolinados en los peldaños. Se había levantado un poco de brisa y la tarde comenzaba a decaer. Seguí mirándoles. Se pasaban la pelota de unos a otros y reían. Ya frente a ellos, sentada en el poyete que acompaña al curso del río, pude oír sus risas. Aquella imagen, de los pequeños en la escalera, me hizo recordar una foto en blanco y negro en la que una niña, de pelo lacio y flequillo recto, bajaba por ella con la bolsa de la compra —no entiendo por qué mi padre me fotografió en aquellas escaleras, pero no importa—. Seguí mirando a los chavales y por un momento creí ver, en blanco y negro, a los amigos de mi infancia y a mí misma.

Mi calle era entonces un barrizal inmenso, no existía el asfalto y tres hileras de fresnos y tilos gigantescos adornaban la ribera, los mismos que ahora podía mirar, un poco más viejos, como yo; y, en apariencia, más pequeños, también como yo. Nunca, en esa época de mi niñez, me sentí fuerte y grande, quizás tuvo que ver mucho aquella escalinata. Diez peldaños y un descanso, otros diez peldaños y un mundo diferente e inalcanzable.

El barrizal, duro y ondulado en verano, conseguía que todos mis amigos bajaran a jugar conmigo. Los árboles nos ofrecían un dulce cobijo que guardaba nuestros impulsos de risa cuando jugábamos al escondite. Árboles que fueron testigos de la primera vez que Andrés me cogió de la mano. Al atardecer comenzó el juego y todos corríamos a escondernos tras ellos, aguantando las carcajadas, mientras oíamos al muchacho que la ligaba contar hasta veinte. No había tiempo para pensar, ni para rectificar el camino elegido, así que coincidí con Andrés en un grueso tilo. Respirábamos a bocanadas, mi corazón latía con fuerza. Apoyamos nuestro cuerpo de perfil contra el tronco para no ocupar tanto espacio y estuvimos muy juntos, mirándonos. Él cogió una de mis manos y sonrió. Recuerdo el calor de su piel y la mágica sensación de seguridad que me produjo, aún hoy la experimento si alguien a quien amo mantiene mis manos entre las suyas.

Las escalinatas, que dan acceso a la calle paralela, correspondían al edificio nuevo construido perpendicular a mi casa, el 21. Además de esos veinte peldaños la casa poseía una gran terraza comunitaria donde sólo jugaban los niños de ese portal, «los niños del 21». Ellos eran mis únicos amigos. Incluido en el lote estaba la portera, una estúpida-vieja-gorda-bajita que me llamaba patilarga y no dejaba que jugara con los chavales en la gran terraza. Debo reconocer que cuando murió, años más tarde, no sentí pena alguna por ella, cosa rara en mí ya que cualquier muerte me entristece —incluso la de una planta—. No me alegré, pero hallé consuelo. La sustituyó un portero muy amable, pero ya era tarde para todo. Esa estúpida jamás pudo imaginar el daño que me hizo durante mi infancia, ¿o sí?

En verano, el lodazal endurecido nos ofrecía a todos la posibilidad de jugar a la construcción de cabañas con ramas y cartones. Dentro de una de ellas recibí el primer beso de Andrés, los primeros abrazos, y se forjó en nosotros esa mirada especial de complicidad en el amor. ¿Dónde mejor que en una minúscula cabaña pueden amarse dos niños? Escuchábamos las voces de los demás que jugaban a construir las suyas, por parejas. Nosotros, dentro de la nuestra, resguardados de las miradas de todos, nos besábamos con timidez. Tan sólo un roce de labios. Creíamos que así eran los grandes besos. Quizás teníamos razón.

Dicen que «las bicicletas son para el verano» y así es, lo malo es cuando tan sólo los niños del 21 las tienen y debes sentarte en el poyete de tu portal a esperar que se cansen y vuelvan para jugar al escondite, al tula o a las cabañas. Nunca pregunté a mis padres por qué no me compraban una bicicleta, como tampoco me quejé por el hecho de merendar siempre pan con aceite y azúcar mientras los demás se deleitaban con grandes bocadillos de oloroso chorizo —¡cómo olían!—, o por cenar cada noche dos huevos fritos, o por llevar la suela de mis zapatos con agujeros. Me alegro de no haberme quejado.

Las noches de verano eran amargas. Mis amigos, obligados por sus padres para tenerlos controlados, jugaban en la gran terraza, a cualquier cosa, qué más da. Jugaban, reían y yo, desde el primer peldaño de la escalinata, envidiaba y me sentía sola. Algunas veces me llamaban porque la portera se había metido en su guarida y no controlaba la situación. Subía con miedo hasta llegar a la terraza y, ya en ella, respiraba hondo y me embargaba una exagerada alegría. A pesar de la oscuridad podía ver desde esa altura los perfiles de los tilos y fresnos con una perspectiva desconocida, desde la terraza del 21. Por unos instantes me sentía rica y segura con ellos. Jugábamos al tula o la gallina ciega y era feliz, hasta que oía el aullido de la vieja: ¡patilarga!, ¡vete de aquí! Al principio me hacía llorar, consiguió incluso que le implorara, pero llegó un momento en que, ante sus desprecios por no pertenecer a aquella casa, y sus insultos, con los que me humillaba delante de todos, opté por contestar de malas manera, acabé insultándola, y esa actitud aumentó el odio que ella me tenía y la indiferencia, y quizás desprecio, de mis amigos.

Las noches de verano eran dolorosas pero el invierno sobrepasaba todo lo imaginable. La lluvia convertía mi calle en un barrizal repugnante que nadie pisaba excepto los que vivíamos en mi portal, y en él no había más críos que mis dos hermanos pequeños. En invierno los del 21 jugaban en la gran terraza, no bajaban a mi calle porque se lo prohibían sus padres. Recuerdo mis botas de agua siempre manchadas de barro. Antes de entrar en el instituto las limpiaba con hojas del cuaderno para no llamar la atención, a pesar de eso el barro era difícil de quitar y se secaba. No había remedio, todos sabían que yo vivía en la ribera del río...

María del Mar era mi gran amiga, vivía en el 21, claro. Fue mi único contacto en el invierno de mis doce años. Por las mañanas, para ir a clase, la llamaba a voces desde la ventana de la cocina que daba a las habitaciones de su gran piso. Ella se asomaba y respondía que me esperaba en su portal. Juntas hacíamos el camino. Me contaba cómo y a qué habían jugado el día anterior en la terraza y algún que otro cotilleo relacionado con Andrés. Me dijo de él que de mayor iba a estudiar arquitectura y que sus padres no le dejaban salir para que se dedicara a los libros. Andrés tenía trece años. Incluso le prohibieron, me dijo, tratar con niños que no fueran del 21 y con aquellos que sacaran malas notas. Mar obtenía magníficos sobresalientes y fue elegida desde aquel invierno como compañera de estudios de Andrés. Yo, sin embargo, tenía muchas cosas en contra para sus padres. Según mi amiga, a pesar de lo que él sentía por mí —no tuvo ningún reparo en reconocer ante ella sus sentimientos— tenía en contra mi pobreza, mi domicilio y mi nulidad como estudiante.

Esas confidencias de María del Mar me dolieron tanto que provocaron en mí el suficiente valor para esperar a Andrés a la puerta de la academia donde perfeccionaba su, ya, magnífico inglés. Tras preguntarle, nerviosa y azorada, por qué no nos veíamos nunca, tan sólo contestó, desviando sus ojos hacia otro lado, que no podía perder el tiempo con chicas, y sobre todo con chicas que no tenían porvenir «como tú» y me miró. Aquel invierno de mis doce años lo perdí todo, perdí a Andrés, a María del Mar, segundo de bachillerato y las ganas de vivir.

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Copyright ©Edith Checa, 1993
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Fecha de publicaciónNoviembre 1997
Colección RSSEl tiempo recuperado
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