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Como el cielo los ojos

Javier 5

Edith Checa
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Me cuida como una madre. Tiene gracia, no deja que me vaya a casa. Está empeñada en que me quede a dormir.

«No debes estar solo después de lo que te ha pasado».

Insiste una y otra vez.

«¿Por qué volviste a entrar en la iglesia? Estuve buscándote unos minutos entre la gente que aún permanecía despidiéndose. Al no encontrarte se me ocurrió entrar en la iglesia y te vi medio tirado cerca del cofre de las cenizas», lo dice asustada como si hubiera visto algo horrible.

«No pongas esa cara, que no es para tanto. He intentado explicarte ya cómo me sentí en la misa con la lectura de la carta, cómo me sentí después: una fuerza irresistible, imparable, me atraía hacia allí dentro. Las palabras de Isabel me han conmovido. Berta, no sé lo que me ha pasado, siempre me han dado miedo y asco los muertos. El solo hecho de pensar en venir al funeral me producía una desazón terrible. No lo he soportado nunca... Y además yo... amaba a Isabel.»

¡Lo he dicho!, ¡por fin lo he dicho!

Soy como un niño bajo la mirada alucinada de mi amiga; hablo y mientras lo hago a ratos me avergüenzo de mi inmadurez, de mis tonterías. Pero a ella no puedo negarle los hechos, es una buena amiga, y también lo fue de ella. Necesito que me hable de Isabel. Pero yo no dejo de hablar, le cuento, me cuento cómo la conocí hace un mes, aquí en su casa. He estado con ella sólo tres veces: el día de las diapositivas; dos días más tarde en casa de Mirian y en la cena de Pepe, cuando luego fuimos a bailar. La noche del baile, una semana antes de morir.

«Esa noche, Berta, mientras bailábamos, yo notaba que había algo que estaba creciendo entre los dos. Lentamente, muy lentamente. El primer día, aquí, me enamoré de su voz y de sus ojos, de su charla amable, de su risa, pero me dio miedo su carácter, su vigor, su energía, su firmeza, su inteligencia. ¡Si supieras cuánto me arrepiento de no haberme aproximado un poco a ella para conocerla mejor!; me arrepiento de colocarme ese típico parapeto para la defensa, esa coraza inexpugnable, desmedida, para que su risa no penetrara y me hipnotizara como una sílfide.

»La segunda vez que la vi, en casa de Mirian, ¿recuerdas, Berta?, el día en que hicisteis obras de teatro y leísteis cuentos. Ella leyó uno muy tierno en el que hablaba de su niñez..., de su calle que era un barrizal. ¿Te acuerdas?»

Se ríe, ¿de mí? Rebusca en el pequeño baúl que le regaló su hermano.

«Tengo muchas cosas de ella: cartas, poemas, tengo incluso ese relato que leyó aquel día.»

«Déjamelo todo, por favor.»

Me lo entrega con un poco de miedo.

«Tendré cuidado, es un tesoro que no voy a estropear».

Sonríe. Se fía de mí. Y, mientras acaricio cada página y leo por encima algún verso, posa sobre una de mis manos una foto de Isabel y me estremezco al verla. Y por tenerla cada vez más cerca, estando tan lejos.

«Dime Berta, ¿cómo la conociste?»

Poco ha podido contarme, está muy afectada a pesar de no aparentarlo bajo su aspecto de mujer resuelta y dura. Ha decidido ir a preparar la cena. Una excusa para no seguir. Se conocieron —qué envidia— hace diecisiete años. Estudiaron juntas la carrera. Isabel se casó muy joven, tan sólo tenía veintiún años. Era tímida y tierna. Dice que jamás conoció esa faceta que algunos le reprochaban, su brusquedad al decir las cosas. Dicen algunos que era poco diplomática, soltaba todo como lo sentía, sin pararse a pensar hasta dónde podía herir o hasta dónde metía la pata. Asustaba a los que no la conocían, pero sus verdaderos amigos no tomaban demasiado en cuenta su rudeza porque si se pasaba no tardaba ni un minuto en pedir disculpas, y si no las pedía era porque estaba convencida de poseer en ese momento la razón, y, hay que reconocerlo, habitualmente la tenía.

La cena ha sido magnífica por su sencillez, por la familiaridad con que me la ha presentado. Sólo pegaba algo así. El café completa la sensación acogedora que tengo. Estoy sentado en el mismo sillón que aquella noche, con la taza de café en las manos, observo el sillón donde estaba ella. También a Berta que está sumida en sus pensamientos. Ha pegado un gran cambio, un bajón. Esta tarde parecía serena, incluso a veces fría, pero ahora se le ha quedado un gesto de dolor en el rostro y por un momento me recuerda la imagen de una santa que vi alguna vez en un paso. Tan sólo le he preguntado «¿qué te pasa?», y es la señal que necesitaba para reventar un llanto contenido de días, para soltar las riendas del encabritado dolor que libraba una batalla consigo mismo, constreñido y limitado, en algún rincón secreto de su alma. La abrazo, y su llanto convulsivo me sumerge en el desgarro que siente, porque la amó, como yo pude amarla y no me atreví. Pero mi consciencia de esto, mi certeza de que yo la habría amado, igual o más, comprime también mi pecho hasta hacer reventar mi garganta con su nombre.

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónSeptiembre 1998
Colección RSSNarrativas globales
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