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Como el cielo los ojos

Javier 8

Edith Checa
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Ya es tarde para todo, ¿verdad, Isabel? Me hubiera gustado tenerte cerca y que me contaras todos estos recuerdos de tu niñez... con tu voz serena, grave y profunda. Yo hubiera visto en tus ojos, tan verdes, aquellos arboles de la ribera del río entre los que jugabas con tus amigos. Habría visto en tu retina la niña que comía pan con aceite y azúcar, y caminaba con agujeros en los zapatos. Esa niña de ojos tristes que nunca tuvo bicicleta y que esperaba en el poyete del zaguán la vuelta del verano, único aliado que secaría el lodazal de su calle y le devolvería a sus amigos. Yo hubiera querido ser tu amigo. Desearía haber sido tu amigo, tu amante, tu viajero que tiene como el cielo los ojos. Haberte reconocido esa noche cuando te tuve entre mis brazos. Si me hubiera quedado contigo esa noche ahora estarías viva. Habríamos salido juntos desde ese día, y cuando me hubieras dicho que ibas a ir a Llanes te habría dicho que no, que lo dejaras para más adelante; que ahora que estábamos juntos y habíamos empezado aquello no podías irte. O te hubiera dicho que yo te acompañaba, en vez del jueves, el viernes al salir del trabajo. De cualquier manera, si esa noche del baile me hubiera decidido a hablarte en serio, o al día siguiente te hubiera llamado para quedar, no estarías muerta, habría podido cambiar tu vida, ningún camión hubiera invadido tu calzada para cercenarla. Tenía que haberte estrechado esa noche entre mis brazos, no debí dejarte ir. Pude cambiar tu final, pero no lo hice. ¿Por qué? ¿Por qué no lo hice? Y este... saber que todo ha terminado y que nada tiene solución, que no puedo retroceder para remediar lo que hice, o lo que no hice. Tú no habrías cogido el coche, te lo habría impedido: ¿para qué quieres ir de viaje ahora que estamos juntos? No, no vas a ir, y menos sola... Déjame que te acompañe, por favor... y tú te habrías abandonado en mis brazos, y yo te habría besado hasta que te deshicieras conmigo, hasta perder las fuerzas, hasta morirte conmigo. Hubiera sido mejor morirme contigo.

Van a tardar algunos días en llevar las cenizas a Llanes. La madre no se encuentra bien... El «ex» se está quedando a dormir en su casa, no entiendo por qué. Podría haberse ido a un hotel. Me jode que ese tío repugnante esté toqueteando los poemas y los cuentos, sus libros, su ropa... que huela su ropa y lea sus cuentos, que riegue sus plantas... seguro que no las riega, ¡qué le importarán a él! Por qué tiene que estar en su casa... la niña, claro. Está con la niña —no pude mirarla, me dio miedo mirarla en el funeral. Su niña... Miedo de quererla por ser su hija; pena, ternura... no pude mirarla siquiera. No sé cómo es, si tiene sus ojos o su sonrisa. No quise mirarla, no quise hablarle... ¿Qué será de ella ahora? —pero, claro, no se va a ir a un hotel con ella teniendo la casa... Está llena de cuadros, eso dice Berta. Cuadros al óleo, grandes, muy grandes. Pintaba cuadros sobre paisajes, pero no bien definidos.

«¿Qué quieres decir Berta?»

«Pues que deja ver que son paisajes, pero no exactamente, no con realismo, ¿comprendes? Juega con los colores un poco a lo loco y pinta cielos violetas y nubes rosas, y especies de hortensias raras y enormes en sembrados de lirios, y lirios entre juncos, y flores y árboles inclasificables, irreconocibles. Sus paisajes son inventados, no existen ¿comprendes?»

Y más que nunca deseo ver sus cuadros, meterme en sus colores locos, y oler su ropa, y olerla a ella, y besarla y amarla y leer sus cuentos, y jugar con sus gatas y compartir su tiempo, todo su tiempo; oir juntos su música, sus arias, sus adagios, sus intermezzos, sus preludios; verla concentrada en la fusión de los colores y seguir con la mirada cada pincelada loca en el lienzo, verla crear formas con el ímpetu del genio en la creación última del día; soñar con ella, abrazados, sintiendo su cálida respiración, compartir sus sueños; acompañarla en cada movimiento nocturno, siempre abrazado a ella, siendo los dos la compensación del otro, la parte que al otro le falta; la parte que me falta, la parte que me falta... Mirarla, como la miré el último día, como nos miramos el último día... a punto de brotar de nuestros labios tanto amor, tanta locura. Pero no pude, no te dije que te quería, no te pedí que no te fueras de viaje, y ese camión destrozó tu vida, y la mía. Y no puedo volver a repetir la historia, moviola que me permitiera desandar lo andado, rectificar mi error y mi derrota, retroceder en el tiempo, rectificar mi error y mi derrota...

Se irá pronto, eso dice Berta. Tiene una tienda y la ha cerrado para venir, no aguantará mucho... Berta se ha quedado asombrada cuando le he dicho que me tenga al tanto de todo porque quiero ir a Llanes. Sí, voy a ir a Llanes.

Han leído el testamento. Isabel no deja nada de valor pero le pide a la madre que busque a alguien para que lea todo lo que tiene en el ordenador por si se puede publicar algo. La madre se lo ha dicho a Berta y mi querida amiga ha pensado desde el primer momento en mí. ¡Me lo ha pedido a mí!

«Javier, tengo una grata —creo que será grata— sorpresa que darte: la madre de Isabel quiere que busque a alguien para que lea todo lo que hay en el ordenador por si se puede publicar algo.»

¡Todavía no me lo puedo creer!, ¡me van a dar las llaves de su casa!, ¡me van a dar la clave de acceso a los archivos!, ¡voy a meterme en su mundo! Yo, y sólo yo. Nadie más..., creo que me voy a volver loco..., que ya estoy loco, pero no me importa.

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónDiciembre 1998
Colección RSSNarrativas globales
Permalinkhttp://badosa.com/n052-j08
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