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Como el cielo los ojos

Iñaki 10

Edith Checa
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Estoy deseando llegar a casa. Me siento muy cansado. Debo animarme porque pasado mañana es viernes y vendrá Julio a pasar el fin de semana conmigo. Necesito descansar. Olvidarme. Iremos al cine. Podemos hacer una escapada con las bicicletas. Necesito aire fresco. Estoy fatal. En el trabajo me dicen que me tome unos días de descanso pero no puedo, hay muchas cosas pendientes, además no me conviene estar solo en casa. Si me cojo unos días es para irme con mi hijo a algún sitio, pero él no puede faltar al colegio. Me han tomado la tensión. El médico de la empresa me ha mandado unas pastillas, no sé si tomármelas. No me gusta medicarme. También me ha recomendado algo inocuo para dormir. No quiero tomar nada. No me gusta tomar nada. Esto tiene que pasar por sí solo. Es cuestión de tiempo y de relajaciones. Son muchas cosas: la muerte inesperada de Isabel; mi hijo que me tiene preocupado porque su madre no hace más que llamarle llorando y a él se le está ablandando el corazón; las denuncias y los juicios pendientes; la indiferencia de los que yo creía amigos y que no me llaman; y las llamadas insistentes de ese chulo que se está pasando, y que seguro que se presenta en mi casa en cualquier momento. Tengo miedo de llegar al portal, lo mismo está allí, esperándome. Sería horrible.

Me tiemblan las manos al abrir la puerta de la verja, no me han temblado nunca hasta ahora. Si me está esperando me doy la vuelta y busco a la policía. Hay alguien sentado en el banco. No puede ser él. ¡Sí, lo es, es él! Pasa sin más, no le dirijas la mirada, a lo mejor no me reconoce. Fuerte, sé fuerte. Cuando llegues al portal todo habrá pasado. Se ha levantado. Me habla, me está hablando. Sonríe y me pregunta si soy Iñaki. Le digo que qué quiere, sonríe, es un chulo, se presenta como el ex de Isabel y dice que me ha dejado mensajes. No quiero hablar con él, ¿por qué tengo que contestarle? Esto es una pesadilla, ¿qué hace este tío persiguiéndome?, ¿qué tiene que ver conmigo? Odio los escándalos pero chillo, chillo, no quiero que se me acerque. Ya estoy junto al portal. Dice que me da una carta de Isabel, que sólo es eso. Está sereno, mucho más que yo. Tiemblo. Alargo la mano. Me la da. Me doy la vuelta pero se interpone entre el portal y yo. Me increpa furioso. Le tiembla el labio inferior cuando grita. Está en jarras. Quiere que hablemos. ¡Está loco!, ¿pero de qué tengo yo que hablar con él?... Mi mujer y tú fuisteis amantes, me dice, y por un momento me siento como el amante cogido in fraganti. ¿Pero por qué?, estaban divorciados y encima está muerta. ¡Está enfermo! No para de decir guarradas de que me la mamaba, ¡cerdo asqueroso! Le odio, le odio. Tengo ganas de estrellarle la bola de billar que tiene por cabeza contra la pared. Me para el puñetazo el muy cabrón. Me llama hijo de perra. ¡Largo!, le digo, si no quieres que llame a la policía. Abro la puerta. Entro. No me sigue, ni siquiera lo ha intentado. Se ha quedado como Mister Proper riéndose de mí a través del cristal de la puerta. Cojo el ascensor. Se me hace eterno. Tengo taquicardia. Sudo. Cualquier día me matará. Está enfermo. No hay otra explicación, está loco.

Tengo el sobre y no sé si abrirlo. Siento miedo. No quiero que me haga sufrir más. Pero soy fuerte. Lo abro. Hay un poema. Lo guardo de nuevo.

«... Recorro con las yemas de mis dedos tu enjambre de infinitos volcanes que se yerguen a mi paso, y percibo la fragancia que aflora, con mis pinceladas, de cada uno de tus salvajes valles, y me pierdo en cada bosque que encuentro, desmayada y febril. Y recorro con mi boca los perfiles cósmicos de tu inagotable esencia, y tatúo con mi lastre puro de amor infinito cada rincón inaccesible de tu figura, y enardecida por la dicha soy la diosa Venus que desflora tu guarida hasta que pierdes tu identidad entre mis brazos, y deseas, extenuado, morir conmigo.»

Morir contigo, Isabel. Morir contigo, y descansar. Estoy cansado, muy cansado, no tengo fuerzas ni para pensar. Ni para saber qué has querido decir en tu poema, sólo sé que estoy extenuado y ansío descansar. La muerte es la nada. Nada. Y si no hay nada, es un descanso. Los muertos no piensan, no sufren, no sienten, no están cansados como yo. Morir es descansar. No me importaría estar muerto. Dejar de ser. Dejar de existir. No ser. No pensar. Nada.

Mañana viene mi hijo.

Ayer, no sé cómo pude dormir algo. Me tomé un cuarto de una de esas pastillas que me mandó el médico del trabajo. Al principio pensé que me había sentado mal, me faltaba el aire a pesar de dar grandes bocanadas, me ahogaba. Tenía taquicardia, sudaba por el cuello y la frente, por todas partes. Me levanté para ver si podía vomitar la dichosa pastilla. Leí un par de veces el prospecto pero no ponía nada sobre aquellos síntomas. Era evidente que estaba somatizando. Todo era producto de mi imaginación. Era la angustia, y el estrés, y el miedo. Sólo tenía que respirar profundamente varias veces y sentir los besos de Isabel en mis párpados, su aliento de bosque en mis mejillas, sus manos acariciar mi pelo y mis hombros, y su voz arrullarme con versos que no entendía.

Hoy estoy un poco mejor.

«Julio, ¿qué dices? ¿Cómo me haces esto hijo?... ¿Sabes que me estás haciendo?... ¿Cómo te has dejado convencer? Me estás matando, hijo... No, no lo entiendo. ¡Después de tanta lucha por ayudarte! Después de todo lo que tu madre te ha hecho, ¿es que no te acuerdas? Aquel día que te sacó del internado y te llevó a un hostal y se emborrachó delante de ti y luego vomitó. ¿No te acuerdas hijo cuando nos fuimos de la casa porque estabas sumido en una depresión bestial? Aquel día, aquel 3 de diciembre renuncié a todo por ti, hijo. He perdido a tus hermanos por ti, y ¡ahora me haces esto! No vayas mañana. No me dejes este fin de semana por favor. Estoy muy mal, hijo. Ya te contaré lo que me ha pasado. Estoy muy mal, ¡no me dejes por favor! No me dejes, hijo. No me abandones tu también... ¡Dios mío!»

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Copyright ©Edith Checa, 1995
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Fecha de publicaciónFebrero 1999
Colección RSSNarrativas globales
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