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Confesiones de Plaza

Orlando Mazeyra Guillén
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaPlaza de Armas, Lima

El amor es maravilloso y absurdo e, incomprensiblemente, visita a cualquier clase de almas. Pero la gente absurda y maravillosa no abunda; y las que lo son, es por poco tiempo, en la primera juventud. Después comienzan a aceptar y se pierden.

Juan Carlos Onetti, El pozo

Cuando la lluvia empezó, subí inmediatamente al automóvil y me marché a casa. La dejé en medio de la plaza de Armas, llorando por todo y, a la vez, por nada.

Al llegar, me quité el sobretodo, preparé un té caliente y traté de pensar en otra cosa. No pude. Me había amenazado con suicidarse si es que yo me volvía a equivocar, pero —a pesar de los antecedentes— seguía viendo esa posibilidad como irreal, lejana, algo que nunca se daría con éxito; aunque verla muerta era, dada las circunstancias que nos envolvían, un deseo que me costaba desalojar de mis pensamientos.

Creo que todos alguna vez nos hemos enamorado de una puta. Es una casualidad cuyas estadísticas —aunque lamentablemente inverificables sin un detector de mentiras efectivo— deben de tener un gran aliento. Sé que muchos lo niegan por pudor, por no quedar mal ante la pareja de turno o para sentirse protegidos de sus escapes nocturnos. Pero si hay algo en lo que los hombres caen es en el enamoramiento de las mujeres de vida airada.

A mí me pasó. Lo malo es que no fue un amor lírico, de esos que se desvanecen en palabras y frases que caen en el lugar común: la cama. No, lo mío fue distinto, singular. Y apelo a ella para que lo ratifique. Saberla ramera me hizo entender con cierto alivio que nunca tendría que preocuparme por la infidelidad ni nada que se le aproxime. No celos, no pesquisas, no control de horarios. Hablo de un amor libre, pero cuidadoso.

Empezamos a salir los domingos por la tarde. Ése era su único día libre. Íbamos al cine y luego a comer helados o a dormir en mi departamento. Le preguntaba acerca de sus clientes favoritos y siempre escamoteaba la respuesta enarcando las cejas antes de voltearme la cara. No le gustaba hablar del trabajo y sólo quería un poco de amor, una caricia sincera que la liberara de esa vida inhumana que, según mi imaginación, a veces alcanzaba más de diez sesiones en una sola noche.

Cuando le dije que quería ser más que un compañero de cama, ella lo tomó como una broma torpe, seguramente por eso dibujó una sonrisa impostada que nos denunciaba como incautos cómplices de un grotesco absurdo. Me dijo que ya no había románticos, que el mundo en que vivíamos las putas eran algo peor que un neumático malogrado. No entendí su analogía, pero traté de hacerle comprender que yo quería amarla «por la buena», como decían en esas películas mexicanas que a ella tanto le gustaban.

El enamoramiento se dio de ambas partes y oficializamos nuestra relación ante el altar de San Judas Tadeo, patrono de las causas imposibles.

—Lo nuestro es un albur, lo sabes —me dijo con una seguridad terminante. Estoy seguro de que esa palabra la sacó de alguna película en blanco y negro.

—Por eso estamos aquí —le susurré, y enlazamos nuestras manos ante la atenta mirada del santo.

Los primeros días fueron hermosos. Ella arribaba por la madrugada, se daba un buen duchazo mientras yo despertaba y, luego, teníamos un sexo breve, fugaz. Sabía que llegaba agotada y que lo que menos quería era más de lo mismo; pero siempre me daba alas para un paseo por entre sus piernas que me dejaba satisfecho, aunque con ganas de una repetición que nunca llegaba.

Al final, creo que, en nuestra relación, lo único que sabíamos hacer bien era tirar. Lo demás era distinto, sin visos de sensatez o sentido común. No me importaba su vida y a ella tampoco la mía; en consecuencia, carecíamos de cualquier vínculo, hasta el día que me salió con la locura ésa:

—Edmundo, quiero tener un hijo.

No supe qué responderle.

—¿No me vas a decir nada? —preguntó envalentonada—. Te dije que quiero tener un hijo.

Apagué el televisor y salí de la recámara. Ella apenas lloró (no lo recuerdo bien, tampoco es bueno recordarlo), y se fue por primera vez de la casa. Cosa que agradecí íntimamente.

Volvió casi a las tres semanas, luego de que su hermana menor le salvara la vida. Había ingerido una fuerte dosis de raticida con ron intentando llamar mi atención (o la de la muerte).

Al final, lo logró: tuve que pedirle perdón y empezamos de nuevo.

—Quiero que tengamos un hijo —insistió un domingo por la tarde.

Otra vez recurrí a mi mejor aliado: el silencio.

—¿Por qué mierda te quedas callado? ¿Me quieres o no me quieres, Edmundo?

Tomé valor y le dije lo que sentía:

—Tú no quieres un hijo, Meche. Lo que tú quieres es tirar conmigo sin preservativo.

—¿Acaso no tengo ese derecho? Soy tu mujer, Edmundo.

—No por eso dejas de ser...

—¿De ser qué? —se anticipó y me lanzó dos cachetadas: una en cada mejilla.

—De ser una puta, pues —le dije y le tomé las manos porque estaba a punto de arañarme—, ¿qué otra cosa más puedes ser tú?

Empezó a correr rumbo a la plaza de Armas mientras gritaba: «Estás jugando conmigo, cabrón: ¡me quiero matar!»

La perseguí sin saber por qué lo hacía y traté de calmarla.

—Meche, vamos a casa: no hagas espectáculos.

—No quiero volver a verte, maricón.

—Tengo miedo —le confesé—, dime cobarde si quieres, dime maricón o lo que más te plazca, pero tengo miedo.

—No estoy enferma, infeliz —me aclaró restregándome en la cara su carné sanitario—. ¿O acaso crees que sólo contigo me cuido, animal?

—No quiero tener... no quiero tener un hijo de puta, ¡entiéndeme!

La lluvia empezó a caer y ella ya no dijo nada. Algo en nosotros, eso que alguna vez nos unió, no se había roto, pero cambió para siempre.

Ahora recuerdo cada detalle y cada gesto de la noche en que nos conocimos en su centro de trabajo. «Tengo miedo de no saber hacerlo, miedo de parecerme a mi papá», pienso mientras sostengo la imagen de San Judas Tadeo.

—Es un varoncito —me da la primicia una señorita algo fatigada.

—No tengo qué repartir —le confieso a la enfermera, sumido en una suerte de alegre incertidumbre que me hace soltar la estampa del Santo—. ¿En dónde puedo conseguir una caja de habanos?

—Aquí nomás —me dice estirando la mano hacia la izquierda—. En la plaza de Armas.

Me agacho y recojo la estampa. Luego de guardarla en mi billetera, abrazo fuerte a la enfermera.

—Ya soy papá —le digo—, y todavía no me lo creo.

—¿Quiere verlo?

—No, por favor, ni se le ocurra —respondo sin darme cuenta. Ella no entiende lo que pasa—. Me voy a buscar unos habanos por la plaza de Armas.

Quiero que la tierra me trague. Me juro no ver jamás a mi hijo.

Mientras fumo un habano sentado sobre el pavimento pienso en papá y me niego a ser peor que él. Ya lo estoy siendo; esa idea me paraliza; me mata. Las bocinas de un coche me rompen el tímpano. Ahora, un policía me quita el habano y me ordena que me levante. Lo ignoraré hasta que pueda, pues soy un especialista en eso.

—Ya viene la procesión —murmura un transeúnte que me regala una sonrisa que entiendo como una sutil afrenta. Al fondo, llego a ver a un racimo de beatas que empiezan a apoderarse de la plaza, se van insinuando los primeros sudorosos cuadrilleros que traen consigo la imagen de San Judas Tadeo: el patrono de las causas imposibles, que es lo mismo que ser el patrono de las rameras y de sus esposos.

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Copyright ©Orlando Mazeyra Guillén, 2009
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Fecha de publicaciónDiciembre 2009
Colección RSSLas excepciones cotidianas
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