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Uña y mugre

Orlando Mazeyra Guillén
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Se abrió paso entre la gente y me alcanzó el libro:

—Escribes muy bien —me dijo con una mezcla de rabia y desazón—. Pero deberías aprender a decir las cosas como son, sobre todo si se trata de tus familiares. Porque, créemelo, la familia es lo más importante.

Salvador Arteaga era el mejor amigo de mi padre. Uña y mugre. Luego de compartir las aulas de la facultad de derecho de la Universidad Nacional de San Agustín, trabajaron juntos, desde muy jóvenes, en el estudio de abogados Berciani y, al parecer, éste se había sentido bastante incómodo por aparecer con nombre y apellido en mi última novela.

—No soy esa caricatura de buscapleitos que pusiste acá —me increpó señalando el libro que le devolví autografiado—. Pero eso no me dolió tanto como lo que has hecho con tu padre... Contar verdades a medias, eso sólo lo hacen los cobardes.

—Es una novela, don Salvador —repuse tratando de ocultar mi incomodidad—. Es una versión muy libre y alterada de mi vida... las cosas que escribo son...

—Son una buena porquería —espetó rabioso ante el espanto de unos pocos lectores que hacían cola—. Eso es lo que son, ¿o todavía no te has dado por enterado?

—Cálmese, por favor —lo exhorté invadido por el bochorno—. Y permítame explicarle...

—¡Cría cuervos y te sacarán los ojos! —sentenció él y me dio la espalda. De inmediato, empezó a salir de la feria del libro del Parque Libertad de Expresión.

Terminé de firmar un par de novelas más y, todavía descompuesto por lo que me había dicho, decidí alcanzarlo. Caminé de prisa y lo vi entrar a la pastelería Astoria.

—Don Salvador —lo abordé en el mostrador del negocio—. Si tanto lo ha ofuscado mi novela, ¿para qué vino a pedirme un autógrafo? ¿No le parece absurdo?

—No sabes nada de la vida, Ramón —me amonestó negando con la cabeza y se dirigió a la mesa más alejada—. El libro que te hice firmar no es mío...

—Entonces... ¿de quién? —inquirí cuando ya nos habíamos sentado.

—De tu padre —confesó con visos de una irreprimible tensión—, fue él quien me mandó a pedirte una firma.

—Pero, ¡mírelo! —le dije señalando la novela de marras—. Se lo he dedicado a usted. Soy un tonto.

—Sí, ya me he dado cuenta —ironizó desalentado—. Tu papá no tuvo el valor de venir a conversar contigo... No lo entiendo, eres como él, a ninguno de los dos puedo comprenderlos... Y, para que se te aclaren las cosas, a tu padre le daría lo mismo si me lo dedicas a mí o a él. Ahora me entiendes, ¿verdad? ¿O quieres seguir jugando a las adivinanzas?

—No —respondí—. No le entiendo, don Salvador. ¡Hábleme claro!

—Tu papá quería agradecerte por no hablar de la relación.

—¿De qué relación?

Antes de responderme, me miró con firmeza y se soltó la corbata.

—Dice que estabas en todo tu derecho. El libro le ha dolido mucho, hasta ha llorado como un niño. Sin embargo, cuando terminó de leerlo, sintió un gran alivio. Por tu madre que es una santa. Yo no tengo nada que agradecer, porque mi amor está por encima de cualquier cosa, y eso no lo va a cambiar nadie.

—¿Usted tiene algo con mi mamá?

—No seas torpe —me respondió enervado—. Tu padre y yo siempre nos hemos amado. Él estaba dispuesto a separarse de tu madre, yo ya lo había convencido. Cuando él tomó el suficiente valor para dejarlo todo por mí, ella quedó embarazada...

—Yo... —musité angustiado y con ganas de que me tragara la tierra.

—Sí, te estaba esperando a ti. Eso le dio un vuelco a nuestras vidas y tuve que aceptar a regañadientes el hecho de que debía compartir a Salvador con tu madre. Y, te lo repito, para mí hubieras hecho bien en contarlo, pues yo sé que lo sabías. Así que no pongas esa cara de sorprendido porque yo no me como cuentitos. ¡Ni cuentitos ni novelitas como ésta!

—Yo tampoco —le alcancé a responder con lágrimas en los ojos—. La novela de mi vida, ahora lo sé, es más truculenta y...

—¡Más sentimental y vivaz! —añadió él—. Como lo es tu padre.

Cayó en la cuenta, ¿recién?, que yo no sabía nada al respecto. Nunca lo sabré.

—A pesar de todo, sigo creyendo que escribes bien —concluyó antes de irse.

Pero no basta con escribir bien, ni tener una buena pizca de talento, para contar la verdadera novela que le debo a mi padre. Quizá por eso me quedé con este torpe cuento que refleja que yo, de alguna forma que no logro rumiar, también tengo un poco de ambos: uña y mugre.

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Copyright ©Orlando Mazeyra Guillén, 2011
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Fecha de publicaciónEnero 2012
Colección RSSEl tiempo recuperado
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