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Portada Biblioteca Relatos cortos El tiempo recuperado

El Chuso

Orlando Mazeyra Guillén
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Todo al fin se sucedió:
sólo que el tiempo no los esperó.
La melancolía de morir en este mundo
y de vivir sin una estúpida razón.
Fito Páez

Por más que lo intento, no logro recordar su nombre, pues todos le decíamos el Chuso. Así se apoda en mi pueblo a la gente que, como él, tiene los ojos chicos (o, castigo de la genética, a los que poseen un ojo más chico que el otro).

A contrapelo de su defecto, el Chuso era muy hábil, juguetón, hiperactivo: si no estaba corriendo al filo de las cornisas o por encima de los delgados muros que separaban las casas de la vecindad, entonces andaba armando zafarranchos en las clases, contando chistes colorados; o rompiendo, durante los recreos, los vidrios del colegio Manuel Muñoz Nájar con la cacha más popular de la localidad: alguna vez, en la mismísima plaza de armas, le dio en el trasero al propio alcalde, para jolgorio de sus no pocos enemigos políticos.

Su madre, doña Sofía, lo amenazaba con mandarlo al noviciado:

—Para sacarte de una buena vez a ese diablo que tienes dentro —lo amonestaba, cansada de las pellejerías de único vástago.

Era un capo hasta para los deportes. Jugaba básquet, fútbol y, cuando hacía mucho calor, se lanzaba al río con su perro Tarzán.

—Chuso, ¡sal de ahí! —le decíamos, muy preocupados—. Te va a dar conjuntivitis.

—Esta agua es más limpia que la toman en sus casas —se burlaba él y abrazaba al can que era tan inquieto como su propio amo.

A pesar de todo, lo considerábamos un ser excepcional, casi un predestinado. Estábamos convencidos de que llegaría lejos.

Nos equivocamos feo. Al Chuso, como a tantos otros, lo fregó la pichicata.

Se empezó a juntar con los malandrines de Ferroviarios: se iba con ellos a jugar pelota a la cancha de Obando. Hasta ahí, todo bien. Sin embargo, luego de los partidos, compraban trago corto y se ponían a fumar marihuana. Luego se metieron con cosas peores.

A partir de sus nuevas experiencias, él mostraba otro talante. Nos miraba con un halo desprecio:

—Todos ustedes se siguen portando como niños, son unos pobres ahuevados —sentenciaba convencido—. No saben de lo bueno de esta vida, chumbeques.

Él, por alguna absurda razón, se quería sacar de encima el apodo llamándonos chumbeques. Acusándonos de tener los ojos redondos y muy abiertos, como esos muñecos que vendían en el mercado.

—Ya cállate, Chuso, y deja de juntarte con pichicateros.

—Ya me cansé de la gente del barrio —reponía él—. Son una manga de pelotillas.

Y reía tanto como cuando lo encontrábamos con los ojos inyectados de rojo. Según él, se reía de la vida y, sin duda, parecía pasarla muy bien.

Decidimos tirarle dedo: hablar con su viejita para que lo ayude. No imaginábamos el espanto que invadiría a doña Sofía antes de botarnos de su casa con una lluvia de improperios.

—Drogadictos serán ustedes que andan inventando tonterías —nos increpó—. La pura envidia los hace hablar tonterías.

Un viernes por la tarde lo encontré mirando al río. Lo noté deprimido, contrariado a más no poder:

—El Tarzán ya no me quiere —me dijo como quien suelta su más íntimo secreto.

—¿Qué huevadas hablas, Chuso?

—Él también se ha dado cuenta y ya no me hace caso. Cuando le doy una orden se hace el cojudo, ¡no lo conoceré yo a ese zamarro! Todos se han dado cuenta, menos mi mamá... Creo que se hace la que no se da cuenta.

—Chuso, eres joven —le dije sintiéndome algo ridículo—. No eches a perder tu vida: todos sabemos que, si te lo propones, puedes llegar lejos.

—Ya sé que fueron con el chisme a mi casa —me informó, inexpresivo—. Me han demostrado que sí son patas... pero esta nota es fuerte... No la puedo dejar ni un día porque me vienen los muñecos y es como estar en el infierno.

Cuando se puso a llorar, sentí que debía abrazarlo. Pero no lo hice, porque me pareció un acto poco viril. La candidez de mis catorce años sólo me permitió darle unas palmadas, antes de la mayor mentira que haya dicho en mi vida: “Cuenta conmigo siempre.”

—¿Quieres probar? —me dijo y, de pronto, sacó un polvo blanco de un tubito de vidrio en el que vienen muestras de perfumes: parecía harina—. Aspiras un poquito nomás y te vas a sentir el rey.

—No gracias, hermano. Así nomás. Yo no le entro a esas vainas.

—¿No te gusta soñar? ¿Acaso no tienes sueños, chumbeque? Yo sueño tantas huevadas... que pienso que la vida no me va a alcanzar...

Su pregunta me supo a lamento. Él sabía que se estaba alejando de sus sueños. Pero la droga —argumentaba con una monumental ceguera— lo acercaba a éstos de una manera burda, a través de una mentira. Lo vi tan desolado que le dije lo que, hasta ese momento, no le había dicho a nadie:

—Claro que sueño, Chuso, ¿cómo no? —respondí—. Yo sueño con ser escritor.

—¿Escritor dices?

—Sí, escritor —asentí sintiendo que me había quitado un gran peso de encima—. Mientras tú te malogras con los badulaques de Ferroviarios yo leo muchos libros. Algún día quisiera enseñarte la biblioteca de mi abuelo: es grande y tiene tantos libros que hasta me da flojera contarlos.

—Si vas a ser escritor entonces, de todas maneras, tendrás que contar la historia de mi vida —apostilló él y devolvió intacta la droga a su bolsillo.

—¿De tu vida, Chuso?

—Sí, de mi vida, ¿o no puedes? —me increpó—. Pero hazme un favor...

—¿Cuál?

—Arréglale el final.

Desde aquella vez me propuse escribir esta historia. A través de mi vida, he roto bosquejos infinidad de veces, pues, así como el Chuso no pudo dejar las drogas, yo tampoco pude arreglar el final.

Juro y rejuro que él sigue vivo. Ése sí que sería un remate que nos dejaría conformes a ambos.

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Copyright ©Orlando Mazeyra Guillén, 2011
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Fecha de publicaciónNoviembre 2011
Colección RSSEl tiempo recuperado
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