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Si volvieran los dinosaurios

Orlando Mazeyra Guillén
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La gentuza y la gente —aunque intuyo que ambas son la misma cosa— creen que somos como los dinosaurios. Quiero decir que, tanto en la calle, en el estadio, la taberna o en la biblioteca, se piensa que estamos extintos, que somos cosa del pasado, que desaparecimos para siempre como las manchas de la viruela, los gigantescos mamuts siberianos y los aterradores vikingos que gobernaban los mares. Pienso que si el (in)mundo no estuviera tan deschavetado —enfermo de mentiras y espejismos insolentes que se burlan de natura— debería de ser así. Pero no. ¡Existimos! Todavía los habemos y somos como una especie de logia masónica, pero más refinada, solariega, exclusivísima y multimillonaria como pocas... o como ninguna.

Estaría de más tratar de recordar cuándo fue que perdí el pudor o, por ventura, cuál fue la causa precisa que, siendo un tenaz enemigo de la franqueza, me impulsó a contar esto (que parece ficción de cabo a rabo, sobre todo tratándose de un hombre pusilánime, confuso y sin poder de convicción como yo). No quiero tampoco aburrir a nadie con los placeres cotidianos a los que accedemos hasta el aburrimiento: viajes interminables en hoteles de ensueño y lugares que uno creería sacados de la ficción más elaborada (donde la palabra «paradisiaco» resulta insoportablemente laxa); la droga más selecta del planeta (la favorita es la cocaína, obviamente, aunque he tenido largas jornadas de heroína y algunos coqueteos con el opio); los mejores vinos y las cenas más pantagruélicas que un hambriento de buen paladar pueda imaginarse.

¿Mujeres? Mujeres, no. En realidad, sí tenemos mujeres: de pasarela, de prostíbulo o de casa. Todas: sílfides o carnosas, morochas o arias, frías o ardientes, de diez o de millones de euros. Aunque, tengo un reparo: si son frías o ardientes, es difícil de saberlo. Hablo intuitivamente porque nuestro drama es que, siendo hombres, no podemos responder como hombres. Respondemos como podemos, pero nunca con lo más importante, la herramienta insustituible que, en nuestro caso, no pasa de ser una ornamentación exangüe.

He hecho delirar a un sinfín de hembras preciosas, he sentido el calor de su interior, o lo que unos llaman furor uterino. Pero siempre con mi lengua escurridiza o con los impetuosos dedos de la mano que hacen buenas migas con los clítoris más exigentes.

El ignorante o malintencionado me puede llamar como lo hace ese vulgo que nunca goza de mi canto (o que finge gozarlo pero no lo captura a plenitud): «eunuco».

No, no soy un eunuco: soy un héroe viviente, un inmolado en nombre del arte. No me envanezco de ello. Me atrevería a decir que, si pudiera volver el tiempo atrás, agarraría a puntapiés a mi padre antes de elegir ser zapatero, ebanista y hasta carnicero (a estos los detesto especialmente porque el infeliz que me dejó así fue un carnicero; un médico de verdad no sería capaz de arrebatarle innecesariamente su virilidad a un hombre).

Cuando convencieron a mi padre yo apenas frisaba los diez años. Se rendían ante mí propios y extraños, el Papa, la mafia siciliana y el propio Nicolai Gedda creían que la ternura de mi voz no se podía perder de ninguna manera; pero —¡ay!— para eso yo debía dejar de crecer, congelar mi reloj biológico, o, claro está, someterme a esa maldita manducación que me hizo célebre e infeliz. Mi madre nunca estuvo de acuerdo; por eso siempre visito su mausoleo y no le canto nada porque sé que ella, esté en donde esté, prefiere mi silencio.

—Silvio, quieres ganar fortuna, pero vas a perder a un hijo —recuerdo como si fuera ayer lo que, suplicante, mi madre le dijo a mi progenitor.

—Gentes de Roma y Ferrara me han dicho, convencidas, que superará al mismo Carlo Broschi, mujer. Nuestro hijo será una celebridad. Será feliz y felices nos hará.

—A veces no nos damos cuenta... —murmuró mamá y no volvió a hablar del tema.

Lo único cierto es que nadie jamás me ha comparado con Farinelli porque no puedo divulgar este secreto, esta infamia, esta pesadumbre que me pesa como un yunque sobre la sien: soy un castrati. ¡Todavía existimos, maldición!

Los mejores sopranos del orbe seguimos sometiéndonos a la pérdida de los testículos en pos de un fundamentalismo musical que compite con cualquier disparate religioso. Cantamos como los dioses, pero vivimos en el Infierno. La ópera para mí ya es un absurdo superado, una amargura cotidiana, lluvia de aplausos que aburre tanto como mi calidad de amante... Un coliseo repleto me parece más gélido que mi propia cama, ¿comprenden?

«Un artista codiciado», me llamaron en España. «¡Soprano del siglo!», exclamaron periodistas de Manhattan. Nadie me llama por mi nombre, sólo la secta sádica que dice honrar al arte sabe mi verdad. Y si tengo el valor de divulgar mi condición de castrado desaparecería de inmediato con la venia del mismo Benedicto XVI y todos sus secuaces que mueven los hilos del planeta.

Por eso vine a Brasil con un pasaporte falso. Encanecido deliberadamente y con una barba tupida en donde se pierden mis facciones más delatoras. Camino por Sao Paulo con alegre indiferencia, reconozco en este rincón del mundo ambientes industrializados que conviven con harapientos que acá llaman «moradores de la ruta», cierto candor de sus gentes y unas formas generosas que deambulan con prendas cortas que desaparecen entre las voluminosas nalgas de negras sandungueras y blancas coquetas. Tanta carne me sofoca y me recuerda más que nunca que llevo una vida más vacía que mi escroto. Últimamente tengo pesadillas y temo convertirme en un morador de la ruta. ¿Pesadilla o ensueño? Ya no puedo precisarlo.

La vida está hecha de decisiones que no comprendemos (pero que nos comprenden). ¿Por qué no elegí Estados Unidos, Francia o La India? ¿Qué cosa me trajo hasta Brasil para darle a conocer al mundo esta verdad más grande que la Plaza de San Pedro?

—¿Cuándo piensa volver a Italia? —me preguntaron en migraciones.

—Cuando vuelvan los dinosaurios —respondí sonriente—, si es que alguna vez se fueron.

Guardé mi pasaporte sin ganas, algo nervioso y descolocado: sabiendo que el secreto se acabará pronto y que a fin de mes, con el apoyo de la embajada italiana, convocaré a los medios para mostrarle al mundo que, así como los castrati seguimos existiendo, también siguen merodeando los dinosaurios que deciden por los demás: nos matan, nos cortan las alas, los testículos, ¡las ilusiones! Y —como diría mamá— no nos damos cuenta.

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Copyright ©Orlando Mazeyra Guillén, 2010
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Fecha de publicaciónMarzo 2010
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