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Los cuervos y los cántaros

Orlando Mazeyra Guillén
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Seré, por siempre, extraño a mí mismo. En psicología, como en lógica, hay verdades, pero no verdad. El «conócete a ti mismo» de Sócrates tiene tanto valor como el «sé virtuoso» de nuestros confesionarios. Ambos revelan una nostalgia al mismo tiempo que una ignorancia. Son juegos estériles en torno a grandes temas. No son legítimos sino en la medida exacta en que son aproximativos.
Albert Camus, Los muros absurdos
Si entre muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad, y tú, en un fanático.
Ryszard Kapuscinski, Lapidarium II

Cuando leí el titular en El Comercio supe que sin duda se trataba de él. «Duro golpe al terrorismo», rezaba la portada del diario. Según la nota, un equipo de la Dirección Nacional contra el Terrorismo había llevado a cabo el Operativo Chasqui que terminó con la muerte de quince terroristas más ocho capturados heridos. Se hablaba de una actuación brillante que había desarticulado a las huestes senderistas desperdigadas en todo el departamento de Ayacucho. Por un momento quise imaginar que no se referían a mi amigo, pero fue al primero que encontré encabezando la lista de fallecidos: Ignacio Requena Meza, veintitrés años (alias Camarada Artemio). Rompí la hoja del periódico y eché a llorar desconsolado.

Esa misma noche me armé de valor y me dirigí con el sobre a la casa de Nacho. Al llegar a su domicilio, un descomunal temor se apoderó de mí. En vez de pasar el sobre por debajo de la puerta, lo estrujé y lo metí en mi bolsillo del pantalón. Miré hacia todos lados. Al verificar que no había nadie, me tranquilicé y seguí caminando para ponerme a buen recaudo.

Al quebrar en la esquina encontré abierta la bodega. Pedí una cajetilla de cigarros y un encendedor. Encendí un cigarrillo y caminé hasta el parque para sentarme en una banca.

¡Cuánto hubiera dado por verlo aparecer en medio de la penumbra callejera! Encontrarnos en un abrazo interminable para luego escuchar su aclaración: que todo era producto de una confusión y que, como veía con mis propios ojos, nada malo le había pasado, que la revolución seguía viento en popa y que un traspié lo tenía cualquiera.

En la última reunión clandestina yo había roto el hielo contándole algunas de mis tribulaciones más persistentes:

—Tengo miedo de mi familia —le dije agachando la cabeza.

—A tu familia nadie la va a tocar —me dijo convencido—. Además nadie sabe que formamos parte del Partido, el presidente Gonzalo sabe cómo hacer las cosas.

—No es eso —repuse—. Tengo miedo de que los míos se enteren de que soy terruco.

—No, carajo, no somos terrucos, somos revolucionarios —me aclaró Nacho, a quien, por orden expresa de las cabezas del Partido, ahora había que llamarlo Camarada Artemio.

Fue inevitable: su mirada hostil dejó en claro que se había sentido ofendido y, al parecer, sintió que no podía hacer mejor cosa que enmendarme la plana.

—Así que ya sabes, acá nadie es terruco —me dijo, midiendo mi reacción—. Desconfía siempre de aquellos que pronuncien esa palabreja que, si yo pudiera, la desaparecería sin mayor trámite porque carece de sustancia: te-rru-cos —silabeó con desdén—. No te voy a soltar la cantaleta de siempre, porque tú, con tus libros y toda tu labia de intelectual comprometido, la sabes mejor que yo: que los que dicen eso son burgueses, plutócratas o indolentes, ¡no!, nada de eso. Son, más bien, ignorantes, y la ignorancia es atrevida y conchuda; ellos no conocen la realidad del país... no conocen, ni siquiera por asomo, la historia de las historias que todos los días agitan a nuestros conos. Y los que la conocen un poquito se cagan en ella y se limpian con la democracia. Al primer traidor de la patria le llamamos presidente y cada cinco años escogemos uno más vendido, cambia la carita y punto, la fachada, pero el resto es la misma vaina, siempre de rodillas ante los capataces del poder. Por eso estamos jodidos y por eso estamos acá encarando el mayor reto que la historia nos pueda encomendar: ser obreros de la revolución popular. Tú la pluma y yo la bala, yo la bala y tú la pluma, unidos como un puño cerrado contra el capitalismo opresor que se ríe de los pobres y que, como tú mismo lo has escrito en el manifiesto del mes pasado, negocia hasta el precio de nuestra rabia.

—Qué gano escribiendo panfletos anónimos si en el Partido nosotros también estamos rodeados de eso mismo: ignorantes, ¿o no? A veces pienso que nos valemos de su ignorancia para enrolarlos en esta utopía que sólo los conducirá a la muerte.

—No seas atrevido y respeta a los camaradas porque no te voy permitir majaderías de ese calibre. Acá, todos necesitamos aprender, nadie nace sabiendo. La guerra, cualquier guerra es un arte; pero la guerra revolucionaria es un acto de fe que requiere predicadores y seguidores, somos emisarios de Marx, ¡alégrate por eso! ¡Vamos a romper cadenas, Fabio!

—Camarada Venancio —le corregí.

—Sí —asintió amoscado y frotándose el rostro: se le notaba vigoroso, fuerte, veintitrés años, cara morena, pelo ensortijado y nariz ganchuda—. No me acostumbro, como dice esa salsa que le gusta tanto al Chatín: no me acostumbro a llamarte así, Camarada Venancio.

—Nos va a costar a ambos, Camarada Artemio.

—¿Y por qué no quieres ir a Ayacucho? —me preguntó abriendo más de la cuenta sus fogosos ojos de avellana.

Encendió un cigarro mientras esperaba pacientemente mi respuesta.

—Porque tengo miedo —por fin respondí encogiéndome de hombros y le saqué el cigarro de los labios. Inhalé profundo y me olvidé de todo por un instante.

—Puta, ¿y entonces cómo haces para escribir con tanta garra? ¿Será verdad lo que dicen de ti?

—¿Y qué dicen? —pregunté intrigado.

—Que antes de escribir comes pólvora, así he escuchado...

—Hazme cosquillas para que me ría. Para mí esto es un compromiso que no tiene parangón, escribo lo que me sale de las entrañas y nada más.

—Así me gusta, cuando hablas así sí pareces machito, carajo. ¿Qué significa parangón?

—No me jodas, Nacho, cómprate un diccionario.

—Soy el Camarada Artemio.

—Y yo, en el fondo, soy un enemigo de la violencia.

—Es nuestra única salida —apostilló tosiendo, el humo del cigarro le había raspado la garganta—, eso tienes que metértelo bien en la cabeza. Si no entiendes eso no nos sirves. Y si no le sirves a la revolución, no le sirves a nadie a menos que quieras ser un parásito más como todos los cobardes que han desertado.

—Estamos aventurándonos a jugar con la muerte y con eso no se juega. La zozobra pronto se va a apoderar de todo el país, Nacho, eso lo tengo clarísimo y de sólo imaginarlo se me revuelve el estómago. Vamos a violar los derechos de gente que no tiene la culpa, ¿lo sabes?

—Lo sé mejor que tú, no lo dudes. Y esto no es un juego, todo lo contrario, es lo más serio y noble que puede haber: salvar al Perú.

—En verdad, yo nunca quise esto para mí, Nacho, ¿me crees?

—¿Qué querías ser, pues? ¿Un burgués endomingado? Prefiero matarte, volarte la sien de un plomazo, en vez de verte del lado de ellos.

—Yo quería hacer poesía, hermano, quería ser motor de cultura y no de violencia: señalar las puertas de la belleza para que todo aquel que me leyera se atreviera a abrirlas. Yo quería hacer arte, y con arte tratar de reconstruir nuestra memoria, algo tan simple y tan complicado... tan necesario.

—No se necesita leer o escribir poemas para comprender que sin un pasado no hay un futuro, Fabio. El motor de la historia es la lucha de clases. La lucha de clases siempre existió y con poemitas no ibas a lograr nada contundente. Es más, te estarías muriendo de hambre como tantos hermanos a quienes vamos a rescatar de las garras de la pobreza. Por ellos nos vamos a jugar la vida, por los que no son dueños de otra cosa que de su fuerza de trabajo.

—Siento que nos estamos metiendo en la boca del lobo y no vamos a salir más.

—Puede ser. Yo, por ejemplo, tal vez no vuelva de Ayacucho, pero no tengo miedo. No le tengo miedo a este sistema que ensancha la asquerosa brecha entre los ricos y los pobres: ¡la necesidad es el único plato que el pueblo encuentra en sus mesas!

—Nacho, deja por un instante de hablar del sistema y de los pobres, piensa en tu familia y en ti mismo, ¿quieres?

—Si no tienes ganas de escucharme puedes irte de acá —vociferó irritado—. Nadie te está reteniendo: el que quiera escuchar, que escuche.

Me dio la espalda y terminó de fumar su cigarro.

Levantó los brazos como para estirarlos, mientras yo escudriñaba su pantalón café y el polito tenso sobre sus firmes hombros y brazos, sus anchos muslos y su espalda de pescador: siempre vestía polos demasiado ceñidos, lo hacía de un modo descuidado e inocente.

—¿Te puedo confesar una cosa, Nacho?

—Dime —me dijo con un tono que fingía desinterés.

—Desearía que esto acabase de una vez por todas.

—¿Pero cómo quieres que acabe si todavía no ha comenzado? Recién estamos empezando a escribir la historia.

A lo lejos se escuchó el trote de un camarada que venía hacia nosotros. Era Chatín —Camarada Picaflor, cumplía las funciones de mensajero— que había estado hablando por teléfono con los camaradas de Ayacucho.

—Me acaban de decir que en Radio Programas ya han soltado información sobre un supuesto atentado programado para mañana. ¡Hay un soplón en Ayacucho!

—¿Y qué hay con eso, Chatín? —preguntó, resoplando Nacho—. El enemigo duerme con nosotros, eso no es novedad. ¿Qué más te dijeron?

—Que esta noche partes a Ayacucho, Nacho, llegó la hora —le dijo Chatín, muy serio e imbuido en su papel de heraldo de la revolución—. Desde mañana tú estarás a cargo en Ayacucho: vas a relevar al Camarada Lucio, y a iniciar una exhaustiva investigación para ubicar al soplón y desaparecerlo del mapa.

Un silencio tenso de apoderó del ambiente. Chatín se puso nervioso y me miró como pidiéndome que dijera algo.

—¡Felicitaciones, Camarada Artemio! —exclamé para salir del paso y le di un abrazo—. Sé que no vas a defraudar al Partido.

Chatín le dio un abrazo después de mí y se fue presuroso a preparar un informe confidencial que debía llegar a los altos mandos esa misma noche.

Nacho me miró como pidiendo auxilio en silencio. Se anudó las botas y revisó sus bolsillos. Sacó un sobre de carta que no tenía destinatario.

—Tómala —me dijo entregándomela.

—¿Es para mí? —pregunté confundido.

—No seas cojudo —sonrió vagamente, fue la primera vez que lo vi sonreír de los nervios—. Es para mi viejita.

—No te preocupes, yo se la entrego mañana temprano.

—No tienes que dársela personalmente, piensa con la cabeza. Si algo me pasa y tú le entregas la carta a mi vieja, ella te tira dedo y todos nos vamos a la mierda. Tienes que ser inteligente: la revolución está por encima de todos.

—¿Entonces qué hago con esto, Nacho?

—Ya sabes... —murmuró con nerviosismo.

—No sé —repliqué—. La verdad es que no sé.

—Simplemente pasas el sobre por debajo de la puerta de mi casa y listo. Eso sí, hazlo de noche, que nadie te mire. No toques la puerta, simplemente lo pasas por debajo y te desapareces, ¿entendido?

—¿Y cuándo quieres que haga eso?

—Cuando te digan que no vuelvo más.

—No hables disparates, Nacho, tú vas a comandar. Antes de que te pase algo a ti les tendría que pasar a todos tus subordinados.

—Cómo se ve que no sabes nada de esto, Fabio, estás en la mera calle, hermano. Sólo sirves para usar la pluma, por lo demás, eres un cero a la izquierda.

—Lo sé, lo sé —gruñí desalentado—. No tienes que estar recordándomelo.

—Te voy a extrañar, Fabio.

—Nos volveremos a ver, estoy seguro. Todo va a salir bien. La revolución será un éxito, vamos a cambiar la historia del Perú. ¡Patria o muerte!

—¡Venceremos! —respondió exultante y echó unas pocas lágrimas—. Me haces emocionar, carajo.

—Cuando vuelvas vamos a brindar con un pisco que tengo guardado en mi gaveta para una gran ocasión, es como tú: un acholado, ya vas a ver cómo nos vamos a emborrachar por la revolución.

—Te tomo la palabra, camarada Venancio. A mi vuelta nos acabaremos esa botella.

—Te admiro, Nacho —le dije—. Quisiera ser como tú.

—No digas tonterías —repuso como si lo hubiera ofendido—. Yo soy cualquier cosa. Voy a volver y te convenceré para llevarte a Ayacucho, no es nada del otro mundo.

Pero no volvió. Fue la última vez que lo vi. En el local clandestino del Partido no quisieron decir nada, nunca supe por qué me ocultaron esa información. Ya no se podía confiar en nadie. Llegamos a tal punto que hasta llegué a creer que todos desconfiábamos de todos. Eso resquebrajó mucho la unidad del Partido.

Cuando arribé al parque encontré a una pareja de chiquillos besándose y tocándose furtivamente. Al parecer, ellos no se incomodaron con mi presencia. Yo perdí la mirada en el monumento: era una mujer blanca, de formas generosas, que mostraba los pechos sin el menor pudor. Fue cuando recordé que lo habían bautizado como Parque al Amor y se me ocurrió que debieron ponerle Parque a los Pechos, o cuando menos a la Lactancia Materna. Sonreí escuchando los murmullos de los amantes nocturnos y me percaté de que mis divagaciones eran por demás tontas y no venían al caso. Saqué el sobre de mi bolsillo y pensé en su contenido. ¿Sería una simple carta de despedida dirigida a su madre? ¿O tal vez se trataba de la orden de publicación de ese poemario inédito que Nacho decía tener ya listo para ir a la imprenta?

Me sedujo la idea de revisar la misiva. Debo reconocer que el carácter de mi curiosidad no estaba emparentado con el morbo ni nada por el estilo. Al menos yo sigo creyendo que ese desenfrenado interés por leer aquel texto ajeno tenía, antes que nada, una dimensión moral, un deseo de entender, de estar en la piel de ese gran amigo —casi hermano y compañero de ruta— que había decidido morir por una causa que él consideraba suprema.

No tardé mucho en desarrugar el sobre, aplastándolo contra la banca y planchándolo pacientemente con las palmas de las manos. Tardaré todo lo que me resta de vida en olvidar esas palabras que todavía me persiguen entre sueños (y certifican que, así como nadie es dueño de la verdad, todos, de alguna u otra manera, estamos equivocados):

¿Qué se puede escribir antes del gesto definitivo que nunca será tan estimable como mi propia causa, que es la causa del Hombre y de los hombres que indagan sobre la Verdad? Nada. No tengo palabras para despedirme sino para justificarme. Pero infiero que cuando lean esto, mis argumentos sonarán a estropajo y a verso profano que los cuervos no comen porque ya no tienen ojos o porque, en realidad, no tienen quién se atreva a criarlos. Sólo quiero citar a Javier que se me adelantó, predicando con el ejemplo, como sólo lo hizo el Camarada Jesucristo: «Pero cuando diariamente regreso a la calle de mi casa, me digo que el tiempo de partir definitivamente ya debe acercarse. Estas tristes veredas me son insuficientes y aún no he acabado de romper todos los cántaros del mundo.»

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Copyright ©Orlando Mazeyra Guillén, 2011
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Fecha de publicaciónSeptiembre 2011
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