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Todo tiene solución

Orlando Mazeyra Guillén
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¿Y dónde estás, adónde has ido a parar?
¿Y qué se hizo de tu sombrerito gris?
Voy a ocupar un lugar
más acorde con tu alcurnia
en La Recoleta.
Sui géneris, Natalio Ruiz

Tenías razón, Reinaldo: es una batalla perdida, siempre lo fue, hoy más que nunca estoy de acuerdo contigo. Y precisamente por eso harías bien si no malgastas tu tiempo diciendo que podemos dialogar, que todo tiene solución menos la muerte. Porque ya lo sé todo, acabo de recoger los análisis. Y no me preguntes, agrandando como pequinés excitado esos ojos infames, de qué análisis hablo porque soy capaz de desollarte hasta las gónadas con mi navaja de afeitar. Tú lo que quieres no es conversarme sino distraerme, apaciguarme, y en verdad eso puedo entenderlo pero no es necesario, porque me conoces al detalle y comprendes que esta vez no hay vuelta atrás, ¿o acaso miento si digo que tú sabes de qué pie cojeo y cuál de todos es mi verdadero talón de Aquiles? ¿Desde hace cuántos años llevas viendo esta cara avejentada, eh? Apuesto a que dirás que desde hace 29 y no es así. Oficialmente, sí; pero, realmente, yo te conozco desde mucho antes, aunque de lejos, a muy corta distancia. Distancia que no me impedía contemplarte mientras memorizaba el Acto de Contrición y los Diez Mandamientos, es por eso que, para mí, esa etapa ya cuenta, pues los primeros tanteos están también incluidos en mi currículo íntimo (y digo currículo porque tú siempre fuiste objeto de mi estudio y si en algo creí haberme especializado con relativa fortuna es, sin duda, en explorar los cráteres de tu inaudita psicología). Entérate, pues, de que te conozco desde el verano en que empezaste a ir a la Iglesia de los Padres Capuchinos junto a tu madre (todos íbamos solos al catecismo, pero tú eras la excepción: te acompañaban hasta el interior de la parroquia y, también, te recogían puntualmente, ¿valieron la pena los excesivos cuidados de doña Candelaria?). Allí nos preparaban para la Primera Comunión en dos grupos distintos, es por eso que recién entablamos amistad cuando entramos a la secundaria y nuestros padres nos hicieron coincidir en la academia de natación del Club Internacional.

Lamentablemente no defendíamos los mismos colores porque nuestros colegios eran eternos rivales: yo del San José y tú de La Salle. Tanta historia, ¿recuerdas? Y tantas idas y venidas también, tantas peleas en las que nunca participábamos y tantas mentiras que inventábamos para poder robarle un tiempo a nuestros papás y a nuestros amigos. Hace unos meses fui, después de tantísimos años, a bañarme a la piscina del club y recordé un mar de cosas. Por eso quise hablar contigo para tratar de darle una solución a todo, de encontrarle una salida digna a este desmadre. ¿Y por qué quería hablar contigo después de tantas largadas y evasivas? Porque tengo la impresión de que, más allá de esa apariencia de cuarentón deschavetado que tratas de sostener sin éxito, sigues siendo –en potencia– el mismo que chico que soñé que fueras, el que nunca fuiste, porque no te dio la gana de serlo: bonachón hasta la indulgencia, alegre hasta la sonrisa abierta y aguerrido hasta el último respiro. ¿Por qué dejamos de hablarnos, Reinaldo? Porque me casé, no. Porque rompí nuestra vieja promesa de jamás tener hijos, tampoco. Dejamos de hablarnos porque le teníamos miedo a la verdad, la verdad que dice que el amor es un invento absurdo.

Y no muevas la cabeza obstinadamente porque a estas alturas ya no lo puedes negar. Yo acepté que nos estábamos haciendo viejos pero tú siempre te mostraste reticente a aceptar esa verdad que era del tamaño de una catedral. ¿Qué tiene de malo hacerse viejo? ¿Y qué tiene de malo sentar cabeza? Nada. Todos pasan por esto, reconócelo, pero, ¡vaya uno a saber qué ideas pasan por esa dura mocha que tienes! Como que te aturde la idea de dejar de ser vigoroso y enfrentar a las canas que te devuelve el espejo. La vejez ayuda a hacer sumas y restas, y a separar el polvo de la paja también. Y en todo este tiempo aprendí muchas cosas de ti: me enseñaste a escoger los mejores pantalones vaqueros, a hacerme el nudo de la corbata, a depurar mi estilo mariposa, a cerrar los ojos y tocarnos mientras estábamos atravesando un túnel, a seducir a mujeres tontas (sé que acá incluirás a mi mujer, y te lo permito). Pero también fuiste un profesor insigne en la escuela del sobresalto y la decepción: por ti supe que los sujetos que mienten, gritan e insultan son unos desgraciados. Cuando me apabullabas con tus histerias todavía estaba muy inmaduro, me dejaba someter por tus carajeadas de cachaco ignorante. Te imponías de la manera más ruin: con el miedo y la mentira. ¡Qué ganas agachando la cabeza ahora! Tampoco servirá de nada que trates de serenar tu respiración para mentirme y, como esa vez, decir «No te he hecho nada, tócate si quieres». Trataste de salir del paso aduciendo histriónicamente que, en realidad, no me lo habías hecho. Me dolió y me gustó. ¡Cuánto me costó aceptar que me gustó, Reinaldo! Tuve que adaptarme a esa nueva situación, predisponerme para que ocurriera de nuevo, tratando de complacerte en todo. Y tú poniendo peros a cada nada. Hoy no puedo, me decías. ¿Por qué? Porque mi enamorada me ha invitado a una fiesta, porque tengo que terminar mis tareas, porque me da la gana de no verte y punto. Yo era consciente de que lo hacías para probarme, quería ser fuerte, nunca lo logré. Lloraba amargamente hasta que conocí a Gladis. Ella me educó en la universidad del olvido. Poco a poco me alejé de ti y supe encontrarme en ella. Nuestros revolcones (siempre a pedido tuyo) cada vez eran más esporádicos y la supuesta relación soterrada ya no tenía solidez, tal vez nunca la tuvo. Me casé con ella a pedido de mis padres y la embaracé pensando en ti, para cerrar el capítulo que ambos todavía teníamos abierto. Pensé que no lo recordarías. Lo recordaste. Lo recordaste tanto que recurriste a la persona menos indicada, al invertido del que siempre nos burlábamos. Te atreviste a merodear la casa de la Gata Mogrovejo. Fue cuando quise ayudarte, te advertí que podrías equivocarte de manera irreversible. Sabías muy bien que era un pobre diablo que tiraba con todo el mundo. Te hablé del sida, te rogué que no pusieras en riesgo tu salud. No fallé, Reinaldo, ¡cuando hubiera querido hacerlo! La Gata te quemó y no tuviste el valor civil de contármelo. Tuve que enterarme por cuenta propia. Por eso quise contactarme contigo. Pensé que estabas lejos, te perdí de vista.

Qué incauto fui para no percibir que rondabas mi morada maquinando una inexplicable venganza.

¿Por qué tiemblas ahora? ¿Por qué lloras como un cobarde que finge arrepentimiento? No temblaste cuando decidiste coquetear con Sara esperándola fuera del colegio, no te tembló el pulso cuando decidiste quitarle la virginidad y dejarla manchada con el estigma de tu enfermedad, cabrón de mierda. ¿Sabías que mi única hija era mi talón de Aquiles, verdad? Y yo sabía que ella era también el tuyo. Sara representaba mi victoria y tu fracaso. Fracasaste ante la vida, ante la vejez, ante la soledad y ante mí. Fracasaste en todo, canalla, y decidiste vengarte utilizando a una muchacha inocente y confundida. Ahora quiero que me mires a los ojos mientras te apunto a la cara, hijo de puta. No tengas miedo, ¿qué sabes tú del miedo? ¿Acaso serás tú el que tenga que decirle que está embarazada del sidoso al que alguna vez amé? No mereces vivir porque nunca amaste, porque no sabes lo que es ser padre, porque ignoras lo que es ser gente. ¡Mírame, huevón! Mírame a los ojos mientras disfruto este coqueteo tuyo con la muerte que ya tiene fecha de caducidad: ¿uno?, ¿dos años? No, no te voy a disparar, sería muy sencillo, demasiado regalo para ti, te ahorraría el camino al Calvario. Prefiero esperar a verte morir como lo que eres: un perro. Esa enfermedad infernal se encargará de ti y yo estaré ahí para saborearlo, para minarte junto a ella, para echarle lejía a tus llagas y servirte copas de vinagre cuando la fiebre te haga delirar. Tienes que pasar por todo eso, Reinaldo, porque tú mismo lo has dicho tantas veces: todo tiene solución... menos la muerte. Ahora tú y yo ya lo sabemos.

Y no sabemos nada, porque a pesar de todos estos insultos, a pesar de esta rabia desbordante que quiere destruirlo todo: te miro y, rayando en una desquiciante locura, sigo pensando en soluciones.

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Copyright ©Orlando Mazeyra Guillén, 2008
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Fecha de publicaciónNoviembre 2009
Colección RSSLas excepciones cotidianas
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