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Portada Biblioteca Relatos cortos El tiempo recuperado

El orden del mundo

Carlos Almira Picazo
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Tres de enero de 1727

Me ha postrado el mismo dolor atroz de la víspera. Voy a morir. Vaya novedad. La muerte de un hombre, sin embargo, siempre será una sorpresa para él mismo.

Contemplo la lluvia que no cesa de batir los ventanales desde hace semanas. Roxana, mi asistenta, mulle mis almohadones y me atiborra de medicinas. Hace años prohibí la entrada en mi casa a cualquier médico y empecé a recetarme yo mismo. Dicen que me he envenenado, ¿y quién no? Mejor envenenarse con potingues que con las falsas relaciones, con la credulidad del vulgo.

Al fin lo decidí: abandono mis trabajos de Alquimia, mis comentarios a las Sagradas Escrituras. ¿Qué sentido tienen? ¿Qué sentido tiene ya nada?

El Universo sobre el que tanto indagué en mi juventud, está a punto de encerrarme como una pesada puerta. Más pesada y maciza que la de la Torre de Londres. Nadie la volverá a abrir jamás.

Le he pedido papel, útiles para escribir; una tabla; y una lámpara a Roxana: sus pasos de ratón sobre mi techo, en el entresuelo, me fascinan casi tanto como la lluvia, el golpear de las puertas, o las voces remotas de los carreteros que cruzan día y noche el Puente de Londres cargados de viajeros, o verdura. Probablemente sea el último ser vivo que vea.

El otro día, tras una crisis similar, vi por primera vez el Infierno: era yo, Sir Isaac Newton. Dios es clemente, pero nosotros no nos perdonaremos con tanta facilidad. Yo, que he escrito millones de palabras, emborronado millas de papel, apenas puedo sujetar la pluma para justificarme en unas pocas páginas. Sin embargo necesito urgentemente hacerlo. Hay algo…

Pero el dolor me ahoga.

Seis de enero de 1727

Por fin un sueño amable: las torres de Cambrigde, ¡el Cambrigde de mi juventud!, entre arboledas; el pacífico paseo de la Universidad; la amplia, vasta, fresca, oscura Biblioteca donde he pasado los momentos más felices de mi vida, después de la granja paterna de Lincoshire, donde nací, ahora hace exactamente ochenta años.

No tengo tiempo ni interés para escribir mi vida. Hace unos años, cuando la reina Ana se dignó por fin a darme el título de Sir, pensé hacerlo. Entonces tenía demasiado tiempo.

Acaba de pasar una Cabalgata, tintineo de cascabeles y voces. El agua nieve empaña los cristales. Los ruidos me llegan amortiguados, a duras penas, ¿me estaré quedando sordo?

Mi asistenta acaba de saber por el cochero que hemos declarado la guerra a los holandeses. ¡No hay bastantes galeones españoles que saquear para los dos!

Siete de enero de 1727

Al grano:

Un día de finales de 1664 leía, absorto, en la Biblioteca de Cambrigde, la última carta de mi profesor de matemáticas, Isaac Barrow. ¡El pobre hombre me preguntaba por un problema de cálculo que hubiera resuelto un niño!, cuando de repente mi compañero Henry More irrumpió junto a mi banca. Acababa de declararse una epidemia de peste bubónica en Londres.

Sin pensármelo dos veces, hice mi equipaje, atiborrado de pliegos y libros de matemáticas y astronomía, esperé a More, y cogimos el primer coche para Lincoshire.

Tras la muerte de Cromwel y la Restauración, los caminos volvían poco a poco a ser seguros, pese a los bosques, las nevadas y los lobos. Recuerdo que tras unas horas infernales de traqueteo, en las que apenas pude cerrar los ojos, me despabiló un haz de luz coloreada: me asomé al ventanuco, y quedé asombrado por el orden, la belleza de los sotos, el molino, el establo, los manzanos de nuestra granja.

Mi madre me abrazó en el pescante: inmediatamente nos condujo a la pequeña iglesia del pueblo, donde se rezaba día y noche para contener la Peste.

Henry se quedó con nosotros una semana. Después se excusó y embarcó para Francia.

Yo pensaba estar un mes, dos a lo sumo, con el pretexto de descansar. Me quedé dos años.

Fueron los años más fecundos y felices de mi vida. Lo que he llegado a ser después, germinó allí, en medio del campo, lejos de claustros, colegios y Bibliotecas. Al fin, tras arduos meses de estudios matemáticos, decidí abandonar a Barrow a su suerte y entregarme de pleno a la observación y el disfrute de la Naturaleza.

Si la Ciencia tiene algún sentido (he tenido que rebasar los ochenta para saberlo), es desvelarnos las raíces de nuestra ineludible felicidad.

Allí fui feliz hasta el extremo de aniquilar el tiempo. Borré, o mejor dicho vi cómo se desvanecían por sí solas, las fronteras entre el trabajo, el estudio y el placer de pasear o dormir escuchando el cotorreo de los aldeanos, los mil ruidos del campo: el viento en los zarzales; los pajarillos invisibles; el agua inquieta, sacudida de repentinos movimientos misteriosos; el frufrú de seda de los huertos insondables, parapetados tras las cercas de mi infancia; el trueno sordo, remoto; el de los carros traqueteando por los caminos embarrados; la lluvia; la nieve mullida, muda, heraldo del silencio de los cielos.

Casi fui poeta, vuelvo a serlo al recordar.

Tuve la suerte de no recibir visitas, sólo cartas cada vez más espaciadas, que respondía con mal disimulada desgana. Casi todos mis amigos habían huido de Londres y Cambrigde, infestados, dispersándose por Irlanda, por Escocia, pacificadas al fin (por poco tiempo); o como More, con el pretexto de la Alquimia, en pos de la alegre y libertina Francia, antaño de Mazzarino, y ahora de Colbert; siempre de Luis XIV.

Hay que estar solo para crear algo, para creer en algo.

Yo lo estuve al principio a mi pesar, enseguida voluntariamente: me convertí en el más celoso guardián de mi mismo.

Pero fue la felicidad, o mejor dicho, el descubrimiento de que todos somos inevitablemente felices incluso cuando padecemos, por el mero hecho de formar parte del mundo, del orden del mundo, lo que me llevó a descubrir que los cuerpos se atraen unos a otros con una fuerza misteriosa de amantes.

Pero vamos paso a paso.

21 de enero de 1727

Mi padre había muerto poco antes de nacer yo. Todo lo que sé de él es que fue un campesino puritano y próspero. Poco después, mi madre volvió a casarse, y yo fui enviado a Londres ¡Londres!, con mi abuela paterna.

Mi abuela, aún joven, era una beata católica, que había hecho un matrimonio desafortunado. Estas breves referencias a mi vida son importantes para lo que quiero decir: fue en esa casa oscura, sin alegría, donde aprendí a observar el mundo, y donde por primera vez me percaté de que estaba solo y de lo que eso significaba.

La soledad puede ser un pozo pero también una mina fabulosa. Hasta que murió mi padrastro, cuando cumplí mis diez años, no volví con mi madre, y fui dueño de Londres: poseía toda la curiosidad de un niño, cama, techo, y comida, y nadie se ocupaba en realidad de mí; así pues, podía vagar a mis anchas por aquellas calles antiguas y peligrosas; merodear por la Torre; pescar en el Támesis; vagabundear por los bosques (que en aquel entonces llegaban hasta el Mercado Viejo, llenos de zorros, lobos y jabalíes); podía entrar en la abadía de Wetminster sin que nadie lo notara; sentarme a horcajadas en un puente o una tapia, a ver pasar el agua sucia, o la gente agitada y maliciosa; oír entre la multitud, mal decir a los cocheros en los pescantes; cazar gatos y robar alguna que otra fruta de los carros desuncidos, las aspas apuntando al cielo lleno de moscas.

Para colmo, tras la abortada rebelión irlandesa, había estallado nuestra guerra civil, y Londres era casi una ciudad sitiada: un hervidero de rumores e intrigas, cuyos entresijos naturalmente, yo no podía comprender, pero cuya superficie me fascinaba: viví fascinado ya con los soldados del Rey y de los grandes Señores que lo apoyaban en sus extorsiones al Parlamento, envarados en sus caballos engualdrapados, en sus anticuadas armaduras; ya con las huestes más pedestres pero más feroces de Cronwel, de corazas y pasos afilados; ya con los señores burgueses que entraban y salían, solemnes y barrigudos, de los Comunes con el aire grave de quien acaba de arriesgar hasta el último penique en la Bolsa pero se intuye dueño del porvenir; en suma, crecí entre saqueos, violencias, incendios, y rumores, sin que pasara un minuto del día en balde. Tales fueron los firmes cimientos de mi curiosidad.

No es de extrañar que, cuando cumplí los once años y mi padrastro murió, y fui reclamado de nuevo por mi madre, me despidiese con nostalgia, no de mi abuela ni de sus oscuros parientes, a quienes apenas conocí, sino de mi mundo inolvidable.

Tampoco es de extrañar que, con tales antecedentes, yo fuese un pésimo estudiante en la Grammar School de Grantham, donde ingresé de inmediato y me hice enseguida acreedor de los duros métodos pedagógicos de la época, cuyas huellas aún llevo en el alma. Allí consolidé mi odio al saber estólido; a la lectura de libracos muertos, paridos para el polvo y las telarañas; a la repetición estéril; al canturreo amodorrado de los autores latinos, de los salmos saqueados por la estupidez y la voz hueca del maestro, por nuestras voces ya sin infancia, aterrorizadas, del alma que debió vibrar como el metal, al desparramarse por los ventanales de la lúgubre escuela. Ni la nieve, ni el viento, ni los renuevos, ni las voces sencillas que entraban desde la calle, bastaban para introducir siquiera un ápice de la vida por la ventana en cuestión. Así que mi madre, por segunda vez viuda, se resignó y me preparó para ocuparme de la granja, hasta que un día inesperadamente, uno de mis maestros descubrió uno de mis cuadernos de matemáticas.

Pasó el tiempo sin que menguara, sino todo lo contrario, mi curiosidad por todo lo que me rodeaba. Intuía que para observar correctamente lo que hay fuera, hay que imponerse antes alguna disciplina dentro, en la propia conciencia. También me di cuenta, sin ser tampoco consciente de ello, de que el mundo de la Naturaleza resplandece con su orden armonioso y fiel, frente al caos de nuestro pequeño mundo humano, hecho y deshecho por envidias, desavenencias e incapacidad de vivir. Quizás, o sin el quizás, yo busqué en el primero lo que no encontraba en el segundo. Como no tuve padre, busqué a Dios; y lo hice bajo el imperativo de mi época, que antepone ya los números y la observación ordenada, a la inspiración, la poesía y la música: no fui pues un místico, ni un poeta, sino un hombre de Ciencia. Encontré (busqué) en el cálculo lo que en otra época tal vez menos ingenua que la nuestra, más salvaje y feliz, hubiera tenido con un simple violín.

Mi maestro convenció pues, a mi madre de que me dejara un año más en la Escuela, dedicado solo a las matemáticas, y que luego me enviara a Cambrigde, donde tal vez brillara entre las eminencias algún día. Para él, como para casi todos (¡los viejos podemos ser crueles!), lo importante en sí no eran las matemáticas sino los círculos selectos y la celebridad que esto me abriría como sabio y portento. Sea como fuere, le debo no haber sido granjero. A menudo me pregunto si fue mi benefactor o el promotor de mi ruina. En cualquier caso, nuestra posición era lo suficientemente desahogada como para permitirnos un mal estudiante más. Fui a Cambridge. Por otra parte, embelesado como estaba en mi mundo, no me opuse ni me alegré especialmente.

Ya he mencionado mi paso por Cambridge. Ni las cartas desesperadas de mi madre y de mi antiguo maestro, cuyo nombre prefiero no mencionar; ni las amonestaciones más severas de mis nuevos profesores; ni las chanzas y burlas de los otros estudiantes; nada pudo arrancarme de la emocionante Biblioteca, donde devoré día y noche, a costa de clases, salud, y amigos, a Descartes, Copérnico, Leibnitz, y muchos otros. Lo que en mi infancia yo encontraba en las calles, los patios, y en los alrededores bulliciosos de Londres, aquí lo hallé en los gruesos muros tapizados de libros, recorridos de silencio. Volví a ser niño de otra manera, y quien quiera hacer algo importante en la vida, no debe dejar de serlo nunca.

El orden secreto, escurridizo, misterioso, tal vez inefable, del mundo. En esta ilusión (¿puedo llamarla religiosa?) viví, hasta el increíble suceso que me aconteció a mi regreso a la Granja, huyendo de la peste. Pero vamos paso a paso.

6 de febrero de 1727

El dolor es tan intenso que apenas consigo mantenerme, ni siquiera tumbado. Ahora cede, ahora aumenta, imprevisible como el terror. Ayer Roxana, aprovechando uno de mis delirios, introdujo a un prestigioso médico de Londres: sólo el olor, el roce de la peluca empolvada, el bisbiseo gangoso (en el que entreoí la palabra envenenamiento y cólico nefrítico), me hicieron incorporarme, congestionado, rojo de cólera. Lo eché con unos brazos y un frenesí que ya no reconozco como míos. Luego cerré la puerta con llave, me arrastré hasta el ventanal donde sigue nevando, contemplé la calle oscura, desierta, sucia y resplandeciente de montones de nieve y hielo. Volví a la cama y dormí, por primera vez en días, toda la noche de un tirón, confieso que con la esperanza de no despertar. Me despertaron los alegres rayos de la mañana, los pasos de ratón de Roxana en el piso de arriba, y el rumor incesante de las habitaciones, que de pronto se han vuelto insondables para mí; al hervir la leche y el nuevo producto americano, que en mi infancia me empujaba a la alegría, el denso chocolate, un olor agrio y dulce ha impregnado la casa y me ha apaciguado.

Por hoy basta. Quería hablar de Barrow y de mi introducción en las matemáticas, ¿pero para qué recordar a ese pobre diablo? No tengo fuerza, la pluma se comba entre mis dedos como si fuese de plomo.

Mañana.

10 de febrero de 1727

Al fin un médico me receta algo eficaz.

A mis veinte años, mi nuevo maestro en Cambrigde, Isaac Barrow, me enseñó algunos problemas insolubles: una intrincada telaraña de postulados absurdos, de minucias y números aún más absurdos. Lo que yo buscaba en las Matemáticas, aunque entonces no lo sabía, era sin embargo una comprobación, como el músico que deletrea un fraseado musical: el orden, el ritmo, la pausa, el tono, el timbre, y todo lo que conforma la armonía invisible de las cosas.

La armonía se puede expresar mejor con números que con palabras, cuando se renuncia a ser poeta.

¡Pobre Barrow! Al cabo de un mes yo parecía el maestro y él el discípulo. Me perseguía por todas partes: una vez se presentó en Cambrigde en pleno invierno, en camisón de dormir, con un fajo de cuartillas en la mano y copos de nieve en el pelo, incapaz de resolver un problema de álgebra; llevaba una semana sin dormir. Al fin me harté, y pedí asilo a mi amigo More, el alquimista, que entonces vivía alquilado en el viejo Londres, cerca del puerto. Empezó una época breve y alegre de mi vida, que paso por alto.

Esos días oí por primera vez el nombre de Hoke, que junto al Papa y a Leibniz, han sido mis más encarnizados enemigos y detractores, incluso cuando me retiré de la Ciencia. En una carta del desdichado Barrow, llena de problemas absurdos que arrojé al fuego, y de amargos reproches, mencionaba una idea absurda y fascinante, ¡citando al filósofo Empédocles!, aseguraba que el tal Hoke, miembro de la Royal Society, estaba a punto de demostrar matemáticamente lo que él llamaba la Ley Universal de Atracción de los cuerpos!

Al parecer, la lectura casual de Empédocles le había sugerido a Hoke esta idea: no era el Amor Universal, sino una fuerza aún más poderosa, misteriosa, lo que mantenía unidos a unos cuerpos junto a otros, cohesionándolos aún contra la voluntad: desde los planetas y el propio Universo, hasta los platos y la vajilla de mi tetera.

Yo estaba leyendo distraído e impaciente junto a la ventana, donde se deslizaba el río oscuro, ribeteado de bultos y nieve, cubierto de barcazas y velámenes, cuando de repente sentí una sacudida:

Vi nuestra mesa cubierta aún con los restos de la cena, en medio de la habitación. Ni More ni yo éramos precisamente un ejemplo de orden: allí estaba, en el centro de la mesa, la enorme bandeja con los restos de carne; cubiertos y copas, impregnados unos y medio vacías las otras, se desperdigaban al acaso; una fuente con fruta; granos de uva dispersos entre las servilletas; en fin, un cuadro digno de la Escuela Flamenca.

Al acecho junto a la chimenea estaba el gato.

Entonces se abrió la puerta y entró, con el frío de las escaleras, mi amigo More, tiritando:

—¡Isaac, qué ocurre?

Como no le respondí, se apartó con un gesto muy suyo. Mientras se desembarazaba del abrigo, yo seguía junto a la ventana, con la carta en la mano, la vista clavada en la mesa.

Y de pronto estallé de alegría: ¡allí estaba, delante de mis narices, lo que había buscado siempre en vano, en números y fórmulas!

Arrojé la carta al fuego, excepto el pliego dedicado a Empédocles, y me tumbé en la cama revuelta. Por supuesto, a los veinte años yo era ambicioso y cauto. Mi amigo More no pudo, pues, sacarme una palabra.

Pero ese día y los siguientes, sólo tuve una idea, casi una revelación, a la que sólo le faltaba darle reflexión y forma:

Incluso en aquella mesa desordenada y sucia yacía oculto, un orden secreto: cada objeto ocupaba su lugar exacto, y formaba así una composición inextricable con todos los demás; era un orden tan fuerte, tan sólido, y cimentado, que ni siquiera los seres humanos podían destruirlo, ni siquiera trastocarlo; de hecho, los seres humanos formaban parte de él; tal orden se podría formular de alguna manera; abarcaba todo el Universo; no había tenido ningún principio ni una causa externa en ninguna voluntad sobrenatural; y tampoco tendría jamás un fin, mientras siguiera existiendo el Universo.

De hecho tal orden era más fuerte que el propio Universo: lo que acababa de vislumbrar era a Dios.

De momento, sólo podía intuirlo, pero era un hecho tan asombroso como sencillo y evidente: después de cenar y acostarnos la víspera, hasta esa mañana, la mesa con todo lo que contenía había permanecido revuelta e inmersa en una extraña armonía.

En una palabra: cada cosa había ocupado su lugar exacto; fue entonces cuando me fijé por casualidad por primera vez en una manzana mordisqueada, que estaba a punto de caer, al borde de la mesa:

¡Toda la noche y la madrugada la manzana había permanecido allí, como fija por algo, al borde, entre la mesa y el suelo!

Quien lograra explicarlo tendría la clave del Universo.

Sea como fuere, en ese momento de exaltación sólo un niño hubiera podido comprenderme. También por eso callé. Para evitar cualquier conversación, cerré los ojos; y al poco, sin proponérmelo, me quedé dormido.

11 febrero de 1727

Antes de acabar ese año regresé a Cambrigde, dispuesto a dar forma a mis intuiciones. More, como de costumbre, aprovechó para viajar al continente, pretextando como siempre sus estudios de Alquimia. Sin embargo esta vez no iba a pasar de Calais.

A las pocas semanas de volver a Cambrigde, se desató la espidemia de peste bubónica en Londres de la que ya he hablado. Henry More irrumpió en la Biblioteca una mañana y, como ya he dicho, al día siguiente partíamos juntos hacia el norte de Inglaterra, a la granja de mi madre.

Sobre esta epidemia, como las que le siguieron y le precedieron en esos años aciagos, circulaban espantosos rumores: los cadáveres se amontonaban en las plazas, flotaban en el río mezclados con los animales también infestados, y aparecían en los caminos, tumbados en los ribazos, como durmientes sorprendidos por la muerte, entre montones de basura y nieve.

Yo estaba tan enfrascado en el Cálculo, quería elaborar un lenguaje matemático más preciso y riguroso, para plasmar y cuantificar mis intuiciones y observaciones, que apenas reparaba en el caos y el terror que me rodeaban. No fuimos los únicos estudiosos en huir: en pocos días, Cambrigde y en general, los alrededores de Londres, quedaron casi desiertos; profesores, estudiantes, bedeles, criados, campesinos, burgueses de toda laya, se apoderaron de todos los carros, animales, y de los pocos Correos que partían hacia el puerto de Calais y hacia el Norte, incluso hacia Irlanda y Escocia.

Ahora me imagino mi Londres de aquellos días, sin guardias, ni médicos, ni escuelas, con un mercado fantasmal: y la Torre lanzando su sombra siniestra sobre el río; las calles y las plazas desiertas, abiertas sólo a los moribundos; el lúgubre son, el monólogo del reloj; los parques, las huertas, los rebaños, resbalando por su bruma como espectros; la noche; el hedor, el abandono; las ratas y los perros famélicos, enzarzados en las bodegas, los establos, los almacenes, las casas, las iglesias; rebullendo entre las ropas como bubones vivos, hinchados, velámenes de los cadáveres, chillando entre los muebles abandonados, hoyando el polvo, heraldos de la muerte.

Pero entonces yo sólo pensaba, vivía para mis adentros. No todos los días se descubre el orden secreto del Mundo. ¿Qué importaba frente a eso un montón de cadáveres más? Incluso la muerte, concreta y terrible, era parte de ese orden. Explicada ella, quedaba explicado todo.

En este estado de exaltación y ensimismamiento, llegué a la granja de mi madre. Apenas reparé en la presencia de More, ni en su partida, y él debió notarlo porque desde entonces nuestras relaciones se enfriaron. Antes de irse no obstante, esta vez sí, rumbo a Francia, procuró sonsacarme. “Tú andas detrás de algo”, me dijo. “Sí”, sonreí, encogiéndome de hombros.

Carlos I, Cromwell, Mazarino, el Emperador Fernando III, el demente rey de los suecos, Carlos X, habían muerto, y Huygens acababa de inventar ¡el reloj de péndulo!

15 de febrero de 1727

La enfermedad me impide describir como se merecen, esos días felices y solitarios. Tras leer la última carta de More, donde me recomendaba a un joven que acababa de conocer en París, el funesto y delicioso Fatio de Dullier, que deseaba ingresar en Cambridge y entrar en el Royal College, aunque era un aventurero, comencé a perfeccionar el viejo telescopio de Copérnico. Nunca podré ponderar lo suficiente, ni menos aún pagar mi deuda con el famoso italiano. Por esos días, yo acababa de desarrollar un nuevo procedimiento de cálculo, mal que le pesara a Leibnitz y a todos los envidiosos de su calaña, y necesitaba ampliar mis observaciones a los cuerpos celestes. Armé muchos telescopios, hasta que conseguí el soporte y la lente adecuados; hube de superar en primer lugar, el problema de la refracción; esto me llevó, de paso, a plantearme una nueva explicación sobre la naturaleza de la luz, que por supuesto fue rechazada por los miembros del College, y por los sabios en Cambrigde y en Alemania. Pero mi nuevo telescopio, que enseguida envié al Royal College, fue acogido cuando menos con expectación e interés por casi todos (a excepción claro está, de Hooke, que siempre se atribuyó la paternidad de mi Ley de Atracción Universal de los Cuerpos). Él y Leibnitz, entre otros, se han hecho famosos sobre todo por denostarme.

Una y otra vez, de día y de noche, acudía a mi memoria la memorable intuición nacida de aquella mesa desordenada con los restos de la cena. A ella y a la Providencia se lo debo casi todo (aparte de mis ilustres predecesores italianos).

Aprovechando el corto y rápido verano de Lancashire, armé mi telescopio sobre el tejado del edificio más alto de la granja, y amarrándome con dos fuertes cuerdas al macizo arcón de mi cuarto, me deslicé en la noche por la ventana hasta el resbaladizo y puntiagudo tejado de pizarra donde anclara el tembloroso trípode.

Pasarán a la historia las farragosas y lúcidas anotaciones que hice entonces, fruto de aquellas noches: mi felicidad, mi arrobamiento ante aquel cielo estrellado, limpio y puro como el cristal, quedarán para Dios y para mí.

Me di cuenta de que los astros y en general, todos los cuerpos que podía observar en el firmamento, se comportaban exactamente igual, estaban encerrados por así decirlo, en la misma armonía secreta y misteriosa, que los platos, los vasos, los cubiertos y los restos de aquella cena memorable.

La realidad es una, y obedece a las mismas leyes.

Una noche, mientras observaba (¿o contemplaba?) embelesado el firmamento, en camisón de dormir, cayó de repente junto a mí una hoja. De pronto me sobresalté. Estuve a punto de caer del tejado.

Los astros no caían, en cambio la hoja había caído. De pronto comprendí todo: aunque la hoja hubiera sido una montaña, hubiera caído igualmente sobre mí; en cambio, una partícula de polvo perdida en el espacio, no hubiera caído nunca, salvo que por alguna razón se hubiese aproximado a la tierra. Había pues, una relación entre la distancia que separaba a los cuerpos y sus masas en el rechazo, la indiferencia o la atracción que experimentaban entre sí. En función de esa relación misteriosa, se atraían o se mantenían equidistantes, o se alejaban cada vez más unos de otros.

¡Ahí estaba todo, eureka!

Besé la pobre hoja, negra por la helada, la guardé entre mi ropa; lloré, y corrí a mi habitación para escribir la fórmula de mi hipótesis.

Después corrió el rumor (sin duda por mi historia de la manzana mordisqueada al borde de la mesa, de aquella cena), de que me había caído una manzana y, maliciosamente, se añadió que yo dormía plácidamente la siesta, en vez de trabajar. No hice nada en absoluto para desmentir tal rumor.

Por supuesto, guardé mi descubrimiento como un tesoro (¿cómo un botín?), y me dediqué los meses siguientes a desarrollarlo en el más absoluto secreto. También, para distraerme e irritar a los envidiosos y los críticos, proseguí mis estudios sobre la naturaleza de la luz y los colores, con el pretexto de perfeccionar mis lentes.

Poco después, aprovechando que la peste remitía, volví a Cambridge, ya como miembro del Royal College, del que pronto sería nombrado presidente gracias a mi telescopio y a los enemigos de Hoke.

Esta tarde he tenido que levantarme dos veces a cerrar la ventana. El viento arrastra una lluvia oblicua que, de pronto, se convierte en aguanieve. La casa parece un barco a punto de naufragar. Sólo se oyen los ratones y los cacharros y el agua de la cocina. ¿Dónde está Roxana?

Solo, pronto volverá el dolor, y aún no he dicho lo más importante.

En Cambridge perdí enseguida la paz. Tenía que esconderme literalmente de estudiantes y profesores. Alguien había corrido el rumor de que yo ocultaba un descubrimiento científico sensacional.

Al fin, conseguí hacerme creer enfermo, me encerré en mi cuarto y empecé a escribir mi gran obra.

Una mañana encontré mi baúl abierto. Los ladrones se habían llevado sólo manuscritos sin importancia, pero me alarmé y hube de guardar cama de veras. De entonces viene mi aversión a los médicos que, como todo el mundo sabe, en la Antigüedad solían ser esclavos, y luego han desempeñado toda clase de oficios.

Contaba con el consuelo de acariciar mi gato, Isaac, que me acompañaba desde los días de la peste de Londres. En cuanto al nuevo telescopio, causó sensación y pronto se enviaron réplicas a las Universidades de París, Upsala, y Varsovia, entre otras. Cuando más necesitaba la calma y la soledad para desarrollar mi teoría, más crecía mi fama por un artefacto que, al fin y al cabo, era sólo una mejora del viejo telescopio de Copérnico.

En cambio mi teoría sobre la composición corpuscular de la luz fue objeto de mofas, especialmente por parte de Huyguens, el inmortal inventor del reloj de péndulo al que ya me referí, y por Hoke (de quien luego comprobé que había pagado a los bedeles para que registraran mis habitaciones).

No dudé en utilizar mi posición como presidente del Royal College para humillarlos y perjudicarlos, y no me arrepiento.

Por fin, el invierno vino en mi ayuda. La peste prácticamente se había extinguido y mi viejo Londres volvía a recuperar, poco a poco, la vida y el pulso. Pronto pude alargar mis paseos, a pesar de la nieve. Prefería aventurarme solo, en la oscuridad de aquellas calles heladas, (el frío siempre me ha ayudado a pensar), a quedarme encerrado a expensas del primer intrigante que llegara.

En uno de mis paseos llegué sin percatarme al puerto del Támesis, frente a la oscura casa, (corroída por la humedad), donde me había alojado con More antes de la peste. Sentí la emoción de un reencuentro amoroso inesperado.

El agua estancada arrastraba al Canal la basura flotante; las barcazas heladas; las ratas, vivas y muertas; duplicaba las tapias negras, y los montones de carbón vegetal, a la luz humeante, borrosa, de las lámparas de los tabernuchos.

Me acerqué. De súbito vi algo horrible:

Ante mí, entre la nieve, el barrio que comenzaba tras la segunda hilera de casas alzaba al cielo ceniciento sus muñones negros, sobre montones de escombros y desperdicios. Nuestra casa y casi toda la calle que orillaba el Támesis se había salvado del gran incendio de Londres, ocurrido meses atrás, gracias al agua del río.

Proseguí hacia la Torre, también carcomida en su base por el humo más que por las llamas, hasta los innumerables andamios, semejantes a máquinas infernales, que tapiaban literalmente la vieja catedral.

Esa misma semana conocí, a través del obispo de Canterbury, la condena del Papa a lo que él calificaba mi arrianismo, por haber sostenido hacía meses, en alguna parte, como el viejo Aristóteles, la teoría de un solo mundo. Arrojé la carta al fuego, junto al que dormitaba Isaac.

Al día siguiente comencé al fin mis experimentos. Lo que ocurrió entonces es el más celoso secreto, el hecho más asombroso y desconcertante de mi vida y tal vez de la Historia. Aún hoy, al borde de la muerte, no sé cómo abordarlo sin que parezca una locura.

Pero debo decirlo todo.

1 de marzo de 1727

Llevo días sin escribir. Poco a poco comienza la que seguramente será mi última primavera. Un hálito suave, inesperado. He abierto la ventana al sol del mediodía; los pájaros despiertan poco a poco en los tejados ennegrecidos.

Debo apresurarme.

Un día, o mejor dicho una noche, estaba calculando con diferentes objetos la velocidad de caída, en función del peso y la distancia, cuando de pronto ocurrió esto:

Una cuchara de mi vajilla de té quedó suspendida en el aire. ¡No cayó!

Al punto, retiré la mano de la cucharilla renegrida. La cucharilla, diminuta, flotaba tranquilamente en el aire amarillento a la luz de la lámpara.

¿Cuánto rato estuvo así? Aún hoy me ruboriza hablar de ello. Nadie lo supo entonces, nadie de todas formas me hubiese creído como tampoco espero que me crean ahora. Dirán: al fin, el viejo Isaac ha perdido el juicio por culpa de la Alquimia y la Religión. ¿Pero qué hubieran dicho entonces si lo hubiese difundido?

Yo estaba solo en la habitación. Como he dicho, llevaba todo aquello en el mayor de los secretos. No hubo pues, ningún testigo.

Pero aunque hubiese asistido todo Cambrigde, el desdichado Jacobo I, o el propio Papa, nadie lo hubiese creído tampoco. Sencillamente era increíble.

Y sin embargo, ocurrió.

Exasperado, aterrorizado, le di un manotazo a la cucharilla que voló y se estrelló contra la ventana, convertida en delirante espejo. Inmediatamente me tumbé en la cama deshecha.

Quedé así toda la noche, vestido, con la peluca encasquetada hasta las sienes, revuelta, torcida, como si acabase de salir de un vendaval. Mirando el techo donde, poco a poco, menguaba el círculo de luz enturbiado por el humo de la lámpara que se extinguía.

El mundo, la luz de la razón, desaparecieron.

No sé a ciencia cierta lo que pensé, ni qué sentí. Sólo recuerdo el ruido de un carro en la calma de la noche, en la calle mal adoquinada. Luego caí en una especie de sopor.

Basta un solo contraejemplo para que una teoría científica se derrumbe como un castillo de naipes.

Hacia el amanecer, en cuanto desperté (ni siquiera había cerrado los ojos), vi la cara sardónica de Huyguens, el relojero; la malvada sonrisa de Hoke; y decidí callar el hecho, llevármelo a la tumba. Incluso intenté convencerme en vano de que no había ocurrido, de que todo había sido producto de un sueño, una alucinación. Casi lo conseguí.

Odié a Luis XIV que arrasaba Bélgica, a los bárbaros príncipes moscovitas invasores de Polonia, a los holandeses, los españoles, y a toda la ralea de mis contemporáneos.

No se merecían la verdad, pensé.

¿Pero podía seguir hablándose de verdad después de esto?

Como el criminal que se deshace del arma homicida, recogí la cucharilla diabólica, y esa misma mañana la arrojé al Támesis, decidido a proseguir mis experimentos, y a divulgarlos cuanto antes.

Alguna hora de la noche

No consigo conciliar el sueño. Esta vez no es el dolor, ni el remordimiento, sino una especie de perplejidad retrospectiva.

¿Por qué no cayó la cucharilla?

Es imprescindible que lo aclare. De repente es como si no hubiera pasado el tiempo. Me veo rebuscando como la noche posterior al infausto experimento, en la basura del río, la cucharilla rebelde y diabólica. Ni que decir tiene que no la encontré. Por supuesto, repetí el experimento con otros objetos, con un frenesí que hubiera sorprendido a mis colegas, como si temiese (¿temía?), que de un momento a otro todos mis muebles y yo mismo fuésemos a salir flotando de la habitación, por la ventana, a la oscuridad de la calle. El Universo ya no tenía ni pies ni cabeza. Ahora era como el mundo humano, gobernado por el capricho, la maldad y el azar.

La ingravidez no volvió a repetirse, por supuesto. Todos los objetos cayeron regularmente, obedientes, a una velocidad proporcional a su peso, su masa, y la distancia a la que estaban del suelo, tal y como había previsto en mis cálculos. Y yo continué con mis registros y mis formulaciones, como si nada hubiera pasado. Sin proponérmelo, casi sin percatarme de ello, intentaba convencerme de que en realidad aquello no había ocurrido fuera de mi imaginación, no había podido ocurrir pues lo imposible precisamente no puede ocurrir. ¿Pero qué es lo imposible? Sin embargo, no menguaba mi inquietud, rayana en la ansiedad. Y proseguí buscando, repitiendo una y otra vez la experiencia infantil de soltar un objeto en el aire, a ver qué pasaba, un día tras otro, casi sin dormir ni comer ni pensar en otra cosa, hasta casi consumir mis fuerzas durante las noches siguientes, con la puerta y la ventana atrancadas, ya no como un científico sino como un brujo que repite, que trata de recordar, de revivir un conjuro.

¿No sería después de todo toda nuestra Ciencia una pura superchería?

Bastaba que una vez eso hubiese ocurrido para echar por tierra toda mi vida, como si hubiese sorprendido una vez a mi amada con otro hombre. Sólo una vez, es suficiente: una bofetada, un beso, un golpe, no hay que ser muy listo. No era sólo que de repente las Leyes de la Física hubieran quedado en entredicho (¡por una cucharilla de té!), sino que mi propia vida quedaba en entredicho. Y comencé a sentir rencor contra Dios.

De repente me figuraba a ese Ser, omnipotente e inalcanzable, sentado sobre una grotesca nube, manejando a su antojo los hilos del mundo, con el único objeto de divertirse, de ahogar su bostezo interminable en la absurda Eternidad.

¡Todo era absurdo!

Puesto que Dios podía incluso suspender en el aire una cucharilla de té, toda nuestra Ciencia no valía nada.

En ese momento, sin saberlo, me convertí en un hombre distinto. Los años que siguieron, los más brillantes, y también los más difíciles y escollados, fui un completo extraño entre mis contemporáneos, que me tacharon de extravagante, tirano, ¡incluso de homosexual! ¡Qué hubieran pensado de mí si me hubiesen espiado por el ojo de la cerradura aquellas noches de delirio!

Al final, harto ya de aquella burla, atrapé al gato, que me rehuía bufando entre los muebles, y lo arrojé por la ventana con todas mis fuerzas. ¡A ver si tú también flotas!, grité. A la mañana siguiente lo encontré aplastado por las ruedas de un carro. El golpe debía haberlo aturdido, dejándolo en medio de la calle, a merced de los carros de los campesinos que se dirigen cada amanecer, con sus verduras y sus cerdos, a Londres.

No volví a repetir mis experimentos. Ya tenía suficiente.

13 de marzo de 1727

Me muero.

Roxana se empeña en traerme no sólo a un médico sino también a un sacerdote. Me resistiré mientras pueda. Después, ¿qué importa?

La posteridad, ese fantasma, no comprenderá esta confesión (suponiendo que al final no decida arrojarla al fuego, como la carta del Papa). Todo es absurdo en cualquier caso. El viejo Isaac al fin ha enloquecido, dirán, ¡pero qué contribuciones ha hecho a la Ciencia! Pero por desgracia al final, la Religión ha perturbado su mente, y la Alquimia lo ha envenenado.

¡Sin embargo toda mi Física es mentira!

No existe la Verdad, ¿qué es la Verdad Dios mío?

Si un niño decide pinchar un globo, esa es la verdad, si decide no hacerlo, esa es la verdad también.

¿He sabido vivir?

Cuando abandoné la Ciencia y me recluí para dedicarme a la Alquimia y a la Teología, me tacharon de loco. Hubo quien culpó al joven Nicolás Duillier por abandonarme al fin y huir a París. También culparon al pobre More. En realidad yo dejé de ser un científico aquella noche, aunque entonces no lo supe. La mayoría de las cosas importantes nos suceden sin que nos demos cuenta.

Abandonamos sólo lo que ya hemos perdido.

Sir Isaac Newton, ex miembro del Parlamento de su Majestad, Sir de Inglaterra, ex Director de la Casa de la Moneda, ex Preboste del Rey, ex Presidente del Royal College, eminente Científico, ha muerto la víspera en Londres.

Dios guarde su alma.

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Copyright ©Carlos Almira Picazo, 2008
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Fecha de publicaciónMayo 2008
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