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La verdad sobre La liberación

Ricardo Mena Cuevas
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No se debería olvidar, como tiende a olvidar la crítica, que este poema de Baltasar Lanzas (Málaga, 1890 – París, 1985) pertenece al creacionismo. «Un poema creacionista es aquél en el cual todas sus partes, y todo su conjunto, muestran una visión nueva, nunca jamás vista, que sólo existe en la cabeza del poeta», me explicó el maestro en su modesto piso parisino cuando me presenté a él como discípulo en 1980. Pretendí que conviniera conmigo en que el creacionismo bautizado en 1916 por Huidobro, era consecuencia de la guerra, y que su poema La liberación, fechado en 1979, así lo confirmaba; el maestro negó de forma rotunda el segundo de estos extremos; de hecho, recalcó que La liberación era su confesión encriptada de amor. «Resolver ese poema implicaría conocerme, ver mi naturaleza», me dijo, de alguna forma animándome a emprender semejante empresa. Huelga decir que he resuelto el enigma. He aquí las pruebas:

El cuervo se posó sobre el tilo parisino... (1)
Sopló la magia reveladora: (2)
«Fuego penetrante del Heráclito divino...» (3)
... Vuela el cuervo, ¡grácil alba salvadora! (4)

(1) El cuervo se posó sobre el tilo parisino...: a pesar de que la crítica burdamente relaciona el cuervo con el ejército alemán de 1914 (el hecho de que el maestro hablase siempre en sus poemas de los tilos franceses quemados por la invasión alemana de 1914, avala esta interpretación, como yo también inferí crasamente al principio), lo cierto es que el cuervo simboliza a su primera mujer, doña Ventura Lobezna, con la que se casó en 1914. Comprendí, al revelárseme este simbolismo, aquella vez que mi querido maestro rehusó recibirme en su casa porque estaba ella: «Es un cuervo», me susurró aquella vez en 1982 desde la puerta. El tilo parisino tampoco es la democracia europea, como apunta la crítica, sino el dinero y los bienes que el maestro tenía en Francia y que formaban parte de su herencia: su mujer («el cuervo») confiaba en ser su heredera universal (de ahí, «se posó sobre el tilo parisino»); por eso ella le aguantó su pestilente fama y la tiranía de su prepotencia (sic).

(2) Sopló la magia reveladora: la crítica vuelve a equivocarse al comentar que este verso hace referencia a la entrada de Estados Unidos en la guerra; lo cierto y veraz es que esta magia reveladora no es otra cosa que el amor del maestro, amor que le abrió los ojos a una vida nueva («reveladora»), como se explicita en el siguiente verso.

(3) Fuego penetrante del Heráclito divino...: este fuego no se identifica con el fuego aliado, sino con la gran pasión sexual del maestro; simboliza la irrupción de otra mujer, la joven Lorena Stelt (que los maliciosos tildan de «coquette oportunista»), judía preciosa de rubios bucles, que conoció en la barra de un hotel de Cannes, a donde fue a recoger el Premio Internacional de la Crítica en octubre de 1979 (el poema lo escribió en diciembre).

(4) ... Vuela el cuervo, ¡grácil alba salvadora!: este verso final no hace referencia a la victoria de los aliados frente a los alemanes en 1918; de hecho, no fue hasta que Ventura Lobezna murió tras caerse por las escaleras de su piso a finales de 1984 (muchos infames dicen que la asesinó el maestro, de ahí el cínico comentario «... Vuela el cuervo»), que pudo casarse con Lorena Stelt en 1985. Meses después, el maestro murió de un ataque al corazón.

Su viuda, Lorena Stelt, me ha pedido, por intermediación de la editorial Lanzadas, que escriba este prólogo a sus Obras completas. Pese a los rumores de que él asesinó a su mujer, yo defiendo al maestro, un hombre pacífico, cuyo único pecado fue amar a Lorena Stelt, con pasión, con creacionismo, aunque el poema no existió sólo en su cabeza, sino también como el «fuego de sus entrañas», como dijo Humbert Humbert de Lolita.

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Copyright ©Ricardo Mena Cuevas, 2007
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Fecha de publicaciónOctubre 2007
Colección RSSFabulaciones
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