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El mercader

Esteban Lijalad
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En ese tiempo dejé de ser una sombra y me convertí en hombre. Antes huía de mi Señor y de los curas que querían obligarnos a morir atados a la tierra. Yo prefería vagar por los bosques, comer frutos silvestres y orinar cantando a las estrellas. Claro que eso me convertía en un vago peligroso, en un hereje y en un bandido a los ojos de los señores. Pero yo prefería ese riesgo a vivir en las inmundas chozas campesinas, junto a gansos y cerdos, teniendo que labrar cuatro días en las tierras del Conde y sólo un par de días en las propias. La gente moría a los veinte o treinta años, rodeada de mugre, chicos descalzos y malos aires.

Yo creía que Dios nos había dado los sentidos para más que eso: para escuchar el arpa melodiosa, para admirar una puesta de sol, para acariciar una piel y besar los labios de las muchachas. Y para embriagarnos con el buen vino y hartarnos de leche fresca, huevos, jamones, frutas y asados y mantecas y quesos. ¿Para qué Dios nos iba a dotar de tantos sentidos y deseos? ¿Para después arrancarnos del mundo a los pocos años? No tenía sentido. Dios nos quería alegres, y limpios, oliendo a rosas, enamorando a las mujeres jóvenes, criando niños felices. Disfrutando del trabajo y de la música. Y viviendo muchos años.

De modo que decidí ese año, creo que el de Nuestro Señor de 1223, ser libre. Sin amo, ni cura, ni gleba que me condene.

En los bosques conocí a viajeros que comerciaban de ciudad en ciudad y me uní a ellos. Cada cual tenía historias para contar, había mandolinas y se animaban a cantar. Aprendí entonces que la gente de la ciudad pagaba buenas piezas de plata por ciertas exquisiteces que podían conseguirse tras las sierras. Así que nos arreglábamos para informarnos dónde había ciertas piezas de jamón especial, o ciertos paños maravillosos, bordados en oro. Juntábamos nuestros pequeños dineros y salíamos a recorrer los mercados de la región. Comprábamos esto y aquello. A veces la gente nos pedía noticias: les contábamos de qué color era el prado tras la sierra, cómo se hablaba allá o acullá, qué canciones emocionaban a las jóvenes casaderas y qué modas lucían las ricas cortesanas. Nos pedían las mujeres, entonces, paños como los de las nobles, joyas con piedras talladas, juguetes de madera, pergaminos para dibujar, carboncillos, hilos para cocer, especias, espejos cincelados, pequeñas esculturas de piedra, agujas.

Todo lo conseguíamos, o casi. Así que algunos de los nuestros, los más hábiles para elogiar sus productos o en seducir a las damas, comenzaban a enriquecerse: no sabían dónde guardar tantas monedas. Temíamos a los salteadores, por lo que decidimos hacer como ciertos italianos de Florencia o Génova: dejábamos a buen resguardo el oro y, en cambio, llevábamos papeles con promesas de pago, pagares, talones, cheques, o como quieran llamarlos. Al principio, los poseedores de las mercancías no aceptaban deshacerse de los productos a cambio de esos papeles toscos. Pero cuando comprobaron que en los lugares y tiempos predichos se encontraban con sus monedas, el sistema comenzó a extenderse.

La palabra era sagrada.

Todo funcionaba porque nosotros, que éramos buena gente o nos convenía serlo (lo que es casi lo mismo) íbamos ganándonos el respeto tanto de vendedores como de compradores.

A veces, nacía una moda: digamos que se imponía el color azul en los vestidos. Corríamos hacia las ciudades donde sabíamos que los tintoreros habían hecho acopio de tintes azules y los adquiríamos. Íbamos entonces a los fabricantes de paños y le aportábamos el tinte, les comprábamos ingentes cantidades y vendíamos cientos de libras en las ferias de la comarca.

Algunos, ya cansados de tanto trajinar se establecían en alguna villa y se ponían a fabricar muebles o vestidos, o juguetes, o joyas. Empleaban a gente del lugar y se ponían a fabricar a nuestro pedido.

Los nobles y la curia de las villas nos miraban con desprecio: no debéis traficar con dinero, nos decían. La Iglesia prohíbe la usura. Es que algunos de nosotros, también cansados de tanto viaje se ofrecían a resguardar el dinero en sus residencias, bien vigiladas. Para que las monedas no se durmieran, las prestaban a gentes con ideas de comprar allí y vender acullá, a un interés. Como la Iglesia comenzó a excomulgarlos, el asunto fue pasando naturalmente a manos de los únicos a los cuales no se los podía excomulgar: los judíos.

Los judíos, además, poseían algunas informaciones muy valiosas de lejanos países. Viajaban mucho, tenían conocidos en todas las aldeas y una red de contactos en las cortes, castillos e incluso, abadías. Como eran temerosos de los señores exageraban su docilidad. Eso los convertía fácilmente en víctimas de la sospecha: tras esos buenos modos, tras el estricto cumplimiento de la palabra se escondía, quizás, la llama de Satán. Pero eso, a nosotros, poco nos importaba. Aceptábamos gustosos sus préstamos, comprábamos, vendíamos y pagábamos el interés. Y todos tan felices.

Pero a los buenos tiempos siempre le sucedía la desgracia: la guerra o las pestes, a veces trabajando juntas. Los señores se aburrían y su único solaz era la guerra. A veces con justa causa, otras sólo por un capricho. Los curas bendecían las armas, la leva se llevaba a los jóvenes y los caminos se cerraban. Ya no podríamos llevar estos paños a la otra Villa. Los meses pasaban, perdíamos el contacto, otros comerciantes entonces nos desplazaban de las plazas habituales y perdíamos mercados. Odiábamos la guerra. Eso nos hacía, en opinión de los señores, cobardes. Cobardes judíos, gitanos, desplazados, marginales, escapados de la gleba o del ejército: la hez de la Humanidad estaba alumbrando un nuevo tiempo. No lo sabíamos en aquellos días. No había cronistas para registrar esas andanzas. Creo que nadie lo sabrá en el futuro.

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Copyright ©Esteban Lijalad, 2007
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Fecha de publicaciónOctubre 2009
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