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Fuera de compás

Capítulo 33

Un velo negro

Ana María Martín Herrera
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaLas calles estrechas y silenciosas de Antón Martín, Madrid

El patio coronado por la luna, con sus paredes recién encaladas, es una bella estampa de la Nochebuena urbana. Por las ventanas de las cocinas se escapa el olor del asado, los gritos de los niños, los cánticos, el jolgorio de las familias. Turba, impasible al bullicio, duerme sobre su taco. Mañana, Navidad, será un día grande para la perra; la señora Faustina le pondrá en la fiambrera los restos de la cena. Lena piensa en Julio y le imagina con su familia en torno a una mesa con candelabros, adornos de velas y espumillón del fino. No lo pasarán tan bien como en casa de la Señora Faustina. La señora Faustina, sus hijas y su nuera son tan ordinarias que cuando algo les hace mucha gracia profieren un grito terrible antes de romper a reír. ¡Quién pudiera estar con ellas riéndose así junto a los niños y los maridos! Lena está segura de que si las vecinas conocieran sus deseos la habrían invitado. ¿Pues no le guardan la comida a Turba? Sin embargo, las hijas de la Señora Faustina la saludan con distancia, deben de tomarla por una engreída, como baila y es guapa... No se da cuenta nadie de que no tiene a nadie. Debe ser esa piedra que tiene dentro, esa que dice Julio que hace desconfiar a la gente. Lena piensa estas cosas sin tristeza, como si hubiera transcurrido el tiempo y se las estuviera contando a alguien. Como si el mal sueño hubiera pasado. Hay veces que la vida se convierte para ella en un vestido de ortigas, y otras, aún deteniéndose a pensar las mismas cosas, siente su cuerpo apresado en los brazos de un cálido ensueño. Es una sensación fugaz, dura tan poco que apenas puede sentirla, pero queda un poso que luego le sirve a Lena para conservar la entereza. Tal vez a Turba le pase algo parecido.

Ahora debería estar en Ámsterdam, estaba previsto que iniciara sus clases dentro de quince días. Qué pensaría el Gitano si se enterara de que ha renunciado al ofrecimiento. Se incorporará el próximo otoño. Si no retiran la oferta. Lena tiene miedo de que ese tren que ha dejado escapar no vuelva a repetir su recorrido. Pero no se sabe nunca qué es mejor, a veces se hace lo contrario de lo que se desea y con el tiempo resulta un acierto. Al menos eso dicen.

Lena supone que, a pesar de haber hecho el sacrificio de renunciar por el momento a Ámsterdam, la relación con Julio no será larga. Por una parte cree que es lo más conveniente, pero, a la vez, teme el final; el día que Julio se marche no existirá nadie. De nuevo el deseo de pertenecer. No estoy enamorada, no, pero siento que de alguna forma le pertenezco y eso me da seguridad. Al pensar así se avergüenza. Estoy con Julio por interés. Hay mujeres que entregan amor a cambio de dinero, ella lo hace a cambio de afecto. No deja de ser un intercambio interesado. Estar enamorado es otra cosa, uno se olvida de razonar y busca sin sentido, como los animales, la cercanía de la persona amada.

Qué le faltará a Julio para enamorarla, no lo sabe. El amor es un imán inexplicable. Cerca de los cuarenta años es absurdo darle vueltas a esto. Pero Lena en ese aspecto está igual de perdida que en la adolescencia, igual de vacilante, igual de abandonada.

Teme que ese abandono que se derrama incesantemente desde su interior sea producto de su carácter raro. Esa forma fría de analizar los sentimientos, esa desconfianza... Por eso ha decidido, a pesar de sus incertidumbres, renunciar a sus planes. Ha sido un acto heroico, sobre todo porque tiene la certeza de que Julio no es capaz de dar el justo valor a su sacrificio. Pero es la forma que ha encontrado de agradecerle su cariño, los ratos que pasa con ella. Así su conciencia se ha tranquilizado pues está pagando con creces lo que ha recibido del hombre que la miró con ojos de animal perdido. Sin embargo, las decisiones tienen consecuencias imprevistas. Ahora se siente más dependiente, necesita más de Julio. Quizá ese sacrificio no lo haya hecho en realidad por Julio. Quizá es que ella no se atreve, no tiene coraje en este momento para dar un salto. El horizonte de Lena está cubierto por un velo negro que no se atreve a descorrer.

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Copyright ©Ana María Martín Herrera, 2009
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Fecha de publicaciónMayo 2012
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