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La Ñata

Livia Felce
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaAñatuya

Desde la ventanilla se ven ranchos desperdigados, gente que interrumpe sus tareas cotidianas, y chicos de ojos grandes donde acampó el asombro, que corren a saludar. Aprenden temprano a despedirse. Al rato, en el mismo paisaje, el tren se detuvo. La estación, apenas un alero sobre el andén breve, con dos bancos, era el destino tedioso y largo de la Ñata. Bajó con su valijita. El jefe dio las campanadas de salida y volvió a partir el tren viboreando a lo lejos su gemido. Los pastos altos rodeaban el andén excepto un recuadro, mezcla de huerta y jardín. Antes de echarse a andar por el pueblo que ahí nomás descansaba su siesta, le preguntó al jefe si sabía dónde vivía Reynaldo.

—¿Reynaldo? —se dijo—. Pues sí, ¡cómo no via saber! Vive ahí no más —y señaló unas cuadras, detrás de la plaza— doblando pal’otro lado, hasta encontrar un corralón.

La Ñata miró el camino, la plaza en esa soledad de fuego. Respiró el aire caliente y ya enfilaba hacia el lugar cuando el jefe de la estación la detuvo.

—Quedesé acá a la sombra y espere a que baje el sol. No hay naides ahorita pa’ nada, ni perro que la siga. Saque agua de la bomba y refresquesé. Qué apuro hay. De aquí naides se va.

La Ñata agradeció el gesto, se refrescó el cuello y la cara, bebió un poco y se sentó en un banco a mirar cómo las mariposas revoloteaban entre las flores amarillas.

Tardó el sol en bajar. Don Amancio se abanicaba con un cartón y cambiaba su pañuelo alrededor del cuello mojándolo de vez en cuando.

—Hoy me toca hasta las siete, de no, ya me había ido. Pasa el rápido para Salta y tira la bolsa con cartas, y la correspondencia es sagrada. ¡Quién sabe lo que viene en una carta! A propósito, usted no le escribió al Reynaldo que venía para acá. Yo no le entregué nada en mucho tiempo.

—No —dijo la Ñata—, la verdad que se me ocurrió ahorita no más de venir a verlo, y aquí estoy.

—¡Ni sorpresa que va a tener! ¿Y la Gringa?, ¡ni le cuento!

—¿La Gringa?

—La mujer. Es tirando a rubia, debe ser hija ’e polacos o algo así.

Se hizo un silencio. Don Amancio medía a la Ñata que miraba el piso como consultándole qué hacer.

—Yo soy la prima —dijo con timidez.

—¡Ajá! —murmuró el hombre.

—Bueno, ya está bien pa’ que me vaya. Gracias por todo y hasta más ver.

Tomó su valija, livianita por cierto, más pesaba la trenza larga y tupida que caía a su espalda como un machete, y se alejó.

Se le empolvaron los pies. La tierra se le metía entre las tiras de las sandalias de plástico que había comprado en Añatuya. Eran celestes, pero ahora ni se les veía el color.

Se perfumó con los naranjos silvestres de la plaza y miró ese pueblo casi tan igual al suyo: las casas viejas descarnadas y alguna que otra, blanquecina, entre jardines y tierra, oliendo a campo, a sol de verano. Más lejos, un rancho como el que dejó.

Al llegar se sacudió el polvo y palmeó apenas traspuso el portón abierto. Nadie contestó. Se adentró y volvió a palmear después de dejar la valija a un costado. Salió un mozo fornido, algo transpirado, de mirada oscura como su pelo.

—¿Qué anda buscando? —le espetó mientras la relojeaba.

—Busco a Reynaldo, vengo de Añatuya... —se interrumpió. Sentía que el corazón le navegaba por las venas.

—Yo soy Reynaldo —dijo el hombre y señalándola agregó—: y ¡vos has de ser l’hija de doña Justina! De cierto, ¡mirá que sos grande! ¿Cuántos tenés?

—Diecisiete —repuso ya con más comodidad.

—Vení, pasá, que acá afuera hace calor, vení pa’ dentro.

Ella lo siguió. Se quedó tiesa en la puerta cuando vio a una mujer que se abanicaba recostada sobre una silla con la falda arremangada sobre las piernas.

—Ésta es mi mujer —le dijo—. Ché Gringa, ésta es mi prima, la Ñata. Bueno, sentate, vamos a tomar mate y contame pa’ qué viniste de tan lejos.

La Gringa cebó unos mates con desgano, el clima no estaba para esfuerzos. Mientras, la Ñata empezó a contar sus desgracias: cómo perdió a su padre, luego a su madre y se quedó con sus hermanitos a cargo. Por suerte los pudo colocar a los tres en casa de gente gaucha en donde iban a aprender a trabajar desde chicos y a no ser una carga para nadie. Pero ella ¿qué podía hacer sola en un rancho, más cuando se le aparecía el Ramón a buscar amores? La última noche casi lo mata. En la lucha lo tajeó. Ella se asustó y decidió partir. Así las cosas, aquí estaba.

Reynaldo se echó a reír:

—¿Así que lo tajeaste? ¡Mirá que sos brava!

La Ñata se tragó su mirada y su risa blanca, bajó los ojos al piso de ladrillos.

—No soy brava, me defendí no más —dijo.

Llegó la noche. La Ñata durmió sobre una estera en la cocina, acurrucando su delgadez espigada de hambre, como un ovillo. Al alba Reynaldo ensilló y salió al campo a buscar el ganado del patrón para vender en el remate. Las dos mujeres quedaron solas. La Gringa fue la primera en hablar.

—Después de matear, dale de comer a las gallinas. Aquí tenés, y después te vas a juntar la leña que cortó el Negro, tu primo —dijo con sorna— y la traés.

En silencio la Ñata hizo los encargos y luego acomodó sus pocas cosas en la cocina espaciosa. Colgó su vestido de un clavo y envolvió las sandalias. Se sintió como parada en medio del campo mirando el cielo sin saber adónde ir. Como la otra noche con el Ramón.

Al mediodía llegó el Negro y de una palmada a la Gringa la mandó a servir la comida. Sobre el hule gastado de la mesa comieron en un silencio que de vez en cuando Reynaldo rompía para contar algún hecho de la mañana. La Ñata sonreía sin saber si al hacerlo molestaba a alguien, pero como su primo la animaba terminó riendo de sus bromas. La Gringa no festejó sus humoradas. Aunque sabía que era mejor verlo reír.

La Ñata se asomó al pueblo de a poco. Se hizo de amigas de su edad que se alborotaban al pasear juntas por la plaza como los pajaritos a la puesta del sol.

Se sumó con entusiasmo a los festejos que se preparaban para el aniversario de la fundación del pueblo. Para ese día se inauguraría la luz eléctrica en las tres cuadras principales. Sería en febrero.

Hacía un año, desde que don Severo había traído a su almacén el papel de colores, que las muchachas armaban guirnaldas para el palco en que iba a estar la gente importante del pueblo: el intendente, el doctor y algunos más.

Y llegó el día.

La alegría corría de casa en casa como una comadrona. A las diez de la mañana cada uno salió con su mejor ropa, lustroso el pelo y oliendo a «Gotas de amor». Por los parlantes, la música lo cubría todo mientras la gente bulliciosa se dirigía hacia la plaza. El día caluroso sólo se aguantaba bajo los árboles. Llegó el intendente, bisnieto del fundador del pueblo, con su mujer y sus hijos. Envirotados miraban desde arriba y andaban como las palomas sacando pecho. Parecía que la historia caminaba con ellos.

Un bramido de motor cansado anunció la llegada del doctor, envejecidos ambos de andar los caminos. Varios autos modernos, buscando el reparo de los árboles levantaron tanta tierra que empolvó a los asistentes. La Ñata se miró los pies y ya no veía el color de las sandalias. Se pasó la lengua por los labios y entre los dientes le crujieron arenillas.

—Bueno, ha de pasar —se dijo, y giró la cabeza hacia el palco en donde se ubicaron los recién llegados.

Vio a un muchacho de pelo claro, más alto que los demás, y algo, como una corriente, la atravesó. Era la primera vez que le gustaba un mozo. Se acercó de a poco hasta que lo pudo ver mejor, pero él miraba para otro lado con cara de aburrido.

Del parlante salía, con tono metálico, el himno que en coro desafinado y temeroso algunos cantaron. Habló el intendente y en pleno día alguien encendió las luces: altas columnas con farolas cuyos focos se diluían bajo el sol. Todos aplaudieron. El progreso llegaba al pueblo y cuántas cosas traería: un teléfono en el almacén, una escuela primaria, pero con el tiempo, según dijo el intendente. Tal vez con mucho tiempo. La Ñata era feliz, como recién nacida.

Todos, los de arriba y los de abajo del palco, compartieron el asado. A la mesa se sentaron las autoridades y, cerca del fuego, los paisanos que iban y venían atendiendo al punto exacto de la carne. El vino abundó y alentó la guitarreada hasta el atardecer. Casi no notaron que el día crecía en sombras porque los faroles seguían encendidos. El vino y el baile aligeraron los pies y la cabeza. Ya iba quedando menos gente. Los de la mesa se fueron en cuanto terminó el brindis, y, con ellos, el muchacho rubio sin que una vez la mirara.

—Bueno —se dijo la Ñata—, no ha de ser.

Se apoyó sobre el tronco de un árbol cuando Reynaldo le tomó la mano y la llevó hacia el grupo vocinglero que repiqueteaba la tierra con golpes de martillo a veces, con roces de caricia, otras. Bailaron cuecas y zambas. Giraba el pañuelo varonil sobre su frente y sentía que de Reynaldo le llegaba una mirada nueva; cuando se dio cuenta se le acabó la alegría. Ya no quiso bailar, pero él insistía y la tomaba del brazo, le acariciaba el pelo. Ella se escurría. Buscó a sus amigas y no las vio. Sólo a la Gringa que miraba, como distraída. Fue corriendo a la casa y se acostó en la estera fresca de la cocina. Esperó con miedo los pasos de Reynaldo que no escuchó tapados por la música lejana. De pronto una linterna la encontró acurrucada. Él desde la sombra le dijo:

—Sacate el vestido, se te va a arrugar.

Ella obedeció y lentamente volvió a su sitio. Tocó el cuchillo que había ocultado bajo la almohada. Si lo usaba otra vez, tendría que irse. Lo corrió un poco. Recordó al muchacho rubio y se aflojó. En la penumbra sintió cómo una furia la rasgaba. Le subió una náusea y volteó la cabeza. Siempre intuyó que la furia y la muerte se tocaban. Buscó el cuchillo, pero el Negro le tomó la mano y la apoyó sobre su lomo transpirado. Estacada, asistía a su madurez y un gemido se le ahogó en el alma. Si pudiera gritar haría un surco en el aire, pero se mordió los labios. Una duda relampagueó en su frente, porque el gesto que hiciera embarcaría el resto de sus días.

Y, tímidamente, lo acarició.

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Copyright ©Livia Felce, 1998
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Fecha de publicaciónOctubre 2004
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