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Juego de cartas

Livia Felce
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Woman in cell, playing solitaire
El tiempo... enemigo que mata huyendo.
Francisco de Quevedo

Las tres figuras femeninas se recortaban en la luz tenue de la habitación alumbrada por sendos veladores en las esquinas opuestas del comedor, no demasiado espacioso a causa de los muebles robustos y torneados.

Sus cabezas ya no imitaban juventud sino que lucían plena blancura; la más joven, de cabello corto, y las otras dos con el cabello recogido con cierta desprolijidad originada en el transcurso del día, después de la siesta o del cabeceo en el sillón favorito.

Estaban jugando a las cartas. A esa hora quedaban solas; la mucama las había dejado con el té servido y la sopa de la cena, que sólo había que calentar. Las camas listas y nada de abrir la puerta. Con la noche se apagaba el mundo, que emitía un suave ronroneo de motores lejanos. La persiana, alzada por la mitad en el comedor, las mostraba como en una imagen de cine. A veces parecían muñecos, tan leve era el movimiento de sus cabezas, hasta que alguna de ellas iniciaba la actividad y las tres, como en una coreografía, iban y venían, hasta que nuevamente sosegaban sus afanes. El día discurría a través de suaves movimientos, gestos lentos y voces débiles. Sin embargo, Elbia aún ejercía cierta autoridad, no por los años, que a esta altura las había emparejado, sino por el temperamento, antes batallador y dominante, que todavía mostraba resabios en la mirada y en el tono de la voz. Mabel y Carlota solían amoldarse a las opiniones de Elbia, evidenciando la semejanza de sus sentimientos, mimetizados por la vida en común. Elbia no era la mayor, pero las mellizas la trataban como si lo fuera. Estaban convencidas de que era bueno que alguien tuviera siempre la voz cantante, que organizara su pequeño mundo, su restringido universo.

Solían jugar a las cartas españolas. Pero otras cartas se usaban cuando se convocaba el tribunal que se reunía en ocasión de cada cumpleaños, a partir de los noventa años. Cuando Elbia lo organizó, (y ésta era la tercera vez que lo hacía) había dicho: «A nuestra edad somos pasado; el futuro es aumentarlo. Para nosotras ya no representa novedad. ¿Tiene sentido agregar años, y que algún periódico publique una nota sobre una vieja centenaria que es tan indiferente al mundo que la rodea como si ya se hubiera despedido?» Elbia opinaba que la vejez es un ensañamiento del tiempo, una humillación a la dignidad humana que termina en un desbarranco de sus lucideces y aptitudes; en fin, en un desmoronamiento sórdido. Sostenía que una forma de evitar reducirse a un escombro de sí mismo era apelar al tribunal. Al principio les pareció que el juego no era ético, como si con ello provocaran una interferencia en el destino, pero luego aceptaron que ese dictamen también formaba parte del mismo y no contradecía la ley natural después de cumplir noventa años en una sociedad que ya no reconocían como propia. Cuando miraban por televisión las atrocidades que atropellaban su intimidad serena, Carlota temblaba y movía las manos que, como avecillas oscuras, golpeaban sobre su pecho buscando refugio; Mabel sacaba un pañuelo de la manga y se secaba las lágrimas, que hendían sus arrugas y le enrojecían la nariz; Elbia invocaba a la Virgen, mientras apagaba el televisor y ponía un disco en el viejo tocadiscos que las transportaba a otros tiempos. Habían decidido no ver más noticiosos. Y cuando oían procacidades o veían desnudeces, las visitaba una pesadilla de la infancia, cuando con la cabeza gacha sobre el pupitre tenían que escribir cien veces «no debo decir malas palabras» o «no debo ser impúdica». ¿Cómo fue posible pasar de un extremo a otro? No lo podían resistir. El mundo estaba cada vez más cerca para arrimar la escoria, depositarla en cada alma y alimentar torbellinos, anegar certidumbres, tambalear creencias. Decidieron no encender más el televisor. Entonces por las tardes sólo jugaban a las cartas en silencio, como si estuvieran hipnotizadas. El mundo estaba cada vez más lejos. Elbia, Mabel y Carlota, como tres figuras chinescas, se recortaban tiesas sobre el fondo claro de las paredes mientras algún suspiro o una palabra dispersa, matizaban la insonoridad; hasta que el reloj daba las ocho de la noche, hora en que suavemente Elbia recogía las cartas y anunciaba: —¿A quién le toca calentar la sopa? ¡A Carlota! Entonces traes los platos y yo pongo el mantel. Ah, hay que ir pensando en el próximo cumpleaños. No hubo comentario a esta sugerencia. Las mellizas se miraron y Carlota fue hasta la cocina, sosteniendo las paredes y los muebles en su andar cauteloso. Encendió la hornalla a gas y recordó cuando su madre apantallaba las brasas en la cocina de hierro y luego usaba la ceniza para limpiar las cacerolas. Otros tiempos los de la infancia.

Los días se repetían, fijados a horarios y hábitos que simulaban una certidumbre de eternidad: los días de la limpieza general, el día de las compras, el cobro de las jubilaciones y las visitas al médico. Espacio y tiempo repartidos satisfactoriamente para las tres hermanas que tenían la consigna de no añorar a quienes ya se habían ido, aunque alguna de ellas a veces hablara sola y dijera que le hacía bien, que al menos no tenía que esforzarse en escuchar una respuesta. Sólo si el día era muy templado y primaveral salían del brazo, como si se deslizaran sobre un andador, hasta la esquina ya que cruzar la calle sería un desafío imprudente. Habían encontrado un método para barrer las negruras incipientes de vulgaridad que las salpicaba (bastaba bajar en el ascensor con los adolescentes del piso de arriba); para alejar los sueños frustrados que insistían con reproches nocturnos (las pesadillas que agitaban a Elbia y hacían levantar a Mabel para interrumpir sus gemidos de criatura espantada); para conservarse como eran: tener el menor contacto con extraños. Ya no les quedaba familia, eran eslabones sueltos de una cadena que en ellas se rompía. El destino había dibujado tales desencuentros.

—Recuerden que pasado mañana se reúne el tribunal. Es el cumpleaños de ambas —les recordó Elbia.

Para jugar el mismo juego que el de la vida, el tribunal no juzgaba ni decidía con lógica. No elegía a la de más edad para que fuera la próxima destinataria de la sentencia, sino que dejaba que el azar señalara con su dedo arbitrario quién sería la receptora del resultado final. Se usaban cartas especiales, grandes, dibujadas a mano de ambos lados, en el anverso los números: +1, −1, +2, −2, +3, −3, etc., y en el reverso flores amarillas.

Al día siguiente las mellizas se lo pasaron cuchicheando; más bien era Mabel quien hablaba, porque a Carlota le costaba articular tres palabras seguidas, sumida en los quejidos de su pecho.

Llegó el día. Elbia sirvió el té. Las mellizas cumplían noventa y cinco años y ambas enfrentaban a una solitaria y perentoria jueza, algo más joven, que les preguntó, remedando el tono protocolar de la ocasión:

—¿Están aquí por vuestra voluntad?

—Sí —dijo Mabel.

—Sí, estamos juntas... también en esto —dijo Carlota, haciendo un esfuerzo.

—Pero, tal vez, alguna de ustedes no se sienta dispuesta —dijo Elbia apaciguándolas.

—Es cierto, a veces he dudado... —hizo una pausa— si no me convendría esperar otro año; no quiero abandonar a Carlota, o que ella me abandone a mí.

Mabel alisó la carpeta con las manos y arriesgó una idea que seguramente ya había madurado:

—Te propongo que si alguna de nosotras sale favorecida, la otra seguirá el mismo camino.

—Querida Mabel, en verdad, la compañía es hasta el dormitorio, porque luego cada una hace sola su viaje. Ya hablamos de esto en años anteriores. Todos imaginamos que es el viaje más solitario, uno con uno mismo. ¿Será así? He oído que no, que los seres amados nos esperan.

—Yo... espero... ver ángeles... —titubeó Carlota.

La miraron con ternura, y la dejaron en su paraíso. Una nube brillante asomaba en sus ojos. Hubo una pausa.

—Ya saben, el número uno representa la unidad, la totalidad; el dos el doble, los opuestos; el tres la trinidad, la armonía celestial; y el cuatro la forma, la materia, los cuatro puntos cardinales, que en realidad son seis; el cinco representa al hombre, que es espíritu alumbrando la materia, la fuerza de los opuestos...

—Sí, sí... —Mabel dudó; siempre sus silencios eran largos. Le costaba decidir en forma rápida y más aún esta cuestión. Miró a Carlota, que dibujaba rulos sobre la carpeta con sus dedos retorcidos, y tuvo pena. Había pensado mucho en este momento y creyó estar decidida, pero ahora frente al mazo de cartas en las manos de Elbia, le parecía que el futuro todavía podía existir, aun repitiendo días iguales, por el aliento de su voluntad, por el latido imperfecto de su corazón apuntalado por grageas y gotas. Sin embargo, aceptó. Una traición a último momento sería más doloroso para Carlota. Ella miraba las manos de Elbia.

—Bien, entonces voy a repartir las seis cartas. ¿Ves, Carlota? Como somos tres, reparto seis cartas: dos a cada una. Hay que recordar que cada carta tiene un número positivo o negativo; por lo tanto, si la suma de ambos da cero, ese resultado indica la última partida esta misma noche, sin dolor. El cero es para nosotras un pequeño símbolo de lo infinito, es el punto de la totalidad y la nada. En él coinciden principio y fin. El cero es silencio. Un sueño sin la pesadilla de volver a despertar con toda la memoria, con todo el presente tiznado de corrupción, de impiedad. Y nosotras somos frágiles. Nos chorrea el tiempo. Y ya nos acosa la eternidad.

Mezcló las cartas y las repartió. Las flores del dorso se destacaban sobre la carpeta verde. Ella misma las había pintado al óleo, para que no se borraran con el roce. Sólo se usaban en los cumpleaños y hasta el presente todas las que compartieron el pacto secreto habían aceptado el desafío considerando que ya habían hecho lo que habían venido a hacer y que el resto de tiempo, si es que les quedaba, era una migaja sin sabor. Una condición era necesaria: estar cansada, con el alma dispuesta, tal vez vacía y liviana como para volar.

—¿No seremos tres viejas desatinadas? —preguntó Mabel.

—Antes éramos cinco.

—Ya sé que nuestras hermanas se fueron bien, sin dolor.

—Entonces ¿por qué lo decís? ¿No te parece que más desatinado está el mundo? No nos pasa nada extraordinario, sino algo natural a nuestra edad. Irnos. Irnos bien. Sin estar torturadas con tubos y fantasmas que ambulan pinchándonos y vertiendo en nuestra sangre ilusiones de vida. Somos una pizca de polvo bailando en la luz del sol; pero a veces el sol se nubla. El mundo ya está nublado para nosotras. Bien, las cartas están repartidas. Ya saben, cuando la suma de los dos números da cero el premio es...

En ese momento se escuchó una explosión. Después del asombro inicial, los gritos y las sirenas se metieron en el comedor. Sus miradas se dirigieron hacia el balcón. Mabel se levantó y se acercaba hacia el recuadro iluminado por una luz inusual, cuando Elbia la detuvo:

—No, sentate. Es peligroso. Puede ser una bomba.

—¿Será una bomba? Debe ser una caldera, porque no estamos en Navidad para oír estruendos —dijo. Pero igual obedeció y se olvidó por el momento del juego y atrajo a Carlota a su lado. Ambas se sentaron, cuando unos golpes en la puerta las arrinconó contra el respaldo del viejo sillón.

—El portero sabe que no abrimos; así que puede golpear todo lo que quiera —soltó Elbia, con su autoridad.

Por debajo de la puerta, un acre olor fue penetrando, sigiloso. Elbia opinó que sería el vecino, que siempre hacía unos asados que se le quemaban, porque se ponía a mirar los partidos de fútbol.

—Si tuviera una mujer —dijo— no le pasaría eso; pero como el pobre está tan solo, siempre se repite lo mismo...

El revés dibujado de las cartas adorna ahora la carpeta verde, mientras las tres hermanas cabecean adormiladas. Se oyen voces que no atienden, pasos que se agitan por el pasillo y los golpes que suenan lejanos, no las perturban. Tras un ruido de vidrios rotos, entró un bombero por la ventana. El hombre halló a las tres mujeres. Las cabezas colgaban sobre sus pechos ahuecados. Las sacudió. Llamó a sus compañeros. Volvió hacia ellas, les puso un algodón empapado en la nariz y Mabel se reanimó. Tomó la mano de Elbia que ya no despertaría y desolada acarició la cabeza de Carlota que salía del sueño.

—¿Dónde estamos? —preguntó entre toses y ahogos.

—En medio del humo. Calmate, ya nos van a rescatar.

Se levantó tambaleante y fue hasta la mesa; la curiosidad le hizo dar vuelta las cartas: sólo había un caso en que la suma de ambas daba cero.

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Fecha de publicaciónMayo 2009
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