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El caso

Jorge Gómez Jiménez
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink Ebook MapaCagua, Venezuela
Prison in Sandjak of Novibazar [i.e., Novi Pazar]  (LOC)

—Bien, sólo resultó que el hombre es un marica —dijo Guzmán con una risa entrecortada—. Ahora sí que puedes componer una historia tremenda con este caso.

El periodista se limitó a tomar dos cintas del escritorio y se las metió en el bolsillo del saco. El Gallo, quien ya había sido enterado de la vergonzosa situación, sonreía socarronamente desde su escritorio.

—Hoy también iré —dijo—. Pero te juro que esto se está volviendo insoportable.

—«No pierdo nada con intentarlo», me dijo el hombre. «Si ya una vez me convertí en hombre al imitar a uno, podría darse el mismo prodigio a la inversa si puedo imitarme a mí misma, antes de la conversión.» Oir a aquel hombre referirse a sí como «a mí misma» era algo demoledor. Me costaba mucho contener mi asco. Por la noche cantaba sin parar, tratando de darle un falsete a su voz que la hiciera parecerse a la de una mujer; durante el día, y mientras Josefina estaba en la escuela, adquiría unas impecables maneras de mujer que acrecentaban aun más el repugnante carácter que estaban tomando los hechos. También adquirió el hábito de mirarme de soslayo, disimulando cuando yo me volvía hacia él. Sin embargo, no puedo entender por qué, en esta etapa empecé a aceptar la amistad de aquel hombre, aprendí a tutearle y hasta me animé a hacer algunas cosas para conseguir dinero y ayudar en el sostenimiento de la «familia» —el asesino le daba un matiz especial a la forma como pronunciaba esta palabra—. Por esas fechas, un parque de atracciones viajero se estableció en un terreno baldío del pueblo y yo decidí invitar a Josefina. Me dijo que nunca había estado en uno pues a su padre le daba miedo llevarla. «Es cierto», dijo el hombre tratando de disculparse con la mirada, en un gesto que en Romina era clásico. Cuando llegó la noche, el hombre me pidió que lo llevara con nosotros, y acepté. Fue una noche hermosa. Josefina, por lo general parca cuando estaba conmigo, se rió tanto que hasta aceptó que la abrazara mientras estábamos en la estrella giratoria. Abajo, el hombre nos observaba con una sonrisa oculta tras las manos. Esa noche fue mi oportunidad de entablar una relación absoluta con mi hija, y lamenté que la situación fuera tan extraña como para contarle quién era realmente su padre. Mal que bien, aquel hombre gozaba del cariño de Josefina, y al parecer no había cometido ningún error en la educación de mi hija. Fuera cierta o no su historia, Josefina se sentía muy bien con él y yo no podría pretender, después de once años de ausencia, interrumpir la tranquilidad de mi pequeña. Desde las alturas de la estrella observé alternativamente al hombre y a mi hija, y no pude contener el sollozo cuando noté en ambos los mismos ojos, la misma nariz, el mismo porte. Josefina me preguntó qué me pasaba. «Las estrellas me ponen así», le mentí.

El asesino se detuvo para tomar aire.

—Guzmán quizás no publique su historia —dijo entonces el periodista.

—No importa —respondió el asesino—. Siempre tendré el alivio de irme a la tumba habiéndole contado mi verdad.

—Su verdad tampoco me importa a mí —cortó el periodista.

—Josefina llegó agotada a la casa y se durmió rápidamente. Entonces le informé al hombre de mi impresión mientras estábamos en el parque, y que aunque no estaba dispuesto a admitir su historia como cierta, podría quedarme algún tiempo más si todo seguía transcurriendo en sana paz. El recibió mi anuncio con una sonrisa. «Ya verás», me dijo. «Algún día acabarás por convencerte. Y espero que para entonces ya yo sea la misma de antes. Lo intentaré para ti.» «Detente», le dije. «Una de las cosas que te agradeceré es que, aunque desees seguir intentándolo, como tú dices, no vuelvas a hacer mención a esa historia absurda de que eres mi mujer.» Así que el hombre seguía entonando aquellas viejas canciones por las noches, mientras yo le escuchaba y, al trasluz de aquella voz masculina, recordaba la época feliz en que Romina las cantaba por las mañanas. Yo conseguí un trabajo fijo y el cuarto de Josefina cobró nueva vida, con trajes y muñecas que el hombre y yo le comprábamos en los bazares callejeros del pueblo.

—No fumo, pero le aceptaré un cigarrillo —dijo el periodista cuando notó que el asesino empezaba a mover su mano bajo la sábana.

—¿Nunca ha fumado?.

—No, nunca, ya se lo dije una vez.

—Entonces debe prepararse —le dijo el asesino—. Quizás sienta una presión angustiante en el pecho y se vea obligado a toser. En una oportunidad vi a un muchacho vomitar después de probar su primera bocanada de humo.

—Usted no se preocupe por esas nimiedades —dijo tajante el periodista, recibiendo el cigarrillo de manos del asesino. Aspiró suavemente, sin prisa. Nada ocurrió.

—El hombre se acostumbró a seguir una rutina que incluía, además del desayuno de Josefina, las atenciones que me dispensaba. Tenuemente mi memoria me confirmaba cómo todos sus movimientos estaban ya registrados como pertenecientes a Romina. Yo me sentaba a esperar el desayuno y le observaba detenidamente. El hombre servía el café, manipulaba los implementos de cocina y me servía el desayuno, y luego se dirigía a la cocina nuevamente para servir su plato. Luego se levantaba, lavaba los platos, las tazas, los cubiertos y los vasos, limpiaba meticulosamente la cocina y colocaba todo de nuevo en su sitio. Y yo me quedaba allí, observándole, adivinando cada movimiento, recordando en cada uno a mi Romina, perdida para siempre en las intrincadas circunvoluciones de una historia absurda. Desarrollé por aquel hombre un insoportable sentimiento, quizás una mezcla de repugnancia por sus gestos, tan parecidos a los de Romina, con nostalgia, extrañamente derivada del mismo motivo. Algunas veces, cuando me mostraba especialmente receptivo, el hombre se lamentaba de que sus esfuerzos por convertirse en Romina eran aparentemente infructuosos. «No tomes esto a mal», le dije en una oportunidad. «Pero, además de que te pedí que no volvieras a tocar este tema, creo que es preferible que abandones esa locura.» No sabía cuándo acabaría por marcharme, y no quería que el hombre abrigara esperanzas sin fundamento en que yo le creyera. Habiendo caído en cuenta de esto, me sorprendió esa muestra de condescendencia de mi parte. Algunas noches, antes de regresar a la casa, compraba una botella de ron y me sentaba a hablar con el hombre, después de que Josefina se dormía. Generalmente el hombre no aceptaba la invitación, por lo que una botella daba para tres o cuatro noches, en las que él simplemente se limitaba a hablar y a verme tomar. Yo rehuía su mirada, como de costumbre, y seguía el hilo de la conversación con los ojos fijos en la botella. Tampoco él se quedaba conmigo todas las noches. Había veces que prefería acostarse, aunque nunca dejaba de interpretar su sesión de canto nocturno. Esas noches me sentaba en un sillón que acercaba al patio interior, y bebía mientras observaba el cielo, oscuro y estrellado, y escuchaba al hombre cantar. Otras veces, ya olvidada en gran parte mi primaria aprehensión, le acompañaba hasta el cuarto y, sentándome en el borde de la cama, continuábamos allí la conversación hasta que, horrorizado, me despertaba en la mañana temiendo que Josefina entrara y nos viera en actitud tan sospechosa.

El guardia se apareció en la reja e hizo señas al periodista. Antes de que se retirara, el asesino le dijo:

—Alégrese. Mañana terminamos.

Ya era hora. Si era cierto lo que había indicado el asesino al filo de la sesión anterior, ese fin de semana podría dedicarse tranquilamente a escribir una falsa historia. No dejaría de extraer trozos de las cintas, pues en todo caso así era más sencillo. Pero definitivamente no se atrevería a escribir la descabellada historia tal como le había sido contada.

—Hubo una rara noche en que ambos empezamos a recordar el pasado. Ya me había acostumbrado a que de repente el hombre encajara en una conversación el tema del pasado. Sin embargo, esa noche me sorprendí hablando con él de la fiesta callejera en que (Romina y yo) nos conocimos, de la noche en que le propuse (a Romina) que viniera a vivir conmigo, de la felicidad que (Romina y yo) sentimos el día que nació Josefina. El hombre reía recordando aquellos tiempos felices, y sinceramente yo estaba disfrutando tanto la evocación que no me atreví a recordarle ciertas reglas que había impuesto. Más bien me abrí por completo a lo que parecían sus recuerdos verdaderos, y cuando el hombre finalmente se fue a su cuarto a cantar (como Romina), yo me quedé viendo las estrellas. Sonreía.

El periodista estaba asqueado por el último comentario. Balanceaba nerviosamente sus piernas hacia los lados. Le recordó al asesino:

—Dijo que hoy terminaría de contar su historia.

—Y así es —dijo el otro.

—Desde entonces fui tan tolerante con el hombre que ni siquiera me importaba que hiciera comentarios respecto a su historia. En alguna que otra oportunidad hasta le animé a hacer cosas que pudieran contribuir a revertir la supuesta conversión que había sufrido. Dejé que el hombre me observara todo lo que quisiera, dado que nunca había intentado propasarse conmigo. Yo también le miraba, especialmente los ojos, que tanto me recordaban a mi Romina. Interiormente creía estar consciente de que eso quizás le haría pensar al hombre que le estaba aceptando, que estaba dando pie para una perversa relación sodomita. Pero realmente parecía que me había adaptado a la situación, dejando al hombre libre de cualquier tipo de sospecha. Todos estos cambios fueron transparentes para Josefina, quien asistía a lo que ella simplemente suponía una amistad añeja. Se volvió hábito salir los tres de paseo por el pueblo, Josefina tomada de la mano de ambos, a cada lado, y hasta empezamos a hacer amigos comunes a los que visitábamos de vez en cuando. La presencia constante de Josefina en las actividades diarias fue saludable, pues nos permitió olvidarnos lo suficiente de la increíble historia de la conversión.

El asesino descansó unos instantes. Se notaba algo perturbado.

—Una noche, después de que Josefina se durmió, el hombre y yo nos quedamos conversando un rato en la cocina. Yo me hice acompañar por una botella de ron que, como casi siempre, él no aceptó. Después de varios minutos hablando, el hombre se levantó, se dirigió a su cuarto y, manteniendo el hilo normal de la charla fui con él. Seguimos hablando en el cuarto hasta tarde. Hablamos del pasado, como de costumbre. El hombre me preguntó: «¿Por qué te fuiste realmente?» «No lo sé», le contesté. «Hubo una mezcla de rebelión y aburrimiento. Quizás fue la rutina.» El ron hizo rápidamente efecto y entré en un extraño estado semiinconsciente, en el que me daba cuenta de que el hombre me estaba hablando y yo no le estaba respondiendo. Finalmente, el hombre me arropó y siguió dando vueltas por el cuarto, sin hablar y sin acostarse. Entonces me dormí por completo. Entre las brumas, fue apareciendo con lenta precisión la silueta de una mujer. Cuando se dibujaron los rasgos físicos, me di cuenta de que era Romina. Estaba tan hermosa como siempre, esbelta y voluptuosa y bella y sonriente como siempre, y se acostaba sobre mí diciendo cosas tiernas. «¿Aún me amas?», me preguntó. «Sí, mi amor. Te amo más que lo que nunca hubiera podido amarte.» Sus labios carnosos se abrieron, dejaron escapar su aliento de rosas sobre mi rostro y finalmente me besaron, en un profundo y largo beso del que no quise salirme. Di vueltas sobre la cama con el cuerpo desnudo de Romina entre mis brazos, llorando como un niño. Entonces la figura empezó a cubrirse de un tinte rosa. Todo, sus ojos, su cabello, su cuerpo; todo se convertía en una masa rosa. Finalmente mis ojos no vieron nada más que una pantalla rojiza, y entonces desperté. Frente a mí estaba, de nuevo, Romina, una Romina bizarra con su piel tan blanca como siempre, con sus ojos tan negros como siempre, con un hermoso vestido rosa de flores amarillas que siempre me gustó, con su cabello tan negro como siempre. Abrió los labios, sin embargo, y lo que salió fue una voz grave: «Puedo hacer esto si tú lo permites», me dijo. «Durante el día permaneceré como hombre, pero puedo ser Romina por la noche.» De pronto, cuando salí finalmente de mi modorra y pude tener una visión clara de lo que ocurría, mis órganos, mis tejidos, todo mi ser se puso a temblar de asco, de horror. Cómo había podido dejar que las cosas se escaparan de mis manos, cómo había llegado a ese punto infame. Respondiendo con mis vísceras, alargué la mano por debajo de la cama y agarré la botella y se la lancé a la cabeza. El hombre gritó y se desplomó sobre su espalda, con la cara sangrante. Un mechón de la peluca se le incrustó en la herida. Me lancé sobre él y le di de golpes, uno tras otro, sin detenerme, sin mostrar reparo alguno, pese a que Josefina se había levantado y contemplaba horrorizada la escena desde el dintel de la puerta. Mientras le golpeaba, gritaba mi nombre en tono suplicante. Finalmente sólo se escucharon los gritos de Josefina y los golpes de mis puños sobre la cabeza del hombre.

El asesino dejó de hablar. El periodista lo cató un instante y le preguntó si había terminado.

—El resto de la historia es lo que usted y todos saben.

Hubo un breve intercambio de frases y finalmente el periodista y el asesino se despidieron con un apretón de manos que el primero apenas suscribió. El guardia condujo al periodista, como de costumbre, hacia la salida, pero antes de llegar a la puerta le dijo que el alcaide deseaba hablarle. En la oficina se hallaban el alcaide y otro hombre, algo maduro, muy gordo y de pobladísimas cejas.

—Éste es el juez Dantana —dijo el alcaide—, él tuvo a su cargo el caso del asesino. ¿Terminó usted su entrevista?

—Sí —respondió—. Pero, ¿cómo lo sabe?

—¡Oh! No piense que le estamos espiando. Nada más alejado de nuestros procedimientos. Simplemente, el asesino se había comprometido a avisar al guardia cuando estuviera asistiendo a la última sesión con usted. La ejecución de la sentencia ha sido retrasada para contar con su testimonio.

—De seguro no querrá oirlo. Preferiría que esperara a que lo redactara y fuera publicado.

Entonces intervino el juez.

—Me temo que la ley requerirá de al menos una copia de las cintas.

—Bien —dijo el periodista—, en realidad no es ninguna molestia. Le daré las originales si lo desea, pero la historia que este hombre contó no merece el menor crédito. Tendré que reescribirla de acuerdo a lo poco que pude sacar en claro.

—Tenga mi tarjeta —dijo el juez, alargándosela—. Llámeme el lunes y hablaremos.

El lunes siguiente, con la presencia de personalidades de los tribunales y del gobierno local, fue cumplida la sentencia frente al Paredón Sur. El asesino murió sin venda en el rostro, tal como lo solicitó. Una funcionaria tribunalicia se desmayó durante la ejecución, pero con la ausencia de otros incidentes, ese fue el final de la historia del asesino.

La otra historia, la que el periódico debía contar, apareció ese mismo lunes en las páginas centrales, con llamado en primera plana. El hombre que había muerto a manos del asesino era un compañero homosexual de éste. Una disputa de pareja terminó con la vida de aquel. El completo reportaje, tanto en su redacción como en el tratamiento de la fuente, le valió al periodista dos premios ese año, uno de nivel regional y otro nacional.

Respecto a las cintas, el periodista realmente se quedó con una copia antes de darle las originales al juez Dantana. Con los años, en lugar de disminuir, algunas incertidumbres acrecentaron y le obligaron a hacer ciertas investigaciones. Determinó que entre 1973 y 1975 murieron tres mujeres de esa región en accidentes marítimos, dos ahogadas y una por hundimiento de un yate. Ninguna se amoldaba a las fotografías de Romina halladas en diversos repositorios de documentos, y ninguna había muerto durante una luna de miel. En cierta ocasión hizo una rápida entrevista a Josefina, quien, después de salir de una escuela secundaria interna donde fue recluida por sus parientes, tuvo varios problemas de lesbianismo y drogas. Finalmente, consiguió por carambola los registros dentales de Romina en los archivos de un odontólogo local. Aún en 1991, el periodista intentaba infructuosamente que la ley le autorizara la exhumación del cadáver de la víctima del asesino para efectuar una comparación médica.

Cagua, 8 de septiembre de 1996
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Copyright ©Jorge Gómez Jiménez, 1996
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Fecha de publicaciónEnero 1997
Colección RSSNarrativas globales
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