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Drama conyugal

Daniel Alejandro Gómez
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Un cuento se puede comenzar en cualquier parte. Cuando uno tiene ante sí, como yo en este momento, una materia narrativa, puede moldearla a su gusto, sin el corsé cronológico. Un relato, tan temperamental como lo es éste, ha de ser como un sueño, o más bien, como el recuerdo de un sueño, un montaje totalmente tendencioso y que por tanto tiende a subrayar y a variar, según quién, según el soñador, el escritor, el lector, los hechos significativos de la historia, y ello lo verán, efectivamente, en ciertas partes de los sucesos que voy a contar. Quizá, pues, como corolario de todo lo antecedente, no sea ortodoxo, ni sereno, equilibrado, clásico, comenzar por el momento en que nuestra gran ciudad vio el paso de una mujer; pero creo que sí será eficaz y seguro, cuando no personal y sincero. La mujer, entonces, era una joven, pero que caminaba con una seguridad y una derechura tal que tenía toda lo específico de una bella madurez. Se dirigía a una clínica no muy lejos de su casa. Esta mujer, cuyo nombre pronto no me guardaré, acudía a la clínica para hacerse estudios ginecológicos. No podía tener hijos.

Tenía que superar un momento del camino a pie bastante desagradable, aunque no había, hablando estrictamente, nada peligroso para los transeúntes ante los mendigos de aquella parte de la gran ciudad; un lugar en que había una plaza, toda cargada de árboles y soledad. Soledad si le damos un sentido urbano, ya que lo cierto es que estaba poblada por la tal bonita ristra de mendigos, de toda clase y condición; ya que entre ellos también hay clases y condiciones. Nunca habían hecho daño a nadie. Su comportamiento era estrafalario algunas veces, claro, pero no esencialmente malicioso ni dañino. En realidad, eran más superficiales que malvados. Estaban, lo sé, los malhechores suaves y delicados, ladrones de monedas, también los locos, y más allá, siempre en el último banco en que la plaza terminaba, nuestro especial interesado. Ella debía pasar por allí, en la vereda de la plaza, con un costado de árboles, y, entre los árboles, los bancos que miraban a la vereda donde pasaban la gente y la mujer, y, muy pronto, la misma muerte. Del otro lado, en la vereda de enfrente de la estrecha callejuela, hacía mucho tiempo, había una casa en construcción y los andamios interrumpían el paso. Por allí, en tal barrio, había muchas callejuelas, curvas, rotondas. Era fácil buscar otro camino, ir por otro lado, pero también perderse; y aunque la mujer no vivía lejos, nunca —¿pero por qué?— se preocupó de verdad en buscar otro camino. Claro, eso sí, que los mendigos de este trozo de nuestra gran ciudad no eran, esencialmente al menos, peligrosos, ya lo he dicho. Sucedió, sin embargo, en una de tantas veces en que caminaba por la plaza, muy cerca de los bancos donde se hallaban los marginados —puesto que la vereda casi estaba al borde de donde ellos solían sentarse, siempre holgazaneando y mirando hacia la calle. El hombre, nuestro hombre, estaba en el último banco de la plaza, solo. Sus ropas no encajaban con su rostro. Tenía ojos azules. Un día la mujer le lanzó una mirada, acaso sin saber por qué. Y vio algo tan sólido, tan firme y viril en los ojos del hombre, que la mirada se le quedó grabada al menos por un día; y, debido a su actitud y sus pensamientos, y ya puesto en marcha —¡con qué absurda sencillez!— el asesinato, continuó grabada por muchos días más, hasta el final mismo.

Pasemos al festejo, anterior a lo precedente, del aniversario de casamiento, hecho no tan típico, sobre todo en personas de no mucha edad, como pudiera pensarse. Por lo que la escena, sus actores y las acciones de los actores fueron peculiares y a ellas me atengo.

Uno de los personajes, pues, de este hecho festivo, era Felipe, sin más apellido, ya que así conviene a su carácter alegre, jocoso, demasiado franco. O, más que franco, injurioso. Era un hombre que siempre estaba de un lado y del otro de la línea que separa la broma del mal gusto: de un lado y otro, pero nunca en medio, por supuesto. Un carácter insignificante por sí mismo. Pero en la fiesta, quizá un tanto borracho, no sólo de bebida sino de palabra, se acercaba una y otra vez a Carlos y Marcela Cchiozzi, hasta que no pudo, en efecto, evitar su impertinencia. Mirando con fijeza guasona a Marcela, que no tenía hijos, la mujer de quien ya habrán adivinado hablé anteriormente, y punto seguido a Carlos, dijo:

—¿Qué le pasa a la cama de esta casa? ¿Es que tengo que ayudarte, Carlos?

Entre los que estaban alrededor y habían escuchado, algunos rieron, otros mantuvieron una tensa seriedad. De los principales y forzosamente interesados, Carlos dudó un segundo, un fragmento, no lo suficiente, lo sabrán luego ante los hechos consumados, desde el punto de vista de Marcela; pero luego aflojó el rostro y una leve risa y una palmada recibieron aquella broma, aquella borrachera, aquella provocación. En cambio, de la reacción, emoción y actividad posterior de Marcela, trata en fin mi cuento, por lo que no puede ser dicho en una frase.

Son extrañas las cosas que pasan en la gran ciudad. Las apariencias no engañan, puesto que nunca fueron apariencias. Pienso que son falsas verdades. Uno acepta sólidamente el temperamento, las cualidades físicas y demás, digamos, de una dama y en vez del sol sale la luna, o en vez de las rosas crecen los cardos. No es fortuita esta larga, divagada disquisición. Acaso mis vagabundeos digresivos sean excedentes, parasitarios, pero es necesario que no sólo se conozca la acción en sí, sino los motivos. La esencia, imbricada en la personalidad de cada uno de los implicados, de aquellos motivos.

La señora Marcela Cchiozzi, sé que me repito, era todavía joven, y digo todavía joven, porque sus cualidades eran tan serias y solemnes que la juventud le iba, tal vez, un poco fuera de lugar, no encajaba con ella. El joven tiende a ser disoluto y francachélico, sobre todo los varones; en ese juerguista sentido de la juventud, nuestra señora de la gran ciudad, era las antípodas y, algo aún más importante, siempre lo había sido. Cuando se casó con el señor Cchiozzi, porque en bien de las apariencias la he presentado con marital apellido, cuando se casó con el señor Cchiozzi, pues, que era oficinista ejecutivo de una inmobiliaria, había tenido ya una juventud sosegada, con discreto estudio, sin caer nunca en los excesos de la histeria erudita. Se había recibido de abogada, algunos amores la ardieron, pero más en el intelecto que en el cuerpo. Aguardaba y esperaba algo eminentemente masculino, aunque tal vez no lo supiera. Ni siquiera al casarse.

Eso, hasta ahora, del matrimonio Cchiozzi. Después de aquella frase maleducada, que, debo ya decirlo, volvía en sueños y entresueños a Marcela como algo muy secreto, furtivo y acaso con un atisbo de entrañeza, la hábil y social esposa solía, pues, ir a la clínica.

Entonces ella se acercó a Demetrio, pues a estas alturas ya es necesario darle nombre a nuestro mendigo, a nuestro hombre, al macho. Y sucedió algo increíble, o no tanto.

Algunos a los que se lo he contado, me dijeron que era increíble; peor aún: que era mentiroso. A mí, como escritor, me interesó más lo de increíble, y deduje en cambio que era verosímil lo que sucedió. No es raro, no tan raro como se piensa, la sorprendente dejadez, el gusto por el peligro de la enfermedad, en este caso sexual, el acercamiento a la suciedad en una persona de rango algo, digamos, elevado. A veces, la contención de toda una vida puede estallar de repente una noche. Luego, por ejemplo, de saberse, al menos ante el rostro de la vergüenza, a salvo; con el inútil marido fuera, en una reunión de empresa.

Hube de pensar que no fue inverosímil el hecho de que la dama Cchiozzi se acercara al amor, al amor sexual, lenta pero segura, bajo la sombra de los árboles y de la noche y de la mirada —¿de quién?— del desgraciado mendigo. Éste tenía un rotoso chaleco, de color negro. También barbas. Estaba solo, no había otros compinches, como si el destino todo lo hubiera averiguado. Ella lo tomó un poco más debajo de los hombros, cerca de los codos, en ambos brazos. Sus manos parecieron hundirse en la ropa de Demetrio y sus ojos adquirieron un tinte fanático, irracional. Todo estaba oscuro y solitario, nadie podría verlos. Era una especie de milagro perverso.

—¡Matarías por mí, sí que matarías por mí! —dijo ella.

Lo sacudió y lo sacudió y luego, por una inefable apetencia, lo besó con furia, en los labios extáticos y rígidos del hombre, y más tarde lo rodeó con los brazos, y sintió que algo muy antiguo y por lo tanto mal conocido o llanamente desconocido borboteaba de sus labios, de sus manos, de su sexo. No era entonces una dama ni una esposa, ni siquiera una mujer. Era una hembra, una hembra particular, que no necesariamente debía dar valentía; solamente tenía o tendría que recibirla. Como todos los amores, aunque sean deleitosos y hedónicos como éste, sus deseos no tenían objeto, ni nunca lo tendrían. No hablaré más del hecho simplemente carnal de todo este asunto.

Después de hacer el amor con la mujer, Demetrio intentó pensar. Ella le había obligado a utilizar un preservativo que había traído, eso era cierto, pero no por ello, porque, como suele suceder en las calles de nuestra ciudad, no por mendigo era tonto, no por ello, digo, el pobre hombre pudo dejar de deducir otra cosa que aquello había sido, en efecto, tan sólo un desafuero de los impulsos; pero, quizá porque el amor, repito lo del amor, es fuerte, pensó una y otra vez en la milagrosa frase de la mujer, cuyo nombre ni siquiera sabía. Había sido, la frase y sus amables consecuencias, el hombre lo sabía, algo plenamente improvisado, desligado del todo de los dominios racionales. Primero se sintió, pese a la satisfacción natural posterior a toda saciedad corpórea, un tanto contrariado, pero luego, como quien ve una pequeña nube en un cielo claro y radiante del impalpable bronce del sol, él pasó a un estado de complacencia casi universal. Miraba los árboles y las lejanas luces de la ciudad y nada parecía serle ajeno. Todo conllevaba aunque no fuera más que un cobijo de cariño, de cercanía, de intimidad con su alegría. Demetrio era tal vez más inteligente de lo normal, pero no era sensato. Aquella noche, bajo la luna, sacó su pequeña navaja, la plata en la hoja del acero estuvo por un momento en sus ojos, ojos de apasionado, pero que ¡ay! no lo eran de un romántico. Y como la blanca luz en su mirada, las palabras milagrosas, desquiciadas, tan ilógicas como irrenunciables, le resonaban una y otra vez en los oídos, que ya iban escuchando los apagados rumores del alba.

Pudo haberse acordado Demetrio del día en que, encontrándose solo en los bancos de la plaza, aquella señora que, ya después de la primera vez, lo observaba con un vistazo rápido pero no exento de una singular intensidad, se le acercó y le dio, en silencio, dos o tres monedas. Demetrio se sintió agradecido, pero la mujer no era una de esas que satisfacen su vanidad o su caridad sincera con la limosna. No se fue inmediatamente, como suelen hacerlo este tipo de personas; con una sonrisa y escuchando el ritual agradecido —«Que Dios la bendiga»— del pordiosero. Ella se quedó un rato, el suficiente para concretar otro episodio en aquel encuentro.

—¿Tiene fuego? —preguntó Demetrio.

Marcela sonrió. Sacó el encendedor. Pero Demetrio había olvidado que no tenía cigarrillos.

Entonces se sintió extraviado y rebuscó en los bolsillos, como el pirata que pierde el mapa del tesoro.

Eso fue suficiente, aunque no terminante. Cierto es que Marcela sonrió, digo que sonrió, y se fue. Pero si bien para el mendigo, al menos por unos días, aquel hecho desapareció por completo de su memoria, no fue así para la «solemne» señora Cchiozzi. Y se dio cuenta de ello cuando Carlos le hacía el amor. Una vez, mientras estaban en ello, a Marcela se le cruzó el rostro del desconocido.

—¡Basta, basta! —le gritó a su esposo, saltando de la cama y luego llorando (y, días después, buscando la satisfacción, tal vez el orgullo, en carnes ajenas).

Carlos Cchiozzi actuó, en ese momento, como se esperaba de él y como Marcela ya no quería esperar de él. Pensó que era algo notablemente curioso la actitud de su esposa. Luego se puso a fumar, luego comenzó a leer un libro. Luego, sin más, y con sonoros ronquidos fue un fiel súbdito de Morfeo el resto de la noche.

Y cuando, ya días después de hacer el amor en la calle con un mendigo, ella le dijo a Carlos que no fuera al trabajo, que ella no se sentía bien, y, con un brillo nada benigno en los ojos, por lo tanto le suplicó que la acompañara a la clínica, él dijo despreocupado:

—Está bien.

Y Demetrio estaba esa mañana en la plaza, con sus compañeros, solo en el último banco. Al ver a Marcela, el mundo adquirió otros tonos para él, todo era distante, todas las cosas que veía, en esos segundos, le parecieron que llevaban en su sino la desgracia, la perversidad, la inherencia malévola que llevaba dentro de sí mismo, tanto en cuerpo como en alma.

Ella, así la llamaba, no estaba sola.

La navaja que tenía en el bolsillo, a los ojos de sus recuerdos, tenía el bello relumbre del lirio, el lírico tinte de la luna y la murmuración de algo mejor dentro de él y en lo intrínseco del mundo. Y la frase, la repugnante exclamación fue de su mente a su alma, de su alma a su cuerpo, de todo el cuerpo a sus manos, a la navaja, a la muerte y el asesinato y la perdición.

Pese a que era de mañana, Demetrio no tenía miedo. Puede que la sinrazón sea contagiosa, todo instinto de preservación ante el orden que cualquier desterrado de la sociedad ha de tener o aspirar a tener, había huido de él. Las bajas pasiones, si bien siempre merodearon su espíritu, entonces eran dueñas y señoras del desheredado, como verdaderas arpías. Las actitudes enfermizas están teñidas por un algo de lucidez, algo casi mórbidamente genial, si aceptamos la palabra genial no como algo excelente, buenamente excelente, sino como algo, un concepto, que refiere a lo que se sale de lo normal. Era esa actitud la que llevaba del brazo a Marcela Cchiozzi y era Marcela Cchiozzi la que llevaba, y amenazaba, de sus propios brazos a su propio esposo. Cuando se detuvo su esposa en la vereda de la plaza, mirando fijamente a Demetrio para luego sonreír lujuriosamente y observar con un refilón de desvariado y vano triunfo a Carlos, éste sólo miraba hacia abajo: si sus zapatos estaban bien atados o no. No pudo ver el sentido que ella tenía en su alma, no podía ver, en realidad, muchas cosas. Y quizá, en aquel momento, no pudiera ver su propia muerte.

—Matarías por mí, sí, matarías por mí —susurró y repitió Marcela, no se sabe a quién; mientras Demetrio, con la mano derecha en un bolsillo del chaleco, se acercaba a la pareja.

Se acercó y rápido como un frío y sangriento rayo clavó, tres veces, la navaja en el pecho de Marcela, y el manantial de los deseos, empapados de rojo y de negro, brotó de aquel pecho como el río desbocado brota en la catarata. Cayó, muerta al piso, y pálida como la luna sobre la navaja, fría como el odio. ¿Es obvio decir que hubo mucha gente que gritó, que algunos se acercaron, que Carlos, en viril furia, desarmó a Demetrio y tiró lejos la navaja y cubrió de inocentes e inútiles besos la carne y los huesos derramados por el piso, mientras el mendigo se quedaba rígido como a los pies de su propia maldad? No siempre la acción ha de seguir al escritor. A veces, un gesto o un pensamiento de un solo hombre resumen más que el bullicio fútil de la multitud.

No será en vano decir que Demetrio, en efecto, podía, y él mismo lo pensó, lo declaró, lo juró y lo defendió así, podía matar, pues, por Marcela. No será en vano decir que también él era huesos y carne; que el alma pervertida por el alma se había refugiado en la nada, en la condena. La inocencia, en cambio, lanzó lejos el arma, besó mucho, ya lo he dicho, y brillaron las lágrimas como perlas en el rostro candoroso. Era un hombre sencillo y, si bien tendría amores, jamás pensó en casarse y los hijos que no había tenido serían sólo de Marcela; de ninguna otra dejaría de tenerlos o engendrarlos efectivamente. No continuó su vida, envuelto en el negro luto, pero sí la aceptó; a veces recordaba la frase de su amigo, con amargo humor. Pensó que entonces no había hecho lo correcto, no porque hubiera hecho algo malo.

La verdad, sencilla verdad, es que no había hecho nada.

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Copyright ©Daniel Alejandro Gómez, 2004
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Fecha de publicaciónJunio 2005
Colección RSSLas excepciones cotidianas
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