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La casona

Gelu
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Cuando el albacea anunció que leería el destino de la casona santanderina, se nos hizo un nudo en la garganta a los dos. Sabíamos que el abuelo siempre pensó dejársela sólo a uno, pero nos habíamos hecho la ilusión de que aquel momento nunca llegaría.

«El palacio», «la casa del indiano»... Fuera cual fuera la denominación que se usara, era una construcción antigua y un poco absurda, casi se diría que diseñada con una natural y serena ostentación de poder, de piedra, cargada de recuerdos y escudos. Tenía torre, capilla consagrada, biblioteca con libros piadosos y un eccehomo en el recibidor oscuro que no terminaban de encajar con su estilo colonial de prostíbulo cubano, techos de cinco metros de alto en cada una de las tres plantas, ventanas enormes que parecían estrechas por la altura desmedida y que, dejando entrar la luz de la luna hasta el centro mismo de las habitaciones, provocaban una tácita invitación a pecaminosos disfrutes.

En todo caso su vista desde la carretera, al girar la curva, resultaba sorprendente y subyugante, plena de romanticismo e intemporal, quizás por el efecto de las escaleras dobles y con rellano en la entrada o los árboles centenarios, quizás por el rebaño de ovejas que pastaba en la pradera de la izquierda, no sé, pero atravesar la puerta de hierro en la que una fecha, 1889, marcaba el inicio de una historia, era sin duda acceder al conocimiento de una personalidad que no estaba claro si irradiaba de la casa o la casa absorbía e integraba, robándola de quienes atravesaban sus jardines.

Al abuelo le gustaba llamarla la casa familiar, y siempre contaba algo muy largo sobre la solidez de aquel edificio y los valores de nuestra familia.

Sabíamos también que mi padre intentaría cumplir los deseos de mi abuelo, así que estaba claro que uno de los dos sería el adjudicatario de la casona.

El abuelo murió antes de que pudiéramos apreciar ninguno de los dos lo que hoy nos habría dado ese precioso equipaje histórico en el que sustentarte cuando lo que te rodea se tambalea.

La verdad es que ni mi hermano ni yo atendimos mucho a sus explicaciones. Nos parecían cuentos de viejo y en realidad, a nuestros quince años, el único sentido de escucharlos era conseguir mantener el buen humor de nuestro padre para garantizarnos la paga semanal que, durante las estancias de verano cerca del mar, nos permitía la tan ansiada independencia.

Sólo años después, cuando empezamos a ir por voluntad propia, aquellas paredes cobraron vida y nos enseñaron a ambos que éramos parte de su historia.

Recuerdo el día.

Fue la primera vez que entramos en la casa con nuestros hijos de cuatro y cinco años respectivamente. Mi hermano se me adelantó en sacar la llave y abrir la puerta.

Ambos nos acabábamos de separar y éramos la típica pareja de padres solteros que han de entretener a niños que se les apoderan durante los quince días de veraneo que les toca la custodia.

Tras hablarlo delante de unas cervezas, decidimos que lo mejor era ir a la casona: había sitio de sobra para correr y en el pueblo era difícil que los niños se rompieran, o, por lo menos, había menos riesgo que en un parque temático, la otra única opción que se nos ocurría.

Las enormes bisagras de bronce oxidado no parecieron muy contentas de que se les pidiera el esfuerzo de abrir la puerta y ambos nos miramos recordando el suave ronroneo que tenían en el pasado, cuando vivía nuestro abuelo y estaba siempre entornada, protegiendo de las inclemencias del tiempo, pero invitando a entrar.

Cuando la enorme hoja de roble quedó abierta los niños levantaron la cabeza y nos miraron en silencio, se cogieron de la mano y sin decir una sola palabra adelantaron al unísono el pie para traspasar el umbral.

Nosotros sonreímos: había algo mágico en el gesto infantil, una especie de complicidad en ese paso adelante, como si estuvieran haciendo algo muy importante, entrando en el país de las maravillas.

Por nuestra parte traspasamos la puerta y, con una seguridad sobre la ubicación de las cosas un tanto ilógica habida cuenta del tiempo pasado desde la última vez que habíamos estado allí, fuimos abriendo las contraventanas de madera y la fría luz del atardecer santanderino iluminó paulatinamente el recibidor, el salón y la cocina. Nos giramos y vimos a los niños al pie de la escalera, mirando hacia lo alto, quietos.

De pronto, ambos sentimos una irrefrenable necesidad de conseguir iluminar toda la casa y corrimos escaleras arriba entrando en todas las habitaciones con una especie de posesión, con los dos niños mirándonos desde el rellano de cada planta, los ojos redondos, las manos cogidas, sin decir nada.

Jadeantes y con la tarea terminada nos paramos junto a ellos en el primer piso. La luz, matizada en rayos, daba a toda la casa, polvorienta, una imagen de gigante bostezando que despierta de un tranquilo letargo. Las dos puertas enormes que daban al balcón central del primer piso y que mi hermano había abierto de par en par semejaban ojos recién despejados que nos miraban casi sorprendidos.

Por un momento todo se detuvo, hasta el aire. Los niños, que seguían cogidos de la mano, rompieron el silencio. Con una mirada llena de algo indefinible, dirigieron los ojos alternativamente a uno, otro y alrededor y luego, con una voz seria e impropia de la edad que tenían, mi sobrino dijo: «Nos gusta», y mi hija añadió: «Es nuestra.»

A continuación, sin miedo alguno a las sábanas blancas que cubrían los muebles con aspecto fantasmal, y que sin ningún criterio optaban por quitar o dejar, recorrieron todas las estancias, subiéndose en cada sillón, pateando cada cama, abriendo cada cajón y encontrando en ellos tesoros extraños y juegos tan antiguos como nuevos.

Después de quince minutos persiguiéndolos, llegamos a la conclusión de que era inútil intentar controlarlos y, con la absurda seguridad de que nada malo les pasaría a pesar de las escaleras, picos de mesas de madera maciza y el resto de riesgos objetivos que se encuentran en una casa de cien años construida y amueblada pensando que para cada niño había un ama, bajamos al coche y entramos el equipaje, la comida y el resto de los bártulos playeros.

Los quince días pasaron lentos y tranquilos pero se terminaron antes de que nos diéramos cuenta. Salimos poco de la finca, a la playa de vez en cuando, pero los niños preferían mojarse con la manguera y correr por lo que en algún momento fue un césped recortado y un paisaje ajardinado y hoy sólo era un campo en plena ebullición vegetal que conservaba de su floreciente pasado la borrosa estructura de los setos y unas magníficas rosas que hoy aparecían por cualquier lugar, mezclando el rojo y el rosa con el blanco níveo de las calas silvestres y el olor de un jazmín que trepaba por las paredes.

Los niños descubrieron que los higos, peras, limones y membrillos colgaban de los árboles y sin saber bien cómo, mi hermano y yo pudimos ponerles nombre a los pájaros que al anochecer atronaban con sus trinos y a los insectos más variados que los niños traían en sus manos, cogidos por alas y patas sin que, sorprendentemente, les picaran. Supongo que nosotros hicimos lo mismo y supongo que esos nombres formaban parte de los cuentos de mi abuelo y habían quedado almacenados en algún rincón del recuerdo.

Encontramos incluso, en el torreón, un panal del que, con la ayuda de un vecino del pueblo, sacamos miel para comer con queso blanco llenándonos todos de pegajosos churretes.

La tarde antes de nuestra partida los niños encontraron su último tesoro.

Mi hermano y yo estábamos en el salón, copa en mano, y los dos enanos aparecieron sujetando, a medias por el peso, un libro enorme.

Era un álbum de fotos y quedaban páginas vacías al final.

Se sentaron con nosotros y viendo las imágenes de tiempos pretéritos pensamos que, salvo por la ropa, podían haber sido de ese verano. Todos aquellos a los que ni mi hermano ni yo éramos capaces de poner nombre, pero que tenían la misma nariz y los mismos labios que los niños y nosotros, habían quedado inmortalizados jugando con una manguera, a la sombra del roble, apoyados en la barandilla del porche, sentados en la mecedora del salón o a la mesa de la cocina.

Mi hermano se levantó y trajo su cámara digital. Todos nos colocamos delante de la chimenea y un segundo después el dispositivo nos inmortalizó también a nosotros. Sacó el portátil y la impresora y colocó nuestra imagen en el álbum. Esperando el futuro, quedaron más páginas vacías.

Al día siguiente nos montamos en el coche y, al llegar a la verja de entrada, paré para cerrar con el enorme candado. Al girarme, los niños, nuevamente de la mano y serios, habían bajado del coche y observaban la silueta de la casona.

Mi hermano también bajó y ambos nos quedamos mudos al oír a mi hija decir: «Volveremos», y al suyo rematar: «Algún día... siempre.» Tragamos con dificultad e, intentando no ceder a la emoción, arranqué el coche y puse la cinta de los Pitufos.

Los años pasaron. Yo regresé de vez en cuando, solo. Mi hermano menos; se había vuelto a casar y tenía una caterva de críos que su mujer prefería llevar de vacaciones al sur, de donde era su familia...

En el silencio que se hizo, delante de aquel hombre que parecía no saber nada de la casona (al fin sólo era el abogado de mi padre, pero nada nuestro) mi hermano y yo nos miramos. Sobre su hombro se apoyó una mano de hombre y sobre el mío la de una mujer hecha y derecha que ya tenía sus propios hijos.

Giramos la cabeza y los vimos a los dos, cogidos de la mano, muy serios.

Miré de nuevo a mi hermano, él asintió con la cabeza y levanté la voz, interrumpiendo al albacea.

—Si mi hermano y yo renunciamos a la casona, sea cual sea su destino, ¿qué pasaría con ella?

—Pero tiene un valor inmenso y su padre la había adjudicado a...

—¡Conteste! —le interrumpí taxativo.

—Pues... pasaría a los nietos de su padre, su hija de usted y el hijo de su hermano.

Nuestras voces sonaron claras y firmes:

—Entonces, renunciamos.

La boca del albacea se abrió como si fuera una rana. Luego se cerró y se volvió a abrir.

Ahora estoy aquí.

Nuevamente han pasado los años, muchos otra vez. Mi hermano está a mi lado y a ambos nos cubre la tierra de nuestros ancestros que al atardecer se refresca bajo la sombra de la casona y el viejo roble.

De vez en cuando sentimos dos pequeños pares de pies que se acercan muy juntos... deben de ir cogidos de la mano y entierran cuidadosamente al lado de cada cruz los tallos de dos rosas y una cala. Luego salen corriendo. Sé que son algo nuestro, pero desde aquí el tiempo tiene otra perspectiva... nietos, biznietos... no sé... ¿quedarán aún páginas vacías en el álbum?...

Lo que no podremos olvidar es la cara de sorpresa del albacea cuando nos negamos en redondo a seguir leyendo el testamento y, si pudiéramos, mi hermano y yo aún hoy sonreiríamos.

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Copyright ©Gelu, 2003
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Fecha de publicaciónEnero 2005
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