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Hazte fama

Patricia Suárez
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaBuenos Aires, calle Ituzaingó
I.

Fue cuando salí a comprar el alimento para el gato que ocurrió todo. Después me dije: «Marga, si hubieras estado, esto no habría pasado.» Y no lo dije porque yo me crea omnipotente ni nada. Me lo dije porque me conozco. Sin temor a pecar de soberbia puedo decir que conozco mis habilidades y mis limitaciones. Bueno, no todas, no voy a exagerar. Después de todo, ¿quién se conoce verdaderamente a sí mismo?

Lo cierto era que el pobre animal ya se había quedado sin alimento y no tenía la menor intención de comer el atún de la lata que yo le había abierto. El gato estaba enamorado de las Whiskas. No hay nada peor que un gato cuando se pone maniático. Desde el comienzo, cuando recogí a mi gato atigrado —largas rayas naranjas le recorren el lomo— de la Sociedad Protectora de Animales, yo simplemente lo llamaba Michi. Michi de aquí y Michi de allá. Con breves modificaciones como Michino o Michungo. Pero Pepita, que es la del piso de abajo, y hace alardes de exotismos, me dijo que era una vergüenza. Pepita viajó dos veces a Europa. Además, ya lo dice el dicho: Hazte fama y échate a dormir. Ella logró cierta fama de entendida en cuestiones de finezas y alta sociedad. Nadie sabe bien qué hizo en Europa pero ella recuerda aquellos viajes con más detalle que Marco Polo los suyos. Y es abrumadora cuando los cuenta. ¿Es que a alguien le interesa realmente a cuánto se cotiza el bife en un pólder de Holanda? Para mí, Holanda es la tierra de tulipanes y con eso me basta y sobra para llevar una vida dedicada a los placeres sencillos. Fue Pepita, entonces la que me dijo: «Marga, no seas ordinaria, ¿querés? Ponele de nombre algo como Mumm o como Big Ben». En aquel momento pensé que Mumm era un nombre digamos interesante, no sabía que era el nombre de un champán. Yo nunca bebo champán, prefiero la sidra porque es más dulce y más barata. La cuestión es que cuando me di cuenta de que estaba llamando a mi gato anaranjado con el nombre de un champán, seguí denominándolo Michi, que por otra parte en quichua quiere decir gato, porque soy de la clase de gente que se aferra a las convenciones, o para explicarlo de otra manera, soy terriblemente cabezona.

A lo que iba es que aquella mañana de abril mi Michi se había quedado sin alimento y yo salí a comprarle sus galletas Whiskas y ahí fue cuando ocurrió todo.

II.

El edificio en que vivo está instalado en calle Ituzaingó, que parece que fue el sitio campal de una batalla de la historia argentina. Yo siempre digo Ituzaingo, sin acento. Es una vieja costumbre que traigo de la infancia y me he aferrado a ella como un náufrago a la tabla. Digo Ituzaingo como cualquier otro dice Ovidios Lago. Idiosincracias.

El edificio pertenece al Sr. Saborido a quien apodan el Húngaro por uno de esos tantos absurdos que existen en el mundo. Al parecer el Húngaro levantó el edificio con las ganancias habidas de cuarenta años de mendicidad. Hay quien dice que el Húngaro fue mendigo porque buscaba lo absoluto, lo cierto es que se levantó un edificio modesto, de tres pisos, escaleras y dieciséis departamentos que alquila y mantiene en buen estado. El absoluto es un concepto bastante abstracto al fin y al cabo, y quince rentas mensuales tienen el poder de barrer con cualquier abstracción.

El Húngaro es un Libra con ascendente en Aries. Combinación explosiva sobre todo porque la luna estaba en Géminis cuando nació, y es una verdadera suerte que no haya terminado esquizofrénico. Es un hombre más bien bajo, achaparrado, que usa gabanes hasta para dormir y es un milagro quien no lo haya visto llevar el gabán aunque sea arriba del piyama. Camina muy lentamente, es solitario, sólo una vez vino a consultarme, y yo le dije que los librianos necesitaban actuar a tiempo, sobre todo el año pasado, en que Júpiter se movió tan poco y eso desfavorecía al signo. Ni caso que me hizo.

El único vicio que posee el Húngaro es un gato barcino que tenía, al que Pepita le había aconsejado que lo llamara Buonarroti y el Húngaro le dijo que se dejara de escorchar la paciencia y se fuera a freír churros con las rarezas, que el gato barcino que él tenía se llamaba Negro y asunto terminado. Que el gato se llamara Negro y fuera barcino también seguía la misma clase de absurdo por la que al Húngaro lo llaman Húngaro siendo descendiente de italianos. En fin.

Si uno lo piensa bien, a mí el Húngaro me caía bien por el amor que le tenía a su gato. Me caen singularmente bien las personas que quieren a los animales. El gato barcino éste era el único compañero que tenía el Húngaro, y compartía el malhumor del viejo como quien comparte una antigua costumbre. Hay que ver las fidelidades de que son capaces los gatos.

III.

Recién me había fijado que el pobre Michi no tenía nada para comer cuando sonó el teléfono. Nunca va a ser el hombre de mi vida el que me llama, sino mi madre. Dijo:

—Margarita, menos mal que estás. ¿Sabés qué? Voy a preparar un pollito con papas y me acordé cuánto te gusta el pollito al horno con papas. Capaz que viene el tío Alfonso, también. Y me dije: «Seguro que Margarita va a querer venir a comer con el tío Alfonso». ¿O no? ¿No es cierto que vas a querer venir a comer con el tío Alfonso y conmigo, Margarita?

—Ay, mamá. No.

—Pero vos sabés cuánto hace que no te ve el tío Alfonso. Ni siquiera sabe lo crecida que estás.

—Mamá —suspiré—, tengo 38 años.

—La última vez que te vio el tío Alfonso estabas por tomar la primera comunión.

—Mamá: yo nunca tomé la comunión. Ésa fue Cristina.

—¿No? ¿No tomaste la comunión, Margarita?

—No, mamá.

No me quedaron ganas, al colgar, de permanecer en casa. Por suerte esa mañana no tenía clientes. Había una señora que vendría por la tarde, por problemas del corazón, y alguien que quería saber su futuro en el tarot. El tarot es un incordio, realmente, pero así es la vida.

Cuando salí a comprar el alimento de atún, me calcé las sandalias de taco alto porque el taco alto afina las piernas, y me puse también el turbante amarillo de seda crepé que me rendondea la cara, porque el veterinario era muy buen mozo. No quiero quejarme, pero hace tanto que estoy soltera. Al bajar el último escalón me torcí el pie, y entonces tuve que caminar más despacio. En la puerta me la encontré a Míriam, la de Planta Baja. Le dije:

—¿Qué tal, qué tal? ¿En qué andás tan tempranito?

Y Míriam me respondió:

—Marga: menos pregunta Dios... Espero a Raúl.

Raúl es el cretino del novio. Es oficial de la policía. A mí nunca me gustaron los policías, así que no veo por qué había de gustarme el novio de Míriam. Sólo que, digo, hay que ver qué rápido que Míriam consigue novio. Es como el rayo y la centella.

—Ah. Claro —dije yo—, Raúl.

Y para mis adentros musité: «Seguro que el novio es un Tauro. Tiene la cara. Se le ve a lo lejos. Es un Tauro, y mejor no amargarla. Para lo que le va a durar.»

Después me fui renqueando a la veterinaria.

IV.

El veterinario era buen mozo pero casado. La alianza en el anular relumbraba como un rayo que parte en dos al cielo en medio de la tormenta. Me quedé un rato charlando con él —hay que ver todo lo que ese hombre sabe sobre los gatos—, pero, la verdad, un poco me amargó que fuera casado. Para quitarme la amargura, entonces, aproveché y me fui a almorzar a una hamburguería. Siempre como cuando estoy amargada, es algo que mis caderas y mi cintura ya pueden evidenciar. Doble carne con queso, pedí, salsa de pepino y gaseosa burbujeante. Me gusta que las burbujas me den picor en la lengua, es un impulso infantil que no puedo resistir.

Mientras estaba comiendo vi a Lezcano. Iba al edificio a visitar al Húngaro. Era la única persona que lo visitaba. Era un ahijado o un sobrino, decía que era abogado pero después se supo que le habían quitado la matrícula en un caso donde hubo soborno. Lezcano era bastante apático, e increíblemente parecido a un cormorán, y hay que ver, claro, qué pajarracos desgradables son los cormoranes. Lezcano me hizo una seña con la mano a modo de saludo, porque con la otra sujetaba un paquete envuelto en papel manteca. Era como ver un apio con patas andando por la calle. Muy poco interesante.

Cuando regresé, una hora, hora y media después, con el taco de la sandalia quebrado, cargada con los dos kilos de Whiskas y algo así como con un cuarto de libra de carne mal masticada en el estómago, ya había sucedido todo.

Pepita y Míriam estaban en la puerta, alteradas, junto a un coche de la policía. También estaban el político del Segundo B, y el estudiante de medicina del Tercero A, quien vivía pegado al departamento del Húngaro.

—¿Qué pasó? —pregunté.

—Ay, Marga —suspiró Pepita—. Falleció el Húngaro.

—¿Cómo?

—Lo mataron. De una puñalada.

—No me lo puedo creer —dije—. Pobre —y verdaderamente pensé: Pobre, qué muerte más horrible. Me quedé cavilando sobre su muerte un rato. (A mí las estrellas nada me habían confiado acerca de la muerte en forma tan violenta del Húngaro, y eso que yo tenía cierta intimidad con las estrellas.)

V.

El Húngaro había estado almorzando con Lezcano. Había comido un pescado, una de esas bogas a la parrilla que son la delicia. Al parecer, apenas acabaron de comer, Lezcano se quedó dormido, de puro aburrido que es. No habían discutido, al menos el estudiante de al lado no había oído gritos no forcejeos. Solamente oyó que hablaban y repetían las palabras «Agua blanda» y «Agua blanca». El cuerpo del Húngaro tenía una herida finísima detrás de la nuca, la cual había sido la herida mortal. Fue hecha con un cuchillo agudo.

La policía, comandada por Raúl, que andaba por ahí noviando con mi vecina en la Planta Baja, enseguida registró el departamento e interrogó a Lezcano. El arma mortal no aparecía. Lezcano no sabía nada de ningún cuchillito fino, y juraba que el asesino tuvo que haber entrado por la ventana y haberse ido por el techo. Pero las ventanas estaban cerradas, los postigos estaban trabados, y don Soria, que es el vecino del Primero C, y está en silla de ruedas, había pasado todo el tiempo en el balcón y no vio a nadie entrar ni salir después que entró Lezcano al edificio.

Como lo cierto era que el testamento de El Húngaro beneficiaba a Lezcano, y él era el único que estuvo en el lugar del hecho, fue detenido. Igual, Lezcano sabía que si antes de las cuarenta y ocho horas no aparecía el arma implicándolo o un cómplice que él hubiera tenido, debía salir en libertad. Para algo había sido abogado. «Aves negras», me dije, «Aves negras, ¿qué es lo que no contaminan?»

Yo no vi cuando lo sacaron a Lezcano, pero Pepita, que es bastante sensible, me dijo que el tipo se veía muy apesadumbrado. Yo estoy segura de que era un escorpiano, es probable que Lezcano hubiera estado fingiendo.

VI.

Atendí a la señora con los problemas de amor, esa tarde, y era una mujer que llevaba una vida realmente complicada. Maridos y ex maridos tejían una especie de enredadera en torno a ella. Yo traté de ser lo más clara posible, y por eso le expliqué que ella tenía que luchar contra las costumbres de las Cabras. La Cabra podría ser el más encantador de los signos chinos, sino fuera porque es indisciplinada, mudable, dependiente, se adapta con facilidad a cualquier tipo de vida, incluso se adapta a los tipos de vida que no le gustan. Esta Señora M. había vivido por años con el Señor T. a quien no estimaba sino porque el Señor T. no la estorbaba preguntándole qué había hecho ella durante el día. Ella consideraba que eso era libertad. Pero podía ser indiferencia, ¿no? Así que le dije: «No, Señora M., usted tiene que aprender qué es en verdad la libertad y ése es un largo camino.»

A la nochecita cayó Míriam. Le pellizcó el morro al Michi, y Michi salió a todo correr a su pieza. Míriam me dijo:

—Mi novio está muy deprimido, Marga. Él esperaba que con esta investigación lo ascendieran, pero, ya ves, no descubren el cuchillo. ¿Cómo no va a deprimirse?

Le iba a contestar: «Joderse», pero no quedaba bien. Además, qué culpa tenía ella de que su novio fuera medio tarado.

—Mmmjá —dije.

—¿Vos no podrías ayudarlo?

Así es la vida: «Hazte fama y échate a dormir».

Pero yo estaba triste porque, después de todo, el Húngaro no se merecía que lo mataran y, encima, que el cretino del asesino lo fuera a heredar. Además, bien imbécil que había sido el Húngaro. Siempre había dicho que su fortuna se la iba a dejar a los gatos vagos del barrio y, al final, se la venía a dejar al cretino de Lezcano. Ay, los parientes. En fin. Así que dije:

—Decime Míriam, el cuchillo no apareció, bueno, pero, ¿y los restos del pescado?

—Se los comieron.

—Ajá. ¿O sea que se comieron la boga con las espinas y todo? Bien. Había hambruna. ¿Y el paquete en que estaba envuelto el pescado? ¿El papel manteca y el hilo? ¿Se lo comieron también?

Míriam se rascó la cabeza. Realmente se rascó con furia. No era una chica muy inteligente. Me pidió el teléfono, y fue y llamó a su novio a la jefatura. Repitió mis preguntas. El novio no tenía ni idea. Tampoco parecía una persona de tener demasiadas ideas, en fin.

Entonces fue cuando vi al Michi. Venía relamiéndose. En realidad fue la lengua de Michi la que me encendió la idea. Son raras las lenguas de los gatos, eso me hizo pensar. Me dije: «¿Y el Negro? ¿Dónde es que estaba el gato barcino de El Húngaro?» Ese sí que era un gato atorrante, se iba todos los días por los techos. «El techo», suspiré. Tomé el teléfono, y directamente, hablé con el policía.

—¿Buscaron entre la basura del techo?

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Era un silencio que quería decir: la necedad obra como una inundación: puede atascar todas las inteligencias.

VII.

El gato de El Húngaro se había llevado el paquetito, papel, hilo, restos del pescado y el fino cuchillito, al techo. Lezcano había armado el paquete de modo tal que el gato pudiera transportarlo sin problemas hasta la terraza. Para el gato llevarse aquel paquetito era un lujo, porque creía que adentro tendría pescado hasta hartarse. Sólo que no podía desatar el paquete, y el trabajo de desenredar el hilo, lo había ocupado la tarde entera, y lo tendría ocupado toda la noche y, para cuando lo lograra, a nadie se le ocurriría ir a husmear a la terraza en busca de un cuchillito.

Se inició proceso a Lezcano. Y yo esperaba que, a partir del encuentro del cuchillo, la diosa Justicia se decidiera a abrir los ojos de una buena vez.

Mucho tiempo después, escuchando la radio, me di cuenta que lo de «agua blanda» y «agua blanca» que había escuchado el vecino del tercero durante el almuerzo entre el Húngaro y Lezcano era la discusión acerca de una letra de tango. El Húngaro sostenía que, en Naranjo en flor, el verso dice «Era más blanda que el agua / que el agua blanda...» y no «agua blanca» como insistía Lezcano.

Mi madre llamó, a la noche siguiente, y volvió a insistirme con que fuera a cenar con mi tío Alfonso. Yo no recordaba ningún tío Alfonso, sino un tío Alberto, pero mi madre confunde todos los nombres. No me quedó más remedio que aceptar. Tampoco iba a cocinar pollo al horno, sino canelones. Eso no es bueno para mí. Yo querría adelgazar unos kilos. Porque estoy poniéndome pesada. Digo: ¿Será porque soy Cáncer? Los Cáncer acumulamos líquidos, eso es porque estamos regidos por la Luna. Me puse mi vestido de viyela negro, y salí a tomar un taxi. Es difícil enganchar un taxi en el momento en que uno necesita un taxi realmente. Tuve que caminar unas cuadras. Alguien tocó la bocina de un auto coloradito y medio despintado. Observé. Era el veterinario. Me dijo, sonriente: «¿Te llevo?» Y yo pensé: «Qué pena, voy a llegar tarde a la cena con mi madre». Para mis adentros pensé: «Mejor, porque, ¡ay!, los parientes son un incordio.» Me incliné, dije: «Mirá que voy bien lejos», y él me contestó: «A donde sea te alcanzo». De modo que yo dije: «Y bueno, vamos, entonces», y subí.

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Copyright ©Patricia Suárez, 1999
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Fecha de publicaciónMarzo 2000
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