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La derrota del persa

La exhibición

Dimas Mas
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De la euforia inicial —¡internet era tu patria!— hasta la desidia final —¡otra provincia más de la publicidad y del capital!—, tu relación con la red ha cambiado como siempre te ha ocurrido con cualesquiera novedades que, de buen principio, te han deslumbrado. ¿Qué buscas, en realidad? Todo lo que te aparecerá no será muy diferente de este repertorio de entusiasmada propaganda de las bondades de la preparación para lograr acabar un maratón. Da igual la página que escojas. Todas te ofrecen lo mismo: un plan de entre 16 y 21 semanas para culminar con éxito esa supuesta gran aventura de martirizar el cuerpo durante una eternidad.

¡Desde Mataró, nada menos!, la de Barcelona, que ha de ser la tuya, la única. Es, faltaba más, lo primero en que te has fijado, por supuesto: matar-ó. Y acto seguido en marat-ón, el iluminado jacobino asesinado a..., ahí lo tienes, ¡a los cincuenta años!, que ya es prodigio de casualidades. ¿Y quién te iba a convencer a ti, inhábil prestidigitador de azares estudiados, de que tu extravagante decisión no estaba ya escrita?

¡Dios santo, qué cantidad de requisitos para la proeza! Sal de ahí, gordo, que tú no buscas llegar al final...; o sí, pero a otro que te pillará por sorpresa, supones. ¿Y para qué quieres hacer ninguna prueba, entonces? No es nuevo, que te contradigas. Ése es el tú más tú: la encarnación —y bien abundante, ¡ubérrima!— de la contradicción, que no el espíritu de ella. Eso lo dejas para Helena.

Mañana o pasado harás la prueba, el ensayo, estando a solas, la casa tranquila y el alma sosegada. Saldrás sin ser notado. Pero a dar la nota. A cuerpo gentil, como quien dice, componiendo una grotesca figura. Si una decisión así la hubieras tomado quince o veinte años atrás, estás convencido de que toda esta parafernalia maratoniana te hubiera atrapado al menos durante el tiempo necesario para convencerte de que la juventud era ya, entonces, una fría avechucha alicaída. ¡Lo que hubieras disfrutado en ese ínterin, sin embargo! Todos esos tipos escuálidos que sonríen como si hubieran corrido una sola vez en su vida, con ocasión de la fotografía, no se hartan de presumir: mi experiencia, los sesenta y tantos maratones que me avalan, el cambio que dio mi vida..., y un repertorio homilético que te fatiga.

No viste nada de eso en los rostros sufrientes y lacerados de aquella procesión comarcal, cuando te habitó la clarividencia y sellaste tu destino. Déjalos, a los webones esqueléticos, ahítos de orgullo olímpico, y prepárate para la excursión y la confesión a plazos, como si estuvieras pagando la lavadora del alma. No es que las tuyas sean manchas resistentes, sino intratables. Siempre has cultivado la maldita flor exótica: el exterior: orden estricto. El interior: confusión y derrelicto. Sigue, sí. No hay nada que te baje esta fiebre verbal en la que te complaces como un flatulento en su metano, y ahora sí que sabes —¡ya era hora!— de lo que hablas.

¡Sudores fríos padeciste cuando, ante aquella dependienta, hiciste la breve tabla de ejercicios tratando de evitar un fétido escape de gas! ¿Pero tú crees que a un psicoanalista se le pueden contar los problemas de la flatulencia? No, no, sigues desvariando puertas adentro, como siempre.

¡Qué embobamientos se apoderan de ti desde el día del soberbio bofetón, tu día B! Bebiste, de golpe, en la fuente del desasosiego y, curiosamente, toda esa animación interior infatigable se representa en el seno de un bulto acomodado en la parsimonia y la lentitud burocrática, tan lírica como la de los bueyes, desde luego.

No puedes evitar ese calambrillo en tu estómago de rumiante, ni los sudores, ni una levísima taquicardia mientras aguardas en esta sala de espera, rodeado por patologías tan diversas como inaccesibles a simple vista: no siempre la locura se lleva escrita en el rostro. La imbecilidad, sí. El primer día te pasaste toda la mañana preparando un guión de lo que le ibas a contar, y al final casi nada salió como tú lo planeaste. El escarmiento y las compras te han inducido a venir hoy en blanco. Es humano asustarse. ¡Hay tantas cosas humanas que siempre te has negado!

—Darío, cuando quieras...

Ahí vas, tribuno agustiniano. Y si éste dejó sus retóricas por la exhibición de la herida, no ocultes tú la tuya con aquellos apósitos. Resulta lógico el tuteo. Sois casi de la misma edad. Pero tú no lo has aceptado, aunque se lo consientes.

—Adelante.

—Hoy vengo en blanco, doctor Babel. Vacío. Seco. Tengo la impresión de que ni habito en mí, que soy como la obra de Alberti: El hombre deshabitado. Un hueco, un sumidero. Me siento como desvivido, descontado. Y ahora lo que más me apetece es callarme. Ya sé que no puedo, ni debo, que por la boca ha de morir el pez...

—¿Qué quieres decir?

—Lo que digo: que las ballenas también se suicidan. Ellas, varándose; yo, corriendo.

—Sigue, por favor.

—Ya está todo dicho. Cuanto más hablo aquí, cuanto más creo que estoy descubriendo o revelando algo, lo que sea, menos razones encuentro para continuar. Y aún no le he contado casi nada de mi vida. ¡Valiente vida! Si a mí ya me trae sin cuidado, ¿por qué había de interesarle a usted, doctor? ¿Qué interés puede tener que mi vida familiar sea un fracaso, que mis dos hijos sean dos extraños, que mi mujer me engañe con el médico de cabeza...

—Perdón...

—¿Qué he dicho?

—Que tu mujer te engaña con el médico de cabeza...

—De cabecera, supongo que habré querido decir.

—Pues has dicho lo otro. ¿No te sugiere nada ese lapsus?

—Como no sea la convicción de que ella la ha perdido...

—Y el cuerpo, ¿no?

—Sí, supongo. Conmigo, por lo menos, no folla desde el pleistoceno, la verdad...

—No parece importarte...

—Es una historia larga, triste e íntima que no me apetece contar ahora, aunque quizás en otro momento pierda el pudor que ahora me impide hacerlo, a pesar de esa frivolidad que me ha salido antes, sin saber a cuento de qué venía.

—Insisto: no parece afectarte mucho. ¿O lo parece porque, por el contrario, ha sido un duro golpe para ti?

—No lo sé. Estoy confundido. Me siento como anestesiado, como castrado emocionalmente, si es que puede decirse algo así. Voy viviendo y ya está, sin complicarme la vida. Me dejo llevar. Además, me ha salido, ¡no sé de dónde!, un geniecillo burlón que me vapulea sin miramientos de ninguna clase. Me paso el día abominando de mí y poniéndome a caldo. Ya sé que eso va contra la autoestima y la autoconfianza, que tan de moda están ahora. Pero sé igualmente, doctor Babel, que soy un hombre derrotado, y desde ahora podría decir ya, con toda propiedad, que mi derrota será como la de mi tocayo en la batalla de Maratón, que todo el mundo recuerda. Lo que ahora veo con total nitidez es la necedad absoluta que ha sido mi vida hasta hoy. De hecho ya me di cuenta hace algún tiempo, y de ahí aquel esfuerzo borrador, aquella necesidad de olvidar, a la que me entregué con una pasión que, hasta entonces, sólo la había empleado para la encarnación de la torpe y burdamente quijotesca idea mía de querer convertirme en un escritor.

—¿Y que te ha impedido pasar de las ideas a los hechos?

—La carencia de hechuras y el exceso de mediocridad. Hay que estar dotado para ello. Y mi única dote es la inanidad. Soy un desastre total. Y reconocerlo es muy doloroso. Si no lo parece, tal como lo digo, es porque ese geniecillo burlón me ha dado un baño de cinismo socarrón que a mí mismo me tiene desarmado, por novedoso. Nunca hubiera imaginado que ciertas decisiones pudieran transformar a las personas hasta el punto de volverlas irreconocibles. Se supone que en estas sesiones debería acceder a un mayor autoconocimiento; pero resulta que quien se sienta aquí, frente a usted, es un doble desconocido... ¿O se trata, sencillamente, de otra máscara más, como la ridícula y prosopopeyesca de escritor? Puede conmigo, la solemnidad envarada. No voy tieso por la vida, que también, sino empalado. Y ahora, además, aprovechando la situación, me ha dado la ventolera de embrearme y emplumarme de lo lindo. Y así estoy aquí: ridículo como un pavo real que se empeña en desplegar la cola, ignorando que se la han cortado. Yo sigo su consejo, y hablo de lo que se me pasa por la cabeza; pero no veo yo de qué modo una insoportable diarrea como ésta puede ayudar a alguien a ver claramente lo que ha hecho con su vida. O dicho de otro modo: veo con tanta lucidez cuál es mi destino, que lo demás, esta cháchara sobre todo, no deja de parecerme un torpe exhibicionismo absurdo y paradójico.

—Y ese destino es...

—Desaparecer, sí.

—Hay muchos modos de desaparecer.

—Definitivamente sólo uno.

—Sigue, por favor.

—¿Hacia dónde? Ya le he dicho que hoy, particularmente hoy, me siento vaciado, como si ya hubiese corrido la mitad del maratón...

—¿Qué maratón? ¿Es una metáfora?

—No, no, una revelación. Al fin y al cabo, ¿no se desplomó muerto el primero que lo corrió, tras llevar la buena nueva de la victoria ateniense, o de la derrota del gran rey persa?

—Eso dicen, sí.

—Pues por eso.

—Te escucho.

—Es que no tengo nada que añadir.

—Me dijiste que tenías una hermana, ¿no?

—Sí. Casi no tenemos trato, pero sí, no deja de ser hermana mía, desde luego; por lo menos nominalmente. Y aun diría que sanguinariamente también... Pero puesto ya el pie en el estribo... esos desencuentros no son más que minucias, insignificancias, anodinerías...

—Perdón...

—Cosas anodinas, triviales.

—No conocía la palabra.

—Porque no existe, salvo ahora mismo que la he usado yo, claro. Es un recuerdo de cuando representaba el papel de escritor y, para serlo, creía que inventar neologismos era algo así como un requisito sine qua non. Amilega, recuerdo que era otra por el estilo...; en fin, mera pirotecnia casera. A veces tengo la impresión de que he confundido la vida con la etimología, o viceversa. Las reales y las fantásticas, como la propia vida: verla marchar, la vida; verla ida, es decir, la vida es perderla... En el fondo tampoco improviso nada que no me haya andado antes por dentro, por estos adentros a los que les estoy dando la vuelta ante usted, como si fueran una prenda de ropa delicada, para echarlos en la lavadora de estas sesiones, que es a lo que más me recuerdan nuestros encuentros. Etimológicamente, a pesar de todo, anodino quiere decir sin dolor. De lo que se infiere que lo verdaderamente importante es lo que duele, como nos lo recuerda el refrán: quien bien te quiere te hará llorar. El día del bofetón lloré mucho, es verdad. Lloré, creo yo, lo que había dejado de llorar durante quince o veinte años, salvo en alguna esporádica ocasión...

—¿Recuerdas alguna de ellas?

—La que más me avergüenza confesar ocurrió con motivo de un documental sobre la guerra civil y los niños de la URSS, cuando embarcaban en Bilbao a los hijos de los republicanos con destino a la Unión Soviética. Aquellas despedidas mostradas con el ojo impúdico de una cámara cinematográfica me conmovieron lo indecible. Lloraba la especie, el instinto; pero lloré como jamás lo había hecho. Aquellos bracitos anudados a los cuellos de padres y madres que besaban a sus hijos sabiendo que posiblemente no volverían a verlos nunca más, ¡nunca más! Yo lloraba, sí, como todos ellos, pero al tiempo les increpaba, a los padres: «¡Cómo podéis!» Me veía en su situación y me reconocía incapaz de separarme de un hijo, por oscuro que fuera el porvenir... Y no fue menos conmovedor oír hablar, después, a aquellos niños, ya convertidos en hombres jubilados, de la insoportable añoranza de sus madres, de sus larguísimas noches de insomnio y llantos, de su tristeza, de la necesidad animal del arrullo, del beso, del abrazo...

—¿Y por qué vergüenza?

—Porque, visto desde mi presente, y conocida a fondo la paternidad, me veo ridículo. Del ayer al hoy siempre hay un gran trecho; pero cuando éste se considera en el ámbito de las relaciones personales familiares, podemos hablar de abismos. Si ridículos me parecen ahora mis esfuerzos de entonces por seguir el guión de la paternidad responsable, ¿cómo no me lo habrían de parecer los intentos de preservar nuestro matrimonio del naufragio? Sin embargo, no creo yo que sea el desamor en que estoy instalado —ahora ya durísima y encallecida piel de la costumbre— lo que me ha acabado empujando a adoptar la decisión trascendental que usted ya conoce.

—Desaparecer.

—Así es.

—¿Y no será una broma más de ese geniecillo burlón que te anda por dentro? ¿Una esfumación de fábula oriental o algo así, un truco de tramoya?

—Obra suya es que lo afronte con cierto humor amargo, o negro, si se quiere; pero la decisión es bien mía. Quizás la única que he tomado en mi vida. Cuando se vuelve la vista atrás, como me obliga a hacerlo mi daimoncillo cojuelo, levanto los tejados de mi vida y veo que en rarísimas y contaditas ocasiones he sido yo el dueño de mis pasos. Tengo la sensación, ¡demoledora!, de que la vida me ha ido viviendo, de que ha dispuesto de mí como si yo hubiera sido un instrumento, pero ¿para hacer qué? Para hacer nada, eso es lo terrible. Me he dejado vivir vampirizado por la rutina del día a día que no conducía a parte alguna. Y a eso es a lo que le pongo punto final con mi decisión.

—Sin embargo, y no te ofendas, Darío, detecto un cierto poso de insinceridad en el modo como hablás de ello, un acento lúdico que lo reduce a...

—¿Exhibicionismo?

—En parte sí. Se te ve tan orgulloso de tu decisión, que casi necesitás gritarlo a los cuatro vientos para que todo el mundo lo sepa e incluso, llegado el momento, lo contemple. Algo así como una desaparición transmitida en directo...

—Ya le dije hace un momento que era precisamente esta cháchara inacabable la que me parecía un ejercicio de exhibicionismo. A lo peor es que me he contagiado incluso en los actos, y he arrastrado del dicho al hecho la misma actitud escéptica, insincera y neciamente exhibicionista... Además, esta decisión sólo la conoce usted.

—Yo soy todo el mundo, tenlo por cierto.

—Ah...

—Quiero decir que verbalizar, y con tanto desparpajo, una pulsión suicida no es lo más corriente...

—¡Como que lo mío es una extravagancia absoluta! Y por corriente, además...

—¿Y tú has sido siempre muy extravagante, signifique esto lo que signifique para ti?

—Nunca.

—Ya.

—Por eso no es un juego, aun siéndolo. Porque si yo he pecado de algo ha sido de serio, de solemne, de responsable, de envarado, de pedante y de cualquier manifestación semejante, como la derivada de una úlcera gástrica o de un irreversible quebranto patrimonial en la bolsa.

—Regresamos, pues, al paraíso de la infancia..., o acaso al claustro materno.

—Me decepciona, doctor.

—Te escucho.

Esto no es un silencio, sino el silencio. Lo has dejado con la oreja en la boca y ahí sigue, repantigado en el sillón con su aire profesoral y su imperturbable cortesía. Haces bien en callarte, qué coño. Deberías haber anulado la sesión, en vez de decir las cuatro memeces que se te han ocurrido. Te duele que te diga lo mucho que hay de exhibicionismo obsceno en tu tragedia deambulante. Mucho más, por otro lado, el hecho de que sea él quien se beneficie a Helena. Eso sí que sería responderle con un directo al mentón para probar su fragilidad, su inexistente encaje. ¿Lo vas a hacer? ¿Y perder tan pronto este escaso pero consolador poder que tienes sobre él? ¿Sobre él? ¡Ingenuo! Aguanta. Él parece acostumbrado a silencios embarazosos como éste; tú, no. No desbarres. Nadie se jode aquí. Sí, aquí él sí que jode; pero tú no te vas a descolgar de este reto con una cuestión impropia, con un golpe bajo. Aún estás digiriendo lo que supone mantener esta ficción de intimidad. Puede más él. Siempre te ha pasado igual: no sabes soportar la presión. Acabas huyendo. Pues reconoce tu derrota. Ahora ya, ¿qué más da? Si aspiras a la derrota final, ¿por qué darle importancia a un leve rasguño?

—Mi vida ha sido siempre una permanente huida de la infancia. Nunca he querido ser niño, ni joven. Siempre he deseado ser adulto. Tal vez nací ya viejo... Lo cierto es que nunca me sentí cómodo de niño, ni de jovencito. Y a lo mejor, o a lo peor, esa es la razón de que los alumnos me tengan asqueado y no los pueda soportar: los veo tan felices instalados en esa ficción de la libertad de que disfrutan, que siento ganas de despertarlos como despertó el ciego a Lázaro en el puente de piedra...

—A una ya la has despertado.

—No. Ha sido al revés. Soy yo quien se ha despertado.

—¿De qué sueño?

—Del de la vida.

—¿Y cómo vivías tú ese sueño?

—Sin darme ni cuenta, ya se lo he dicho, excepto cuando soñaba despierto. No he tenido yo nunca buenas relaciones con los sueños. Siempre me han parecido decepcionantes, porque nunca eran reveladores. Por no ser no eran ni complicados, ni angustiosos ni incomprensibles. Sueños de andar por casa, triviales, vulgares, planos, aburridos, sosos, amodorrados. Y el de la vida el más insípido de todos: un caldo de acelgas sin sal ni aceite, puro purgante. De ese sueño es del que he despertado: del de no darme cuenta de estar viviendo; pero sí de estar siendo vivido. He abierto los ojos, sacudido por el estrépito de ese bofetón restallante, y no me ha gustado nada lo que he visto.

—¿Y...?

—No, doctor, no me pregunte qué es lo que he visto, por favor. Chicas quedarían las quejas de todos los profetas de la Biblia, mayores y menores, ante la magnitud del desengaño de lo que han visto mis ojos..., y lo primero que he visto ha sido mi propia persona.

—¿Pero no te habías borrado...?

—Eso creía yo. Sin embargo, parece como si del rastro de esa borradura, de ese hueco roturado por la goma, hubiera emergido el necio fantasma de mi pasado. Y se me ha instalado un regusto a rancio en la boca que no paro de buscar escupideras... Es como si hubiera llegado a las escurriduras de mí mismo...

—¿Y qué te vuelve de tu madre en ese pasado?

—¿A qué viene ahora mi madre?

—¿Notas que llega?

—Ella siempre se ha hecho notar: ha sido su profesión y su vocación, podría decirse. ¿Y por qué ese interés por mi madre, así de repente?

—Por la descripción de la última vez que lloraste...

—Comprendo.

—No me interesa tanto que comprendas cuanto que sientas...

—Pues mis sentimientos hacia mi madre, si es que quiere que cambie de tema, han sido siempre muy confusos, muy contradictorios. Una clásica mujer fuerte, hecha a la lucha por la vida, con una fuerza como la de un tiro de bueyes, y, no obstante, adicta a la pamema, los melindres, la sensiblería y la impostura: una teatrera redomada. Sí, sí, una de las de las palmas abiertas hacia el cielo, la vista puesta en las alturas, la lágrima fácil y la queja sempiterna: ¿qué he hecho yo para merecer esto? Y esto era siempre llevarle la contraria, alejarse de su amparo castrador...

—Curioso...

—¿Mi madre?

—El «amparo castrador».

—Igual he dicho una tontería. Me cuesta mucho hablar de ella. Lo nuestro es recíproco: ni me ha soportado nunca, ni yo a ella tampoco. Creo que es lo único en lo que los dos estaríamos de acuerdo, si ella fuese capaz de sincerarse y de reconocer lo que es evidente. Pero ya sabe usted cómo son las madres antiguas. Como si no querer a un hijo fuese una aberración, el mayor de los pecados...

—Tu hermana, tu madre... No te queda mucha más familia...

—Menos aún me quedaría, si mi padre siguiese vivo. La incomunicación absoluta entre nosotros se produjo cuando yo ya salía, sin ayuda de nadie, del infierno de la adolescencia, ese revuelto de necedad, orgullo, incomodidad corporal, autorechazo y narcisismo. Luego, ya adulto, he sentido un repulsión instintiva hacia todas las bienintencionadas narraciones que los alemanes llaman bildungsroman y nosotros novelas de iniciación, o de formación del carácter, etiquetas desgraciadas para historias lamentables. ¡Qué daño le ha hecho a la literatura la metáfora de la crisálida! Esas historias sí que me crispan. No se puede escribir sin tópicos, ciertamente; pero recrearse en ellos, limitarse a reproducirlos es negar la fuerza vital del arte. ¡Perdone, doctor...! Me he dejado llevar por la furia de la fobia y ya estaba desbarrando..., ¡y además en pedante!, que es mi especialidad...

—No, no, sigue, sigue...

—Se ve que hablo por mí, que pasé de la niñez a la adolescencia, de ésta a la juventud y después a la madurez sin que el viaje me haya transformado, salvo muy superficialmente. Fui un imbécil precoz y ahora lo soy consolidado... Incluso etimológicamente: débil en exceso, cojitranco. Para todo. Un asquito, doctor Babel. Y decirlo con una sonrisa en los labios, que no es forzada, se lo aseguro, se debe a ese geniecillo burlón con el que el destino ha querido alegrarme mis postrimerías. ¡Qué triste comicidad la de haber vivido como un guijarro de playa, permanentemente erosionado por las olas infatigables! ¿Sabe usted qué solía decirle a mis alumnos cuando entré en el oficio del que ahora abomino? Me ponía serio como un cólico de vesícula y les avisaba: la literatura solo es buena literatura si nos ayuda a vivir, o a sobrevivir...

—¿Y ya no crees que sea así?

—¡No me haga reír, doctor! La literatura... En fin, mejor le ahorro una retahíla de reproches más propios del despecho que de la claridad de juicio que nunca he tenido. De nada en exceso, creo que era el lema de..., ni me acuerdo ya. Pero siempre lo tuve por la negación de la vida. Dentro de mis posibilidades, yo siempre he tendido al exceso, incluso en la desgracia..., a pesar de mi espíritu represivo.

—Me consta.

—¿El qué?

—Tu proceso autodestructivo es ejemplar: quieres llevarlo hasta sus últimas consecuencias...

—¿Realmente es una consecuencia mi decisión? No estoy tan seguro.

—¿Y qué es, entonces?

—Poniéndome cursi, que también sé serlo con avaricia, diría que es la irrupción de la gracia en mi vida, una epifanía gozosa. Incluso me atrevería a decir que es una gracia poética. Tengo la sensación de estar escribiendo no sé si un hexámetro o un endecasílabo heroico, pero le aseguro, doctor, que estoy instalado en una suerte de euforia sosegada muy difícil de explicar...

—Quizás en la próxima sesión, Darío, serás capaz de hacerlo, seguro que sí.

Y ahora el borrón del dinero ensuciándolo todo, lo dicho y lo por decir. Tú ya no tienes amigos, y te cuesta imaginar lo que sería pasar una tarde con alguno, contarle lo que le has contado a Babel y luego, al despediros, pagarle. Claro que es prostitución sentimental, por fuerte que suene. No te rías imbécil. ¿O le vas a decir que él es tu puto, el cabrón que se tira a la puta de Helena...? ¡Hala, hala, machote, machotón!

Tocar el dinero te cabrea, y pagar a la salida te avergüenza. Él lo coge con toda naturalidad, dobla los billetes, como para hacerlos desaparecer en un truco de prestidigitación, los mete en el bolsillo de atrás del pantalón, bien pegados al culo, el abovedado aljibe de la mierda, como para justificar la sabiduría popular: oro del que cagó el moro y plata de la que cagó la gata, y te ofrece la mano vacía, pero limpia, para despedirse de ti. Habías llegado a sentirte cómodo, hasta cierto punto; pero el del final, pago por medio, te devuelve el calambrazo pestilente de la insatisfacción. Lo que te extraña, con todo, es que, pagándole tanto no te hundas en la tristeza económica sempiterna que has padecido, viviendo siempre al límite de vuestros modestos sueldos, viendo cómo se han ido multiplicando los gastos y disminuyendo esa ficción inclemente e inverosímil del cacareado poder adquisitivo. ¡Ese sí que es un gran hallazgo poético-político: poder adquisitivo!

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