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Lejana tierra mía

Pablo Brito Altamira
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaUn lugar de reclusión para subversivos, Buenos Aires

Habría que empezar por decir que Jacinto no nació en Málaga, como siempre había creído, sino en Buenos Aires, una fría mañana de junio del año 1977 en un lugar de reclusión provisional para subversivos. Su madre murió pocos días después cuando fue arrojada sin paracaídas desde un aeroplano Skyvan en la mitad de un mar gris y silencioso, pero Jacinto no supo nada de eso hasta el día en que su abuelo, que esperaba la muerte en la cama del hospital, le pidió a la enfermera que lo dejara a solas con su nieto y le relató lo que al joven le pareció un episodio de Alzheimer del viejo republicano. Jacinto acababa de cumplir veinticinco.

A don Tertuliano Mendoza le gustaba decir que era «hijo y nieto de anarquistas» y que su abuelo había conocido al mismísimo Bakunin, pero ni el anarquismo ni los bisabuelos eran temas que a Jacinto le preocuparan demasiado. Trabajaba como asistente de dirección en una productora de cine y sus héroes eran Quentin Tarantino y Sean Penn: lo más antiguo en que llegaba a pensar era en David Lynch, aunque no dejaba de profesar una admiración intermitente por Ridley Scott.

De la historia de España no quería conocer mucho y de la de Latinoamérica no sabía más que lo que contaban los noticieros; su vida giraba en torno a tres intereses primordiales: el cine, las chicas y los viajes.

Había sido criado por sus abuelos porque sus padres, según le habían dicho, habían muerto en un accidente aéreo cuando él era pequeño. Las fotos del álbum de familia eran escasas y borrosas; los recuerdos, inexistentes; las preguntas de su infancia estaban guardadas en un cajón y hacía ya mucho tiempo que no pensaba en ellas. Cuando su abuelo le tomó la mano y le dijo que debía confesarle cosas que nunca le había contado, pensó que se trataba de algo relacionado con la abuela Inma que llevaba ya tres años enterrada.

Aquella mañana, cuando se dirigía al hospital para la visita diaria, había pensado que cuando el viejo se fuera quedaría solo en el mundo. Aparte de un par de tíos y de media docena de primos dispersos en varias provincias, su núcleo familiar se reducía a sus abuelos maternos y a los amigos de éstos; otros viejos que ya habían muerto o estaban por morir.

Por suerte tenía un buen trabajo y no le faltaba nada en términos materiales. Tenía empleo y una novia guapa. Que no tuviera otra historia que la que le habían contado nunca le había parecido un impedimento. Hasta ahora.

El abuelo le dijo que buscara en un archivo que siempre estaba bajo llave y en el que Jacinto pensaba que guardaba viejos documentos revolucionarios de su época de comunista proscrito; cuando una semana más tarde le llamaron al móvil desde el hospital y supo de inmediato que se trataba de la noticia inevitable recordó las palabras y pensó en el viejo mueble de madera.

No se atrevió a abrirlo hasta pasados dos meses del entierro porque algo le decía que encontraría allí algo más radical y peligroso que la fantasía senil de un moribundo.

La carpeta identificada con su nombre estaba llena de recortes de prensa sobre la dictadura argentina y los desaparecidos: tardó mucho en conectar aquello con su propia historia y sólo cuando leyó su nombre en la solicitud de investigación de una oficina de búsqueda de niños rescatados relacionada con las Madres de Plaza de Mayo comenzó a entender.

Atando cabos y juntando recuerdos de conversaciones entre sus abuelos comprendió por qué nunca se habían atrevido a contarle la verdad. No era sólo porque no tuviese edad para entenderla, sino porque era completamente increíble y porque nada hubiera podido hacer él con ella; ahora que empezaba a imaginar las escenas que le habían ocultado se daba cuenta de que aquello era el argumento de una película más sangrienta y más terrible que los más audaces delirios de Tarantino, con el agravante macabro de ser un pedazo de historia real de la que él, Jacinto, era además uno de los protagonistas.

Como si abriera la tubería oxidada de un tanque de agua empozada por siglos, comenzaron a fluir en su mente escenas de todas la películas sobre crímenes de guerra que había visto en su insaciable pasión por el cine: fragmentos de La lista de Schindler, Missing, La historia oficial y miles de escenas de guerra y tortura se presentaban ante él como partes de una pesadilla que presenciaba en vigilia y con los ojos abiertos. Fue mucho más tarde cuando comprendió que el filtro del cine, que siempre deja abierta la puerta de salida de pensar que el realizador pudo exagerar cuando dramatizaba los sucesos, lo salvó de la locura.

Su primer deseo no fue el de averiguar la verdad sino el de rodar el filme sobre su vida.

Escribió una sinopsis apresurada con los pocos elementos que tenía claros y se sentó en el patio de la casa de sus abuelos, su casa, mientras la impresora del ordenador escupía las páginas y de los altavoces salía aquella voz que tanto amaba cantando dulcemente esas palabras que ahora sonaban a mentira:

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla
y un huerto claro donde madura el limonero...

Hernán, el director para el que trabajaba en una versión para la tele de El Lazarillo de Tormes, aceptó leer lo que él presentó como un proyecto de largometraje de ficción y le devolvió dos semanas más tarde la carpeta con una palmadita en el hombro y la recomendación de que trabajara más la historia. Había demasiados cabos sueltos e incongruencias. Si la heroína había sido violada por un marino era incomprensible que hubiese permanecido prisionera durante toda la gestación y que luego de dar a luz y ser ejecutada, su recién nacido fuera a parar a casa de unos familiares que lo rescataran y lo sacaran del país: demasiado romántico.

La historia, en efecto, no se tenía en pie como argumento de una película a menos que se encontraran los datos que hicieran comprensibles las lagunas y verosímiles las coincidencias afortunadas. Fue esa necesidad de encontrar las piezas faltantes del rompecabezas la que llevó a Jacinto a reorganizar su sinopsis. Contó una historia diferente, más creíble porque se parecía a las otras con que ya se habían hecho filmes. Sólo por eso el nuevo argumento gustó y fue aprobado como proyecto en un concurso oficial: Jacinto tenía ahora fondos para rodar su primer largometraje como director.

Buenos Aires era una ciudad que no le recordaba a nada que hubiese conocido. Llegó como un turista más, porque en su juego íntimo se había comprometido a no revelar a nadie que la trama de su obra tenía relación con su propio pasado. Hubiese sido fácil llevar el dossier a los investigadores de Abuelas de Plaza de Mayo para decirles que allí estaba él y quería conocer la verdad, pero eso era justamente lo que no quería hacer.

Las contactó, por el contrario, como cineasta que buscaba datos para una ficción histórica acerca de los desaparecidos: su visión sería la de un extranjero que quería sumarse al eco internacional de las denuncias de la organización. De esta manera, investigando acerca de otros, sería más fácil descubrir lo que quería saber acerca de sí mismo.

Le tomó seis meses determinar con detalle lo que se podía determinar acerca de un caso ocurrido 25 años atrás.

Una mañana, finalmente, encontró al protagonista de su película.

El militar, viejo, retirado, no sospecha nada cuando el joven español lo visita con el pretexto de un documental en que busca establecer el lado humano de lo que había ocurrido en aquella guerra fratricida.

El hombre no aparece en los listados y su caso, como el de miles de otros soldados anónimos, no tiene relevancia alguna para nadie. La tendría si alguien reclamara algo acerca del niño que desapareció, y el marino ha sufrido por años con la idea de que la verdad se descubra, pero nada ha ocurrido. Sus pesadillas traen de vez en cuando la imagen del cuerpo desnudo de la mujer que arrojó, bajo el efecto de una dosis extrema de somnífero, desde el avión en vuelo. Pero las pesadillas son pesadillas y la realidad ya no se parece a ellas.

Sentados frente a frente en la modesta mesa de la cocina, con un mate y un aparato de sonido que reproduce tangos de Gardel, Ramón cuenta la historia que un amigo le contó; el amigo ya está muerto, era su compañero de faena en la Escuela de Mecánica de la Armada.

Su amigo sí hubiera tenido cosas que decir, porque participó en aquellas operaciones: él no, apenas es un testigo indirecto.

A Jacinto le habían advertido que estos individuos sienten la necesidad de hacer confesiones, es más fuerte que ellos. Nunca contarán toda la verdad, intentarán que les crean que hablan de otros y nunca de sí mismos. Pero para él esto no es un obstáculo; también está encubierto detrás de su papel de director de cine. Se trata de un diálogo entre dos impostores.

En la escena final de la película, que se rodará en España, un actor argentino hace el papel del padre y uno español el del hijo.

El antiguo marino cuenta cómo la joven subversiva fue detenida y cómo él obtuvo sus favores un poco por la fuerza y un poco, quiere creer, porque ella pensó que así garantizaba su supervivencia. En realidad él sabía, o sospechaba, que después de interrogarla la harían desaparecer, como solía ocurrir. Pero las cosas se demoraron y en el examen médico que le hicieron algún tiempo después se descubrió que estaba encinta. Eso la convirtió en un caso distinto, porque había una lista de espera para los bebés que nacían durante el cautiverio de las subversivas y muchas parejas sin hijos relacionadas con el régimen estaban inscritas en ellas. Era un procedimiento secreto que todos conocían y cumplían.

«No me pregunte por qué lo hizo», dice el viejo, «pero mi amigo se metió en los archivos y rastreó en la ficha de la mujer hasta dar con sus familiares.»

Con la complicidad de una enfermera lograron escamotear al bebé y después de una arriesgada y difícil operación se lo entregaron a la abuela biológica.

En el parte del alumbramiento se registró que el niño había nacido muerto. La madre creyó también eso hasta el día en que también ella murió... «Puede que pensara que iba a encontrarse con su hijo en el cielo», dice el sujeto con más amargura que ironía. «Lo que importaba era salvar al bebé.»

«¿Que cómo se sintió mi amigo? Se sintió mejor. Hizo llegar a la familia algo de dinero y les recomendó que se fueran del país. Eran españoles y lo que podían temer de ellos no era que se fueran sino que se quedaran y contribuyeran más adelante con las denuncias...Para mi amigo aquello fue como expiar una parte del delito, porque aquel chiquillo era como una flor que nace en medio de una cloaca, ¿vio?»

Son muchas más cosas las que el hombre le cuenta. Demasiadas para una sola entrevista: demasiadas también para un filme. Y hasta para una vida.

«¡Se imprime!», grita el joven director por su altavoz. Las luces se apagan y los actores se retiran. Todos están contentos; la escena ha quedado bien.

El director sale también del set y decide hacer un paseo y fumar un cigarrillo.

Mientras camina por el patio de la productora, desde donde se ve el mar Mediterráneo en un día soleado, escucha el disco que el técnico de sonido pone para verificar la ecualización:

Lejana tierra mía
bajo tu cielo,
bajo tu cielo...
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Copyright ©Pablo Brito Altamira, 2006
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Fecha de publicaciónJunio 2007
Colección RSSEl tiempo recuperado
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