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Un panteón para Teresita

Evelyn Aixalà
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Qué bello mundo es tu mundo, mi Niño.
¡Ah, mi Niño!
Atahualpa Yupanqui

Conocí a la prima Teresita recién cumplidos mis diez años. Ella era cuatro mayor que yo: inquieta, con el pelo ensortijado de color cobrizo y los ojos redondos como dos lunas melancólicas.

Mi padre acababa de morir y yo me había ido a pasar el verano con la abuela y mamá a la casa del faro donde vivía la prima Teresita con los tíos Mateo y Clara, ella, hermana de mi padre.

Vivían en una casa rosada al borde de un peñasco contra el que rompían las olas. La casa tenía un jardín con un enorme árbol de jazmines. Mamá se sentaba al lado y pegaba la nariz a las flores durante horas sin decir una palabra. Yo a veces me sentaba junto a ella y hacía lo mismo esperando una caricia que nunca llegaba. La noche me gustaba más porque todo se llenaba de luciérnagas que alumbraban intermitentemente y la prima saltaba entre ellas ante mi asombro. Era hermosa, y lo sabía, cisne con dos pupilas humanas.

Desde el jardín se divisaba el faro y de tardecita se veía la silueta del farero: «Es un borracho medio loco. Su mujer y su hija murieron ahogadas en el mar y él se chaló», contaba la tía Clara con desprecio. «No la creas, la loca es ella», susurraba la prima a mi oído.

La mamá de Teresita era muy seria y estirada, como un tronco de ciprés en la puerta de un cementerio. El padre vivía encorvado leyendo un libro, siempre el mismo. Tenía los ojos de color amarillo y nunca hablaba, ni siquiera cuando le preguntaban. Tenía una enorme cicatriz en la cara de la que yo no podía apartar la vista. Entonces él alzaba el libro hasta ocultar su rostro. «Lo hirieron en la guerra», sentenciaba Teresita. «¡Teresita!», le regañaba la madre al tiempo que las aletas de su nariz se ensanchaban sorprendentemente. Años más tarde supe que lo habían herido en una reyerta de bar y que había estado en comisaría durante algunas horas, sangrando a borbotones, sin que nadie lo atendiera.

Por las tardes la prima Teresita recibía clases de piano con una maestra gorda y bizca. Yo me sentaba en el jardín, frente a la ventana, y ella me hacía muecas sacando la lengua hasta que la gorda cerraba la cortina de un tirón.

La abuela bordaba y mamá estaba a su lado, en silencio, con los ojos medio cerrados. Había una enorme caja de galletas danesas llena de botones y yo jugaba con ellos. Hacía interminables filas, un gran ejército de botones de todos los colores y formas.

Mamá salía a pasear siempre sola, de repente, sin decir nada. Volvía al atardecer muy triste, como si regresara de ver fantasmas. A veces yo imaginaba que iba al encuentro de papá que la esperaba sentado en una roca con las piernas cruzadas canturreando algo, pero no podía preguntar porque la muerte era un tema tabú. Nadie hablaba de ella. Parecía que papá se había esfumado en una nube y su recuerdo debía ser silenciado. «¿Tú sabes dónde está mi padre?», le pregunté una tarde a la prima. «Se murió.» «Y, ¿adónde van los muertos?» «No van a ningún lugar, se mueren nomás.» «¿Y ya está?» Asintió sin darle más trascendencia. Esa respuesta tan contundente fue la mayor decepción de mi vida.

«¿Sabes si los muertos sufren?» «No, la muerte sólo le duele a los que se quedan. Como en las despedidas. El que se va, conoce otras personas y otros lugares y se olvida.»

Teresita podía hablar de la muerte como un proceso natural. Fantaseaba con la suya y me la relataba con pelos y señales. «Yo voy a morir en el mar. Se me llevará una ola como a Alfonsina. Durante un rato sentiré el agua colarse por mi garganta y la falta de aire pero luego, zas, se acabó. Mi hermanita se murió aquí —y señaló sus piernas— aquí encima. Dejó de respirar y se fue y yo me quedé con ella en brazos sentada casi una hora, sin decir nada, arrorró, arrorró. No estaba triste. No sintió nada.»

Dormíamos en la misma habitación. Algunas noches yo rompía a llorar recordando a papá, su cuerpo tirado sobre la alfombra, ensangrentado, el rifle todavía en la mano, sujetándolo con fuerza. Teresita se tumbaba en mi cama y empezaba a cantar: «Duerme, duerme, negrito, que tu papi está en el campo, negrito.» Lo que más me gustaba era poner mis pies junto a los de ella, siempre suaves y tibios. Eso me ayudaba a dormirme de nuevo y espantaba las pesadillas.

Hubo mucho silencio ese verano. Sólo la prima Teresita lo rompía danzando entre figuras inertes como arrancadas de un cuadro y transportadas a un tiempo demasiado doloroso.

Una tarde fuimos a ver al farero. Trataba de seguir a Teresita por las escaleras de caracol exhausta mientras sus piernas, fuertes y tersas, trepaban a un ritmo inalcanzable. Sebas sonrió al verla, sus ojos como dos faros. Era un señor de unos cuarenta, quizás más, calvo, con barba poblada y canosa. Sus ojos hundidos formaban dos cuevas bajo las cejas despeinadas. Fumaba sin descanso y de vez en cuando Teresita le pedía una pitada que él le extendía. «Allí —señalaba Teresita al horizonte— está Celia, mi hermana, y la mujer y la hija de Sebas, ¿no es así? —el farero asentía— si quieres tu papá también puede estar ahí, ¿quieres? Así tenemos un hombre que cuide a las tres mujeres por si se acercan tiburones.»

Entonces alguien golpeó la puerta. «Pasa muchacho», dijo el farero y apareció la figura de un joven de unos dieciocho años con el pecho descubierto y los pantalones caídos mostrando el inicio del bello púbico. Entornó la gorra y miró a Teresita, ignorando al resto. Teresita le dio la espalda en un gesto altivo de mujer fatal adolescente. «Aquí le traigo la bujía que necesitaba.» «Gracias, Mauro.» «Adiós a todos.» Pero Teresita no contestó.

Un par de noches después, ese mismo muchacho golpeó la ventana de nuestra habitación con los nudillos y Teresita saltó dejándome en la cama con los pies helados. Minutos después yo también salté y me acerqué sorteando luciérnagas. Los sorprendí entre las rocas. Fue la primera vez que vi a dos seres apareándose. No pude dormir el resto de la noche. La oí entrar por la ventana y no me moví para que no sospechara: «No está bien espiar, ¿sabías?» Me mantuve quieta casi sin respirar.

Al día siguiente no le dirigí la palabra, en parte avergonzada, en parte enfadada por su infidelidad. Me senté junto al jazmín y empecé a hacer inútiles filas de inútiles botones. Teresita parecía no estar molesta por mi silencio. Salió caminando al caer la tarde. Aguanté como cosida a la silla una hora más, hasta que hastiada y ansiosa salí corriendo rumbo al faro y subí tan rápido como pude. «Mira Sebas quién ha llegado», dijo con una sonrisa pícara. «Adelante.» «Quiero que mi papá también esté ahí.» Teresita se acercó, me dio un beso en la mejilla y sonrió en un gesto de aprobación. Nunca fui tan feliz y seguramente nunca vuelva a serlo.

Llegó el día de la partida. Estaba triste, malherida como los lobos marinos cuando son desterrados de su isla. No se despidió de mí. Fingió estar descompuesta e hizo que su madre nos saludara de su parte. No pude llorar de tan triste como estaba. La abuela trataba de consolarme y mamá me miraba sin entender ni mover un solo músculo de su cara. Ojalá se hubiera derrumbado en lugar de estar ahí, impávida, en la cubierta, como un muerto viviente.

Esperé meses y meses las cartas de Teresita, pero nunca llegaron. Bajaba las escaleras de casa a pata coja, cruzando los dedos de la mano derecha. Probé a bajar de espaldas, a caminar de lado, incluso con los ojos cerrados, pero nunca llegó nada.

Aquel año empezaba cuarto de escuela. El patio estaba separado de la calle por unos barrotes presidiarios erigidos sobre un muro de piedra. Enfrente había una parada de autobús. Los chicos jugaban al fútbol y las chicas a la comba. Yo prefería encaramarme al muro y mirar a la gente que pasaba. Una mañana la vi, con sus bucles cobrizos. «¡Teresita, Teresita!», chillé con desesperación. La muchacha se giró. No era ella.

Acababa de cumplir catorce años cuando recibí la noticia. «Llamó la tía Clara. Encontraron el cuerpo de Teresita ahogada. Dicen que se suicidó», me dijo mamá impenetrable como siempre. «Debe de ser hereditario», espeté con la mayor crueldad que nunca he tenido.

De repente comprendí la tragedia de la vida y me hice mayor sin quererlo. En todos los días que han sucedido a esa tarde, no he dejado de preguntarme si soy mejor que esa niña que fui.

Sueño muchas veces con Teresita, la imagino entre peces, nadando con mi padre, con su hermana, con la señora del farero y su hija, y me da envidia, mucha envidia.

No sé si los que morimos de viejos vamos al mismo lugar. Me quedan pocas horas para saberlo, para abandonar esta tenebrosa habitación de hospital. No tengo miedo. Sé muy bien que la muerte no duele.

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Copyright ©Evelyn Aixalà, 2003
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Fecha de publicaciónAbril 2004
Colección RSSEl tiempo recuperado
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