http://www.badosa.com
Publicado en Badosa.com
Portada Biblioteca Novelas Narrativas globales
11/12
AnteriorÍndiceSiguiente

Kensington Gardens

Capítulo XI

Crocodile

Xavier B. Fernández
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink MapaLondres, Kensington Gardens

Hace poco asistí a una subasta en Sotheby´s. Se subastaban los objetos encontrados en un piso señorial de Kensington que llevaba años abandonado. Las autoridades pusieron a la venta el mobiliario para pagar los impuestos atrasados. Allí había estatuas de divinidades hindúes, vírgenes policromadas italianas y españolas, bustos romanos desnarigados, candelabros isabelinos de alpaca y de plata, dioses griegos esculpidos en mármol y muchas otras antigüedades por el estilo. Todo un tesoro para engolosinar a los coleccionistas. Las pujas fueron muy altas.

Otros objetos artísticos encontrados en aquel piso no se ofrecieron en subasta, porque estaban reclamados como producto de diversos robos en varios países. Entre esos objetos había algunos cuadros, el más famoso de los cuales era una pintura de Goya: Saturno devorando a uno de sus hijos. Tampoco se ofrecieron a subasta los alijos de cocaína, heroína, PCP y otras drogas que la policía encontró, ni el abundante material quirúrgico que se guardaba en una de las habitaciones. Ni las neveras portátiles que había allí almacenadas, neveras de ésas que se usan en los laboratorios o en los hospitales. No he logrado averiguar si estaban vacías o encontraron algo dentro de ellas. Los periódicos nunca dijeron nada.

Compré uno de los objetos expuestos a subasta. Era un reloj de péndulo de diseño muy original pero sin demasiado valor. La esfera tenía forma de calavera. Las manecillas eran guadañas. Y el péndulo que se balanceaba en la caja era un cocodrilo de cobre colgado por la cola. Ahora hace tictac en una esquina del salón de mi casa, la casa que heredé de Margaret. La casa en que ella me acogió, después de aquel día...

Aquel día yo la esperaba sentada en el acostumbrado banco del parque, cerca de la estatua del fauno. Ella vino con su bolsa de papel marrón llena de sándwiches y un termo de té caliente. Era el día siguiente a la noche en que el capitán y Peter se enfrentaron en duelo a muerte sobre el puente. Margaret se sorprendió al ver que yo la estaba esperando, lo cual era una novedad: siempre era ella la que me esperaba a mí, infructuosamente muchas veces. Mientras comía los sándwiches le expliqué a Margaret mi encuentro con el capitán. Ella me escuchó en silencio.

—Tienes suerte —dijo cuando acabé—. Recuerdo que, cuando yo era niña, soñaba muchas veces con él. Soñaba que entraba por la ventana de mi habitación, y con su mano en forma de gancho me arrancaba las sábanas, me rasgaba el pecho y dejaba una larga herida abierta, a través de la que yo veía palpitar mi corazón. Oh, eran unas pesadillas espantosas. Entonces me despertaba de golpe, con el cuerpo bañado en sudor.

—¿El capitán? —dije yo, extrañada. ¿Cómo podía haber conocido Margaret al capitán cuando era niña? Ella parecía mucho mayor que él. Pero no había venido a hablar con Margaret por eso.

—¿Me llevarías a un orfanato? —le pregunté de golpe.

—¿Cómo? —dijo ella.

—Que si me llevarías a un orfanato, o a una casa de acogida, o como se llame eso. Siempre estás diciendo que por qué no me voy contigo y abandono la vida en el parque.

—Oh, no, no, te llevaría a mi casa, sería mucho más adecuado. Es una casa demasiado grande para que viva yo sola en ella. Ha pertenecido a mi familia durante generaciones, ¿sabes?

—De acuerdo. Ven a buscarme mañana, aquí mismo, y me iré contigo. Iré al colegio y todo eso.

—¿Mañana? ¿Por qué no hoy?

—Porque aún me quedan cosas que hacer. Tengo que despedirme.

—De acuerdo. Hasta mañana, entonces.

Aquella noche, en el refugio subterráneo, les dije a los muchachos que los abandonaba para irme a vivir con Margaret.

—No lo entiendo —dijo Peter—. ¿Es que no estás bien aquí?

—Sí, Peter. Pero esto no puede durar siempre.

—¿Por qué no?

—Porque hemos de crecer. Hemos de hacernos adultos...

—¿Para qué? ¿Para ir al colegio y aprender un montón de idioteces que luego no te van a servir para nada? ¿Para gastar la vida y las energías en un trabajo estúpido, rutinario y aburrido en alguna oficina o en alguna fábrica, o para desesperarte porque estás parado y no puedes conseguir ningún trabajo estúpido, rutinario y aburrido en ninguna oficina ni fábrica? ¿Para ver cada mañana cómo envejece tu cara en el espejo del lavabo? ¿Para ir perdiendo tus ilusiones y tus ideales poco a poco, como pierde los pelos un calvo? ¿Para eso quieres hacerte adulta?

—Y para no estar siempre sola y perdida como un niño sin madre.

Peter no contestó inmediatamente. Se había dado cuenta de que la frase había hecho mella en los chicos.

—Las madres no son tan importantes —dijo por fin. Y se retiró al fondo del refugio.

Al día siguiente fui a reunirme con Margaret al banco del parque. Los chicos me acompañaron para despedirse. Todos menos Peter, claro. Pero mientras se despedían, todos expresaron su deseo de venir conmigo. Los gemelos, Curly, Nibs, Slightly, Tootles, todos. Yo lo sentí por Margaret.

—Quizá somos demasiados —le dije.

—Oh, no, está bien —contestó ella. La casa es muy grande. Habrá sitio para todos. Esto me va a costar un montón de papeleo que rellenar, pero ya me las arreglaré. La burocracia inglesa es agobiante, como todas las burocracias, pero también es estúpida. Como todas, también. Y por tanto, fácil de torear.

Y así fue. Tras mucho papeleo y muchos abogados, Margaret nos adoptó a todos. Nos compró ropa decente y nos hizo ir a la escuela. Al principio fue muy duro, porque entre las clases de álgebra y las de historia nuestras mentes volaban al parque, a bailar con los jamaicanos y a pelear con los gangsters. Todos nos ganamos muchas regañinas de los profesores. Todos nos arrepentimos, en un momento u otro, de haber tomado la decisión que tomamos. Pero ya era demasiado tarde. Y al final acabamos por acostumbrarnos, a todo se acostumbra uno. Continuamos en la escuela, mejoramos poco a poco nuestras calificaciones y poco a poco nos fuimos olvidando del parque y de Peter.

Hoy en día los gemelos trabajan en la city. Son yuppies prototípicos con teléfono móvil, ordenador portátil, un despacho con secretaria y la cabeza llena de dividendos, réditos y porcentajes. Slightly escogió la carrera política y ahora es un destacado miembro del partido conservador. Nibs pasó por un periodo de alcoholismo y ahora vive del subsidio de paro. Curly intentó dedicarse a la música un tiempo y ahora regenta una pequeña discográfica. Tootles es abogado de empresa. Se ha divorciado de dos mujeres y engaña a la tercera con una de sus secretarias. Todos han olvidado completamente su mágica preadolescencia y a Peter. Excepto alguna vez, cuando están solos, y de pronto sienten una punzada de aprensión y atisban por encima del hombro temiendo, sin saberlo, ver al cocodrilo tras ellos. Tictac, tictac, tictac, tictac, tictac. Como yo misma. Tictac, tictac, tictac, tictac.

11/12
AnteriorÍndiceSiguiente
Tabla de información relacionada
Copyright ©Xavier B. Fernández, 1994
Por el mismo autor RSS
Fecha de publicaciónNoviembre 2000
Colección RSSNarrativas globales
Permalinkhttp://badosa.com/n091-11
500 read timeout
Cómo ilustrar esta obra

Además de opinar sobre esta obra, también puede incorporar una fotografía (o más de una) a esta página en tres sencillos pasos:

  1. Busque una fotografía relacionada con este texto en Flickr y allí agregue la siguiente etiqueta: (etiqueta de máquina)

    Para poder asociar etiquetas a fotografías es preciso que sea miembro de Flickr (no se preocupe, el servicio básico es gratuito).

    Le recomendamos que elija fotografías tomadas por usted o del Patrimonio público. En el caso de otras fotografías, es posible que sean precisos privilegios especiales para poder etiquetarlas. Por favor, si la fotografía no es suya ni pertenece al Patrimonio público, pida permiso al autor o compruebe que la licencia autoriza este uso.

  2. Una vez haya etiquetado en Flickr la fotografía de su elección, compruebe que la nueva etiqueta está públicamente disponible (puede tardar unos minutos) presionando el siguiente enlace hasta que aparezca su fotografía: mostrar fotografías ...

  3. Una vez se muestre su fotografía, ya puede incorporarla a esta página:

Aunque en Badosa.com no aparece la identidad de las personas que han incorporado fotografías, la ilustración de obras no es anónima (las etiquetas están asociadas al usuario de Flickr que las agregó). Badosa.com se reserva el derecho de eliminar aquellas fotografías que considere inapropiadas. Si detecta una fotografía que no ilustra adecuadamente la obra o cuya licencia no permite este uso, hágasnoslo saber.

Si (por ejemplo, probando el servicio) ha añadido una fotografía que en realidad no está relacionada con esta obra, puede eliminarla borrando en Flickr la etiqueta que añadió (paso 1). Verifique que esa eliminación ya es pública (paso 2) y luego pulse el botón del paso 3 para actualizar esta página.

Badosa.com muestra un máximo de 10 fotografías por obra.

Badosa.com Concepción, diseño y desarrollo: Xavier Badosa (1995–2013)