https://www.badosa.com
Publicado en Badosa.com
Portada Biblioteca Novelas Narrativas globales
14/19
AnteriorÍndiceSiguiente

La derrota del persa

La esciomaquia

Dimas Mas
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink Ebook

A fuerza de visitas te has ido convirtiendo en un lugar vacío, en un yermo desolado: ¡jamás habías estado tan a oscuras sobre ti mismo como después de tantas iluminaciones crudas, y un punto impertinentes! Pero no puedes quejarte, gordo. Estás en tu papel y en pleno episodio dramático, tú, cuya vida carece absolutamente de ellos. Entre tu autorretrato zumbón e insincero y su retahíla al ácido, poco le va a quedar a tu esforzado encantador por sacar a la luz desde la sentina adonde tu inanidad lúdica y la perplejidad irritada de los otros te han arrojado. No hay nadie que a lo largo de su vida no haya tenido, siquiera una vez, la sensación de ser hijo del sueño o acaso ensoñación de un dios arbitrario y, por ello mismo, cruel. Lo que a ti te sucede —¡y qué impropia es esta palabra asociada a ti!— es que nunca has tenido la sensación de ser real, sino aburrida, inane, desaseada y pretenciosa materia narrativa. ¡Y dale, burrito ciego! Claro que es verdad. Y por serlo resultas tan estomagante. Así has sido tú: actor principal de una obra llena de tantos silencios como palabras, y sin argumento. Hasta la explosión de aquel latigazo manual sobre el rostro encallecido de tu alumna insolente, una anécdota que te parece tan lejana como el dolor del fracaso que se te enquistó en el alma cuando hubiste de propinarle a Alejandro el único bofetón que le diste en su vida, a sus escasos seis años de edad; hasta esta última irrupción del desorden absoluto en tu vida, la ibas viviendo con la calma chicha que engendra una tempestad imprevisible.

Tienes poco más de dos meses de vida, a pesar de los inútiles esfuerzos de quienes te rodean por encadenar sucesos que puedan convencerte de haber sido real, de haber tenido lo más parecido a una historia singular. Te han llenado los oídos de resentimiento, de desprecio, pero no te han demostrado la realidad de ese Darío cuyos días forman una sucesión de sombras distantes y orgullosas. ¡Y por qué no vas a poder nacer a los 50! Lo que tú quieras, farsante. Quijotea cuanto quieras, hombre, que la estupidez no paga impuestos. Pues claro que sí. Tú, sin embargo, a diferencia del Manchego, sí que tienes madre y hermana actuantes, y mujer e hijos, y a todos ellos es a quienes has perdido al sumergirte en el maelstrom justiciero de tu amnesia liberadora.

Cristo pidió a sus apóstoles que lo dejaran todo y lo siguieran. Quijano todo lo dejó por su anacrónica representación. Y tú, Darío, sombra de voz estentórea y sentenciosa, te has perdido a ti mismo para cumplir, al pie de la letra, tu propia predicción fantasmal: «Cuando uno mismo se afana en su perdición, los dioses colaboran con él.»

Ahora vas hacia casa de tu madre, es verdad, pero ésta, como luego la sesión con Babel, serán meras paradas de tu particular vía crucis agnóstico. Al igual que el hecho de haber estado sentado durante más de una hora en el concurrido ágora triangular de los malhadados, sintiéndote parte empática de unas intimidades desvergonzadas. Sentado con una actitud sólfila inédita en ti, porque tú has sido siempre de espíritu nórdico: amante de los hielos, las brumas, los cielos nublados, las nieblas espesas y los espacios derramados y sin obstáculos. Los ojos cerrados y los oídos bien abiertos a las chocarrerías, las procacidades, las sandeces y los esputos del alma tinta. Y has habitado, durante casi una hora de serena inmovilidad, en el centro de la torpeza vital y el desgarro expresivo sin emitir un solo juicio. Arrepentido, también, de que tu impávida representación incluya la ignorancia de tu dependencia del tabaco. ¡Ay, cómo echas de menos el consuelo bronco de una buena fumada en pipa! En mala hora se te ocurrió el tan convincente como impremeditado: «Ah, ¿es que fumaba?»

Muy duro gaje del oficio de difuntos que escenificas es el de la abstinencia, don fácil de lengua. Pero resistes. Y observas, con la agudeza incisiva de los ojos ciegos de los oídos. Quizás hayas sido espejo en el camino, pero tienes tan ajado el azogue y tan rayado el vidrio que solo muy distorsionadamente serías capaz de reflejar ese vuelo suspendido sobre las cuarteadas creaciones de la supervivencia.

La vida agota. Te sientes aplastado por un cansancio infinito que te funde en el banco y te confunde con sus tiras de madera corroída por la palomina. El reló blando de tu vida deshace su corto viaje irrelevante y te adentra y concentra en un punto cuya densidad no puedes sufrir ni casi apenas percibir.

La vida lamina. Tienes un sí sabes qué de hoja de lata cuyo sacudimiento provoca un caos sonoro que acongoja, devasta y estremece la más ruda de las sensibilidades, lo cual no es tu caso, o así al menos lo has creído tú siempre.

La vida mata. ¿Ya vuelves al bosque de las paradojas? ¿O acaso nunca has salido de él? ¡Cómo has disfrutado siempre con esa máscara elusiva, canalla! ¡Cómo se te ha inflado el papo y has piafado, noble bruto, mientras alguno de tus desprevenidos interlocutores recogía, emblema del pasmo, tu desahogo oracular! Y así siempre. ¡Cómo no vas a estar cansado de tus absurdas representaciones!

La vida agota, sí, pero tú has hecho lo imposible, además, para que el tedio, el hastío, se encarame en lo más alto y te haga la burla pueril del chincha rabia. Pero la vida agota. Claro que pues claro que sí. Sin embargo, solo te has dado cuenta de ello cuando has tenido la oportunidad de detenerte.

Has estado expuesto al sol —y a la intrusa curiosidad de tus vecinos— como el náufrago que ha sobrevivido a la fatiga inefable del naufragio para tener una muerte descansada, tranquila, lenta y dolorosa, por supuesto. Pero no es tu caso, el que esperas y deseas que sea, allá por marzo.

En ese tejer y destejer del pensamiento liberado del cuerpo ha sido cuando te has percatado de la vocación latina de tu esforzado y lastimoso futuro trunco: tu desvanecimiento definitivo coincidirá con el año nuevo, para negarlo, para detener, de una vez por todas, la obra inmisericorde y devastadora del tiempo. ¡Bonito tapiz asoleado el tuyo, pedantón al paño! ¡Ay, al paño! Actor sin texto te consideras, y quizás cuanto hayas podido decir, o escribir, lo ha sido, precisamente, al paño, invisible, ignoto, voz de un ser imaginario. Y tú siempre has estado detrás de ti, en las discretas bambalinas de tu hediente vanidad; siempre escondido y al acecho; siempre la voz en falsete del muñeco que nunca has logrado manipular con total habilidad. Y ahora más que nunca te ha salido al encuentro ese ser imaginario contra el que luchas ¿en vano?, ¿de mentirijillas?, ¿a muerte?, ¿de farol?, ¿con esperanza?, ¿para vengarte?, ¿por curiosidad?, ¿con desgana?, ¿para ajustarte las cuentas?, ¿porque no tienes nada mejor que hacer?, ¿por inercia?, ¿por obligación?, ¿para matar el rato...?

¡Ahí querías ir tú a parar, desde tu quietud de extraño jubilado temporal!; porque de un tiempo a esta parte te regodeas en la complacencia de tu futuro asesinato, por más que, incluso ahora mismo, seas ya el cadáver que arrastra la vida inverosímil de un fantasma poliédrico y nesciente. Ellos, inquilinos indesahuciables del desastre, también parecen serlo, o lo son, para ti que no los miras, aunque los escuches, y sin duda para cuantos cruzan esta plaza goyesca sin reparar en la costra pertinaz de la guerra, y sin repararlos. Tú tampoco. Están demasiado cerca. Y tú demasiado lejos. Siempre serán soeces comparsas de Viridiana y tú la sombra deshilachada de sus improbables mejores sueños.

Sí, mejor amanece, que no es poco; y suma a tu estéril combate el recuerdo bronco y agrio de sus risas guturales y desbordantes de vida de la carne, de torpe y ciego deseo de supervivencia, para que te acompañe hacia los túneles que atraviesan la ciudad, llenos de viajeros espectrales. Sigues, no obstante, sentado allí, en la ambivalente trinchera, y controlas —¡ay, iluso!— los desconcertados pasos de tu vera imago, de tu efigie pajiza. ¡Qué apego, el tuyo, a la amenazada retaguardia donde la aventura se complace en trazar sus intrincados y amorales laberintos!

Quien te abre la puerta y tarda unos segundos incomprensibles en lanzarse a tu cuello quizás sea también el exprimido fantasma de una vida que no quieres reconocer. No finges la frialdad de tus brazos yertos, ni el lento latido marmóreo de tu corazón.

—¡Darío, hijo mío, Darío!

Soportas el acoso afectivo con el convencimiento de que su índole teatral prevalece sobre los atisbos de sinceridad entreverados con ella. Y te repugna haber heredado de esa mujer la vocación escénica. Te hiere verte reflejado, con diferentes registros y matices, en el embaucador despliegue de gestos y tonos que se te ofrecen como la más acabada muestra de espontaneidad y sinceridad jamás ofrecida por persona alguna.

—¡Ay, qué desgracia!

—Usted se supone que..., vamos, que sin duda yo soy su hijo...

—¡Ay!

—Cálmese, señora, cálmese... Supongo que debe ser duro...

—¡Duro! ¡Un mazazo! ¡Una puñalada trapera!

—Le agradezco sinceramente sus muestras de cariño, que la honran...

—¿Pero de verdad no me conoces, hijo?

Callas, inexpresivo e indolente, circunstanciado por su estupor y tu hastío. A su modo te ha enunciado las leyes simplicísimas de tu juego abisal: haces las cosas «de verdad» o «de mentira». Tú no ignoras que el maridaje obsceno de ambas te ha irrealizado hasta el extremo de ser más verdad la mentira de tu amnesia que las mentiras de la verdad de ti propio, un tú mismo tan fantasmal como fantasmagóricas son estas andanzas y visiteos tuyos. Por eso, nada más acabar de llegar, estás deseando huir de ella y recalar en aquel otro claustro materno menos constreñidor de la consulta de Babel.

No se trata ya de que la conozcas «de verdad» o no; sino de que ignoras si tú mismo eres «de verdad» o «de mentira», signifiquen lo que signifiquen expresiones tan desustanciadas. De momento, para ti, significan lo mismo: confusión. Incluso nada, estás pensando. Pero el algo de tu juego atrevido y cruel te convence de que eres tú quien ha escogido la derrota de tu frágil esquife. No vas del todo perdido, aunque lo estés, y aunque la peregrina jornada tenga un fin que despeja las incertidumbres propias de las travesías. Como la que ahora inicias, estancia tras estancia, siguiendo, atento, los pasos de tu compungida anfitriona. Aquí dormías como un lirón careto; allí veías embobado la televisión; en aquella mesa estudiabas; de ese váter había que sacarte a la fuerza o prohibirte que entraras con libros o revistas; en esa cocina has comido siempre con un apetito larguísimo; en el mueble librería del salón habías ido ordenando los libros de tu biblioteca personal, hasta que hubo de encargarse una librería para el pasillo; en la habitación de tu hermana apenas entrabas...; en la galería próxima a la cocina estaban siempre tus zapatos aireándose; en el espejo del armario grande te mirabas y remirabas como un currutaco que fuera a un baile de debutantes; contra ese radiador te abriste una brecha en la ceja y el susto quedó en los cinco puntos cuyas huellas, si se te mira bien, aún se aprecian; y así va reconstruyendo tu madre para ti tu infancia, tu adolescencia y tu juventud, en parte.

Ella prefiere fijarte en los años de la dudosa inocencia, y te incomoda la puerilidad con que evoca un ser más parecido a un juguete mecánico que a una persona. Tú no otorgas, pero callas. Ya estás arrepentido del viaje al ayer clausurado. En modo alguno estás dispuesto a aceptar que tú seas hoy aquel que fuiste ayer. La naturaleza del tiempo es discontinua, tiene que serlo. La vida, cualquier vida, está llena de hiatos —y no hialinos, precisamente...—, de grietas que sirven de entrada a cavernas de las que se sale a la realidad como después de una hibernación tras la que nada se recuerda de la estación anterior. Y tú has caído muchas veces en ese sueño amnésico, estás seguro. Por eso nada de cuanto te dice esta mujer sarmentosa y rígida te conmueve ni te emociona: ignoras de quién te habla. Actor y personaje habéis coincidido, para tu regocijo paradójico. De ahí que sin esfuerzo seas capaz de seguir oyéndola narrar, o quizás más propiamente describir, una vida anodina, vulgar, insignificante: un escupitajo en el rostro estucado de tu vanidad.

Has hecho el recorrido, el gran retorno, y no has hallado ni un ápice de singularidad en la torpe y desangelada evocación materna. Pero no puedes culpar a la descriptora, qué va. Aunque tú te hayas visto como un personaje desde ni se sabe cuándo, acabas de nacer como tal hace poco más de dos meses, y tu relativa singularidad estriba en el futuro, no en el pasado que, como tal personaje, no solo ignoras, sino que también es, como el tuyo propio, intuyes, una espesa niebla deshilachada, o un arcén de nieve sucia...

—¿Pero no te quieres quedar un ratito más, hijo? ¡Estoy tan sola, desde que murió vuestro padre! ¡Y solo me faltaba esto tuyo! ¡Qué desgracia, Señor, qué desgracia! A tu hermana apenas la veo, aunque me llama de vez en cuando, eso sí; pero ya sabes que entre ella y yo la comunicación no ha sido nunca fácil, ni fluida...; no sé, parece como si estuviera permanentemente resentida, dolida, agraviada... Siempre me parece que esté en un tris de decirme que yo no la he querido nunca, que solo te he querido a ti..., ya ves.

—¿Y es cierto?

—¡Cómo lo va a ser! No son más que figuraciones suyas; inventos y fantasías de los celos que ha tenido desde siempre, desde bien pequeña...

—¿De mí?

—¿Y de quién si no?

—Pues por lo que voy conociendo no parece que haya sido yo alguien de quien poder estar celoso. Si acaso, justo lo contrario...

—¿Por qué dices eso, hijo?

—No lo digo yo, claro, que no sé quién soy; lo dicen los demás...

—¡Bah, no hagas caso! Cada uno es como es, y lo que no puede ser es que seamos como los demás quieren que seamos, ¡faltaba más!

—Parece que esté hablando de usted misma..., que le haya ocurrido algo semejante...

—¿Y a quién no le ocurre? Para serte sincera, Darío, hijo mío, quizás sea eso lo único en lo que nos parecemos: ni a ti ni a mí nos ha gustado nunca que nos moldeen al gusto ajeno; y a pesar de esa coincidencia no has sido, precisamente, ni un hijo apegado ni un modelo de tolerancia ni un consuelo para mi soledad..., porque yo he vivido, y aún vivo, hijo mío, muy sola...

—Ya me imagino...

—¡Imposible! Eso no se puede imaginar, de verdad. La soledad tiene eso: no hay dos iguales.

—Supongo.

—Y ya es mucho suponer...

—Cuesta un poco dialogar con usted...

—¡Ay, «con usted», Darío!

—Hágase cargo...

—¡Cómo voy a hacerme cargo! Ni puedo ni quiero: me rebelo. Y estoy segura, óyeme bien lo que te digo, de que en el fondo de esa mirada, allá dentro desde donde nace, tú sabes perfectamente quién soy yo, incluso aunque te parezca que no me reconoces: es un pálpito de madre, y contra eso no hay amnesias que valgan, te lo digo yo. ¡Es la voz de la sangre!

—Probablemente.

—¡Seguro!

—Ya me gustaría darle esa alegría... Y ojalá tenga usted razón...

—¿Seguro que ya te tienes que ir, hijo?

—Tengo hora de visita concertada con mi psiquiatra.

—¿Te lleva un psiquiatra?

—Sí, claro... —sí, claro, ¿qué? ¿Adónde te lleva? Tú vas, eso sí, pero él más parece que te detenga. En todo caso, no te sientes llevado a parte alguna. Te rebelarías, supones, si se le ocurriera tan solo indicar una dirección—. Pero otro día vengo, con más calma, y le cuento con todo detalle, ¿le parece?

—Te estaré esperando con ansiedad, hijo, y con la esperanza de que te hayas recuperado, de que vuelvas a ser quien eras, quien has sido siempre.

—A ver si es verdad...

¿O tal vez deberías haber dicho «a ver si va a ser verdad...»? Sus cejas habrían volado hasta casi la coronilla, dejando los ojos entregados a la tópica cirugía de la incredulidad. Te hubieras vuelto transparente para su incisivo olfato tonal. Nunca le ha gustado que la desnuden, que los pingos de sus desafectos y los andrajos de sus manías se oreen ante la indiscreción de nadie. Arisca como una pala de chumbera, ¡menudo latigazo de indignación te hubiera cruzado el rostro desde su espigada y sarmentosa sequedad! En mala hora te reveló que no le subió la leche para criarte a los pechos...

Vuelve, Darío, vuelve, no vueles tú ahora, cuando ya te despides, hacia aquel pasado de imágenes llenas de la sequedad de los leños, de la arena, de los años huidos de los viejos. ¿Por qué amenazarla? Regresa, no te abismes. Te estás yendo, no lo olvides. Ni siquiera sabes por qué has venido, pero sí, de sobra, por qué te vas, sin siquiera fijar el día y la hora de tu improbable regreso. No lo olvida: desde que tuviste uso de razón quisiste salir de ese espacio ocupado por el poder absurdo de los pagados de sí mismos, bien que sin mérito alguno que justificara la descabellada y ridícula altanería. ¡Te vas a dar de bruces contra ti mismo, y te va a doler, insensato! Anda, abróchate la trenca ucrónica y pon cara de enfín..., leve sonrisa de serafín, mirada de dominio y ademán de clara potestad... ¡luciferina! No tiene precio, tu estupidez verbal. Calla ya, y calla para siempre. No va a ser verdad que vuelvas a ser quien eras, ya es imposible.

—¿No me vas a dar un beso, hijo mío?

—Sí, por supuesto.

Resignada, pero no del todo serena, te acoge en su abrazo, menos efusivo que el del recibimiento, como si tu frialdad se le hubiera contagiado, contradiciendo sus protestas de cariño. Tú la besas con la cortesía inanimada del protocolo, sin prolongar una despedida solo hasta cierto punto dolorosa, si juzgas por la súbita relajación que se ha apoderado de ella. Tú siempre has sido malpensado, como corresponde al ejercitado en aciertos, y no te ha costado ni tantico así figurarte su alivio tras haber llegado a la conclusión, ella, de haberte perdido para siempre: entró un hijo y sale un cadáver, de relativo buen ver, y el atildamiento de rigor, pero un ser descompuesto, una magnífica gusanera... que, como hoja volandera o grotesco vilano, el viento se lleva con la música inaudita a otra parte.

Portazo. Final del adagio. Ahora sí.

Al otro lado de la puerta blindada oyes unos sollozos contenidos, el desmoronamiento de una resignación imposible. Ni debes ni puedes llamar: has de atenerte a la obstinada implacabilidad de tu decisión. También es cierto que no deberías haber venido, para echar sal en la herida. ¡Cuántas veces, a lo largo de tu vida, no habrás ido por ir, inercia pavorosa, hacia cualquiera y a cualquier sitio! Hasta aquí has llegado, y ese teatro de sombras que se abre a tu espalda, inhóspito como unas ruinas, amenazaba con sepultarte en la tibia ciénaga de la nostalgia materna.

Ella, solícita acomodadora, te hubiera instalado con privilegios reales para que asistieras a la patética representación de un drama bufo. Tienes la sensación de haber escapado de la trampa de los fantasmas familiares, una reunión de incómodos y agrios espectros dispuestos a mostrarte que más cornás da el hambre y que antes la obligación que la devoción, ¿te enteras, jovencito? El abuelo Joaquín, el tío Sebastián, la desdichada prima Encarnación, la tía Milagros, la abuela Jesusa, el primo Román... A todos los oyes tras la puerta, reprochándole a tu madre haberte dejado escapar indemne e ignorante. ¡Lo que ellos hubieran hecho por ti! De grado o por fuerza te hubieran despertado de esas pamplinas de remilgao, de señoritingo. ¡Lo que no logre una buena calabazada!

¡Ojo, que te los llevas! ¡Bonita danza —¡danzón!— de la muerte ibais a componer todos en pleno corazón fatigado del Ensanche! Como si detrás de ti llevaras, cauda bufonesca, todas las estatuas humanas de las Ramblas en alegre pasacalle extemporáneo y estrafalario. También tú, a tu modo, has ejercido de estatua humana, aunque con mejores ingresos y menor esfuerzo. Y cada vez que uno de tus forzados espectadores levantaba la mano, recomponías tu hastío galáctico para regresar a él tras haberte estrellado contra el pedernal sin facciones y haberse hecho añicos tu cansino y frágil discurso, un balbuceo en realidad, una palidísima sombra de lo que, un lejano día, pensaste que podría haber sido llamado conocimiento.

Bien iluso fuiste, mientras duró. Y bien escocido acabaste: mudo pastor de adoquines. No sabes de quién hablas, eso es lo primordial. Hubo un tú que te identificaba y ahora hay otro que te escupe a la cara las raíces de un enigma de vulnerable cifra. De sobra sabes, y huelga repetirlo, lo ridícula que fue tu mascarada, y lo que en ella perseveraste, sandio; pero la bronca e inextinguible onda sonora del espontáneo bofetón ha edificado un bulto que te impone unas absurdas leyes difíciles de ser observadas. Sabes que lo son, leyes, porque te gobiernan. Acabas de visitar a tu madre monologante y ahora caminas —nada como el otoño para fundirse con una ciudad— hacia el diálogo imposible con Babel, como corresponde.

Volverás, después, a la casa de quien fuiste y ni se te pasará por la cabeza suspender la representación. Seguirás atiborrándote de ausencia, de fantasmagoría. Y en el recuerdo lejano siempre percibes con inmediateces de rasposo esputo faringésico la comezón de un malestar insoportable, como siente el lisiado el miembro que le ha sido amputado.

Ahora estás exiliado de la necesidad y asilado en el complejo territorio del ocio absoluto. Ni "tienes que" ni "has de» ni «debes de", sino el permanente antojo amparado por la constitución de un solo artículo que, según Ganivet, le gustaría llevar a cada español en el bolsillo. ¿Recuerdas al granaíno por irónico o por suicida? ¡Qué fría muerte la suya! ¿Quién, de vosotros, lo recuerda, además? Porque estás lejos, ahora, de ese bulto obeso que recorre la red racional del Ensanche para dar con el agujero, con el nicho excavado en el aire donde enterrará, al descubrirlo, un tú de disparate, forjado con mimos de impúber y desatinos de adolescente.

Míralo, cómo camina, siempre por el sol tibio de otoño, derramado como el placer de una siesta inacabable. Lejos, pero no te pierdes de vista. Ahí estás, a su lado, fidelísimo apoyo, hecho un Quijano, siempre al quite, porque tu lucha tiene treguas y, a veces, armisticios. Y mentiras, capazos de embustes. Con ellas son con las que te embistes tan sañudamente, y tan de pega.

¿Cómo se le hiere, a un fantasma? ¿Qué palabras endardecidas —¡por Dios, Darío!— pueden clavarse contra ese blanco burlón y evanescente? No te confundas, paródico Nemrod. Aquel fantasmón no es éste, aunque las sábanas de ambos hayan salido del mismo telar, y de la misma fragua las cadenas. Puedes, y debes, arremeter contra él, y gozarte en la befa, el escarnio y el maldecir, por más que en los fuelles de las ijadas se te clave, de vez en cuando, algún que otro dolor de lacerante condición.

Sube, fantasma debelado, sube, reguero de jadeos y ventosidades, hasta el altiplano de las proyecciones, los desdoblamientos, los ocultamientos, las transferencias y las nieblas que hacen tiritar el corazón; sube con la desgana y la curiosidad de quien quizás atisbe, en el tibio mar de las palabras, el peje maravilloso que abandona las profundidades abisales al conjuro de la inefable canción del marinero; sube, cetáceo vulgar, hacia el varadero donde se extinga tu pasmo y tu desorientación.

Estás cobarde, Darío. Todo se te vuelve prefiguración de tu derrota, hacia la que te diriges con la extrañeza del caracol que ha perdido su concha. No, no te hagas el gracioso. El problema de identidad de ese caracol mutilado tras cruzarse en su camino con una babosa bien puede ser el tuyo propio, chistosillo de saldo. ¡Cuánto te ha hecho sufrir el saco sin fondo de tu estulticia! Ni anestesiado por la sesuda figuración autoral has sido capaz de tolerar tus zambullidas en la charca hedionda de la chabacanería y, a tu manera, de coturno y pelendengue, de la vulgaridad. ¡Y cuánto has abominado de esta última al rozarla a diario en la grosera encarnación de tus discentes: en sus cuerpos desfigurados por los chandals de africana policromía; en sus mandíbulas gobernadas por las gomas azucaradas; en sus carcajadas agrias y destempladas; en sus gritos histéricos; en su tirria a la higiene corporal; en sus carcelarias miradas de desprecio; en la impresentable presencia de sus libros y cuadernos, maltratados con la impotencia de la barbarie; en sus mordiscos de jayanes a los bocadillos eternos que pierden el embutido: grasienta y resbaladiza decoración de los suelos; en los mocos sorbidos como la horchata estival; en el gargajo gracioso sobre tu asiento de cómitre castrado; en sus bostezos de felinos ahítos de tedio; en el desprecio totalitario de los abusones; en la alegría extemporánea de su humor zafio y televisivo; en...

—¿Y bien, Darío, cómo seguimos?

—Aún en la noria...

—¿En cuál de ellas?

—No sabía que anduviera en más de una.

—Hay varias, sí. Según mis notas...

—Nunca le vi tomarlas.

—Jamás durante la sesión.

—Ya.

—El fracaso profesional era una de ellas, por ejemplo; otra lo era la tentación del suicidio atlético, llamémosle así...; otra más era la sensación de estar escindido, como habitando un cuerpo extraño, casi como un caso de amnesia, creo recordar...

—¿Eso llegué a decir?

—O eso interpreté yo, que no es, desde luego, lo más importante.

—¿Y qué lo es?

—Lo que tú sientas, Darío, sin duda.

—Ya le dije que yo ya no siento nada. Vivo en una olla de grillos, pero la barahúnda ni me destempla ni me quita el sueño: estoy como anestesiado, listo para que me intervengan quirúrgicamente, de lo que sea; yo ni rechistaré...

—Sigues descreyendo de la utilidad de someterte a esta terapia, ¿no es así?

Someter es el quid, creo.

—Por lo que antes decías, deberías estar acostumbrado.

—Parte del drama, o del vodevil, es ése: que no acaba uno de acostumbrarse a la sumisión, por más que la practique, con o sin conciencia de ello.

—No hay, pues, escapatoria.

—Cabe la huida, la huida definitiva, la renuncia.

—Ya. La otra noria.

—Sí. No la que saca el agua de la vida, sino la pócima espesa de la muerte...

Y te callas, sin ánimo provocador. Por agotamiento. No has hecho más que empezar a largar y te ha agarrado una indolencia infinita, una pereza bucólica y una desidia indostánica... ¡Hala, sigue, bocácico esdrujúlico! Ponle unas gotitas de tedium vitae, un petit peu de spleen and just a little bit of laziness, agítalo bien y después, sin la frívola oliva, empuja el mejunje con la fuerza de la costumbre. Claro que sabes que no tienes remedio, porque cualquiera que busques, en tu caso, será siempre doblar la mediocridad ad nauseam, esa medianía entre el poco y la nada.

—¿Y ese repentino buen humor?

—Palabrerías mudas que se me disparan sin que pueda controlarlas.

—¿Private jokes, que dicen los ingleses?

—Seguramente. Aunque en mi caso podría añadirse también private property, porque esas bromas u ocurrencias o disparates o como se quiera llamarlas nunca las he compartido con nadie. Lo único que he compartido han sido las agresiones, eso sí; digamos que he socializado el desprecio... Lo que daba, y de esta índole son esos estériles juegos privados, lo que siempre he dado ha sido la descalificación y el insulto, aunque velados y supuestamente ingeniosos. En todo caso, un gargajo de distancia. Nunca lo he podido remediar. No me asusta que el resultado haya sido el que es.

—¿Cuál?

—La soledad, supongo, y el desamor, acaso.

—¿Estás seguro de que no te asusta?

—Ahora ya no, ¿cómo podría hacerlo?

—Comprendo.

—Yo he renunciado a comprender, me niego a hacer el más mínimo esfuerzo de comprensión. ¿Para qué? No es que nada tenga sentido, supongo, sino que a mí me parece absurdo encontrárselo. Han sido muchos años en la primera línea de esa batalla estúpida, y lo conveniente ahora mismo es retirarme a los cuarteles de invierno, y no volver a salir.

¿Por qué precisamente en este momento se te ha representado con toda propiedad la vacuidad de la conversación que te empeñabas en alargar? No es que a ti se te dé una higa de cualesquiera límites que pueda tener la locura, sino que cierto encadenamiento de palabras, de medias palabras e incluso de juicios de intención se han revelado como la práctica por excelencia de aquella anodinería que tanto le llamó la atención a tu interlocutor.

¿Para qué estás ahí, en realidad, fingiendo tanto, callando más y desconociendo si es él quien ya ha llegado a conocer tu verdadera identidad? ¡Nada menos que verdadera identidad! Sí, es mucho atribuir, lo concedes sin reparos.

Ignoras cómo decirle que te quieres ir, que ya te ha dejado de interesar el juego de buscarte entre la frondosa vegetación de la selva de palabras, que todas ellas se te han vuelto espejos de tu nadería y chimeneas de tu presunción de invernadero. No sonrías más, memo. Vete ya. No alargues la tensión. Sal a la calle y piérdete en el deambular sin destino.

Ahora quieres ser, literalmente, todo oídos, y abominas de la lengua que te ata a la ficción de una exploración cuyos magros resultados te decepcionan, te desilusionan, por más que no accediste a la terapia con ilusión alguna, todo lo más con curiosidad, la misma que has ido perdiendo al hilo de las tediosas sesiones. Te caes de puro normal. Es tanta tu normalidad, que bien pudiera ser la exageración de la misma el único rasgo singular de tu mediocridad.

—¡Ah, el pozo de los silencios! –rompió Babel la incómoda situación.

—Lo dice como si se pudieran sacar maravillas de él.

—A veces ocurre. Otras, sin embargo, no es más que una tumba.

—Este último debe de ser mi caso. He caído en él y sé que por allá arriba debe de haber una miríada de palabras que sirvan para describirme con toda propiedad; pero por aquí abajo, en este chapoteo entre el cieno, se me estrecha la vida con el peligro de perderla...

—Entiendo.

—¿El qué?

—Tu incomodidad.

—Es algo más que incomodidad: insinceridad.

—¿Y?

—¿Cómo que «y»?

—Es cierto que estamos expuestos al juego, forma parte de los riesgos del oficio. A veces, no obstante, lo seguimos: acaban siendo muy reveladores. ¡De cuántas mentiras u ocultamientos no se han derivado profundas catarsis, Darío! El camino de la elisión, o el de la mentira, son máscaras demasiado sencillas, y suelen cuartearse y hacerse polvo ellas solas, sin ayuda de nadie, y en el momento más insospechado. Estas cuatro paredes han visto muchos renacimientos...

—¿Y no le indigna?

—¿Por qué habría de hacerlo? Lo esencial es que tú descubras por qué quieres ocultar lo que sea, mentir, fabular o como lo quieras llamar... Yo no soy ningún juez, espero que lo tengas claro, ni tampoco un confesor, un confidente, y mucho menos un amigo.

—¿Qué es, entonces?

—Una sombra, digámoslo así. O quizás simplemente el espacio vacío que media entre tú y yo, donde, teóricamente, se han de representar tus conflictos..., las vueltas ciegas de tus norias de arena...

—¿De arena?

—Llenos de agua no sacas los cangilones, ¿no es cierto?

—Cierto.

—Y si algo acarrean esas vueltas obsesivas ha de ser arena del desierto, arena del desconcierto, arena del desánimo, arena, me atrevería a decir, del desquiciamiento y, por supuesto, arena del desengaño, ésta, ya, puro cieno del pozo ciego en el que has caído desde que tuviste aquel no menos ciego y violento desahogo...

—Tiene gracia, des-ahogo...

—Pero no te ríes, al menos como antes.

—¿Sabe lo que confesaba Günter Grass en una entrevista que le hicieron en El País? Que el paso del tiempo le iba mermando la capacidad de reírse, que cada vez encontraba menos cosas de las que reírse...

—No es inusual. El tiempo también roba muchas otras cosas.

—No añada que también las da, por favor...

—Cada cual sabe cómo lleva sus libros de contabilidad, desde luego.

—Yo, muy desequilibrados, sin duda. ¡Pura bancarrota!

—¿Tendremos una próxima sesión?

—Supongo que sí...

De nuevo la incomodidad de pagarle en mano el importe justo. Y te evades de ella con la figuración de obligarlo a tener que darte cambio, como si manosear el dinero tuviera que ser para él, después de tantas palabras, algo ultrajante, humillante. No te has atrevido a liberarte de él definitivamente, porque quieres convencerte de qué sabe de ti, y si es cierto que es él quien juega contigo, por más que parezca el colmo de la sinceridad y de la generosidad. Ha sabido esconder sus cartas y te ha puesto en la difícil posición de ser tú quien haya de confesar la impostura, el exacto significado de tu insinceridad.

14/19
AnteriorÍndiceSiguiente
Tabla de información relacionada
Copyright ©Dimas Mas, 2005
Por el mismo autor RSS
Fecha de publicaciónMarzo 2011
Colección RSSNarrativas globales
Permalinkhttps://badosa.com/n340-14
Cómo ilustrar esta obra

Además de opinar sobre esta obra, también puede incorporar una fotografía (o más de una) a esta página en tres sencillos pasos:

  1. Busque una fotografía relacionada con este texto en Flickr y allí agregue la siguiente etiqueta: (etiqueta de máquina)

    Para poder asociar etiquetas a fotografías es preciso que sea miembro de Flickr (no se preocupe, el servicio básico es gratuito).

    Le recomendamos que elija fotografías tomadas por usted o del Patrimonio público. En el caso de otras fotografías, es posible que sean precisos privilegios especiales para poder etiquetarlas. Por favor, si la fotografía no es suya ni pertenece al Patrimonio público, pida permiso al autor o compruebe que la licencia autoriza este uso.

  2. Una vez haya etiquetado en Flickr la fotografía de su elección, compruebe que la nueva etiqueta está públicamente disponible (puede tardar unos minutos) presionando el siguiente enlace hasta que aparezca su fotografía: mostrar fotografías ...

  3. Una vez se muestre su fotografía, ya puede incorporarla a esta página:

Aunque en Badosa.com no aparece la identidad de las personas que han incorporado fotografías, la ilustración de obras no es anónima (las etiquetas están asociadas al usuario de Flickr que las agregó). Badosa.com se reserva el derecho de eliminar aquellas fotografías que considere inapropiadas. Si detecta una fotografía que no ilustra adecuadamente la obra o cuya licencia no permite este uso, hágasnoslo saber.

Si (por ejemplo, probando el servicio) ha añadido una fotografía que en realidad no está relacionada con esta obra, puede eliminarla borrando en Flickr la etiqueta que añadió (paso 1). Verifique que esa eliminación ya es pública (paso 2) y luego pulse el botón del paso 3 para actualizar esta página.

Badosa.com muestra un máximo de 10 fotografías por obra.

Badosa.com Concepción, diseño y desarrollo: Xavier Badosa (1995–2018)