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La derrota del persa

La deturpación

Dimas Mas
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De lo que no podías escaparte, ¡y cómo hacerlo!, era del rosario de visitas que comienza hoy como, te figuras, un disparatado y bufo besamanos interminable. Nadie a quien tú conozcas ha conocido jamás a un amnésico. Tú tampoco. Todos, pues, carecen, como tú, de experiencia en el trato con quien padezca esa vitriólica y devastadora erosión de la persona. Por eso sabes que te visitarán como quien pagara su entrada para la parada de los monstruos. Sin deformidad visible, sino escondida tras la mirada, vienen a verte como a un genuino freak, convencidos de que la contemplación de tu vacío, de tu ausencia de recuerdos, de tu ignorancia de ti mismo y de ellos, les producirá un escalofrío de horror excitante y emotivo.

—Darío, ésta es tu hermana Amelia, su marido, Xavier, y tus sobrinos Pau y Mireia.

—Tanto gusto.

La acción protocolaria de darles la mano uno a uno no tiene, en esta ocasión, nada de sorpresivo. Como nunca hubo verdadero afecto ni confianza ni casi trato, se ha quedado sin efecto la sorpresa de tu cortés distancia, tan efectiva, sin embargo, con Helena. Con todo, han entrado tan sobreavisados que después de inspeccionarte fugazmente como a un ser extraterrestre, han desviado la mirada no sabes si influenciados por un temor primitivo o por el consejo de Helena. De vez en cuando quieren esbozar una sonrisa que por poco no cuaja en una mueca de asco, y vuelven a su desvío, a su atajo, abrumados por una insoportable vergüenza.

Suerte que Helena ha tomado rápidamente la iniciativa para destrozar el punto de fuga del velatorio, pues os habéis quedado los ocho con la vista fija en la mesa de centro, aguardando un portento con la ansiedad de un círculo espiritista a la espera de la caprichosa manifestación del espíritu convocado.

Los primos se han escabullido hacia uno de los cuartos para compartir no sabes bien el qué. Helena y Xavier han ido a preparar café. Y tu hermana, que miraba a quienes partían como si la dejaran de capitana condenada a hundirse con el buque naufragado, se ha atrevido a mirarte con la ayuda de una sonrisa tan tensa como la de quien quiere apaciguar al psicópata que se lo va a llevar por delante en el acto. Ella insiste en su temblor y tú, con espontánea osadía, te levantas del sillón para sentarte junto a ella en el sofá.

—Así que somos hermanos...

—Pues sí, así es, Darío.

—Y te llamas..., perdona que no lo haya retenido...

—Amelia.

—Sí, claro. Helena me lo lleva repitiendo toda la mañana, pero me deben haber traicionado los nervios, y la novedad...

—¿La novedad? ¿Qué novedad?

—Conocerte, ¿cuál va a ser?

—Sí, sí, claro... Es que no acabo de acostumbrarme al hecho de que no te acuerdes absolutamente de nada...

—¿No te lo había dicho Helena?

—Sí, sí, pero no me imaginaba...

—¿Y qué te habías imaginado entonces, que se trataba de un juego, de un olvido de quita y pon...?

—No, en realidad...

—¡Qué!

—¡Por Dios, Darío, no me atosigues!

—Disculpe, digo disculpa..., tienes razón, no sé ni por qué me comporto así, y menos aún con una desconocida...

—¡Darío!

—Será que la palabra hermana debe haberme removido algo aquí dentro y, por un momento, he perdido el control de mí mismo, aunque ignoro por qué, claro está.

—Es que entre tú y yo, y perdona que te lo diga tan abiertamente, no ha habido nunca muy buena química...

—¿Química?

—Que no nos hemos llevado demasiado bien...

—¡Caray con el tal Darío, menudo buena pieza que estaba hecho!

—¿Por qué lo dices?

—Tú, tú lo acabas de decir. Y antes que tú también lo ha dicho Helena... Por cierto, ¿tenemos padres? Quiero decir si...

—Madre. Papá murió hace ya cinco años, ¿o son seis? Mira, a mí también me falla la memoria...

—Pues te deseo que no vaya a más.

—Gracias. A mamá, que le ha dado por llorar sin parar desde que se ha enterado, le he dicho que espere un poco a ver si te recuperas, que primero vendría yo y, según cómo te viera, ya le diría cuándo podría venir ella, que lo está deseando... Al fin y al cabo eres el primogénito, y el niñito de sus ojos...

—¿Tus desavenencias con Darío eran, así pues, cosa de celos...?

—En parte.

—Te escucho.

—¿Y qué quieres oír, más confidencias? No le veo el sentido.

—¿Estamos enfrentados?

—A medias...

—En parte, a medias... ¿No se suponía que era yo el hombre misterioso...?

—El sentido del humor no lo has perdido, por lo menos.

—¿Darío lo tenía?

—Muy negro, pero lo tenía...

—Pues yo tenía entendido que no...

—Supongo que debe haber tantos Daríos como personas conozcas, ¿no?

—¿Tanto condicionan los interlocutores?

—Supongo.

—Es como para volverse loco... a la que haya oído cinco versiones de un supuesto mismo Darío, ¡menudo problema escoger una!, porque con alguna habré de quedarme, digo yo.

—¿Seguro que no te acuerdas de nada?

—¿Te vale de algo que lo jure?

—Es que has acertado en el centro de la diana, a mi parecer. El problema de mi hermano..., tu problema, vaya, era la insatisfacción, que nunca estabas a gusto contigo mismo, siempre se te veía inquieto dentro de ti, como una serpiente que estuviera deseando mudar la piel...

—Una víbora, supongo...

—Y una boa constrictor, y a veces un áspid, y otras una humilde culebra de agua, y también una anaconda, y una cascabel... El caso era que vivías permanentemente espoleado por la insatisfacción, dominado por ella.

—Parece que lo hayas estudiado a fondo.

—Es un fondo muy poco profundo, enseguida se hace pie... ¡Pero esto no se le podría decir a él a la cara ni en broma!

—¿No has dicho que tenía sentido del humor?

—Hasta cierto punto...

—Otra vez no, por favor...

—Vale, de acuerdo. Ese punto no era otro que él mismo. Podía uno burlarse de lo sagrado y lo profano, de lo visible y lo invisible, del dolor y la alegría, de lo exquisito y lo chabacano, pero se llegaba a él y allí se acababa el juego de las pullas, con la iglesia habíamos topado, que creo que se dice en el Quijote...

—No lo puedo creer...

—Pues es tan cierto como que tú no sabes quién eres y que no recuerdas absolutamente nada de nada...

—Me tenéis en vuestras manos.

—Pues igual de las nuestras saldría un Darío mejor que el que eras...

—Y decías que...

—Que con él, contigo, pocas bromas...

—¿Y él no se reía jamás de sí mismo?

—En contadas ocasiones, siempre de forma muy inocente, como sin bala, y para que le sirviera de coartada para despellejar a los demás y todo lo que le rodeaba...

—¿Tan cruel era?

—Más.

—¡Pues bonito panorama me estáis pintando!

—La realidad.

—No sé de qué va la historia, como es evidente, y no puedo juzgar, pero dicho así: «la realidad», suena excesivo.

—¿Y qué sacaríamos con engañarte?

—Quizás desquitaros..., aunque en efigie viviente...

—En eso tienes razón, ¿ves?; pero la prueba de mi inocencia, si acaso tuviera que demostrarla, es que ese posible desquite ni se me había pasado por la cabeza. Yo, te soy sincera, te había dado ya por imposible... Un buen día me harté de tus impertinencias soterradas, tus sarcasmos y tus aires de superioridad y me dije que me importabas un comino y así fue... Te empeñaste en hacer imposible que tuviéramos una relación normal y lo conseguiste. Pero no es este el momento de entrar en los pequeños detalles, siempre tan reveladores, ni tengo yo el cuerpo, con este disgusto, como para ello.

—¿Disgusto?

—Verte así. No me lo esperaba... Bueno, quiero decir que fuera tanto, tan así... No quieras saber el esfuerzo que estoy haciendo para hablarte como si siguieras siendo tú, Darío, aunque no tengas ni idea de quién eres, o mejor dicho, de quién eras. Mamá no lo podría soportar... ¡Ni podría dirigirte la palabra! ¡Su hijo así! Parece mentira la devoción que te tiene, a pesar de los desprecios que le has hecho... También te odia, sin embargo, y no te perdona que la hayas tratado siempre con esa distancia y menosprecio que son algo así como tu «marca de fábrica»; pero te tiene un cariño que a mí me resulta incomprensible. A mí no me lo tiene, desde luego, ¡y mira que he sido yo siempre quien se ha preocupado por ella! Me soltó aquello de que no sintonizaba con Xavier ni con sus nietos y se quedó tan pancha. Pues a pesar de los motivos que tenía para distanciarme de ella, he sido yo quien, como te digo, se ha ocupado de ella, porque tú, bueno..., porque Darío ha pasado totalmente de ella, como si no existiera...

—Pues yo te iba a decir que le dijeras que viniera... o no, quizás será mejor que me acerque yo a verla a su casa, que sería nuestra casa, supongo...

—Sí.

—Igual ese contacto con la infancia, con el pasado, me ayuda a recordar..., aunque sean esas supuestas injusticias que dices que he cometido...

—¿Quieres que vaya contigo?

—No, prefiero estar a solas con ella, que pueda hablar libremente, como tú, como Helena...

—Esta amnesia tuya parece un castigo divino, ahora que dices eso.

—¿Por?

—Porque siempre te ha costado horrores escuchar a los demás, nunca has querido saber nada de nadie, al menos directamente. Parecía que el mundo te aburriera, que todo fuera infinitamente trivial, sin importancia, insignificante, que la única grandeza estuviera dentro de ti, en tu mundo, en tus cosas, en tus palabras...

—No lo puedo creer.

—Ya suele pasar, cuando son los otros quienes escriben nuestra vida.

La entrada de los cuñados —¿de cuña?— con la bandeja del café y unos deliciosos almendrados ha sido como la llamada telefónica a que recurre un guionista maleado, a fuer de tener oficio, para salvar una situación que ha llegado a un cul de sac. También podías haberte levantado con dificultad y, tras haber alegado que te sentías confuso y mareado, haberte retirado a descansar, porque el olvido tiene eso: es agotador, como sabe cualquier guionista mediocre...

Por suerte son ellos quienes tienen prisa por irse.

Y cuando Helena abre la puerta para despedirlos, he ahí, en el rellano, con gesto de olvidado invasor, a Augusto, a tu Director, quien se echa a un lado, confundido, ante la salida de tanto bulto humano. Amelia ha vuelto a estrecharte la mano, pero en esta ocasión del adiós con mayor frialdad que en la del recibimiento. Estarás en sus conversaciones bastante tiempo, intuyes. Como lo habrás estado, y lo seguirás estando, en los corrillos chismosos de la sala de profesores, por más que tu Director insista en lo de la consternación, que habrá ido a buscar en el diccionario antes de venir, tan metódico él. Ahí está también, mudo y alelado. Helena se ha disculpado, otra vez el café, y ahí estáis los dos, sin saber qué deciros. Tan es así, que estás por imitar al cliente de un experto agente de seguros y recurrir al neutro y helador: «Usted dirá.»

Ignoras cuáles habrán sido los mil y un caminos tortuosos por los que habrá llegado a su conocimiento la noticia, pero sin duda podrían recorrerse, siempre y cuando se hiciera un esfuerzo inquisitorial para el que no tienes ni humor ni curiosidad ni ganas. De traje y corbata oscuros, como si fuera de entierro. Los zapatos, sin embargo, sucios de, por lo menos, una semana: salta a la vista. Hoy es la primera vez que lo has contemplado con detenimiento, porque lo tienes ante ti como viva expresión de la condolencia. Su desconcierto, por no verte padecer, lo ha dejado sin habla. ¿Qué se esperaba? ¿Verte recorrer el piso arrancándote mechones de pelo con las manos crispadas y violentas, clamando por la memoria perdida como un profeta contra los vicios de Israel? Da la impresión de estar más preocupado por qué poder contar después a los colegas que propiamente por tu estado. No le gusta este gaje del oficio, aunque bien podría haberse abstenido, no estaba obligado.

—Chico, me siento rarísimo...

Ahí va ya, cogida la carrerilla, dispuesto a ponerte al día de lo que menos te interesa del mundo: tu profesión. Y él debiera saberlo. Pero, ¿de qué te va a hablar, si no? Doblemente alejado de la ciénaga, por la baja y por la amnesia, qué insoportablemente ridículas y denigrantes se te aparecen esas minucias que constituyen el pan suyo de cada día: extender las guardias de pasillo hasta los váteres para que las hordas incontinentes no los destrocen, abrir un expediente a un primiberbe de 1º de bachillerato por bajarse los pantalones y enseñarle el culo a la de griego camino de su expulsión, de su ostracismo... La dosis habitual de novedades carcelarias...

Hace mucho que te acostumbraste a ver a Augusto como un alcaide aplicado que hace méritos ante las autoridades, y él se empeña en consolidar la imagen de estratega pactista que solo aspira a que en su prisión no se declare ningún motín, a que reine la apariencia de normalidad, de que allí se hace algo que tiene sentido y utilidad. Imbuido de trascendencia, habitado por el envaramiento que hincha al más minúsculo de los representantes del orden, a la más ínfima autoridad imaginable, te trae nuevas extraplanetarias... De otra galaxia son ya, definitivamente, esos menudillos del cocido indigesto.

¿Podrás escucharlo un minuto más, sin que se te descomponga el personaje y vomites sobre él un resentimiento luciferino? Le agradeces el detalle, e incluso que haya sido el único que, ignorando tu condición, te haya hablado ajeno al tacto, buscando un contacto real contigo, sin tener presente en todo momento la sensación de estar hablándole a un pellejo hueco, pero se te hace insufrible su tonillo institucional, las satisfechas vibraciones panglossianas de quien ha triunfado, aun a pesar de haberlo hecho en la escala inmediatamente superior a la de los bedeles de universidad...

Sigue hablando, pero le has quitado el sonido y compruebas que, mudo, adquiere una elocuencia expresiva considerable. Compartes sus quejas, pero en él son de boquilla, porque luego es un escrupuloso observante de las instrucciones recibidas, sin asomo de postura crítica que conste, al menos, en acta. Pero te da igual. Hace mucho que el desastre de tu propio destino te ha hecho desinteresarte de la realidad que, a golpe de decreto y propaganda puede crear el segundo movimiento nacional que padeces en el breve curso de una sola vida. Por eso de su conversación, que sigues como un banquero escucha las tribulaciones de un inmigrante subsahariano esclavizado en una plantación de cultivos intensivos, lo único que has retenido es la existencia de un substituto ocupando tu lugar...

¿Lugar? ¿Eres un espacio? ¿Estás, en vez de eres? La cantinela de Augusto no es música de fondo, sino solo fondo, decorado en un espacio inhóspito, opresivo, insufrible. Eres ladrillo y sintasol, y cañería rota, y escalera maltratada y ventanas sin burletes que abren sus fisuras al cierzo, y un encerado lleno de ordinarieces, zafiedad y rabia, y un pupitre acuchillado que es espejo del encerado, y una calefacción sin presupuesto, fría como la determinación insolente del necio, y libro polvoriento en el seminario, y puerta de fortaleza expugnada y... Lleno de luz y olor acre... Así es aquel substituto, tu lugar, tú mismo reencarnado. Nada te gustaría más que, en vez de al atorrante Augusto, tener ahí, bien quietecito, a tu hueco suplente y ¿suplantador? del personaje, desde luego.

Vale, sí, recréate en esa figuración de tu delator y fantasea sobre la síntesis inhumana o tal vez la desesperada convivencia à la Magritte... En cualquier caso, ya no podrás evitar la incómoda sensación de estar escindido, la angustiosa sensación de saber que una parte de ti, tu espacio en otra encarnadura, te ata al suplicio del que creías haberte liberado. No va a pasar día sin que, al recordarlo, tengas la desasosegadora sensación de que, desdoblado, zombi o clon, sigues muriéndote de asco y hastío frente a los rostros granujientos y los espíritus yermos e indolentes de tus odiados y pasivos espectadores, un público ignorante y ajeno al drama que cada día, cada clase, cada curso, les ofreces con la embotada profesionalidad de quien clava cada representación, hasta que una pérdida irreparable de los nervios rompió la cadena y caíste, genuflexo, ante tu imagen descompuesta y casi aniquilada.

Se va y te deja un regalo tan tópico como envenenado: «Quien pierde la memoria pierde la identidad». No, renuncias. Sería como arrojarte a un pozo de paredes lisas, estrecho, claustrofóbico y profundísimo: imposible salir de él. Has consumido decenas de miles de horas de tu vida jugando con ese concepto como para que ahora, liberado de él por arte y gracia de la amnesia, te engolfes de nuevo en él, te cueles por un sumidero donde solo se suman perplejidades y trampantojos espesos como pantanos.

Identidad para ti, hoy por hoy, solo vale el descanso, ese sí que idéntico, de la muerte. Nunca antes habías comprendido con tanta claridad que el organismo se cansara de vivir, que se te viniera encima una desgana infinita, una pereza hermanada con el tedio, con el hastío, con la acedia, con la desesperación incluso. Todo dulce y pasivo, como la transcripción sin esfuerzo de una melodía inspirada. Cumples tu plazo como más te conviene, abierto a la sorpresa del juego y sin olvidar que, por serlo, forzosamente ha de tener un final que revele los vencedores y los vencidos, papeles que tú te reservas con un egoísmo nada ajeno a quien fuiste... Quizás hayas arruinado, en parte, la sorpresa de tu partida definitiva, pero no puedes negar que tu muerte mental está supliendo con creces aquello de lo que, fatalmente, nunca hubieras tenido conocimiento.

Piensas en la identidad, en tu tú, traído y llevado como puta por rastrojo, y ha desaparecido la ansiedad, la angustia y el deseo. Te llegan ecos lejanos de luchas encarnizadas y lúgubres paisajes románticos, silencios tensísimos y noches colmadas de desesperación, dolorosos desasosiegos y euforias incomprensibles; pero el desaliento final de aquella guerra desigual contra los francotiradores de la presunción, la egolatría y el narcisismo sí que es idéntico a la ataraxia desde la que ahora evocas un pasado que por nada del mundo querrías revisitar.

Estás bien como estás: desmemoriado y con una decisión en tu haber. Sí, es un buen bagaje para media vida, e incluso para una entera. Al menos tienes la tranquilidad de ni siquiera necesitar presumir de él, del mismo modo que antes necesitabas justo lo contrario: exhibir la nada que en realidad tenías. ¿Ves como eres incorregible? ¿Y qué harás tú en el más allá de la vida biológica si te es imposible imaginar, urdir, fantasear...?

Por otro lado, ¿acaso esa pérdida de memoria no es ya un «hecho» incontrovertible? Es decir, tu feliz hallazgo cardiopoético es, en el fondo, ¡el signo exacto de los tiempos! ¡No puedes contigo! Vale, de acuerdo. Lo primero que se han olvidado son las palabras, lo segundo ha sido la historia y después, en cabalgata festiva, desfilarán las demás ausencias encabezadas por la ética... ¡Por el amor de Dios! Más vale que te calles... Das pena, sí, intelectual y emotiva.

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Copyright ©Dimas Mas, 2005
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Fecha de publicaciónFebrero 2011
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