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La derrota del persa

L’escorxador

Dimas Mas
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Mejor esperar a que todos se vayan, a que los eches. No hay que levantar sospechas. Tampoco te conviene salir desde casa con tan ridículo atuendo, llamando la atención de propios y extraños... ¿Propios? ¡Qué perversión, la del lenguaje! Unido a él, como el incauto pájaro a la liga viscosa del muérdago, te has consumido en su prisión sin atreverte nunca, por miedo, a dar el salto a la verdadera vida de los hechos silenciosos, de las obras amorosas. Menos hoy, claro, salvo ahora. Ya se van.

Con viento fresco, claro que sí. Eolo antes que ecce homo. Con discreción. Coges el coche y te vas... ¿adónde? Sí, es un buen sitio. L’escorxador, el matadero, es lo más cercano a tu casa y lo más sugerente y propicio para tu ensayo general. Basta con el pantalón y un jersey. No, las zapatillas no llaman la atención. ¿De quién lo podrían hacer? No seas vanidoso. Sería muy propio de ti, que en una mera prueba cayeras ya fulminado, que tu heroica muerte se redujera al mínimo e irrelevante suceso urbano de un imprudente obeso temerario. Todo siempre inacabado, pues. Atrapado en los a medias que han marcado tu vida con el estigma de las derrotas corrientes, sin haber dado ni la primera zancada.

¿Todo listo? Nadie por aquí, nadie por allá, ¡y ahí vas tú, con tu trote paquidérmico, a salvar la distancia en una pirueta mortal! Sí que hubieran sido un buen antifaz las gafas de sol para evitar que te atraviesen la mirada y te hinquen en el fieltro de las anécdotas: ¿Sabes lo que he visto hoy...?

Pues claro que esto es correr, ¿qué te pensabas? Abre más la boca, gordo, y respira hondo, que parece que la grasa te estreche la tráquea y le cueste, al castigado oxígeno, llegar a esos bronquios ahumados, nicotinizados. ¿Cómo quieres que no suba y baje un adiposo —y hoy adipaso...— abdomen neumático como el tuyo? No, noble necio logorreico, no es admiración lo que sienten por ti esos ancianos cuya vida no parece que resista para cuando completes la vuelta al perímetro del parque y pases otra vez por delante de ellos.

Sentaditos todos ahí, cara al oeste, al occidente, al ocaso..., parecen un tribunal que te juzga, y en sus rostros cuarteados no adviertes ningún signo que presagie la clemencia, la piedad. ¡Y aquel! Se acerca al alcorque del plátano, se sube la pernera del pantalón, abre el grifo de la bolsa de orines y la vacía con una habilidad sorprendente. Después se reintegra a la hilera y continúa matando el rato con la hebra de los vecinos. Son tan viejos y tú tienes una melopea melodramática de tal naturaleza, que te ha parecido ver, entre ellos, a Láquesis, Cloto y Átropo deliberando sobre el momento en que a Cloto se le habrían de romper los hilos de esos tejidos desgastados por el roce de Cronos, tan pegajoso él.

Vale, sí. Has quedado de puta madre: manual de mitología y tente tieso. ¿Y? Tú sí que vas camino del Olimpo, y a paso ligero... ¡Qué patético, siempre haciéndote tanta gracia a ti mismo! Te ha ayudado a sobrevivir, ese resorte de ingenio casposillo, chamuscado y chabacano; pero ya no recuerdas que se te fue volviendo triste el vino y mera mueca desgalichada la risa. Sí, sí, ahora es como haber retrocedido treinta años, cuando ligero en modo alguno podía provocar un chistecillo barato; cuando...

¡So, burdégano, —no, ahora no fardas, ahora retratas tu fardo al pie de la letra—, que te despeñas! ¿Adónde ibas, montado en ese cuando que solo lleva al desvarío empalagoso de la nostalgia? Hubo dolor en la invención de la palabra, pero el correr del tiempo, tan otro de este trotecillo tuyo de gozque trasmutado en estatua animada de Botero, la ha revestido de una ñoñería dulzona, de un lirismo radiofónico que la hacen insoportable, estomagante...

Mundo en pequeño, microcosmos, municipal y espeso, te parece este matadero arbolado en el que quienes se van y quienes llegan se reparten el espacio con miedo. Y, rodeándolo todo, el ruido impío de la circulación atascada, los gritos del humor agrio y las agresivas bocinas —¡como fétidos bacines!— de la desesperación y la urgencia.

¿Y ese perro? El corazón, la tercera amígdala; los testículos, la cuarta y quinta. Tu «¡Hostias, ese perro!» solo ha obtenido por respuesta un «¡Sultán!» que lo ha detenido cuando el rottweiler saboreaba ya, las mandíbulas pringosas de saliva, la promesa de un bocado como la naturaleza manda: tierno, seboso y fresco.

Aventura lo es, desde luego. Llegar íntegro hoy a la futura línea de meta, junto al coche, acabará teniendo más mérito que salir desde ella hacia el encuentro con lo conocido en tu fatídico día F, el del fatum adverso, o sea, es decir, será hacia el verso que resuma y rezume tu desdicha final; porque tu final, ¡obseso obeso!, no puede ser otro que dejar de decir. ¿Desdecirte? Tal vez. ¿Contradecirte? En modo alguno. ¿Trasdecirte? ¡Sobrecállate ya, bocazas! Sí, estás de acuerdo contigo mismo: la única poesía expresiva es el silencio. Ése será tu verso definitivo, ¡tu epitafio! imposible. Y te duele, como tu asfixia, porque el silencio sí que te borra definitivamente, mucho más y mejor que la torpe muerte con sus tópicos aspavientos y sus ajados disfraces. Ya lo has cultivado como pose, con esmero y afición, pero en las volutas de humo arrancadas a tu pipa has derramado tu monólogo torturante, entimismado, como un entimema insultante... ¡Ay!

¿Derretir el sebo al rojo semimuerto exige este chisporroteo saltarín de vocablos como venablos: desencarnados comparsas de tu desquiciamiento? Pobre imbécil... De momento, vas de sobresalto en sobresalto, tan lleno de tensión que te parece notar el mordisco de un calambre agarrotador en la pierna izquierda, la que, apetitosa, se ofrecía a las fauces del can asesino, aunque tu gran miedo, confiésalo, ha sido que el can se te lanzara a la entrepierna y te emasculara de un mordisco certero como el escalpelo de un cirujano o el dolabro de un sacerdote matarife. ¿Por qué ese miedo permanente a la castración? No bromees. Por más que sea un placer manual, no deja de ser lo esencial: placer. Y para ti ha sido siempre más de media vida disfrutar de él. Cierto. No te ha acompañado el tipo. Ni has tenido ningún brillo intelectual que te auxiliara. Y en esas condiciones no es fácil suscitar pasión alguna. No sumes tu encantador carácter huraño, tu causticidad y tu propensión al encastillamiento en el silencio despectivo.

El perro hubiera acabado con el estremecido temblor de la posibilidad o tus virtuosos ejercicios onanistas, ¿te parece poco? Y luego está el hecho aterrador del propio mordisco, la unión sorda de las atroces mandíbulas justo antes de sacudir la cabeza hacia ambos lados y de tirar hacia atrás para quedarse con el trofeo viril envuelto en tela en la boca mientras tú te hundías en un hueco ensangrentado por el que buceabas, sin posibilidad alguna de sacar la cabeza para respirar, hacia la locura, la agonía y el desvalimiento. ¿En tan poca carne —300 gramos, 400...— tanto tú? Toda la que ahora desplazas, ¿de verdad no significa nada? Sí, la resignación es mala consejera.

¡Qué tontos son los perros, leche! A un lado de la descuidada mujer, el bolso, presa fácil, y un facineroso descuidero cubierto de andrajos; al otro lado, por solo un segundo, tu mole móvil. Pues eso. El susto te lo has llevado tú, porque el Pasqual de amedrentadoras fauces te ha tomado por quijotesco gazapo mecánico de canódromo; el bolso se lo ha llevado el otro. Deja de mirar hacia atrás, con tanto miedo. Pero es cierto que el perro tonto de la mujer desconcertada se iría antes contra ti, la boca llena de espantosos ladridos, que en persecución del ratero necesitado.

Será esa convicción la que le impide a la mujer soltar la correa mientras se desgañita con sus «¡Mi bolso!, ¡mi bolso!», ya no suyo, que de poco o nada sirve para recobrarlo, aunque enseguida ha obtenido el consuelo solidario de algunos jubilados que la habrán acompañado en sus sentidas y doloridas quejas. ¡A quién se le ocurre, por cierto, llamar Pasqual a un perro, por confuso que sea su ladrido!

¡Pues claro que eres un héroe! ¿Y qué más te da la distancia que hayas recorrido? ¿Un quilómetro, a ojo de buen cubero, o tres o cuatro para tus columnas temblorosas? Sigue, buey de hecatombe. Le estás cogiendo gusto, que es lo peor que te puede pasar. Por supuesto que es normal este ahogo que te hace jadear como a alguno de esos viejos aquejado de enfisema, ¿o pensabas que la nicotina y el alquitrán, entre otras lindezas del tabaco, acarician el paladar y besan los bronquios? Y las cuadernas sufren, galeón gurrumino, porque todos tus jugos de pantano vertical han roto a hervir.

¡Vuelve al ataque el guepardo! ¿Qué antílope jovencísimo ha visto cruzar por tu pecho ese felino hambriento que cambia el curso de su persecución, que zigzaguea como una liebre angustiada! ¡Qué coño cuesta! Una rampita miserable. ¿Herir —que no otra cosa es tu ¡herr, ir!— tu amor propio, si te paras? Recuerda que estás haciendo un ensayo general el mismo día de tu bautismo atlético. Esforzarte es decapitar la palabra y hacerte una fuerza que no sabes si vas a poder resistir.

¡Ay, vanidoso surrealista! ¡Un peligro! es que la admiración de esos ancianos se convierta en un fuelle que eleve hasta un punto crítico la temperatura de una caldera ya a punto de estallar... ¡Pues qué se habían creído! Estarás en el fieltro de su colección de rarezas, pero sigues vivito y coleando, dispuesto a desmentir que un obeso sea incapaz de... ¡Adónde vas, Mesala! ¿Cómo se te ocurre esprintar cuestecilla arriba, hacia la calle Tarragona, en una agonía asfixiante, desfondadora, mortal...! ¿Aterrizaje?

Te llegan al oído los sonidos deshilachados de unos rostros de cine mudo que te circundan, asomados al brocal del cono invertido cuyo vértice asombrado son tus ojos incrédulos. «... se le ocurre!» «Esta juventud» «... los municipales?» «... ambulancia!» «Exceso de peso...» «Inexperto...» «Locuras». «... un buen ritmo». «Diga usted que sí». «... mal ejemplo» «Un exceso de confianza...» «Se empeñan, claro». «Pobre home!» «¡Toma, como que la juventud...». «Quina llàstima, tan gran i...» «El pit, home, goita com puja i baixa...» «... que respire, por Dios» «... muy ridículo, digo yo...» «Mejor no tocarlo...» «¿Agua?» «Han probat de...?»

Ves miradas contraídas por la sorpresa, como si se les hubiera encogido el alma, y manos que se extienden, haciendo el círculo más ancho, y alguna sonrisa burlona, y hasta alguna mueca despectiva, ves caras alargadas, redondas, cuarteadas como en los cuadros de Vela-Zanetti, tersas y rellenas como bebés del primer mundo, bolsos colgados de los antebrazos, algún bastón que se te acerca al cuerpo como si fueses un objeto extraño al que se toca para verificar que ningún daño puede proceder de él, ¿es un hocico perruno esa humedad que te ventea en el muslo?, aparecen más manos, a lo lejos, bóveda inestable, las ramas del plátano parece que saluden tu entrada en el infierno, ¿estás muerto?, ¿morir es quedarse de por muerte con la última imagen viva que uno ha visto?, de nuevo los ruidos, los roces, los gritos, las ansiedades, los temores, los reproches, las peticiones de silencio, bultos y voces no casan, mudos los primeros, insignificantes las segundas, ni siquiera eres consciente de que una estridente melodía monótona anuncia el intento de un fementido Orfeo, ¿o aún no habías descendido tanto?, ¿bomberos?, ¿astronautas?, ¿barrenderos?, ¿municipales?, no los oyes, ¿lloran en tu pecho?, ¿por qué?, se te nubla la vista, vas sobre ruedas, te sigue acompañando la melodía de clarín ronco como viniendo de una verbena lejana, ¡qué fresca la mordaza!, ¿quién te rapta?, ¡qué cielo tan extraño!, ¿dónde están aquellos rostros dislocados?, ¡ahí va otra vez el guepardo!, no ves nada, no distingues nada, eres nada, y la luz te ciega, ¡un traqueteo!, luces, sólo luces, aparecen de nuevo los rostros, se asoman, desaparecen, ¿dan órdenes?, los ojos se te nublan, pierdes las fuerzas, estás a punto de perder el sentido, ¿cuál?, ¿te queda alguno vivo?, ¿vives aún?, no puedes más, vas a caerte, ¡vas a caerte!, quieto, respira, Antón Martín, ¿por qué habría de haber algo más?, ¿has dicho algo, has hablado?, más luces, te llevas el antebrazo a la frente para arrancarte el sudor inexistente, no distingues nada, aún respiras, deliras, claro, te sales del surco, pero a sabiendas. Emerges poco a poco del mordisco incordiante que ha estado a punto de arruinar, por anticipación, tus pobres planes. Todos esos aparatos te han cazado el guepardo y están, si no amaestrándolo, sí tranquilizándolo, engañándolo con un sueño de serenidad barbitúrica. Solo. Perdido. Aislado. Abandonado. Has renacido. ¡No te desparrames más, gordo! No te durará mucho el juego. Lo que dure ya será un signo, cierto. Nadie te llamará por tu nombre. No existes. La unidad de cuidados intensivos es lo más parecido a la gloria. Estás en ella, sí. ¿Lloras de nuevo? Te enternece la asepsia del espacio y del personal que te atiende; te mece el silencio rasguñado por las máquinas; te abismas en los parpadeos lumínicos que bailan alrededor del guepardo su danza hipnótica; te relajas como en una cura de sueño o en una estancia de balneario termal... Por eso la has petrificado: sabes que esa bobalicona sonrisa —la grotesca mueca de un cardiópata temerario— desconcertará a tus cuidadoras. Giras la vista hacia la ventana ciega y de repente eres un bebé, tan descomunal como insólitamente silencioso, que espera ver aparecer el extraño rostro familiar de su madre, su decadente espejo. Y deseas, hasta casi la erección, porque parece haber sido como un calambre: empinarse y, al momento, volver a la calma morcillona; deseas, no te pierdas en flácidas digresiones, ir al encuentro de las montañas dulces y oleaginosas y sorberlas con ahínco en un éxtasis placentero..., sin casi, ya. La sorna del «parece que nos vamos encontrando mejor...» de quien viene a arreglarte la cama —¿vas a quejarte tú de una casualidad así, si te has pasado la vida persiguiéndolas, acechándolas y hasta provocándolas?— no añade ningún matiz distinto a la sonrisa bursátil que dibujan tus labios, súbitamente adelgazados. No has dejado de ser un bebé. La presencia zumbona de tu ángel de la guarda de mirada luciferina no te ha hecho crecer hasta tu medio siglo. Sin embargo, deseas igualmente que tu súcubo deje la sorna y te calme la sarna viva de tu falo incestuoso. Su risa ahogada y sus restallantes chasquidos de lengua vuelven aún más patética tu equívoca sonrisa suplicante. Te vuelves hacia la puerta por donde ni Helena ni los zánganos ni Amelia ni nadie entrará mientras permanezcas en este espacio acogedor, en este auténtico refugio placentario donde, casi por primera vez en cincuenta años, has conocido la placidez del sueño estando despierto.

No, claro que no lo estás soñando. Pero no se puede negar que toda la peripecia tiene la consistencia de un sueño turbador. Sería chocante que la muerte fuese una hospitalización eterna... Se te llagarían el culo y la espalda, entre otras desesperaciones. No estás hecho tú para la vida extática, ni para la estática, ¡ni para la dinámica! Lo único en ti que corre, además de la lengua casamientera e infatigable, como si fuese un tótem inverosímil, la estilización famélica de tu alma, es el guepardo zigzagueante que ha estado a punto de hacerte perder para siempre el resuello.

Frío sueño, a pesar de tus erecciones es éste: una danza de movimientos precisos, ajustadísimos al tempo largo de tu reposo. De vez en cuando algún llanto a duras penas contenido se acerca hasta tu puerta, pero no pide paso; otras veces, sin embargo, es un cuchicheo sombrío que se cuela como una culebra por debajo de la puerta y se enrosca a los pies de tu cama, sin llegar a tocarte: se desvanece antes de que su humedad humilde te lama las plantas como una bienvenida ritual. Estás solo, en efecto. Ante el tiempo. Y ahora percibes con nitidez la impúdica carencia de relieves de su viscosa presencia escurridiza. ¡Cómo no vas a estar desorientado! En la nada, más siendo nadie que alguien. ¿Por qué Antón Martín? ¿Quién puede creer que seas un fanático del maratón? Es más factible, desde luego, que una pérdida momentánea de riego en el cerebro te haya dejado amnésico, si es que esa hipótesis tiene algún fundamento científico, que lo dudas, y con razón. Pero ahora eres ese Antón Martín que no sabe ni siquiera si es ese su nombre o un bautismo de urgencia hecho con retales de una memoria extraviada.

¡Qué mala suerte has tenido de que la adversidad se haya confabulado para instalarte en una situación pintiparada! Por poca que sea la inquietud que los habite, no van a disfrutar con tu desaparición. ¿Cuánto tiempo tardarán en dar contigo? Tendrías que salir cuanto antes de aquí, para prolongar tu dominio de sombra, tu potestad de ausencia. ¿Ya sabes lo que dices? Sí, a lo mejor no significa nada eso de la «potestad de ausencia.» Y tu estado no lo disculpa. ¡Cuánto de ti hay en la pedantería, en los terrenos pantanosos de la pacotilla, por donde caminas como Pedro por su casa! Tú sabes que no te da igual. Como un gatazo persa, de acuerdo. Disfruta cuanto puedas. Será efímero. Sólo podrías salir corriendo, con ese sucinto vestuario atlético con el que te trajeron. ¡La llave! No preguntes. No sabes cómo has aparecido en esta gloria celestial de la asepsia. Alguien vendrá a sonsacarte, seguro. Y te traerán tus ropas —¿las habrán lavado o aún mantendrán el seco sudor atigrado?—, las expondrán ante ti como el plano de un tesoro, y tú pondrás cara de no entender nada, con total libertad, por primera vez con todo el gustazo del único fingimiento sincero.

Te has pasado la vida poniendo cara de enterado, de estar al cabo de la calle, ¡hasta de estar de vuelta de casi todo!, con el temor perpetuo a que se te deshilachara la careta como la fibra milagrosa del traje blanco de la lóbrega película inglesa. Ahora, sin embargo, ¡qué complacencia corrosiva, aun por adelantado, en esa única ignorancia salvadora! No puedes dejar que te sorprendan.

¡Qué grandioso anticipo! ¡Si fuera así la muerte! Nunca como ahora has estado tan cerca de tu más querida y tenebrosa ficción: ser el vagamundo irreconocible que espía con precaución la obra irreversible del olvido, de la indiferencia, ¿acaso del alivio? Probablemente. ¡Ay, la boquita pequeña del «Me es igual»! Quizás, sí, quizás haya sido esa tu mayor necedad: figurarte que podías prescindir de todo el mundo. ¡Qué figura tan desgalichada, tan deforme y espantosa! No entrará nadie por esa puerta de las visitas, nadie.

Estás tan cansado como grande es la desidia de una vieja democracia europea que no ha de luchar por consolidarse ni por superarse. ¡Ojalá fuera pereza! Es distinto. Entumecimiento del instinto, tal vez. La vez de los cuentos que ha cambiado el érase por el fue, de modo que se han vuelto inservibles sus estrategias de supervivencia. Sin cuentos, sin sueños, sin instintos, y con la máscara transparente de tu ignorancia, ¿qué te queda? Esperar. Confiar. Vencer. Será una experiencia subir a planta y compartir habitación con alguien a la espera de un alta que no se demorará mucho.

«Severa cardiopatía» suena casi a certificado de defunción. De acuerdo: adiós a las armas: el tabaco, la sal, la grasa, los dulces, el ejercicio violento, el alcohol, ¿y el sexo? No, claro que no les puedes decir a qué te dedicas, ni si tienes familia, ni cuál es tu dirección o tu nombre, porque no les ha inspirado confianza tu espontáneo Antón Martín, dicho, como corresponde, deprisa y corriendo...

¿Familia en Madrid? Extraña estrategia asociativa subterránea la de esta mujer. Tú, impertérrito, pura negación transparente. Ahí está: la llave. Estremece pensar el partido que le puede sacar una psicóloga a un objeto cargado de simbolismo: un auténtico palimpsesto del sentido. Para ti sigue sin significar nada. Y esas ropas deportivas, menos aún, ¡no las han lavado, no! Supones que sí, que tiene sentido buscar entre los coches aparcados en las inmediaciones de l’Escorxador hasta reconocer el tuyo. Tu suposición la descoloca: que se lo haya llevado la grúa; pero lo cierto es que te es imposible recordar cuál es el tuyo: ignoras el color, la marca, todo.

—¿Recuerda si llevaba una vida feliz?

¿De dónde ha salido esta pavisosa angelical? Sí, la llevaba bajo el brazo mientras corría, para que no se me cayera... ¡No te jode! La perplejidad de tu rostro te garantiza, si acaso, algunas horas. Porque la otra posibilidad, seguir habitando en la confortable amnesia, así que haya entrado por la puerta la incierta actitud de Helena, supone una exigencia para la que no sabes si tendrás presencia de ánimo e imperturbabilidad suficientes...

¡No, no, no hagas compa...! ¡Alonso Quijano es la encarnación de la más estricta y consecuente voluntad de representación que haya existido jamás! Torrente te lo dijo y te lo creíste para siempre. Hiciste bien, sí. He ahí, pues, tu «juego». Entrar en él es darle cuerpo a una obra cuyo guión quizás te ocuparía más tiempo del que le queda a tu vida, cinco meses escasos. Tu inexperta inquisidora cree que las chiribitas de tus ojos son las luces que iluminan el recuerdo, cuando en realidad son las que empujan tu brillante dismnesia al agujero negro de la amnesia, donde se consumará tu quijotada privada.

¡Eres incorregible! Te has concedido la segunda oportunidad que rechazó tu ingenuidad. Durará lo que dure, y en ese ínterin decimonónico reescribirás tu vida sin que nadie te dispute o estorbe el cálamo currente..., sin que la realidad sea otra cosa que tu propia creación. De la huida furtiva, ¿hacia dónde?, a esperar, bien pertrechado de paciencia, hasta que te hallen y te recojan, ¿con qué cara...? ¡Acabará contigo la fiebre de la anticipación! Acabó con tu primera vida y, ahora con más razón, es probable que haga lo propio con la segunda.

Tu sonrisa de niño juguetón sigue desconcertando a la bisoña psicóloga. Ella no comprende que una odiosa comparación megalomaníaca te haya abierto la ventana de una nueva vida después de cerrar la puerta de la antigua con esa llave que seguirá manteniendo intacta su oscura significación en el contexto de tus minúsculas y hedientes ropas deportivas. Ya no será sorpresa, para esa señora y sus dos hijos, que tu hora te llegue en una obstinación sin fundamento que jamás comprenderán mientras vivan, sobre todo porque...

¡Basta ya! Descansa. Y adopta la mirada de la frialdad indiferente, cuyo dominio te garantice una distancia desde la que controlar todos y cada uno de los pasos. Siempre has sido impaciente como una criatura, incapaz de diferir la satisfacción inmediata. Aún tardará lo suyo. ¿O acaso el imaginado alivio les llevará a bendecir tu desaparición y, sin más trámite que el punto en boca, darte por muerto y enterrado? Si aquí eres un historial, ¿qué eres allí sino una nómina, un estipendio, un emolumento, un salario...? Vale, vale. Casi tan necesario como el aire que respiran, luego vendrán jadeando, boqueando como carpas hambrientas, y tendrás la satisfacción... La pensión de viudedad es bien poca cosa... A ti te quieren en activo, pero quizás no tanto como para exponerte a otro infarto, o lo que haya sido, y que tu deceso les merme sus ingresos...

¿Cómo es que te importa tanto la descripción que de ti haya hecho la policía para poder identificarte cuando alguien denuncie tu desaparición, si es que hay alguien que lo haga? La estás oyendo, a Helena, oír el retrato que ocupa su silencio, engorda su sorpresa y colma su incredulidad, y la ves parpadear, chupar el cigarrillo hasta casi rozarse, por dentro de la boca, las deprimidas mejillas y mover el pie de la pierna cruzada con un nerviosismo de claqué. ¿Cómo se unirán en su tersa materia gris el infarto, la carrera, el atuendo deportivo y la plaza de l’Escorxador? Se negará a casar tu persona con el retrato absurdo que le ofrezcan de tí. Y cuando entre por esa puerta lo hará para contemplar en tu rostro impasible su propia extrañeza. Os desconoceréis al unísono de un silencio sólito, familiar.

—Don Alejandro, tiene usted visita.

Has sumado otra extrañeza, y ésta tan mayúscula como la de Helena. Refugiados los ojos tras el biombo de las únicas lecturas por las que hasta hoy no habías paseado tu mirada de pedantón, la primera jugada de tu nuevo juego te ha salido redonda, crees. No la ves, a Helena, pero podrías describirla fotográficamente.

—Darío...

Tu estudiado ni caso es ahora un silencio natural y espeso como el que se produce en la habitación de un loco furioso, reducido, mediante la camisa de fuerza, al apasionado abrazo de su propia desesperación.

—Oiga, Martín.

—¿Martín...?

Touché! ¡Bonita vida la de los personajes de estos cromos anodinos! ¿Será capaz de derruir la medianera de mediocridades?

—Que esta visita es para usted, hombre...

—¿Para mí? Usted perdone, señora, ¿nos conocemos de algo?

Lo ha clavado: los dedos extendidos y agrupados sobre la boca para reprimir un oh, un sollozo o un no que combata, con escasas fuerzas, la convicción de que algo irremediable, o casi, ha sucedido. Los ojos dilatados, húmedos. Los codos, bien pegados a las costillas. Inmóvil. Pétrea. Un silencioso edificio a punto de ser volado por los aires con una potentísima carga explosiva.

—¿Darío...?

—Perdone...

—¿Es usted familia de aquí...?

Don Alejandro, empujado con el don hacia una vejez anticipada, porque en realidad, aunque cascadito, no debe de ser mucho mayor que tú, oficia de intermediario porque no debe de soportar la tensión que ha electrizado la atmósfera de la habitación, y que percibe, físicamente, al repasarse con la mano, y con mimos de coquetería, el peinado prefijado; un gesto que, ya te has dado cuenta de ello, solo prodiga cuando hay mujeres en la habitación, excepto cuando está la suya propia.

—Soy su mujer.

—¿Y no le han puesto al corriente...?

A punto has estado, necio, de soltar una carcajada seca por ese «corriente» tan a propósito, y que tan escurrido de connotaciones ha ido saliendo de la garganta cazallera del frágil conquistador. Te has controlado y sigues —abatido sobre tus muslos el valladar de las paradójicas lecturas: una insulsa colección de estampas de la vida cotidiana y cotillada de unos cuentistas con bastante menos que escasa materia narrativa— a la espera de acontecimientos, o de por dónde discurrirá la conversación entre tu vecino y tu lejana.

—No. Tan pronto me han dicho en qué hospital estaba, he venido corriendo...

—Pues corriendo parece ser que ha sufrido él ese ataque al corazón, ¡y a la cabeza!, porque su marido de usted, Martín...

—Se llama Darío.

—Bueno, pues el caso es que ni de eso se acuerda... ¿Aún no ha hablado con los médicos?

—¡Ay, Señor, qué desgracia!

No te lo crees.

—Valor, señora. Seguro que se le pasará enseguida...

—¿Pero cómo es posible que...?

¿Interpreta solo para este espectador repeinado y adulador? Sí, es lo mejor, un hipido ridículo y hacer mutis, quizás en busca de explicaciones, de un desahogo o de ánimos para enfrentarse a la peor de las adversidades: esforzarse para que yo la reconozca y que, así, los frutos podridos de nuestra convivencia sigan teniendo sentido. Es probable que no poseas, por tu parte, ni la habilidad ni el ingenio suficientes para tu propia interpretación, y que hayas de abandonarla en cualquier momento. Sea como sea, lo cierto es que no conseguirás, en lo por venir, ningún efecto tan contundente como el de esta primera escena del primer acto. ¿Quién sabe, al cabo de un mes, cómo será vuestra vida? De nada te sirve, para saberlo, tu esforzada condición de discreto taumaturgo.

¿Y si sin la necesidad de la fulminación definitiva te has deshecho de ti? No, tú sabes bien que no te ves con ánimos para llevar hasta sus últimas consecuencias semejante doble vida. Ni con ánimo ni con recursos. Tu mediocridad es buena consejera y te conviene hacerle caso. Ahora todo es fácil, no hay más que exhibir un rostro leñoso y extremar la cortesía a que obliga el trato con extraños, y poco más. Y dentro de unos días, ya en casa, lo seguirá siendo. Pero llegará un momento en que la rutina se alíe con la relajación y... ¡Y con razón temes ese momento! Lo temes porque no sabes qué te habrás visto obligado a construir de aquí a entonces, qué nuevo Darío habrás forjado y qué te desgarrará el alma perder...

Ahora, por ejemplo, ¿no estás casi obligado a salir a correr de nuevo, así te hayas recuperado, porque es lo único que tienes de ti, tu incomprensible pasión por la carrera? Contraproducente, desde luego, a la vista, y los hechos, de tu misántropa humanidad, pero cierta, además de inaudita. Esa pasión le confirmará a Helena la doble vida que llevabas junto a ella. Mientras ella fornicaba, tú te fornías..., por más que, a pesar de todo, sigas tan fofo como siempre, si bien ahora con una boba e inédita felicidad impresa en el rostro: el perfecto retrato de la simplicidad. ¡Cómo la habrá descolocado la narración de tu accidente! ¡Cuántas veces habrá dicho que se equivocaban, que no podía tratarse de ti, que ella te conocía perfectamente y le resultaba imposible creer que lo que le contaban fuera verdad! ¡Tú, corriendo! ¡Inverosímil! ¡Con qué espantosa suficiencia habrá dicho lo de que te conoce perfectamente, sin que se le caiga la cara de vergüenza!

Tranquilo. Sereno. Desde el limbo de los inocentes has de ir instalándote poco a poco en la realidad de los perversos. Y eso obliga a muchas cosas, y prohíbe más. Y también estarás obligado, ¡ay!, a oír a Helena contarte tu propia historia, vuestra historia, como la cicerone —aún no sabes con qué humor— que recorre unas ruinas con palabras más gastadas que los propios restos de la desaparecida civilización. ¡Eres imposible! Ya estáis los cuatro, o quizás ella y tú solos, ante los álbumes de fotografías poniéndoles a todas el mismo pie obligado y cansino: «¿no te acuerdas aquí, cuando...?» Y te ves recorriendo tu impecable vestuario, pasando la mano tomasiana por los ternos flamantes o repasando la seda estampada de las corbatas.

¡Cómo no ibas tú a anticipar el momento solemne de entrar en el estudio y contemplar las paredes forradas de estanterías abarrotadas de libros! ¡Con qué placer, energúmeno, te sorprendes de ser profesor! ¡Nada menos que profesor! Y no sabes si eres un valiente, un infeliz, un pobre fracasado, un apóstol redentorista o un torturador vocacional. Tú, que ahora mismo no sabes nada de nada, que crees recordar vagamente haber tenido algo que ver con el bullicio, la algazara, los gritos, algo con mucho escándalo, aunque una niebla espesa te impide identificar exactamente qué sea ello: tanto un mercado central de abastos como una macrodiscoteca en agosto en Benidorm, la pesadilla del primer día de rebajas en unos grandes almacenes o una apoteósica bronca taurina tras el vigésimoquinto intento de descabello de un morlaco.

Y en el fondo de tu conciencia, presidiéndolo todo, la sensación de ser un usurpador de ti mismo: pretendes no ser quien eras, quizás siéndolo. Y en ese terreno resbaladizo y peligroso ha de desarrollarse el juego.

Parece, a simple vista, bastante más sencilla la usurpación por negación: tú no eres quien dicen que eres, quien la realidad, tozuda como las pruebas evidentes, demuestra que eres; que la usurpación por afirmación: tú eres Darío, siendo evidente que lo desconoces todo de él y que resulta imposible casar con su persona actividades tan insólitas como esa inverosímil pasión por la carrera atlética.

¿Adónde ha ido esa mujer? A pedir ayuda. No fallas. La memoria, perdida; la intuición, conservada. Lo más probables es que haya querido asegurarse de que no eres peligroso: al fin y al cabo va a llevarse a casa a un extraño, va a meter en su cama, quizás, a quien no la reconoce como esposa, ¡y menos aún como amante! ¿Cuánto tardará en quitarle el puesto a esa cara de horror la de fastidio, la de la perplejidad? No hagas apuestas, necio. Tú, terne en tu amabilidad. Te suena razonable lo que dice la bisoña psicóloga y no dudas de que, en lo que haya sido tu historia, esta señora tan amable, elegante ¡y guapa! —¡ahora sí que la has descolocado definitivamente! Has acertado, cabronazo. Ha oído lo único que jamás esperaría oír de tus labios: un piropo, un cumplido—; pues que esa señora haya ocupado el importante lugar que reclama; pero tú no te acuerdas de nada, y muy a duras penas de que, como afirman, tu ataque se produjese mientras corrías. Sí, sí, esas prendas deportivas van a misa —¡y en un tris ha estado de ser misa de difuntos!—, y esa señora ha reconocido la llave del vehículo.

Tu resignación tranquila supones que debe aliviarla, pero sigue mirándote como a un animal cuyas reacciones insospechadas se temen. ¿Qué historia de vosotros, o tuya, te contará? Ahora caes, sí, en que le has dado un gran poder y en que puedes vigilar desde detrás de las bambalinas cómo lo usa. En su boca está desfigurar el tedio y el desencuentro, borrar el rencor, ¡acaso recuperar la ilusión de un nuevo comienzo! Eres una página en blanco y ella puede escribir lo que desee. ¿Deseará algo? ¿O esperará a que vaya apareciendo, como en un palimpsesto, a medida que el contacto con la vida cotidiana la vaya ensuciando, tu antigua vida, vuestra historia presente?

Volvéis a casa dos misterios del brazo: uno puro y el otro trucado. Pero la novedad entrará en vuestra casa como se entra en el apartamento de verano contratado por teléfono y del que no se tiene sino una esquemática descripción tópica: 2 hab. Espacioso salón comedor. 1 baño. Cocina. Amplia terraza.

Si a ti te parece ridículo regresar a casa vestido de maratoniano, ¿qué debe pasar por su cabeza ahora mismo, en este taxi, al verse junto a ti, como si fuerais a un extravagante baile de disfraces? El taxista es parco en palabras y pródigo en miradas. Helena te mira, ejecuta una sonrisa penosa y se gira hacia la ventanilla para perderse por unas calles archiconocidas. Silencio. Miradas. ¡Más silencio, es la guerra! de los pensamientos tortuosos, de las estrategias imposibles y el futuro imperfecto. Bajáis del taxi. Te paras en la acera. Contemplas la fachada del centenario edificio. Preguntas: «¿Aquí vivo?»

—Sí, aquí vivimos.

Y entras.

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Fecha de publicaciónNoviembre 2010
Colección RSSNarrativas globales
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