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La derrota del persa

La extravagancia

Dimas Mas
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Pues claro que quizás hayas hecho el canelo, mameluco. ¡Mira qué cara llevan los tres! Tendrías que haber ido tú solo. No están los tiempos para celebraciones, desde luego, y con ese ramalazo de autoridad ridícula y heteróclita que te ha salido, pues menos. Pero ahí los tienes, adormilados, aburridos y asqueados. Reconoce que lo sorprendente ha sido que te hayan hecho caso sin excesivas resistencias. Como si hubieran intuido, los tres, no sabes si por tu mirada, el tono de la voz o lo insólito de tu determinación, que no estás para bromas.

Has ido revistiendo con capas de seriedad —de tonos cada vez más oscuros, más graves— cualquier faceta de tu existencia. Concluiste que la risa es el carnet de identidad de los necios, y no hablóse más, y no rióse más, en verdad... Sin embargo, desde aquel trayecto inmóvil por la Ronda del Litoral, te has reencontrado con un tonillo zumbón del que ignoras si es un ajuste de cuentas o el cuento tibiamente graciosillo de un desajuste sin arreglo posible.

¿Y ahora qué pasa? A parar tocan. ¡Y tan temprano! Entre las pocas verdades del porquero que te vas a llevar a la tumba después de medio siglo de morirte de asco por estos andurriales quizá no haya otra más incontrovertible que la de «¡hay gente para todo!».

¡Y ya son ganas, un domingo, y de tan buena mañana! ¡Qué cojones tienen! Y en esa patulea de corredores hay mucho cincuentón, por lo que ves. Te importa un comino la indignación de Helena, y haces bien. Que gesticule y vocifere cuanto quiera. Le has quitado el sonido y no te distrae de tu admiración. ¡Caray, cómo va ése: ahogado! Oyes más su jadeo agónico que la sarta de exabruptos del asiento de al lado. Que siga. Que se desgañite. Que busque la complicidad de los zánganos. Que se desespere. No tiene arreglo. ¡Y qué más le dará estar ahí detenida, si maldita la gracia que le hacía la visita de hoy! El caso es hacer valer ni se sabe qué coño de derecho que se inventa y que, por supuesto, siempre le favorece. «¡Calla ya, loro, y déjame en paz!», tienes ganas de chillarle, aunque te contienes. Claro que no vas a hacer nada. Bueno, sí. Seguir parado hasta que pase el último corredor, aunque se arrastre con la lengua fuera, o vaya a gatas. ¡Dios santo! Esa mujer, ¡cómo se atreve!, parece propiamente que esté en el umbral de la extenuación, a punto de caer redonda! ¡Y es mayor que tú! Pues no, sigue corriendo, como si tal cosa... ¿Payasos, ellos?

¡Eureka! ¡La epifanía!

Ahora sí que se te ha ocurrido una idea brillante, es decir, un disparate tan mayúsculo como el asco de aquel «¡payaso!» que te escupió días atrás, inmisericorde, tu desesperada compañera de soledades, indiferencias, vacíos, silencios y desprecios.

La ocurrencia —¡y a esa sí que le cabe ser llamada con toda propiedad extravagancia!— es, en definitiva, un adiós a ese fracaso. A todos, en realidad. Y será una despedida, ¡por fin!, a la altura de tu megalomanía congénita. ¡Enhorabuena, Darío: has encontrado tu horma! Adelante, anúnciatelo con esa prosopopeya que se te había vuelto segunda naturaleza. Esmérate. Que resuene el clarín, o mejor, que aturdan las fanfarrias. Engola la voz, coge aire y mírate al espejo: como esos animosos atletas intempestivos, artistas supremos de la voluntad, estetas del esfuerzo derrochado y sibaritas del oxígeno, vas a despedirte de este mundo cruel... —sí, sí, tú ríete— en el acto heroico de correr un maratón... Lo banalizas, y te duele. Es un acto reflejo. La trivialidad ha sido tu auténtico cáncer. ¡Ha sido todo tan común, tan ordinario, en tu vida mediocre!

Más allá de esos exquisitos degustadores del sufrimiento distingues los bultos atareados de algunos negros que le arrancan sus frutos a la tierra, y para los que no hay diferencia entre días festivos y laborables. Son los mismos que sobreviven en el Maresme, los que se apiñan en cabañas insalubres y ahorran de su miseria, sumisos como esclavos agradecidos.

Desde esa extravagante decisión tomada, ¡qué oscurecido contemplas el deseo de conquistar Atenas, el espacio transparente de la razón! ¡Qué lejos la claridad de su orden! ¡Qué imposible de alcanzar su serenidad, su duda fecunda! ¡Ay, Atenas, codiciada posesión: ventana consoladora de las incertidumbres! ¡Acabas de desaparecer de los mapas de lo posible! La ciudad de ciudades, la hija de la diosa de la guerra que, después, lo devino de la sabiduría y de la prudencia, la obra ordenada de quien salió victorioso del laberinto se hunde en la niebla de lo imposible. La perseguiste siempre, Darío —porque jamás faltó tu indómita esclava a su deber de recordarte que no te olvidaras de Atenas—, y siempre supiste que la razón y tu vida estaban condenadas a no encontrarse. Con razón, sin embargo, y paradójicamente, has temido también siempre su ausencia: la vasta oscuridad del instinto ciego y el terreno inseguro de lo imprevisible.

La decisión de hoy, esta payasada última —¡qué escalofrío te produce ahora aquella confesión enajenada de Nijinski: «Soy el payaso de dios»!— resuelve definitivamente esa tensión insoportable que has padecido siempre, y que tanto ha contribuido a hacerte ser quien eres...

Este viaje dominguero, barbacoa incluida, podría revelarte una mínima parte de ese mosaico cuyo dibujo completo jamás podrás ver desde una perspectiva que lo abarque todo. Ya no los ves a ellos, sino a ti mismo embutido en ese sucinto atuendo que mete espanto y te llena de escalofríos. Se ha esfumado tu circunstancia. De repente te has quedado solo ante la distancia, con la deletérea intención de no salir de ella...

Si antes de la partida esta visita dominical y fraterna te pareció que tenía un aire fatal de despedida, con más razón ahora, después de tu hallazgo. Has aceptado la invitación a pesar de que a los nubarrones que han ensombrecido tu relación con tu hermana les da siempre por descargar cuando, en apariencia, el viento cordial de las celebraciones debería alejarlos.

Y si a ello se suma que Helena hace mucho que se siente eximida de la necesidad cortés de aparentar unos afectos que nunca ha sentido, el resultado es una aventura temeraria en la que les has embarcado aún no sabes muy bien con qué intención. Quizás han venido contigo porque les has metido el miedo en el cuerpo con lo de que dispones de un tiempo de baja durante el que pensar si pides una excedencia para dedicarte a otra cosa, o para esperar la jubilación viviendo de los escasos ahorros con lo mínimo imprescindible, lo que significaría, sobre todo para los zánganos, una auténtica revolución, o un golpe de estado, si se prefiere. En cualquier caso, un terremoto que iba a sacudir sus amodorradas vidas, obligándolos a tomar decisiones por primera vez, y decisiones que condicionarían no sólo su futuro, sino también su presente.

También a Helena le afectaría, una decisión tan radical como la de quedarte voluntariamente en paro, sin oficio ni beneficio; y sin duda por esa razón no se ha negado a acompañarte: quiere sonsacarte, sondearte, probarte, calibrarte, medirte, y cuanto se le pueda ocurrir para saber si es una ventolera pasajera, una ofuscación transitoria o una enajenación en toda regla y ha de buscarse la vida para tratar de salvar lo que pueda.

Siguen pasando los corredores y tú sigues saboreando la mayor de tus victorias: haber tomado una decisión trascendental que ¡al fin! vas a asumir y cumplir. Estás muy lejos de ese asiento en ese coche y en esa carretera comarcal: andas por una nube de delectación desde la que, con el tono amable, vital y un punto sensiblero de las antiguas comedias usamericanas, ahora sí, ves cuanto te rodea sin la presión y la angustia que te han atenazado durante tantos años.

Pues sí. Por supuesto que se le puede llamar irresponsabilidad, ¿por qué no? No tiene nada que ver con el destino ni cosa que se le parezca. Sabes que nada te ata a esta vida tuya tan de tono menor, y de fracaso mayor, y de repente has descubierto una salida digna, una escapada honrosa o una renuncia decorosa.

Con ese exiguo poso de espíritu peleón que aún te queda, ibas dispuesto a dejarte llevar por todos los demonios y a decirle cuatro verdades bien dichas a la ensoberbecida hermana con quien jamás has logrado entenderte. Ahora te tienen cautivado una serenidad y una indiferencia que te van a permitir incluso escuchar sus solemnes necedades sin que, como en otro tiempo, la cólera te vaya consumiendo.

Dudas, incluso, de si lo que deberías hacer es darte la media vuelta y ahorrarles a tus pasajeros forzosos la tediosa visita y el dilatado paseo. Seguirás adelante, sin embargo, porque sabes que, a tu manera, quieres exponerle esas relaciones al doctor Babel, al igual que le has expuesto otras, la infidelidad de Helena incluida.

Qué distinta su actitud de la del primer día. Aún te dura el impacto, ciertamente. Apenas cruzado el saludo de rigor, arregló contigo, los dos de pie, la duración y el precio de las sesiones. Nada que objetar, claro. Pero te dejó un mal sabor de boca. Después se sentó frente a ti, en un sillón más cómodo que el tuyo, abrió las manos episcopalmente y tú te lanzaste a la confesión a tumba abierta, como si quisieras echar en el hoyo de su consulta en penumbra una buena ristra de cadáveres, por alguno de los cuales se te podría exigir cierta responsabilidad.

Tendiste ante él un viscoso laberinto: el asco que te producen los alumnos, el tedio y el embrutecimiento de la rutina académica, cada vez más empobrecedora intelectualmente, tu impotencia sexual, la extraña relación con tus padres, la imposible relación con tu hermana, tus olvidos patológicos, la virilidad de tu madre, la antigua compulsión masturbatoria, tus megalomanías absurdas, el conflicto entre tus apariencias y la mentira de la realidad, el fracaso de la amistad, el desengaño de tantísimas cosas..., y él salió de allí con la indiferencia de quien ha estado ejerciendo de ladrillo encalado, de lujo, eso sí.

¿Por qué no habrías de volver, boludo? ¿O acaso toda aquella exhibición narcisista no tenía, en realidad, sino la misión de sorprender, de provocar, e incluso de apabullar?

Temas pendientes sí que has dejado, sin duda. Aunque con la lista anterior tienes para más de un mes, o quién sabe si hasta para unos años... Te ha sorprendido gratamente que hayas sido capaz de estar largando casi una hora de forma ininterrumpida. Y te ha gustado, no lo puedes negar. Tanto que ya estás deseando que llegue el martes para empezar a tender la red de las insinuaciones sobre la infidelidad de Helena. ¿O bien disertarás —pues al final se te quedó un estilo boquiseco de conferenciante pelma— sobre el fracaso de la amistad, que tanto te ha dolido siempre?

Más te dolió, quizás, el desengaño de la paternidad, pero ahora es ya una herida casi cerrada. Nunca se sabe. Eso también te atrae de la terapia: la incertidumbre. Depende de ti cuanto se diga, pero una vez instalado en esa incómoda butaca de la habitación tenuemente iluminada e insonorizada a la perfección, ni tú sabes de qué puedes acabar hablando? ¿Y por qué te viene a la memoria precisamente ahora aquel sueño que nunca has olvidado, y en el que tu padre te hacía una felación que tú querías impedir, sin conseguirlo, mientras llorabas, horrorizado, debatiéndote como si te tuvieran atado a la cama, y lleno de tanta vergüenza por no poder evitar el orgasmo inminente como imposible te sería, desde ese momento, hallar con qué ocultarla?

Mencionaste muy de pasada la infidelidad de Helena, tu «pareja» para él, porque temiste tropezar y arruinar la estrategia que aún no has perfilado. No te lo crees. ¿De verdad consideras que sería posible una última oportunidad, que si ahora mismo le dijeras: «Sé que me engañas con Mauricio Babel, pero estoy dispuesto a que hablemos de ello y a tratar, si tú quieres, de superar la situación y replantearnos nuestra vida juntos», ella accedería? ¿Hasta dónde puede llegar tu ingenuidad, mastuerzo?

En todas las parejas, ¡qué bien lo sabes!, hay límites y fronteras que, una vez traspasados, impiden la vuelta atrás, ni aun exhibiendo la más extraordinaria de las comprensiones o de las benevolencias. Y lo peor es que esos límites nunca se sabe cuáles son, ni incluso después de haberlos traspasado. Se tiene conciencia de que ha sucedido el hecho, pero nada más. Y toda una vida deja de tener sentido, si es que no se pudre antes al prolongar por inercia y cobardía la ficción de un destino compartido.

No sigas. La espiral de la lógica sólo puede conducirte al alejamiento definitivo y, en el fondo —¿no se les llama corredores de «fondo» a los maratonianos?— esa es una decisión que ya ha sido tomada, ¿no te parece?

Anda, arranca, que los esforzados de la ruta ya han dejado su reguero de orgullo en el asfalto. Sal de tus cavilaciones y aprestate a soportar con infinita paciencia la necedad de tu hermana, cada vez menos tuya, cada vez menos hermana, a pesar del vínculo sanguíneo, tan mítico, retórico y simple como su anodina superficialidad. ¿Qué os hermana, al margen de la voluntad expresa de querer continuar una relación llevada como a trompicones y más llena de desencuentros que de lo contrario? No, desengáñate: ni aunque fuera menos vanidosa y exhibicionista llegarías a establecer un contacto real, humano, con ella. Si tú eres una máscara del vacío, de la inanidad; ella es el estruendo superficial del éxito banal.

A pesar de esa suerte de ascetismo iniciático en el que te ha sumido tu extravagancia, difícilmente vas a poder aguantar la exhibición de nueva rica de Amelia . Sobre todo cuando, a pesar de tu indiferencia, de tu desdén, se empeñe en que su vida es un excitante carrusel de momentazos excitantes.

Sin duda que tu ánimo pacífico (como si hubieras corrido ya la mitad de ese maratón épico en el que no dejas de pensar y en el que te proyectas con imágenes que, por sus zancadas contadas, te llevan a una dolorosa agonía, pues tú no vas buscando la asepsia del infarto, sino el lodazal trágico del vómito de sangre) te impedirá provocarla. Lo más triste es que, en el fondo, vuestros fracasos son idénticos.

De su narración épica del triunfo social y del torpe lirismo de tu fracaso personal, resúmenes de las vidas erráticas y falsificadas que habéis vivido, te sientes ahora tan lejos como estarlo deseas de estos dos pelmazos que te abren su casa como un escriño del que salen nombres y nombres mayúsculos y pomposos cuya mera enunciación te confirma que la infeliz de Amelia siempre lo ha confundido todo.

No, tente, no vale la pena provocar otro conflicto, ahora, definitivamente ya en tus postrimerías. Deja que la parejita te enseñe la torre de sus sueños. Es cierto que Amelia podría reprocharte cien mil cosas, entre ellas ese desinterés por su persona, rayano en el desprecio, y, sobre todo, tu indiferencia olímpica hacia su familia, su esposo y sus hijos, como si todos ellos fueron unos apestados que no pudieran relacionarse contigo, ¡un intelectual! ¿Acaso tu mejor desquite no consiste en exhibir ese interés exacerbado que tan confundidos los tiene? La pobre Amelia incluso ha sonreído con una ternura agradecida, viscosa que ha estado en un tris de hacerte desistir de tu generosidad. Tú sonríes, a tu vez, con ese orgullo del actor que juega con las emociones del auditorio desde la distancia gélida de su afectación, de su impostura.

Helena fuma, para disgusto de vuestros anfitriones, mientras hojea, desinteresada, la hoja parroquial del Avui ilegible. Julia y Alejandro cruzan indolencias y galvanas con sus primos en la terraza, al amparo de un sol tan frío como su relación inexistente: mundos distintos, sin intersección posible; seres tan extraños los unos para los otros como tu hermana y su marido lo han acabado siendo para ti, ¿por obra y gracia de su intolerancia?

¿Acaso la tuya ha sido menor? Nada tan fácil como revestir la propia intolerancia con los ropajes ultrajados de la defensa propia. Te has pasado la vida defendiéndote contra la estupidez, la insinceridad, el cretinismo, la mediocridad, la prepotencia, la falsa modestia, la soberbia, la vanidad y tantos poderosos aliados suyos —demonios ponzoñosos y perturbadores—, que, entre todos, te han desfigurado el verdadero rostro de la virtud.

En cierto modo te ha ocurrido como a los críticos literarios que, hartos de señalar las limitaciones y carencias de los demás, no sólo no las evitan cuando se atreven con la creación, sino que su obra acaba siendo un vademécum de aquéllas, como ha sucedido con frecuencia. Sí, sí, la vida no es ninguna creación, desde luego; o al menos tú no la has vivido como tal. ¡Y cómo podrías haberlo hecho! ¡Valiente creación la de las noches en vela por los miedos infantiles, los cambios de pañal, la elaboración de las papillas, las cien mil salidas, previstas e imprevistas, las visitas a los médicos, a todos, las compras constantes, las broncas, el cansancio, las desesperaciones, la insatisfacción, ¡las navidades!, el tedio, ¡las vacaciones!, los cumpleaños, los reyes, las citas familiares, los cien mil agobios, las lavadoras, el puto tabaco, las semanadas, las condenadas motos, los zapatos, las matrículas...

¡Valiente creación, sí! Te repites que abominas de la arqueología y no dejas de proferir quejas retrospectivas que justifiquen tu inocencia, ¿respecto de qué culpa? Has vivido con demasiadas, propias y ajenas, a sabiendas. Sí, ahora eres más cínico, y no te afectan ni el desdén ni la conmiseración ajenos.

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Fecha de publicaciónJunio 2010
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