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La derrota del persa

I. Estimación objetiva singular

Dimas Mas
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Cuando la vi arrojarse contra el tronco de aquel plátano de corteza lechosa donde el objeto de su turbio e incomprensible deseo había lanzado un denso escupitajo, y la vi sorberlo con los labios y la lengua como si lo estuviera besando a él o dejando, sierva sumisa, que eyaculara sobre su boca entreabierta supe que tenía que matarla: se había convertido en una perra, y no estaba dispuesta a conservar ni la más mínima dignidad: se había vuelto loca, por eso tuve que matarla. Y también a él. ¿Quién sino yo podría saber con tan dolorosa exactitud el punto de degradación al que había llegado mi hermana? No quería verla sufrir. Resultaba inhumano consentir que tanta belleza hubiera de seguir un camino de destrucción que la iba a convertir en una auténtica piltrafa. Después de que Faustino hubiera renunciado definitivamente a ella, ¿por qué Marga cayó en la locura de que sólo él era, en realidad, la persona a quien quería entregarse como una esclava? ¿Por qué Faustino se volvió insensible a sus súplicas y se disfrazó con un desdén que le caía grande, como un frac tres tallas mayor que lo convertía en un triste bufón? La historia de Marga es una suma de despropósitos. Y el mayor de todos haber tenido la desgracia de ser una mujer tan bella. Ya sé que resulta extraño que ella y yo seamos tan distintas, siendo hermanas, y sí, claro que puede decirlo, si quiere, que yo sea tan fea y que ella sea..., haya sido tan hermosa. Será un capricho genético, a lo que se ve. Y ha sido esa belleza lo que le ha costado la vida. «¡Hasta su orina me bebería!», me confesó con una voz exaltada, a la que acompañó una mirada vidriosa: la de un ser que ha perdido todo dominio de sí. Yo, ofendida, indignada y dolida, la abofetee para hacerla entrar en razón, para que se diera cuenta de que se había perdido todo respeto a sí misma, que ese delirio enfermizo la había convertido en una mujerzuela lasciva, indigna siquiera de la compasión que los tristes destinos humanos inspiran, porque ella parecía complacerse en su aberración, aunque de un modo extraño: como si estuviera expiando alguna culpa imperdonable. ¡Cómo iba a conseguir hacerla entrar en razón! ¡La había perdido! Y cuando ella insistía, como una posesa, en que él era la única razón de su vida, lo que quería decir era que por él había renunciado a la razón, sin duda. A pesar de nuestra desigual suerte, yo nunca le tuve rencor, ni tampoco a mis padres. Tampoco sé si mi fealdad me guió los pasos hacia el convento, porque de bien chica me recuerdo muy apegada a todo lo celestial y al recogimiento. Dudo mucho de que mi inclinación a la vida religiosa fuera, en su momento, un arrebato lleno de despecho por la sombra en que me convertí junto al sol refulgente de su belleza, un intento desesperado de llamar la atención sobre mi persona. La verdad es que nunca la envidié y que nos llevamos muy bien siempre, con sus más y sus menos, aun siendo tan distintas. ¡Cómo iba a envidiarla, después de lo que llegué a saber de su vida! Porque Marga, que había sido siempre muy tibia para las cosas de la religión, me escogió a mí, sin embargo, como confesora, como confidente, siempre y cuando no me escandalizasen sus revelaciones, o fuera para mí, ésa de oírla en falsa confesión, una carga insoportable o perniciosa. «Tonterías», le dije para disipar sus temores. ¡Y ojalá hubiera temido un poco más al maligno!, pues al final me ha hecho perderlo todo: mi convento, mi hermana y no sé si también la razón, como le pasó a ella; pero yo no podía permitir que siguiera sufriendo, que esa pasión malsana y furiosa la desgarrase de aquella forma las entrañas y redujera su vida toda a la denigrante mendicidad del favor de ese esperpento orgulloso que tanto se complacía, desde su altiva indiferencia, en hacerla sufrir viéndola postrada a sus pies. Si la naturaleza divina es un misterio —y el primero de todos si esa mezcla, naturaleza y divina, tiene sentido—, la naturaleza humana es una sima de cuyas profundidades emergen monstruos que se escapan a nuestra capacidad de comprensión y de domesticación: son las infinitas caras del maligno, a cual más horrible y perversa. Y el mal surge donde menos se espera, y de preferencia donde uno se siente más confiado, más seguro de estar fuera de su alcance. ¿Cómo iba a pensar ella que su destino de funcionaria, tras ganar a duras penas y repeticiones una oposición al cuerpo de administrativos, acabaría siendo el destino de su vida, el más malhadado de todos los imaginables, o al menos de los que yo puedo imaginar, desde la insegura firmeza de mi voto de castidad? La belleza es una posesión extraña, casi una lucha en realidad. Marga no era de las que poseía a su belleza, sino al revés, de las poseídas por ella. Y gran parte de su vida, si no toda, la organizó y consumió en función de esa servidumbre. No ignoro, al decir que éramos almas gemelas, que puedan parecer un torpe chiste mis palabras; pero por mi condición de Sierva de Cristo, que no pierdo ni siquiera en este destierro, porque no existe el divorcio en los desposorios con Él, sé con exactitud de lo que estoy hablando. Ya mientras vivíamos en casa, de jovencitas, Marga había convertido el espejo en su más íntimo amigo, y el más fiel también, porque siempre estuvo ahí, en la alegría y en el dolor, a su lado, dispuesto a reflejar la curiosa serenidad de la ebriedad de la belleza y también el desgarro insoportable de la resaca. ¡Qué terrible confusión! Ella misma me contó, nombrada yo su confesora, y convertida en falso escriño de sus desdichas, la de veces que había pasado por el trance angustioso y repulsivo de llorar frente al espejo con los ojos bien abiertos, no para deleitarse en la autocompasión, sino por la imposibilidad de cerrarlos ante él, el notario de su existencia. Observar las lágrimas; verlas descender por las mejillas; contemplar la mueca desgalichada de los labios, la frente fruncida en esa M montañosa que sólo la sonrisa, para entonces ya imposible, convierte en meseta; y soportar el rítmico hipillo suave que acuna los dolores como para hacerlos más propios. Y lo peor, la imposibilidad de moverse, de hurtarse a esa contemplación morbosa; como si mirar por entre las lágrimas el desgarro del alma tuviera la virtud de recoserla, de, por artes nigrománticas, devolverle su inconsutilidad bautismal. ¡Lo que ha llegado a sufrir! Ella que parecía predestinada al gozo. ¿Por qué tuvo que cruzarse en su camino ese hombre, esa nadería de persona que pareció haberla escogido a ella con la única finalidad de perpetrar la canallada de su refinada venganza! Sé que soy injusta, porque el dolor me hace serlo. Sé que Faustino, dentro de lo que cabe, que es bastante, no se merecía el final que tuvo. Porque no fue Marga quien lo mató. ¡Cómo podía haber sido ella, la pobre! Fui yo. Quizás sólo yo, tan fea como lo era él, tenía derecho a hacerlo. Con todo, estoy seguro de que él intuía lo que podía pasar, lo que acabó pasando. Había en su insolencia, en su arrogancia, todo el aire de un desafío que sabía que iba a perder; su comportamiento, aunque sujeto a un patrón caprichoso pero reconocible, traslucía una inconsciencia, una irresponsabilidad cercana al arrebato que sufren los ludópatas y que les vuelve capaces de apostar su propia vida con la incierta esperanza de obtener los favores del azar, como le sucedió a nuestro padre al poco de enviudar. Parecía que hubiera escogido la antítesis de lo que había sido toda su vida para ponerle fin, porque por la compulsión apostadora que padeció apenas tuvo que enfrentarse a la soledad. ¿De dónde surgió? ¿Acaso, por la responsabilidad familiar, la había reprimido y controlado durante toda su vida? Ni Marga ni yo nos explicábamos aquel arrebato, aquella pasión en la que se engolfó como... ¡Dios mío! ¡Si a ella le ha pasado otro tanto de lo mismo! ¿Qué ha sido lo suyo, sino lo más parecido a la locura repentina de nuestro padre? ¿A tanto llegan los parecidos? Porque era evidente que Marga había salido a él, y no sólo en el físico. ¡Qué juego tan extravagante, el de nuestras vidas entretejiendo la belleza y la fealdad para crear un tapiz absurdo! Porque absurdo fue el modo como Marga, desde que entró en aquellas oficinas siniestras en las que pareció abrirse a una vida absolutamente desconocida, acabó relacionándose con él. ¡Qué enternecedora historia de almas solitarias, de extremos que se tocan! No había persona en aquella sección de contabilidad que no se riera del infeliz Nefausto, así lo llamaban todos a sus espaldas, que trabajaba con ellos como un extraterrestre caído allí por azar: incomunicado, salvo las mínimas expresiones de la cortesía cotidiana para con sus compañeros de negociado. En estos años agitados que llevamos desde poco antes de la muerte de Franco hasta hoy mismo, tampoco se han escapado aquellas oficinas, a pesar de la seriedad que se desprende de su nombre, Delegación de Hacienda, del alboroto político y sindical que se ha apoderado del país y que Marga me contó con unos acentos de sorpresa y pasmo que casi convertían aquellas nutridas asambleas de protesta en una nueva Revolución Francesa, o casi. Ella era una espectadora, ajena a lo que no acababa de entender, y menos aún cuando los representantes sindicales se enzarzaban en reproches doctrinales y hasta insultos personales, como si no fueran compañeros. Pero más ajeno aún era Faustino, que ni siquiera asistía a las asambleas. Se quedaba en su mesa del negociado y, en vez de trabajar, sacaba un cuaderno y se ponía a escribir en él no se sabía el qué. Más de algún gracioso hubo que quiso desentrañar, sin permiso, aquel misterio; pero Faustino jamás descuidó cerrar con llave la cajonera de su mesa cuando se ausentaba, y al irse del trabajo siempre llevaba consigo su cuaderno como una mujer el bolso. Marga, ¡con qué compunción me lo contaba!, no tardó mucho en sumarse a las comidillas burlonas, y hasta crueles, que tenían a Faustino como objeto fácil de tan cruel desolladura. Y si le ganó un aborrecimiento tan profundo como después lo ha sido su insólita y extravagante pasión por él, fue debido a que no dejaron de comentarse durante mucho tiempo las miradas furtivas e intensas –«¡apasionadas!», decían para redoblar las risas del coro de maledicentes— que aquel ser solitario le dirigía. «La bella y la bestia», seguían riendo. Y Marga se unía al jolgorio general, sí, pero con la incomodidad que le producía verse asociada a aquel personaje estrafalario, a fuer de silencioso y huraño, amén de desconocido. Nadie, en efecto, recordaba haber tenido una conversación con él que hubiese durado más de treinta segundos. Marga lo negaba, pero tengo para mí que toda la atracción que supo ejercer sobre ella aquel estafermo anodino se basaba exclusivamente en lo misterioso de su proceder y en lo enigmático de su personalidad. Ocurre igual con las tentaciones del maligno: a veces se disfraza con una máscara que nos repele, pero no del todo; después, por la asiduidad del contacto o por nuestro buen natural, solemos comenzar a preguntarnos si no somos injustos y soberbios con esa persona, y acabamos acercándonos a ella con el vivo deseo de descifrar el misterio, de salir de dudas y, sobre todo, de reconciliarnos con nuestro humanitario sentido de la compasión. Faustino debió acabar siendo para ella ese enigma, la indescifrable inscripción sobre un estela milenaria que consume la existencia de un arqueólogo incapaz de arrancarle al pasado acaso una revelación intrascendente, porque es de sobra sabido que muchos misterios fascinantes no son, al cabo, sino el atractivo envoltorio de la nada más absoluta, del fiasco más completo. Que ella lo atrajera a él no tenía secreto alguno, estaba claro. Según Marga, fue la casualidad —esa torticera celestina de la que nunca nadie sospecha— la que los acabó uniendo. Antes, eso sí, tuvo que cumplirse la maldición inverosímil que parecía arrastrar mi hermana desde bien jovencita, cuando se dio cuenta —sin darle al principio excesiva importancia— de que todas nuestras amigas y conocidas iban desapareciendo de nuestras vidas porque comenzaban noviazgos que indefectiblemente acababan en boda, todas menos ella. Por eso, entre otras cosas, quiso salir de nuestro terruño y marchar a Barcelona para abrirse al mundo e iniciar una nueva vida. Lo decía con una ingenuidad de tal naturaleza que con mis poco años de convento y mis muchas lecturas parecía yo más al cabo de la calle de la vida que ella. En vano traté de persuadirla con el argumento de que ese mundo al que ella quería abrirse era el primero de los tres grandes enemigos del alma. Barcelona, por otro lado, ¿qué fue siempre, para nosotras, tan terruñeras, sino la encarnación más cercana de las bíblicas Sodoma y Gomorra? Para vestir santos ya me había quedado yo, eso era cierto; aunque me dolió el retintín del desprecio que advertí en sus palabras. No fue a conquistar la ciudad, sino como una víctima que se inmola a la gran diosa Urbe. Se fue convencida de que existía algo tal como una «nueva vida»; como si con la vida se pudiese hacer borrón y cuenta nueva. ¡Cuántas hermanas de religión han sufrido amargamente por la imposibilidad de desprenderse de su vida anterior! Sobre todo las que han profesado con cierta edad y tristes experiencias anteriores. Pero allá fue ella, dispuesta a demostrarme, ¿a mí o a ella misma?, que mis miedos no tenían fundamento, y que ella era una chica normal, aunque sin suerte; que en Barcelona cambiaría su destino.

—También se te puede torcer —insinué yo.

—Pues ya vendrás tú a enderezármelo, hermanita.

¡Ay, Señor, cómo se me clavan ahora esas palabras en el corazón! ¡Y qué presentes las tuve cuando exigió, a través del mudo mensaje de su delirio, que la librara de sí, que detuviera aquel despeñarse continuo e interminable que la estaba consumiendo! No dejo de recordar, así mismo, lo mucho que se quejaba cuando, ya en Barcelona, con la oposición aprobada e instalada en un piso con otras compañeras solteras, se convenció de que le seguía pasando lo mismo de antes: las amigas iban dejando el piso a medida que se emparejaban y se casaban, o bien se trasladaban a un destino más próximo a su lugar de origen. Ella era la única que permanecía en el piso. Pero cuando la diferencia de edad entre ella y las nuevas hornadas de opositoras se fue ensanchando, tuvo que acabar buscando casa propia, apartamentito, en realidad. En él la visité varias veces, y allí fue donde le oí reproducir quejas viejas, de otra vida...

—Seguro que hay algo en mí que no está bien, Virginia, que algún defecto muy grande tengo que tener para que me pase lo que me pasa. Nosotros nos reímos del Nefausto, que decimos todos, pero me parece que a mí van a acabar llamándome la Amarga, te lo digo yo. ¡O la Amargá, que es peor! ¿Pero qué tengo yo para alejar a todos los hombres de mi lado? Ya, ya, ya sé que me vas a decir que les impresiona mi belleza; pero ya no me lo trago: alguna otra cosa tiene que ser, porque eso no tiene ningún sentido. Un trato superficial es fácil tenerlo con muchos, pero ninguno pasa de ahí. No sé, como si yo fuera una porcelana frágil y valiosísima, o como si todos supieran que ya estoy comprometida y temieran irritar a mi supuesto novio, o esposo; o como si yo misma creyera que intentaban seducirme, a pesar de mi compromiso. No sé lo que será, ¡pero los ahuyento!, ¡los espanto! ¡Ya no sé qué hacer! ¡Estoy desesperada! Y si es verdad lo que tú dices, ¡pues menuda cruz la mía, hermanita! Porque lo que no me sale es dar yo el primer paso. ¡Qué horror! ¡No lo quiero ni pensar! ¡Qué vergüenza! ¡Como si fuera una buscona, ¿te imaginas?!

A mí me costaba imaginármelo. Y cuando me acercaba a esa imagen truculenta la ahuyentaba santiguándome una y mil veces, y concentrándome en el pie desnudo de la Virgen sobre la cabeza triangular de la serpiente. Por aquella época yo creo que mi hermana tenía una noción bastante vaga de lo que fuera una buscona, y debía impresionarle mucha más la palabra que la realidad que designaba. La sensata educación que recibimos de nuestra madre fue un freno seguro que solo rompió, para desbocarse, cuando la desesperación de verdad —no esa protesta blandengue del decir por decir a la que ella era tan aficionada— le hizo perder la razón y la convirtió no en lo que más temía, sino en lo que desconocía, porque ni en la peor de sus imaginaciones pudo jamas concebir aquello en lo que se convirtió. Marga fue siempre muy débil. «Llegarás alto, chica», le habían dicho más de una vez, con ese convencimiento absurdo de que la belleza de una mujer es su mejor arma para triunfar en la vida. Ella sonreía un poco neciamente y lo negaba, como si hubiera tenido alguna oscura revelación del destino que la aguardaba. «Virginia sí que llegará alto: ¡a los altares!», era la broma inocente con la que ella se sacudía el halago empalagoso, y que a mí maldita la gracia que me hacía, la verdad sea dicha. Pero a buen seguro que un rincón oscuro de su corazón asentía a aquellos homenajes con la convicción de que se cumpliría la profecía. Lo que nunca hizo, sin embargo, fue fortalecer el temple para los tiempos de tribulación. Como tampoco se cuidó de poseer otras virtudes que la adornaran de forma imperecedera, porque aun a la más deslumbrante belleza le llega un momento en que languidece y, al cabo, se apaga. Por eso, sin duda, era tan vulnerable. No era coqueta, desde luego. Y sí sencilla. Pero en su sencillez, y hasta candor, se podría decir, había mucho de simplicidad. Con el paso de los años, no obstante, y por esa soledad a la que se veía forzada en aquella ciudad de perdición, su personalidad cambió bastante. Se volvió más sofisticada, e incluso, hasta que se derrumbó, parecía más fuerte, o acaso más dura, si no más desabrida. Poco a poco iba perdiendo la gracia espontánea de su natural y comenzaba a apoderarse de su mirada el sombrío destello del rencor. Pero antes de eso aún queda por contar, doctor, la manera como Faustino y ella, ¡infelices!, llegaron a relacionarse.

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Fecha de publicaciónAbril 2010
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