https://www.badosa.com
Publicado en Badosa.com
Portada Biblioteca Novelas Narrativas globales
12/16
AnteriorÍndiceSiguiente

El origen de la desesperación

Segunda parte

Capítulo IV

Musa Ammar Majad
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink

En 1978 Howard Nicholls publicó una extensa biografía de Sir Richard Francis Burton, en la que dedicaba un capítulo a las apreciaciones hechas por éste sobre el curioso libro Dir’. Hasta entonces nadie había escuchado del mencionado libro ni de las líneas que Burton le dedicó. Tres semanas después de la publicación, la muerte de Nicholls colocó fuera del alcance de los eruditos las páginas manuscritas de las que se deriva lo que sigue.

Hassán Ibn al-Sabbah verificó que no sólo los nombres se unen a las cosas, sino también las imágenes. Un nombre secreto y una imagen cualquiera —indicadora de una determinada cualidad única e irrenunciable— constituían la clave. Conocía su propio nombre secreto, podía utilizarlo uniéndolo con cualquier imagen, pero él deseaba morir. Dueño de las imágenes que proporciona el universo, se concebía, igualmente, dueño en potencia de cualquier cualidad. Sabía que no representaba un peligro para Dios: no podía suplantarlo, pues Él no tiene cara.

Es pura retórica lo presente en el intento de conjeturar los criterios de correspondencia entre las imágenes y las cosas efectuado por Rosselli.1 No así en las relaciones sugeridas por Al-Qazzaz sobre las lenguas. Uno de sus poemas da el indicio. Es la palabra muchas.2 Una persona, la imagen de un atributo —la flor por la belleza perecedera, la hormiga por la constancia, el león por la majestuosidad—, las muchas formas de nombrar ese atributo y el nombre secreto de la persona integraban la vasta tarea a la que el primer Jefe de la secta de los Asesinos se había consagrado en los treinta años de refugio. De ahí la enorme biblioteca; de ahí la ejecución de dos de sus hijos; de ahí la ciega obediencia de los devotos; de ahí el significado de la araña en la frente de Madre y su merecida ceguera; de ahí los manuscritos, guardas de múltiples nombres en torno a un solo nombre —el nombre secreto— y a una imagen central; de ahí los pájaros tatuados en el hombro derecho de las vírgenes.3

Al parecer, el orientalista Zacary Freeman, por su privilegiada amistad con Nicholls, accedió al legajo de las páginas de Burton, pues, intentado esclarecer lo de los pájaros tatuados, escribió:

Ciertas páginas me han sugerido otras relaciones. Recuerdo que los pájaros egipcios estaban íntimamente unidos a Heliópolis y que muriendo y resucitando eran símbolo de la vida en la muerte. Para crear una versión terrenal del Paraíso, las «vírgenes» debían tener materia como estos pájaros míticos; pero esa materia debía poseer la misma pureza que el espíritu: una materia límpida que no habría de alimentarse, que no habría de liberar excrementos, que no habría de envejecer. Ésa era la función de los pájaros tatuados, de los muchos nombres de las aves y del nombre secreto de cada «hurí», que sólo Hassán Ibn al-Sabbah conocía. Y todo ello es porque entre los atributos de los pájaros se cuentan el erotismo, la belleza y la espiritualidad ofrecida.4

El enfoque de tales relaciones se mantiene invariable en las páginas atribuidas a Burton, las cuales señalan:

Se comprende que solamente las palabras puedan unir a las cosas, transformando sus diferencias en afinidades. Los diversos sustantivos enseñan las maneras de nombrar una sola cosa y, de seguro, entre ellos se encuentra la raíz de su primer nombre: el nombre que empleó el primer ser humano bajo la tutela de Dios y que abarca todas las características de la cosa, es decir, el nombre perfecto. Todos los animales, nubes, piedras, árboles, lagos, todo lo que no es un ser humano, no fluye hacia un particular nombre secreto, dado por Dios. En ello radica la principal diferencia entre estos dos tipos de nombres.

Se sabe que a Burton le apasionaba el tema. En una carta indica que el primer Jefe de la secta de los Asesinos superó el mero acto de la escritura.

Fue un prolongador del fuego creativo en el común de las gentes. Acaso las palabras que más describan tan múltiple acto sean «et quanquan hi (Agesandor et Polydorus et Athenedorus Rhodii) ex Virgili descriptione statuam hanc formavisse videntur».5 Para comprenderlo mejor sólo hay que eliminar la frase parentética y sustituir Virgili por Muhammad y statuam por leyenda.

Para Nicholls resultaba claro que el Dir’ constituyera el alimento de esa pasión. En vano Burton recorrió las calles y mercados de Túnez con el deseo de encontrar algún manuscrito completo: el que poseía, indica Nicholls, sólo contenía los tres primeros capítulos. Algunos han señalado que la estructura del Dir’ es semejante a El jardín perfumado del jeque Nefzaoui —traducción realizada por Burton de la obra atribuida al erudito tunecino Shaykh Nefzawi, quien vivió en el siglo XVI— e, incluso, que aquél tiene su origen en éste. Nicholls no lo cree. Si bien se sostiene que ambas obras giran en torno a veintiún capítulos —es la leyenda; del Jardín se conocen veinte, del Dir’ los mencionados— con descripciones que en nada envidian a las del Kama Sutra y el Ananga Ranga, el Jardín reduce a la mujer a simple objeto y brinda al hombre ciertos tips para conseguir el mayor goce haciendo uso de ella. Aquí el sexo es una lucha con reglas hechas para un vencedor necesariamente masculino. Lo contrario sucede en el Dir’, de autor anónimo, que en cada capítulo da un ejemplo de Cómo el poder del placer es mayor que cualquier otro poder y Cómo la mujer se glorifica a través del ejercicio consciente e inconsciente del placer. Los tres capítulos que se conocen versan sobre Sardanápalo, Arquímedes y Harún ar-Rashid. Fue en un bazar de Argel donde Burton, hacia 1889, dio con el vigésimo primer capítulo del Dir’. Trataba de una «hurí» y su tragedia.

12/16
AnteriorÍndiceSiguiente
Tabla de información relacionada
Copyright ©Musa Ammar Majad, 2005
Por el mismo autor RSSNo hay más obras en Badosa.com
Fecha de publicaciónOctubre 2008
Colección RSSNarrativas globales
Permalinkhttps://badosa.com/n292-12
Cómo ilustrar esta obra

Además de opinar sobre esta obra, también puede incorporar una fotografía (o más de una) a esta página en tres sencillos pasos:

  1. Busque una fotografía relacionada con este texto en Flickr y allí agregue la siguiente etiqueta: (etiqueta de máquina)

    Para poder asociar etiquetas a fotografías es preciso que sea miembro de Flickr (no se preocupe, el servicio básico es gratuito).

    Le recomendamos que elija fotografías tomadas por usted o del Patrimonio público. En el caso de otras fotografías, es posible que sean precisos privilegios especiales para poder etiquetarlas. Por favor, si la fotografía no es suya ni pertenece al Patrimonio público, pida permiso al autor o compruebe que la licencia autoriza este uso.

  2. Una vez haya etiquetado en Flickr la fotografía de su elección, compruebe que la nueva etiqueta está públicamente disponible (puede tardar unos minutos) presionando el siguiente enlace hasta que aparezca su fotografía: mostrar fotografías ...

  3. Una vez se muestre su fotografía, ya puede incorporarla a esta página:

Aunque en Badosa.com no aparece la identidad de las personas que han incorporado fotografías, la ilustración de obras no es anónima (las etiquetas están asociadas al usuario de Flickr que las agregó). Badosa.com se reserva el derecho de eliminar aquellas fotografías que considere inapropiadas. Si detecta una fotografía que no ilustra adecuadamente la obra o cuya licencia no permite este uso, hágasnoslo saber.

Si (por ejemplo, probando el servicio) ha añadido una fotografía que en realidad no está relacionada con esta obra, puede eliminarla borrando en Flickr la etiqueta que añadió (paso 1). Verifique que esa eliminación ya es pública (paso 2) y luego pulse el botón del paso 3 para actualizar esta página.

Badosa.com muestra un máximo de 10 fotografías por obra.

Badosa.com Concepción, diseño y desarrollo: Xavier Badosa (1995–2018)