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El origen de la desesperación

Segunda parte

Capítulo I

Musa Ammar Majad
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Recién llegado a Buenos Aires en 1904, Luciano Michelleti comenzó a llenar un cuaderno que me hizo enviar antes de suicidarse. Acompañó el paquete con una carta en la que explicaba: «En Buenos Aires leí sobre todo aquellos libros en donde se le dedicaran líneas, si no páginas, al simple acto de llorar. Las lágrimas se presentaban por todas partes, me percaté e, incluso, llegue a clasificarlas.» Era cierto. En el cuaderno se leía: «La lágrima es un objeto natural, líquido y minúsculo, y, siendo más una reacción, sus motivos de aparición pueden diferenciarse: a) secreción natural del organismo, b) producto cultural, c) forma de placer, d) expresión religiosa, e) exaltación heroica».

Intentando acercarse a las lágrimas a través de la expresión verbal, con la imposibilidad de sustituir ésta por aquellas, a todas luces, tal interés por el llanto iba más allá de entenderlo como «cada una de las gotas del humor que segrega la glándula lagrimal, y que superabunda y vierten los ojos por causas morales y físicas». Era la necesidad de experimentarlo a toda costa.

Lágrimas de cocodrilo: las que se vierten aparentando dolor que no se siente.

Lágrimas de la aurora: las gotas de rocío.

Lágrimas de San Pedro: lluvia que suele caer el 29 de junio, festividad de San Pedro, o en los días próximos a él.

Arrancar las lágrimas.

Beberse las lágrimas: ocultar las penas.

Lágrimas ablandan peñas:1 la influencia del llanto.

Nada se seca tan pronto como una lágrima: inconstancia del corazón humano.

Las lágrimas figuran, especialmente desde el siglo XV, en los emblemas y divisas de varios personajes o en el simbolismo de distintos acontecimientos. Estas representaciones deben tener origen en las lloronas o plañideras que en la Antigüedad tomaban parte en los entierros y ceremonias fúnebres, o en los lacrimatorios2 que según la tradición servían para guardar las lágrimas de los parientes del difunto. Las manifestaciones de duelo por medio del llanto mercenario continuaron durante la Edad Media y, por entonces, se pusieron de moda las estatuas de lloronas y plañideras sobre las sepulturas, que son numerosas en las tumbas de los siglos XVII y XVIII. En iconografía las lágrimas son el carácter distintivo de ciertos personajes, como Jeremías, David y María Magdalena. Valentina de Milán tenía como emblema una cantimplora, y en el escudo de armas de los benedictinos de Saint-Douai figuran cuatro lagrimales, que quizá en su origen representaron los clavos de la Pasión.

Batalla sin lágrimas: Díjose de la que ganaron los espartanos en 367 a. C. a las tropas reunidas de los arcadios y los argivos, y en la cual los primeros no perdieron un solo hombre.

Quinta de las lágrimas: Coimbra.

Don de lágrima: 1) Aquella gracia sobrenatural q(ue) concede Dios a algunas almas en cuya virtud puedan éstas llorar con provecho del espíritu. Las lágrimas son la manifestación natural del dolor cuando no proceden de alguna enfermedad física y aun aquellas que provienen del gozo y del amor presuponen como nota Santo Tomás alguna mezcla de tristeza. Pueden ser: a) malas en el orden moral (origen vicioso: ira, desesperación, amor impuro); b) indiferentes de suyo (en un carácter tierno que fácilmente se impresiona y llora); c) lágrimas que son excitadas por un motivo sobrenatural (son las del Don de Lágrima, y se dividen en: activas —ascéticas—, pasivas —místicas—).

Belarmino, De gemitu columbae sive de dono lacrymarum.

Lágrimas Batávicas: Batávicas.

Lagrimable: Deplorable, digno de ser llorado.

Lagrimal: Órganos de secreción y excreción de las lágrimas.

Lágrimas: Líquido seroso, ligeramente salado y de reacción alcalina.

La secreción viene determinada por la excitación directa del nervio lagrimal, del ramo orbitario del maxilar superior y del simpático cervical. Estos nervios pueden excitarse también por vía refleja, como obrando sobre la mucosa nasal del propio lado. En estado normal la secreción de lágrimas ocurre por un mecanismo reflejo cuyo punto de partida consiste en la excitación de la cara anterior del globo ocular.

Acción de luz intensa sobre la retina.

Estados emocionales (la causa es desconocida).

Tos.

Formol. Ácido sulfuroso. Cebolla.

Vómito.

El paso de las lágrimas entre el párpado y el globo ocular se debe a la capilaridad (?) y resulta favorecido por el parpadeo.

Cautonner, L’Ophtalmologie du praticien.

Lacrimabundo.

Lacrimatorio: en el siglo XVI se designó con este nombre ciertos vasos de cristal o barro encontrados en las antiguas sepulturas romanas; por suponer que en ellos se recogían las lágrimas de los parientes del muerto y de las plañideras, enterrándolos después en las sepulturas con las cenizas del difunto.

Lacrimiforme: que tiene forma y figura de lágrima.

Las lágrimas de las Meleágrides y las Helíadas se transformaron en gotas de ámbar.

Para el momento en que comenzó la lectura de la sección dedicada a las enfermedades del globo ocular del Tratado de patología externa y de medicina operatoria, con resúmenes de anatomía de los tejidos y de las regiones, 1859, ya había explorado, con el fin de conseguir las tan ansiadas lágrimas, los caminos apuntados en su cuaderno: el vómito, la acción de la luz intensa sobre la retina, los estados emocionales, el dolor físico, la tos, la aspiración del formol, del ácido sulfuroso y la cebolla, mil veces picada hasta perder cualquier forma.

Leyó sobre un niño que vivió dos meses, y en el que «no se advertía rudimento alguno del aparato de la división (sic), ni aun los tálamos ópticos; no había glándulas lagrimales, y sólo existían los párpados y los conductos lagrimales». Luciano Michelleti sospechó entonces que, al igual que el mencionado niño, que carecía de glándulas lagrimales, presentaba una anomalía tanto en conformación como en función. Sin embargo, la deducción no lo confortaba. Dos páginas después leyó que en 1845 se registró en París la historia de una mujer de veintidós años que poseía tres ojos, de los cuales uno se ubicaba en medio de las dos cejas. Pensó con envidia en ella, que tuvo por fortuna poder llorar dos veces más una; la queja dio paso a la compasión, comprendiendo la razón por la que la infeliz mujer necesitaba de un tercer puente para el llanto: «Esta mujer ofrecía también dos filas de dientes en cada mandíbula y dos narices; pero cada nariz sólo presentaba una abertura situada debajo de cada uno de los ojos laterales.»

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Fecha de publicaciónJulio 2008
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