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El origen de la desesperación

Primera parte

Capítulo V

Musa Ammar Majad
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Valeria Silva Paz nunca había sido hermosa. Era, ciertamente, atractiva, pero no hermosa. De amplias caderas y busto prominente, estaba llamada sin dificultades a desempeñarse en la maternidad. Así lo vio Luciano Michelleti antes de contribuir para que la ejerciera. Fue en el hotel Cien Fuegos. «¡Viva Gómez y adelante!» gritaba la blanca y lisa superficie de la pared exterior. Caracas era entonces una ciudad sojuzgada bajo la indeleble presencia de frases como ésa, a pesar de que Victorino Márquez Bustillos ejercía la presidencia provisoria desde 1914. «¡Viva Gómez y adelante!» conformaba la materia de la que estaba hecho el destino del Benemérito General (siempre con mayúsculas) Juan Vicente Gómez. «¡Viva Gómez y adelante!» eximía al Benemérito General (siempre con mayúsculas) Juan Vicente Gómez de cualquier escrúpulo por acaparar el poder desde 1899. «¡Viva Gómez y adelante!» imprimía en la persona del Benemérito General (siempre con mayúsculas) Juan Vicente Gómez la ausencia del cambio: un mando que duraría 27 años y una Constitución que sería reformada siete veces para adecuarse a las eventuales siete necesidades del dictador así lo indicarían. Para Luciano Michelleti aquella deplorable etiqueta no se confirmó antesala de bruma opresiva alguna. Resultó una pausa, si bien larga, fácilmente olvidable. Sobre todo al cruzar el vano de acceso y encontrarse a pocos pasos de La Apetecida, nombre con el que los hombres llamaban a Valeria Silva Paz.

—También la llaman La Inédita —explicaba siempre, rijoso, el administrador del hotel, si no sucedía que señalaba a otras mucamas mientras seguía nombrando—, La Proclive, La Palmo y medio, La Perezosa, La Peregrina, La Clandestina, La Barbuda, La Peor es nada.

A Luciano Michelleti le pareció que tales sugestiones nacían para nombrar más a la fruta apetecible que custodiaban las femeninas entrepiernas que a la mujer. No se equivocaba. Dos años y medio llevaba trabajando Valeria Silva Paz en aquel lugar y en ese tiempo había tenido que sortear todo tipo de insinuaciones tenaces que sobreestimaban, pensaba ella, aquello que la confirmaba en su género. Por virtud de la fuerte barricada de sus convicciones, algunos llegaron a llamarla, más a la mujer que a la delicada abertura que llevaba entre las piernas, La Infranqueable. No fue el caso de Luciano Michelleti. Valeria Silva Paz lo condujo a la habitación, colocó las toallas en sus respectivos lugares, llenó la jarra con agua y le enseñó a encontrar la belleza en los lugares menos esperados. En la delicada curvatura del tobillo, en la luz que se colaba bajo la puerta con el único fin, se diría, de inundar la falda blanca sin un cuerpo, en el lunar que se insinuaba al inicio de la espalda para terminar siendo una realidad mayor, no consumible.

Amour, liebe, amore.

No la sola relación entre los sexos, la selección, la solicitud, la sensualidad. No la apetencia al dinero, a los libros, a la justicia, al bien, al trabajo, a la patria, al prójimo, a la vida. Sí el temor a la memoria, a esa fragmentación de espejos que se mal repiten como si recordar fuera más una conjetura que una presencia. Sí la llaga. Sí el pánico a reclamar dentro de años el recuerdo y a que éste ni siquiera asome o, peor aún, a que se altere. Porque un recuerdo sólo consigue concernir al último recuerdo pasado. Y de tanto añorarlo, pues ya lo hacía, condenaba al momento del que deseaba asirse a la extinción. Por eso Luciano Michelletti decidió abandonar Caracas. Un amanecer sin Valeria Silva Paz fue suficiente.

Aquella justificación yo ya la conocía. Desde el mismo momento en que Luciano Michelleti se enteró de mi nacimiento empecé a recibir sus cartas. Veinte años sin padre no fueron suficientes para odiar: meses después emprendí la ardua tarea de dejar a un lado el silencio para contar lo que conocía de mis dos décadas de existencia y ponerlo por escrito. Entonces escribía con un estilo distante, como si realizara una vivisección. «Es culpa de esa maldita profesión», me escribía mi padre, quien nunca le dio más reconocimiento a un periodista que a un cura.

Jamás llegué a pedirle a Luciano Michelleti que volviera a pisar Caracas o que le dirigiera una carta a Valeria Silva Paz. Sabía que nunca el Atlántico había tenido un sabor tan amargo para mi padre como después del viaje de 1916. Sabía que la pena, por un acto inmaduro, lo anegaba.

—Agradeció que lo entendieras —me confortó Walter Greene.

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Copyright ©Musa Ammar Majad, 2005
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Fecha de publicaciónMarzo 2008
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