https://www.badosa.com
Publicado en Badosa.com
Portada Biblioteca Novelas Narrativas globales
16/17
AnteriorÍndiceSiguiente

El tardío vuelo de la avucasta

Calosfrío

Dimas Mas
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink Ebook MapaSantiago de Compostela

Los volví a ver hace unos días, a la hora de mi paseo cotidiano, justo al caer la tarde, por los alrededores de la plaza de toros. Estaban tan envejecidos que me costó reconocerlos. Quizá «gastados» sea, sin embargo, el término más adecuado. E incluso «estragados», diría, por todos estos años pasados, y por su particular afición, a la que aún les supongo encadenados. No he cruzado la calzada para saludarles, pero tampoco me he escondido. Ellos, de todos modos, iban encerrados en sí mismos, ajenos a todo y a todos, como siempre si de paseo. Caminaban tiernamente cogidos de la mano, como un matrimonio bien avenido y aún, al cabo del tiempo, armonioso y feliz. Por tal deben de ser tenidos todavía en su vecindario, y como tal se me presentaron cuando, guiado por el anuncio que insertaron en uno de los diarios matutinos, los visité para convertirme en el huésped deseado.

Yo regresaba a N. después de bastantes años de andar de un lado para otro por toda la geografía patria; como si hubiera conquistado plaza de maquinista ferroviario, en vez de sedentario pedagogo. Hacía ya tiempo, también, que mi madre se había hecho a la soledad de su viudez y de ningún modo quería yo, aunque la hubiera recibido alborozada —supongo—, imponerle mi presencia; como tampoco, a pesar de su sincero ofrecimiento, convertirme en huésped indeseado en casa de mi hermano. Necesitaba, por otro lado, tener cuanto antes un domicilio propio; pero en el ínterin me satisfacía mucho más la idea de alojarme donde pudiera mantener cierta independencia e intimidad. No quería precipitarme a la hora de alquilar la casa «definitiva», porque para comprarla no disponía ni siquiera de los ahorrillos necesarios para la entrada. Tenía, pues, todo un curso por delante para encontrar con calma algo que me convenciera, una casa de la que pudiera decir que era mi morada.

Las condiciones, en ambos sentidos, que ponían y ofrecían los Asenjo me satisficieron. Querían un hombre soltero, entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años, serio y cristiano, y con un empleo estable. Ofrecían un cuarto individual soleado, pensión completa, cuidado de la ropa y «convivencia familiar».

La ubicación del inmueble, a un tiro de piedra del Instituto, y el precio ajustado, me convencieron enseguida. En cuanto a la «convivencia familiar», ya me las ingeniaría yo, pensé entonces, para evitarla. Así que me vieron, y mientras aún me estaban dando razón de su oferta, yo les parecí de perlas, pintiparado. Estoy convencido de que mi llamativa y casi escandalosa fealdad la tuvieron por inequívoca señal de seriedad, e incluso de hombría de bien; por más que yo siempre he pensado que es más fácil asociarme con la figura tradicional del aleve facineroso. Mis modales corteses y, por supuesto, la noticia de cuál era mi profesión, acabaron de persuadirles, como me lo confesaron, de que eran ellos los que podían considerarse afortunados teniéndome como huésped. Añadieron algunas zalamerías de comerciante antiguo y quedaron a mi disposición para cuando tuviera a bien trasladarme. Ni fue tampoco necesario —«¡Por Dios, quite usted, faltaría más!»— que adelantara, como suele ser costumbre, una fianza. Simplemente pagué el primer mes por adelantado.

Me trasladé, desde la pensión donde me había hospedado a mi llegada, ese mismo día. Lo encontré, como me aseguraron, todo dispuesto. La cena fue saludable y moderada, y la conversación del matrimonio discreta, nada inquisitiva. Me facilitaron llave de la casa y del portal, a pesar de que el sereno siempre estaba muy atento, y se retiraron pronto a dormir.

Su dormitorio y el mío eran piezas contiguas que se abrían al pasillo, frente al cuarto de baño. En uno de los extremos del corredor estaba el salón comedor, junto a la cocina; y al otro, unas habitaciones «reservadas». Durante la cena insistieron en que, si era de mi gusto, utilizara el salón para trabajar. Les tomé la palabra, dada la contigüidad de los dormitorios, y así lo hice desde que empezó el curso. En la casa no había radio ni televisión y ellos, me dijeron, eran personas de costumbres silenciosas. Podía confiar, insistieron con empalagosa amabilidad, en que no me importunarían.

Y así fue. Durante el primer trimestre apenas sí tuve conciencia de que en la casa habitábamos tres personas, aunque casi cada día nos veíamos dos veces, para comer y para cenar. Eran, en efecto, personas silenciosas, excesivamente silenciosas. Dentro de casa siempre calzaban zapatillas, y me resultaba imposible saber si iban o venían, o siquiera si se movían, a no ser que cruzaran por delante de mí, tiraran de la cisterna, abrieran un grifo o algo se les cayera de las manos; porque de los picaportes y de los goznes de las puertas jamás se escapó ni el más leve chirrido.

¿Por qué comenzó a parecerme extraño el matrimonio Asenjo? ¿Por qué cada día, tras el primer trimestre, veía con más aprensión e inquietud aquellas «habitaciones reservadas»? Había algo de fantasmagórico en el silencio de aquella casa, y mucho de sospechoso en las no anodinas, sino inexistentes costumbres del matrimonio: no leían, ella no cosía ni hacía punto o ganchillo, no jugaban a las cartas, ni a las damas, no pintaban acuarelas o láminas al carboncillo, no escribían ni hacían crucigramas, tampoco había en el piso plantas de interior de las que ocuparse o una jaula con jilgueros o canarios, tan necesitados siempre de cuidados, ni había, por lo menos a simple vista, álbumes de fotos en los que evocar el pasado, o un viewmaster con exóticas vistas geográficas, zoológicas o urbanas: nada de nada. ¿En qué mataba el tiempo el matrimonio, aparte de las obligaciones de la intendencia y el paseo vespertino, al que inevitablemente salían, fueran cuales fueran las circunstancias metereológicas?

Obsedido, quizás, por esas reflexiones, comenzó a inquietarme una peculiaridad suya a la que, hasta entonces, no había prestado atención: iban juntos a todas partes. Hice memoria y, efectivamente, no podía recordar ni un solo momento en todos los días del trimestre en que me hubiera cruzado o hubiera estado sólo con uno de los dos. Juntos hacían la comida, juntos recorrían el pasillo, juntos iban al lavabo, juntos se sentaban en el sofá durante el café de la sobremesa, juntos salían a la calle de compras, juntos, por supuesto, salían a pasear, y juntos también se retiraban a dormir. ¿Distorsionaba la memoria, por acumulación, mi percepción de aquella peculiaridad? ¿Cómo, así pues, me pasó desapercibida entonces y ahora se me aparecía casi como la manifestación apodíctica de unas vidas perturbadas mentalmente? Incluso sus perennes sonrisas amables se me antojaron las muecas traidoras de los siniestros chinos de película: esas en las que se lee con claridad su pensamiento retorcido, ideogramático: yo sonleíl, cablón, pala luego tu llolal en el telible potlo del tolmento, jli, jli, jli..., o algo así.

A medida que avanzaba el nuevo año, iniciado con ese mal pie de la sospecha permanente, la extrañeza devino obsesión y ahí se acabó mi tranquilidad de espíritu. Todo se volvió, desde ese momento, un disimulado indagar en busca de la solución del misterio que se me ocultaba. En mi afán pesquisidor llegué, de noche, hasta a auscultar a través de la pared, ayudado por el vaso de la mesilla, los ruidos que, del otro lado del tabique, me permitieran elaborar alguna conjetura. Lo hice porque cierta noche, hacia finales de enero, creí oír unos gemidos ahogados, acaso un llanto reprimido, como el baldío intento de sofocar un dolor irreprimible, un dolor lancinante.

Después de aquella noche, curiosamente, cambió el signo de las breves conversaciones que manteníamos durante las comidas. De interesarse por mi actividad profesional, sobre la que no tenía reparo alguno en informarles exhaustivamente, pasaron a interesarse por mi vida amorosa, con idéntico deseo de saber de ella con pelos y señales, aunque yo no disimulé los serios reparos que tenía para complacerles. No sólo cambió el tema de conversación, en el que entrábamos muy poco a poco, sino que también ellos, en su aspecto físico, cambiaron notablemente, como si pusieran todo el empeño del mundo en ofrecerme la más cuidada, pulcra y atractiva de las presencias personales posibles. Apareció, por sintetizarlo a modo de calambre, el color. Hasta ese momento, tanto ellos como yo habíamos vestido con unos grises y negros que se compadecían estrictamente con la seriedad que ofrecían y requerían en su anuncio. Desde que apareció el color, la señora Asenjo paseó por la casa un permanente jardín botánico y su marido, siempre junto a ella como iba, un horizonte azul, blanco o crema. Yo permanecí fiel a la discreción de mis grises profesorales.

¿Habría acabado, se me ocurrió, el periodo de observancia de un luto? De momento no daba con otra explicación más satisfactoria. Después sí. Pero eso tiene que ver, ya, con el final de la historia de aquel año de pupilaje, final al que enseguida llegaré.

Una tarde estaba yo trabajando en el salón comedor cuando, como de costumbre, la pareja se acercó a despedirse ceremoniosamente: salían a dar su paseo, a cumplir su rito. En cuanto oí, y a fe que tuve que esforzarme, el suave golpe de la puerta al cerrarse, corrí a pegar el oído contra ella para cerciorarme de que, en efecto, bajaban por las escaleras camino de su recreo.

Con absoluta tranquilidad, el paseo no duraba nunca menos de hora y media, a veces dos, podía llevar a cabo las averiguaciones que me proponía hacer. En primer lugar me acerqué a las habitaciones reservadas, pero, después de forcejear un buen rato con el picaporte de cada una de ellas, me convencí de que si no las forzaba habría de permanecer, contrariado, en la misma ignorancia, y seguí en ella. Busqué consuelo para mi decepción en la inspección de su dormitorio, pero tampoco encontré nada singular, ningún indicio que saciara mis sospechas o que, como un emético, me obligara a vomitarlas. A pesar de no haber encontrado nada, lo cual abonaba la segunda opción, me resistía a desobedecer mi intuición, mi instinto. Sólo una cosa me llamó relativamente la atención, pues no le di la importancia que luego, bastante más tarde, comprendí que sí tenía: sobre el cabezal de la cama, en vez del típico crucifijo o una virgen, colgaba de la pared una representación del Cristo atado a la columna en la escena evangélica de la flagelación. Encima del chiffonier, y en lugar del previsible, del casi obligado retrato de boda, un marco liso, austero, bañado de plata, contenía una lámina en la que se representaba a San Sebastián, todo él, preceptivamente, atravesado de flechas. Y, finalmente, en una de las paredes laterales, justo en el hueco que quedaba entre el oscuro armario ropero y la jamba de la puerta, completaba el tríptico martirológico un cuadro de Santa Águeda, quien, no menos preceptivamente, llevaba en una bandeja la plural ofrenda de sus pechos rebanados. No se me ocurrió sino pensar, a la vista de aquel santuario, que unas miraditas a ese tríptico antes de conciliar el sueño deberían bastar para provocar las más «moviditas» pesadillas; aunque también es cierto que ninguna de las caras de los mártires manifestaban el dolor que debía derivarse de sus suplicios; antes bien, todo lo contrario: traslucían sus facciones un gozoso estado de complacencia, de dulce beatitud y contemplativa serenidad. No le di importancia, repito, porque la existencia de tales láminas era indiscutiblemente congruente con la cristianía exigida en su anuncio al huésped deseado. A lo que no me atreví fue a abrir el armario o los cajones de la cómoda.

Regresé al comedor y seguí trabajando. Intuí, vagamente, que las semanas siguientes traerían más de una novedad, y no me torturé por conocer cuál sería el signo y el contenido de las mismas. «El tiempo dirá», me dije, con la fe ciega que en ese dios implacable manifiesta el lenguaje coloquial, pues el tiempo no sólo dice, sino que también cura, borra y hasta son cosa suya las cosas que pasan.

Supongo que la estrategia seductora de Esperanza, y no sólo el haberme cruzado con ellos, me ha movido a recordar aquel año que fui huésped de los Asenjo. Porque Dolores, poco después de embutirse en el color, coloreó también sus actos, cada vez más audaces, de provocación sexual, pues no de otro modo podían ni debían entenderse aquellas insinuaciones, roces, indirectas, furtivos tropiezos y encendidos elogios a mi «apostura». Que su marido contemplara indiferente aquellas manifestaciones, e incluso que ambiguamente las estimulara, no pudo por menos que confundirme y darle bulto a la hasta entonces mera silueta del gato encerrado que había en aquel comportamiento tan extraño de la pareja.

Apenas recordaba ya los gemidos de noches atrás, cuando de nuevo volví a oírlos, esta vez amplificados. Logré, incluso, descifrar algunas frases aisladas. Todas ellas eran súplicas para que Lorenzo o bien no hiciera lo que amenazaba con hacer, o bien lo hiciera con mayor intensidad y dedicación. Aislados, así mismo, me llegaron, y con mayor nitidez, algunos insultos escupidos como precisos golpes de platillos en una sinfonía. Un sonido restallante, como de una bofetada, o de una correa flagelante, me predispuso para meterme donde no me llamaba: en medio de una trifulca matrimonial, insólita en aquella casa. De repente, aquel amortiguado jaleo —yo tenía el oído contra la pared— se transformó en un silencio atravesado de jadeos casi imperceptibles. Sonreí. Ningún polvo les sabe mejor a los amantes que el de la reconciliación tras un altercado. No me era ajeno el conocimiento de que algunos amantes los provocan adrede para saborear mejor esas mieles de la ternura que suceden a las acritudes del desprecio.

—Tendrá que disculpar a mi señora, hoy no se encuentra bien —me dijo Lorenzo Asenjo mientras dejaba el servicio del desayuno sobre la mesa—. Y también este desayuno improvisado.

—Si puedo hacer algo por ustedes: avisar al médico, ir a la farmacia, en fin, lo que necesiten...

—No es nada de cuidado, una simple jaqueca, aunque dolorosa. En cuanto a la comida...

—¡Por favor, no se preocupe, de verdad! Comeré fuera. Precisamente hoy había de salir a hacer unas compras de material escolar.

—Nos apena causarle este trastorno.

—Ninguno, don Lorenzo, ninguno. Ya me hago cargo. Preséntele usted mis respetos y llévele mis mejores deseos de que se recupere. Cuando vuelva, y si mi presencia no la importuna, pasaré a visitarla, ¿le parece?

—Será un placer.

Desde nuestra primera entrevista, y a pesar del «trato familiar» que ofrecía el anuncio, nuestras conversaciones mantuvieron siempre una añeja formalidad, una protocolaria urbanidad trufada de remilgadas y trasnochadas expresiones de cortesía. Al principio me empalagaba, y después acabó por gustarme: había en ello algo de representación teatral, ¡y son tan contadas en nuestra vida las ocasiones en que podemos conducirnos teatralmente con absoluta sinceridad, sin doblez ninguna!

Volví a media tarde, cansado de buscar y no encontrar un encarecido manual de ortografía. Lorenzo salió enseguida a recibirme y a recordarme mi promesa de visitar a la enferma, quien, según me dijo, se mejoró mucho con sólo oírla. Su mansa obsequiosidad —insistió en llevarme la pesada cartera y me ofreció un café con leche «acabadito de hacer»— abonaba el terreno para solicitar un favor al que ¿y por qué no? accedí: hacerle compañía a su mujer mientras él salía al paseo, hoy mucho más corto, por supuesto. El paseo diario, se vio obligado a dar una explicación, formaba parte, para ambos, del orden de las necesidades básicas, ni más ni menos importante que otras como el alimento, el vestido o la higiene bucal.

—Mi señora ha insistido, porque yo estaba dispuesto al sacrificio de renunciar a él; ha insistido, digo, en que saliera. Ella estaba segura de que a usted no le importaría hacerle compañía por una hora, y así ha resutado ser, por lo cual le estoy profundamente agradecido.

—Ha hecho bien en insistir. Vaya usted, don Lorenzo, vaya. Yo se la cuidaré como si usted mismo fuera, pierda cuidado. La compañía de su señora de usted es, además, la más grata y placentera posible. ¿He de suministrarle algún medicamento?

—No, no, ya está en vías de franca recuperación. Ha sido un achaquillo pasajero. Nada que el descanso, la poca luz y un día de moderado ayuno no puedan curar.

El dormitorio, en efecto, estaba en penumbra y apenas pude fijar con nitidez las facciones de la enferma hasta que mi retina se acomodó a las sombras relajadoras. Yacía en el lecho, con los brazos bajo las sábanas y casi medio rostro tapado por el embozo.

—Lolita, mira quién está aquí, quién ha pasado a verte —le dijo cariñosamente, como si yo fuera una visita que no soliera frecuentar la casa—. Acérquese, don Antonio, venga...

Así lo hice. Dolores sacó una mano que me tendió desmayadamente, mientras que con la otra doblaba hacia abajo el embozo para liberar el rostro, y yo se la besé con la cortesía de un vetusto coronel austrohúngaro, o poco menos. Después de intercambiar las frases rituales en estas circunstancias, ella pidió a su marido que corriera ligeramente la cortina, que ya se encontraba mejor y la escasa luz del atardecer no la molestaría. Quedamos, mientras Lorenzo cumplía la petición de la enferma, los tres en silencio, y yo consideré, para mis adentros, la expansión afectuosa del marido para con su esposa: la primera a la que me era dado asistir desde que vivía con ellos. Hasta ese día, el trato entre los esposos no había diferido en nada del que a mí me dispensaban, de ahí mi sorpresa al contemplarlos en una relativa intimidad. Con la luz dorada que penetró en la estancia pude apreciar, efectivamente, que Dolores no se encontraba bien: la jaqueca le había dejado unas ojeras y unas bolsas en los párpados que contrastaban con una palidez muy acentuada. El esposo se despidió casi inmediatamente, y Dolores y yo quedamos solos en el dormitorio.

Cuando juzgó que su marido ya había salido, Dolores se echó a llorar, a sollozar en realidad, aunque de sus esfuerzos por hacer verosímiles los sollozos me di cuenta mucho más tarde.

—¿No se encuentra bien?

—Ahora sí —pudo articular con cierta dificultad.

—¿Por qué llora, entonces? —pregunté con tonos paternales, muy fuera de lugar tratando con alguien pocos años mayor que yo; pero eso tiene mi profesión: se acaba viendo a todo el mundo como chiquillos, y hablándoles como a tales en cuanto uno se descuida.

—¡Ese hombre va a acabar conmigo, Antonio! —explotó por fin.

—¿Don Lorenzo? —me quedé absolutamente sorprendido, sobre todo después de haber contemplado el mimo con que la trató cuando me condujo a presencia de la enferma—. ¿Su marido? —apostillé ingenuamente, como si la vinculación conyugal fuese un seguro contra las desavenencias; siendo, como es, justo lo contrario, su frágil espoleta.

—El mismo —asintió. Hizo a continuación una breve pausa, se incorporó hasta sentarse, echándose por los hombros una toquilla que tenía sobre la colcha, y después palmeó con la mano sobre el colchón, en un hueco que hizo para mí, tras correrse ella hacia un lado—. Ven, siéntate aquí, cerca de mí.

—La verdad, doña Dolores, no sé si debo... —pretexté sin demasiado convencimiento y casi levantándome ya de la silla donde estaba antes de que ella expresara su deseo.

—Ven, por favor —volvió a tenderme la mano, aunque de un modo, y con una secreta intención, muy distintos de los de hacía unos momentos—, y no me llames Dolores, llámame Lola...

—Pues yo seguro que no me llamo Francisco... —le contesté, después de hacerle caso y haberme sentado junto a ella tomando, con caritativos modos de consolador de enfermos, su mano entre las mías.

Ella se quedó muy sorprendida con mi réplica, y yo, a mi vez, con su sorpresa. Tardé un poco en reaccionar y recordar que en aquella casa no había radio, ¿nunca la habría habido?, y que por esa razón Dolores no podía saber que acababa de recitar un verso de una tonadilla muy popular algunos años atrás.

El tuteo que anulaba las barreras protocolarias que nos separaban me sorprendió menos, teniendo en cuenta las insinuaciones de semanas atrás. Algo más sí que me llamó la atención la mezcla de ardor pasional y de desvalimiento que buscaba compasión con que requirió mi presencia cercana y el contacto físico.

Le confesé, claro está, que no creía en absoluto capaz a don Lorenzo de infligirle los malos tratos de que ella se quejaba. Y mucho menos después de las «buenas relaciones», enfaticé, que mantuvieron la noche pasada, con perdón de la indiscreción involuntaria...

—Pensando en ti, Antonio, ¡te lo juro! —dijo arrebatadamente, juntó su mano libre con las tres que ya estaban unidas, justificándose como si yo fuera su amante habitual, un amante celoso, además...— Pensando en ti...

—¿Se encuentra bien, Dolores? —quise hacer un último intento por comprobar si todo era un delirio producido por la fiebre o, si por el contrario, yo había sido capaz de suscitar aquella exaltada pasión que me manifestaba—. No comprendo nada de nada...

Se soltó de mis manos y elevó las suyas hacia mi cuello y mi cabeza, donde las desplegó como el primer frente de la acometida besucona que inmediatamente le seguiría. Primero fueron esos besos nerviosos de quien recupera con vida a un familiar de entre los escombros urbanos de una catástrofe sísmica y parece querer comprobar su integridad física con los labios; después, dos o tres besos desmayados, sobre los párpados y los labios; y, finalmente, un morreo de hambrienta, de los que poco falta para que sangren las encías reventadas mientras la lengua te penetra hasta casi tocar en la campanilla el Himno a la alegría. Aguanté la acometida con bastante naturalidad y me gustó el modo como Lola, sin perder un compás por arriba, me sacó la flauta del estuche por abajo. Recogió, entonces, la lengua en su guarida y, retirándose un poco hacia atrás, sin dejar de sostenerme el falo con la mano ajustada a él, los dedos como un adorno de brazaletes paralelos, me dijo:

—Pues yo creo que comprendes todo de todo...

¿Dije acaso que yo no era de piedra? ¿O que si me hacían cosquillas yo me reía? ¿O tal vez que para esos saberes no era mi carne de las menos empollonas? Hubiera dicho lo que hubiera dicho ella se sonrió y se inclinó, reverentemente, para buscar con los labios entreabiertos la embocadura del instrumento. Así que me engulló y comenzó a succionar ávidamente, yo le busqué los pechos sobre el camisón, primero, y luego los pezones, pero cuando aún ella no había atacado, como quien dice, el tema principal, noté que empezaba a clavarme, muy lentamente, los dientes. Al principio creí que se trataba de uno de esos arrebatos tan propios de la antropofagia que impele a los amantes, pero enseguida percibí que aquella presión dental llevaba las trazas de convertirse en un soberano mordisco emasculador. ¡Vamos, que ya lo estaba siendo!

—¡Lola! —la zarandeé por los hombros para detenerla, pero siguió apretando como si mi aviso no fuera con ella— ¡Lola, hostias, que me estás haciendo daño! —y ella nada, aferrada como un bulldog al cuello de su enemigo, del que no se suelta así sea el que lo zarandea tres veces más corpulento—. ¡Pero leche, Dolores, ¿se ha vuelto loca?!

Traté de apartarla y no lo lograba. Instintivamente recurrí a la ley del Talión y apresé en las dos tenazas huesudas de mis dedos índice y pulgar sus pezones. Asustado de mí mismo, pero acuciado por el insoportable dolor de aquel mordisco rabioso, retorcí aquellas cumbres oscuras con cuanta fuerza tengo, como si de atornillar en la pared una alcayata rebelde se hubiera tratado. El efecto fue sorprendente y fulminante. Lola relajó las mandíbulas para exhalar un quejido —¡no de dolor, sino de placer!— intenso y lo bastante duradero como para que, en ese instante, pudiera yo liberar mi miembro, tirando de ella por los pechos hacia arriba y luego empujándola contra la almohada. Me desentendí de aquel rostro de ojos cerrados y expresión complacida, y me concentré en el compasivo examen de mi miembro agredido: allí estaban, en efecto, las incisivas señales de una dentadura diríase que cuidada con esmero para semejante menester: una cadena de llaves ortográficas perfectamente identificables, con brazos en los que ningún desnivel, ninguna quiebra, indicaba la existencia de alguna irregularidad en la alineación de los torturadores marfiles.

Cuando superé, porque se extinguió, el dolor y también el impulso vengativo, me volví hacia Dolores y la encontré con el camisón bajado hasta la cintura, la cabeza recostada sobre un brazo doblado y la mano del otro haciendo ochos infinitos sobre sus pechos. Me miraba sonriente, satisfecha. Deshizo sus dibujos matemáticos y me cogió por la nuca, su brazo como un bastón animado, casi el cayado de Aarón. Me llevó hacia sus pechos, después de haberme hecho hacer un alto brevísimo sobre sus labios, mientras me decía, implorante:

—Véngate, Antonio, véngate: arráncame a mordiscos estos pezones...

Yo se los chupeteé, mamé, azoté, estrujé con los labios, y señalé con los dientes, como los lobeznos en sus juegos, el amago del mordisco; pero sólo de imaginar que pudiera hundírselos en aquella carne blanda, aflanada, me recorría la espina dorsal un calosfrío como si una garlopa me rebajara las vertebras de la columna... De bruces yo todavía sobre aquellas montañas oscilantes, ella insistía:

—¡Muérdeme, Antonio, muérdeme!

De pronto se interrumpió bruscamente y me golpeó dos veces con la mano sobre la cabeza, advirtiéndome de lo que yo ya había oído: un golpe de puerta y un tintineo de llaves, ambos suavísimos.

—¡Cielos, mi herm...marido! —rectificó en una décima de segundo.

Yo quedé aturdido por la germánica semirevelación, y ella me urgió, mientras se subía el camisón con agilísimos movimientos, a que la imitara, pues aún exhibía, por la bragueta abierta, la flauta mordida y doliente, aunque enhiesta.

Sí, aquella tarde-noche fue la primera y única ocasión, en el curso de mi asendereada existencia, en que oí el «¡Cielos, mi marido!», salida que yo había tenido, hasta ese día, como tópico y exclusivo recurso del vodevil. En absoluto ajeno, sin embargo, pensé después, a los decimonónicos modos teatrales de relación que manteníamos entre los tres; por más que en modo alguno se aproximaran al espíritu festivo y burlón del género de marras, o del subgénero, que va en gustos.

Lorenzo se acercó a nosotros. Yo, ya, de regreso en mi silla. Dolores, tapada como una beduina.

—¿Se da cuenta, don Antonio, lo bien que su compañía le ha sentado a mi esposa? Si hasta tiene otro color de cara, como un amejoramiento súbito...

—Bueno, si me lo permiten, y ahora que ya está usted aquí, yo tendría que acabar de corregir unos ejercicios...

—¡Por Dios! Ya se sabe: la obligación antes que la devoción...

—Sí, vaya —añadió Dolores— pero sepa, antes de irse, que, como bien dice mi marido, su compañía me ha sido tan placentera como, al parecer, benéfica; porque no es sólo que lo parezca, sino que realmente me encuentro mucho mejor.

—Su amabilidad es excesiva, doña Dolores, exagera usted...

—Todo lo contrario, ¿verdad, Lorenzo? —y el hermarido asintió—. Si acaso, peco por defecto.

—Me abruma —dije con cierto retintín después de haber recogido la mano de la enferma, habérmela acercado a los labios y, amparado en un descuido de don Lorenzo, haberle dado un inmisericorde mordisco en los nudillos. Mordisco, por cierto, que ella recibió sin inmutarse, manteniendo la misma sonrisa bovina y extática en la que, más allá de un guiño cómplice, yo veía los nítidos perfiles de un reconcentrado y extraño placer perverso.

Dejé al ¿matrimonio? y me fui, tal como les había dicho, al comedor. Desplegué sobre la mesa los ilegibles ejercicios de la muchachada y me dispuse a la agridulce tarea de corregirlos. No pude. En cada línea que descifraba —porque si hay algún arte que haya desaparecido de sobre la faz de la tierra (tragedia sólo comparable a la desaparición constante de zonas forestales) ése no es otro que el de la caligrafía— se me aparecía el hermarido desconcertante y turbador, parpadeante como un rótulo luminoso; enigmático como los símbolos de los canteros medievales. Logré continuar con mi catoniana labor tras haber decidido que durante la cena intentaría provocar, dejando caer la confusión sanguíneo-sacramental como por descuido, la reacción de Lorenzo.

A la hora de costumbre, puntual como un novio suizo, apareció Lorenzo en el comedor.

—¿Le parece que cenemos?

—Usted dispone.

—¡Hoy tendremos que apañarnos como podamos! —me dijo con jovial complicidad, con la camaradería propia de nuestro sexo frente a las complicadas labores domésticas.

—Cualquier cosa, lo que haya.

Y lo que había era fiambre, queso, pan, vino, frutas y unos rosquitos de anís, recién comprados durante el paseo del que había regresado no hacía mucho. Habiéndome asegurado de que disponíamos de tomates maduros, insistí en preparar las rebanadas de pan al célebre estilo catalán: untadas con tomate —siempre fresco, nunca de conserva—; rociadas con aceite de oliva —nunca de soja o girasol—; y sazonadas con un poco de sal. Fueron de su agrado. Y claro que así pasaban mejor, e incluso que se comían más, claro. Me costó trabajo disuadirle de que no se pusiera a batir huevos para un par de tortillas francesas después de haberle dicho que éstas eran el contenido idóneo para tan rico y jugoso continente. Aproveché, pues, para mi propósito, la feliz circunstancia de sus elogios y le espeté:

—¿Y a su herm...esposa no le apetecería, quizá, una de estas rebanaditas con un poco de queso, o de jamón de york, por ejemplo, que es tan suave?

En ese punto se acabó la fiesta. El rostro se le transfiguró: sus ojos me miraron como miran los berbiquís a la madera, y en los labios se le cuajó una mueca tan rígida como la moral de un censor eclesiástico. Enseguida recuperó el empaque normal, aunque del gozoso brillo anterior de sus ojos no quedó sino un rescoldo mortecino.

Yo, sin embargo, estaba contento: había hecho blanco con el primer disparo: entre ellos, por lo tanto, existía un vínculo más poderoso que el matrimonial; un vínculo tabú que violaban, pues, sin pesar alguno, aunque con notable recato. Y nada se me daba a mí, a decir verdad, de tales violaciones, ni de ellas me escandalizaba, pues desde que salí, al albur de mi fortuna, en busca de aventuras, sólo uno entre semejantes tabúes, y ese cifrado, prevaleció para mí: de los quince años abajo, los cuerpos eran precintos inviolables; de ellos arriba, y siempre que la otra parte consintiese, ¿qué se me daba de cómo cada cual apagara sus ardores? La inconsciente revelación de Dolores me chocó porque, sencillamente, me cogió por sorpresa; no sólo no me la esperaba, sino que ni siquiera se me había pasado por la imaginación la posibilidad de considerar que su matrimonio fuera una máscara social.

Aquella noche hubo jaleo de nuevo. Al principio, voces; después, golpes. Yo me mantenía alerta e inquieto, y, en todo momento, auscultador. Los «¡te has vuelto loca!» y «¡qué vas a hacer!» no presagiaban, y no sabía yo por qué, una dulce reconciliación. De repente oí un soberano guantazo. Tan nítidamente lo percibí como si los imaginados contendientes reales mantuvieran su pugilato justo al otro lado de la pared medianera desde donde yo lo seguía, no sin cierto remordimiento por haberlo provocado. En el apogeo de la contienda, Dolores debió de escabullirse hacia la puerta y salir de la habitación dando el portazo que acababa de oír. Despegué vaso y oreja de la pared y me acerqué hasta la puerta para seguir el rumbo de aquellos pasos. Pronto lo encontré: Dolores casi me estrelló la puerta contra las narices al abrirla enérgicamente e introducirse, huyendo de la suya, en mi habitación. Ella era quien sí traía las narices rotas y salpicados de sangre el rostro y el camisón.

—¡No puedo más, Antonio, no puedo más! ¡Ese hombre va a acabar conmigo!

Yo la abracé, o la recogí, mejor dicho, pues fue ella la que se lanzó al refugio de mis brazos, sin cuidarme de que, al hacerlo, me iba a dejar la camisa hecha un asco; pero no estaban las cosas como para andarse con remilgos de pulcritud: Dolores era todo un cuadro doliente. Abrí mis brazos y la acogí con la protectora ternura de los patriarcas antiguos.

Lorenzo no tardó en secundar a su hermana y comparecer ante nosotros. Entró sereno. Dispuesto, parecía, a pedir disculpas por ella y, alegando cualquier excusa, llevársela de nuevo a la intimidad relativa de su dormitorio.

—¡No dejes que me lleve con él, Antonio! —me suplicó la mujer, escondiéndose detrás de mí.

—Ya sé, amigo mío —dijo el hermano, aún manteniéndose templado— que esta situación es muy violenta, y que no tenemos derecho ninguno a imponérsela. Así pues, permita que me lleve a mi mujer para que podamos, a solas, arreglar nuestras pequeñas diferencias.

—¡Tu hermana, sí, que no tu mujer, que se entere bien!

—¡Calla, zorra! —saltó Lorenzo hacia ella para darle un nuevo bofetón.

—¡Quieto! —lo paré en seco extendiendo los brazos y manteniéndolo alejado de su magullado objetivo.

—¡Aparta allá, Quijote! —comenzó Lorenzo a abanicarme la cara con puñetazos de aire, pues aún lograba yo mantener la distancia.

No sé si es que me fallaron las fuerzas o que Dolores se abrazó a mí y me descolocó, pero el caso fue que Lorenzo, finalmente, me alcanzó un cate de consideración en la mandíbula. Yo me cegué. Lo confieso con vergüenza, pues siempre he abominado de la violencia, y jamás, y mucho menos con los alumnos, la había usado. Pero aquel día me cegué, vaya que sí. Alcé la guardia y valiéndome —¡mayor vergüenza aún!— de mi superior envergadura y del recuerdo de las demostraciones de un alumno que luego llegó a púgil profesional, controlé las acometidas desordenadas del hermano y después, ya yo al ataque, le di una somanta de hostias que lo dejé hecho un cromo. La facilidad con que le estampaba mi manaza en la cara, o los puños en el estómago y los riñones acabó escamándome. Allí había consentimiento, me pareció... La lucha era muda, si salvamos los resoplidos y algún débil quejido tras un golpe limpio. Para huir del castigo, creí yo, Lorenzo se abrazó a mí, la cara de perfil contra mi pecho, y fue dejándose resbalar hasta prosternarse. Yo, desde luego, lo entendí como una capitulación en toda regla. Ahora bien, el restregarse el rostro contra mi bragueta, con un ardor de salido que se atreve a todo, aunque le vaya en el envite la descompostura del rostro, ¿qué clase de rendición era? Porque inmediatamente después se atrevió a bajarme la cremallera, buscarme la herramienta y ponerse a darle unas lengüetadas alsacianas que ya ya. Dolores, a nuestro lado, asistía muda a la mamada, pero enseguida se me colgó del cuello y comenzó a besarme mientras, con enérgicos rodillazos, trataba de apartar a su hermano. Todo mi temor, incapaz como era de expresarlo, porque la lengua de Lola me enmudecía, consistía en que uno de esos rodillazos le acertara en la mandíbula a Lorenzo y acabara yo llevándome un nuevo mordisco. Total, que haciendo un supremo esfuerzo, logré escaparme de las dos bocas y retroceder unos pasos. Desde esa mínima distancia, el cuadro era, como poco, sorprendente: Lorenzo, arrodillado. Lola, de pie. El rostro de él, una sinfonía de morados. El de ella, otro tanto, aunque con intensas pinceladas rojas. En ambos, sin embargo, la misma expresión del deseo desbocado.

—Hagámoslo bien hecho al menos, digo yo...

Impuse un armisticio que, como si los dos hermanos se hubieran confabulado para lograr ese objetivo con su compleja y violenta representación, aceptaron de inmediato, comenzando a desnudarse para, después, pasar al lecho y esperarme allí: tigres enjaulados para quienes no sabía si era, pensé mientras me desnudaba, un sangrante e inmenso tasajo de carne fresca, un rebenque ¡o un mangual!

En pocas ocasiones, aunque alguna hubo, ciertamente, me encamé con más de una persona. Me consta, además, que ésa es una de las secretas aspiraciones insatisfechas de gran parte del paisanaje de este país; como si ello significara, de conseguir hacerlo, haber llegado al límite de la experiencia sexual que a un persona le es dado vivir. Y contra un profundo deseo insatisfecho, la verdad es que de nada vale la experiencia ajena que le quite importancia.

Con los hermanos Asenjo no fue precisamente, la experiencia, un camino de rosas; antes bien una senda de crisantemos. Y no porque ellos no supieran hacerse a la situación —¡de sobra lo sabían!—, sino porque desde que me uní a ellos sobre la ancha cama de matrimonio comenzó un desaguisado de torturas y placeres tan inusual para mí como difícil de transcribir con todos sus detalles.

Nada más subir al lecho, Dolores se colocó entre Lorenzo y yo para que, él por detrás y yo por delante, así sin más, de pronto, y quizás porque la excitación la mordía con la urgencia de la repugnancia al vacío, la penetráramos al unísono. De costado, como todos estábamos, Dolores se abrazaba a mí y se estremecía con agitadas convulsiones, como si dos picanas eléctricas, y no dos vergas, la sacudiesen; refugiada su cabeza en mi cuello, en el que marcaba sus dientes inmisericordemente, yo me daba de bruces con Lorenzo, adherido como estaba, éste, a la espalda de su hermana. No había entre nuestras bocas otra distancia que la de los labios respecto a los propios dientes, más el abismo de la indecisión. ¿Quién lo atravesó? Estampó sus ásperos labios contra mi boca y al instante comenzó un desesperado batallar de lenguas sedientas que él acompañó con crispadas caricias sobre mi rostro mientras yo afincaba mi única mano libre en sus nalgas y, venciendo la involuntaria resistencia del costurón seco del esfínter, le introducía el índice hasta el nudillo. Dolores abandonó el cuello y trepó, lengüeteándome, hasta la oreja; allí se demoró intentando en vano penetrar con la lengua por tan estrecho canal como el del oído, hasta que después, más abajo, sus dientes hicieron presa en el lóbulo, al que martirizó unos instantes, moviendo las sierras de sus dientes en direcciones opuestas, para inmediatamente pretender que los cortantes marfiles se encontraran a través de mi uvular lobulillo. Sin necesidad de verlo, ciego como estaba en aquel acudir a tantas citas distintas, percibí nítidamente la violenta guerra que, por mi posesión, tenían entablada los hermanos Asenjo. Lorenzo intentaba apartar a Lola mediante sordas puñadas y ésta —en un escorzo barroco de auténtico contorsionista— trazaba, sobre el área de la espalda fraterna que alcanzaba su mano, cinco surcos profundos y heridores con sus uñas afiladas. Cuando el arado cultivador llegó hasta la nuca de Lorenzo, éste acusó el dolor apretando los dientes, igual que, resistiendo los empellones del puño contra su cabeza, hizo Dolores. Ambos, además, encontraron dónde hacerlo a gusto: el apretón de Lorenzo casi me seccionó la lengua que le tenía ofrecida; y el de Lola estuvo en un tris de hacer lo propio con mi lóbulo. Tardé lo que se dice nada en separarme enérgicamente de ellos y compadecerme de mi dolor a solas en un extremo de la cama. Enseguida Lorenzo desocupó a su hermana y, trepando por encima de ella, se llegó, solícito y ávido, hasta mi cintura, dispuesto a continuar la mamada que abandonó en el preludio. Quedé tendido boca arriba. Mientras Lorenzo, tendido a su vez sobre mí, me chupaba la verga con bastante más mimo del que Dolores lo hiciera horas antes, ésta se colocó, las rodillas a ambos lados de mi cabeza, sobre la perpendicular de mi rostro, con su vulva dilatada, trasminante y encarnada, encarada contra mis labios fatigados y mi lengua castigada. Agobiado como estaba por el peso de Lorenzo, le empujé por las nalgas hasta que conseguí que se aupara sobre las rodillas, lo que me permitió magrearle los truños y el quilate con desahogo, puesto que antes me los tenía clavados en el cuello y hasta me costaba trabajo respirar. Aprovechando el reacomodo, Dolores se inclinó hacia las nalgas de su hermano para, me pareció, pues en el curso de mi magreo tropecé varias veces con su lengua cuando pretendí acceder de nuevo al ojete del tafanario, buscar en éste la puerta expedita que no encontró en mi oído. Su sexo, por otro lado —el de mi boca—, había descendido hasta mí y, no satisfecha con los abaniqueos cipresales de mi lengua levantisca, se restregaba por mi rostro —desde el mentón hasta la frente— bañándome de flujo, fuego y una ácida fragancia seminal; y todo ello con tal intensidad que en modo alguno participaba yo de su placer y sí, con similar intensidad, de un conato de asfixia del que me liberé —y aún no sé si estoy, dadas aquellas circunstancias, arrepentido— agarrándome con los dientes a sus labios batientes. Los gemidos, los ayes, los mmms, los mases, síes y asíes, junto con el respingo que enderezó el cuerpo de Dolores hasta la vertical, apartándola del ano de su herm..., no dejaron lugar a dudas: gozaba; y yo, ajeno a mis primeros temores, aunque sin perderlos del todo, apretaba la tenaza de mis dientes hasta que sus romas coronas se juntaron. Lorenzo, espoleado a buen seguro por lo que se cocía a sus espaldas, y quizás intuyendo la fuente de placer de su hermana, cambió las dulcísimas succiones de su mamada por un sube y baja de intermitentes mordiscos que me movieron a estrujarle los huevos y el fuete como quien se ase a un clavo ardiendo para salvarse del abismo. Sobre mi rostro, llovido de flujo, y sobre mi pecho, en cuya pelambrera quedó suspendida, como un extraño rocío, la corrida de Lorenzo, se cumplió de modo absoluto —¡hasta para eso juntos!— el placer de los hermanos.

No hubo ni palabras, ni sonrisas, ni caricias, ni agradecimientos, ni explicaciones, ni despedidas. Deshicimos el relativo nudo de nuestros cuerpos y enseguida, amorosamente cogidos del brazo, los hermanos Asenjo volvieron a su cuarto. Yo, por mi parte, ni siquiera tuve que recorrer a jaculatoria o técnica antiorgásmica alguna: seguía aún, y como nunca después volví a estarlo, fríamente excitado.

Tampoco supe jamás qué se escondía tras las puertas de aquellas habitaciones reservadas; pero volví a leer, a menudo, su anuncio en los diarios.

16/17
AnteriorÍndiceSiguiente
Tabla de información relacionada
Copyright ©Dimas Mas, 2005
Por el mismo autor RSS
Fecha de publicaciónEnero 2007
Colección RSSNarrativas globales
Permalinkhttps://badosa.com/n270-16
Opiniones de los lectores RSS
Su opinión
Cómo ilustrar esta obra

Además de opinar sobre esta obra, también puede incorporar una fotografía (o más de una) a esta página en tres sencillos pasos:

  1. Busque una fotografía relacionada con este texto en Flickr y allí agregue la siguiente etiqueta: (etiqueta de máquina)

    Para poder asociar etiquetas a fotografías es preciso que sea miembro de Flickr (no se preocupe, el servicio básico es gratuito).

    Le recomendamos que elija fotografías tomadas por usted o del Patrimonio público. En el caso de otras fotografías, es posible que sean precisos privilegios especiales para poder etiquetarlas. Por favor, si la fotografía no es suya ni pertenece al Patrimonio público, pida permiso al autor o compruebe que la licencia autoriza este uso.

  2. Una vez haya etiquetado en Flickr la fotografía de su elección, compruebe que la nueva etiqueta está públicamente disponible (puede tardar unos minutos) presionando el siguiente enlace hasta que aparezca su fotografía: mostrar fotografías ...

  3. Una vez se muestre su fotografía, ya puede incorporarla a esta página:

Aunque en Badosa.com no aparece la identidad de las personas que han incorporado fotografías, la ilustración de obras no es anónima (las etiquetas están asociadas al usuario de Flickr que las agregó). Badosa.com se reserva el derecho de eliminar aquellas fotografías que considere inapropiadas. Si detecta una fotografía que no ilustra adecuadamente la obra o cuya licencia no permite este uso, hágasnoslo saber.

Si (por ejemplo, probando el servicio) ha añadido una fotografía que en realidad no está relacionada con esta obra, puede eliminarla borrando en Flickr la etiqueta que añadió (paso 1). Verifique que esa eliminación ya es pública (paso 2) y luego pulse el botón del paso 3 para actualizar esta página.

Badosa.com muestra un máximo de 10 fotografías por obra.

Badosa.com Concepción, diseño y desarrollo: Xavier Badosa (1995–2018)