https://www.badosa.com
Publicado en Badosa.com
Portada Biblioteca Novelas Narrativas globales
14/17
AnteriorÍndiceSiguiente

El tardío vuelo de la avucasta

Compañera te doy

Dimas Mas
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink Ebook MapaSantiago de Compostela

A Orencia la conocí de un modo rocambolesco, en una de esas inverosímiles piruetas del azar que en el momento de vivirlas nos parecen la más justa expresión del orden natural de los acontecimientos, de las manifestaciones de la vida; pero que, vistas en el recuerdo, revelan su verdadero rostro, su íntimo ser dado: la contingencia. Tan es así que la pluma parece que se me haya vuelto renuente, como si le repugnara haber de servir para describir unas circunstancias incongruentes con todo lo que ya se ha escrito con anterioridad. Y no se lo reprocho. Aunque no puedo yo, ni debo, amputar de esta historia el comienzo de su último tramo, angosta veredita que aún recorro, si bien presiento que no ya durante mucho tiempo. Quiero, en consecuencia, referir el principio, porque historias como la que tuve con Antonia son extraordinarias excepciones respecto de la severa rutina mortificante que comparto con Orencia; y también porque aquel principio nada tuvo que ver con lo que le siguió, con lo que aún le sigue. Mi vida actual escaso interés tiene para nadie, ni para mí mismo, porque jamás la rutina puede despertarlo: en la oscuridad absoluta y permanente no se produce ningún contraste capaz de atraer nuestra atención.

Hará unos quince años decidí, después de mi mes condal, continuar las vacaciones en Menorca, isla que reunía dos extremos bien conciliables: una prístina belleza natural, y una reducidísima oferta turística. Fue en el viaje de vuelta, sin embargo, cuando ocurrió todo.

Zarpamos a primerísima hora, por eso la cubierta pronto se despejó de los oteadores incansables a los que, a pesar de su gozosa vigilancia, como al acecho de lo insólito, la inmensidad repetida del mar pronto consiguió amodorrar. Se retiraban, pues, ciegos de sueño y mar, camino de las butacas o los camarotes donde descabezar el sueñecito matinal; donde reanudar, sin duda, el que fuera, unas horas antes, bruscamente interrumpido para poder llegar con tiempo al muelle.

Sólo ella —y yo que la observaba, por supuesto— permanecía en cubierta, acodada sobre la barandilla, en la amura de estribor, muy cerca del portillo al que se ajusta la pasarela de entrada y salida de la nave. Fumaba. Y lo hacía con esa compulsión nerviosa con que sólo a las mujeres he visto hacerlo: consumiendo el cigarrillo con rapidísimas bocanadas que no pretendían sino sacarle al venenoso cilindro cuanto humo potencial contenía, y nada en absoluto del supuesto placer del viejo cuplé.

Aparentaba cuarenta y algunos años, y conservaba un físico bastante atractivo. Vestía bien, e incluso con elegancia, aunque no sea yo muy ducho en conocimientos de esa naturaleza. En su rostro se apreciaban unas profundas ojeras, más acentuadas por la falta de pinturas cosméticas y por las bolsas que delataban un arrastrado desasosiego, quizás resuelto, de vez en cuando, en llanto; sólo en sus uñas, las de los pies y las de las manos, quedaban restos de esmalte rojo, aunque muy deteriorado. Ni una sola vez mientras estuve observándola desvió su atención del monótono paisaje líquido, aunque daba todita la impresión de tener la vista perdida. No se advertía en ella ninguna crispación. Y eso es lo que más me llamó la atención: la curiosa mezcla de aparente desasosiego y controlada intranquilidad.

Todo lo que ocurrió sucedió súbitamente. Yo me había girado hacia la proa, atraído por unas risas juveniles que me trajo la brisa —en medio de la contemplación de aquel cuadro estático: mar y mujer— como una sal nueva; y cuando me volví, para seguir ejercitando mis escasas dotes hermenéuticas, en el lugar de la mujer sólo quedaban, tirados en el pasillo, un bolso y una punta de cigarrillo aún humeante. Di cuatro zancadas y miré por la borda hacia abajo: aún no se había hundido del todo. Con cuanta voz pude robar a mi pasmo di los gritos de rigor en estos casos y no me lo pensé dos veces: me descalcé y me lancé tras ella para tratar de salvarla.

Aquellos jóvenes debieron, afortunadamente, de alertar a la tripulación, pues, mientras yo braceaba luchando con las olas que producía la propia embarcación, pude apreciar que habían parado máquinas. No me costó trabajo dar con la mujer, pero sí dominarla. En cuanto me acerqué a ella, en cuanto ella supo que alguien no quería dejarla morir —pues siempre, dijera ella lo que dijese, he pensado que aquello no fue un accidente, sino un intento de suicidio—, se abrazó a mí con tales fuerzas que en un tris estuvimos los dos de tener una muerte horrible. Le di —y yo creo que aún me guarda rencor por ello— un soberano puñetazo que sirvió para atontarla y poder mantenerla a flote hasta que desde la nave nos arrojaron un salvavidas y, cerca ya del casco, la escalerilla por la que pudimos, finalmente, y no sin un esfuerzo agotador, volver a cubierta.

Por fortuna, salvo para aquellos jóvenes y los miembros de la tripulación, el suceso pasó inadvertido y no tuve que sufrir más muestras de admiración por mi «hazaña» que las en aquel mismo instante recibidas.

Orencia fue llevada a un camarote, donde la visitó el médico. Se limitó a prescribir reposo, para conseguir lo cual le administró un fuerte sedante.

El capitán, en conversación conmigo, se interesó por las circusntancias del suceso y por mi opinión acerca de lo ocurrido. Quería saber, sobre todo, si, como Orencia había repetido, aquello había sido de verdad un mero y desgraciado accidente. ¿Quiso decir lo que dijo: «el suicidio está penado por la ley»? ¿O se le enredaron en las palabras los preceptos morales y los legales? Mi convicción de que se trataba de un accidente lo tranquilizó. No recuerdo bien si incluso añadí que la había visto sentada en el borde de la borda...

El capitán me aclaró que, sin ser algo habitual, tampoco era infrecuente la elección que hacían algunos «insensatos» de un viaje en barco para intentar suicidarse arrojándose por la borda. Aclaración que le sirvió de pretexto para considerar, en una larga digresión, la atracción que ejercía el mar sobre los suicidas. Yo pensé para mí que en su reflexión había una secreta solidaridad con esos desesperados; como si él, tantas y tantas horas de su vida pasadas frente a esa inmensidad, hubiese pensado alguna vez en hacer lo mismo. Se despidió cortésmente y, de pronto, me vi abandonado de todos, solo en el estrecho corredor, frente a la puerta cerrada del camarote y con el bolso de Orencia en la mano, sin saber, sin tener conciencia de en qué momento me había convertido en su depositario.

Me fui a mi camarote y me cambié de ropa, pues aún estaba empapado. Cuando me senté en la cama para ponerme los calcetines, retiré un poco el bolso de Orencia y al hacerlo me acometió la irreprimible curiosidad de fisgonear en él, de buscar en ese secreter transportable una razón que explicara lo que había ocurrido. No lo hice. Haberla salvado, quizás contra su voluntad, no me daba ningún derecho a violar su intimidad, y fui a la cafetería para tomar algo caliente, a pesar del calor que empezaba a apretar con fuerza.

La noticia debió de haberse extendido rápidamente, ya que el camarero se negó a cobrarme. ¡No quería ni imaginar, puesto que al camarero yo no lo había visto en mi vida, de qué modo le habría sido descrita mi persona!, aunque debió de ser la mar de gráfica. Me senté en una mesa cercana a la cristalera. De pronto me acordé de Rodolfo: podía estar bien orgulloso de mí, desde luego: había dejado bien alto su pabellón... Del equívoco inocente del pabellón volví enseguida a la mujer y comencé a urdir tramas inverosímiles que se adecuaran al trágico final que ella había pretendido ponerles.

Poco antes de la hora de comer, el trajín en el barco era de órdago. Uno de los marineros, con gestos de alivio por haberme hallado en medio de ese trasiego de gente que recorría el barco como un tigre recién capturado la jaula de barrotes que lo aprisiona, vino a comunicarme que era esperado en el camarote de la señora accidentada. Ambos, tanto ella como yo estábamos invitados a comer en compañía del capitán.

La comida transcurrió sin novedad. Orencia y yo nos miramos mucho, con absoluta franqueza comunicativa, burlando así el incesante monólogo del capitán. Después de los cafés, éste se retiró a sus «muchas obligaciones». Y una buena siestorra, supuse, sería la primera... Orencia y yo nos quedamos solos. El marino había insinuado, al despedirse, que nosotros tendríamos mucho de que hablar, pero lo cierto era que ninguno de los dos abrió la boca en muchos minutos. Durante la comida habíamos intercambiado ya las cortesías propias entre salvador y salvada, y ahora no parecía quedar ya nada que decirnos.

—Supongo que le hubiera gustado ser salvada por otro, por alguien hacia quien pudiera, siquiera fuese por afinidad estética, manifestarse de forma más expansiva —le dije, al fin, sin saber si mi protocolaria verborrea sería entendida.

—¡Por Dios, no me juzgue desagradecida! Ahora mismo no pensaba sino en el valor y el altruismo tan grandes que se necesitan atesorar para hacer lo que usted hizo...

—Y también, no me lo niegue —procuré ser cortés y bienhumorado— en cómo engañan las apariencias... —bajó la mirada y jugueteó unos instantes, la minúscula cucharilla entre sus dedos, con los restos de azúcar de la taza que tenía delante—. ¿Le apetece tomar otro? Podríamos acercarnos hasta la cafetería dando un paseo. ¿O acaso aún le parece demasiado pronto para reencontrarse con el mar?

—No, si voy con usted...

Volvimos a pasar por el judicial «lugar de los hechos» y en ese momento se cogió de mi brazo con los dos suyos y se apretó junto a mí, volviendo la cara para no verlo, o para no verse a sí misma en él.

—¿Por qué no se atreve? Así es, ¿ve? —afrontó la contemplación de la agitada alfombra, del inestable desierto—. Un accidente como el suyo le puede ocurrir a cualquiera.

—No cree que lo haya sido, ¿verdad?

—Si usted lo tiene por tal, no seré yo quien ponga en duda ese convencimiento.

—Pero sigue sin creer que lo haya sido.

—¿Y qué se le da a usted, después de todo, que yo lo crea o lo deje de creer?

—Mucho.

—Pues sí, lo creo.

Volvió a apretarse contra mí, en señal de agradecimiento. De algún modo mi afirmación negaba su pasada enajenación, su desesperación, su ¿angustia? Mis palabras, como las de un taumaturgo, habían reescrito la realidad, y lo que fue intento de suicidio quedó sellado, desde entonces, incluso para ella misma, como un torpe accidente.

En la cafetería descubrió, de pronto, que le faltaba el bolso. Le dije que estaba en mi camarore y ella, con una mezclada expresión de asombro, pasmo, alivio y recelo, evidenció su desconfianza respecto a la afirmación que había hecho poco antes. Entendí, claro, que el contenido de aquel bolso me hubiera sido, informativamente, de mucho provecho, pero no me arrepentí de no haberlo abierto.

—No lo he abierto, descuide. No soy un fisgón, ni tengo tampoco el más mínimo espíritu policíaco.

—No me interprete mal... El bolso de una mujer es su almario, aunque ese mío está tan vacío como falto de alegría este odioso paisaje marítimo.

—¿Por qué no ha regresado, pues, a donde vaya, en avión?

—Por retardar el regreso.

Dijo. Y se encastilló en un aguerrido silencio. Bebía el café con sorbos minúsculos, un mojar los labios apenas. A veces me sonreía con una mueca forzada. Otras me miraba como si examinara, maravillada, la morfología insólita de una nueva especie.

—¿Quiere rescatar su almario?

—¿Se encuentra a disgusto aquí?

Su respuesta a la gallega me sorprendió. Era yo quien pensaba que ella pudiera sentirse a disgusto en mi compañía; que no pensara sino en recuperar su bolso cuanto antes y dar por terminada nuestra fugaz relación, liberarse de mi forzada presencia.

—Todo lo contrario.

—Quedémonos un rato más entonces, si no le importa. Su compañía me hace mucho bien...

Pocas cosas más nos dijimos en aquel largo rato en que compartimos la mesa. Su mirada inquisitiva consiguió turbarme, lo que provocó en ella la primera sonrisa que me ofreció desde que la vi por primera vez. Como el silencio continuaba imponiendo su escandalosa presencia, creo recordar que me lancé a divagar mentalmente sobre las sonrisas que se habían sucedido en su rostro casi a continuación una de otra. Supongo que entonces adquirí el conocimiento de que la diferencia esencial estribaba en la mirada que acompañaba a cada una de ellas. La mirada de la de un simulacro de sonrisa es una sima, un poco que atrae hacia su fondo oscuro y de aguas turbias; la de la sinceridad, en cambio, es una irradiación luminosa que detiene la del interlocutor en la superficie iluminada. El rostro de la del simulacro es un terreno anfractuoso; el de la sonrisa sincera una superficie tersa y brillante que incita a la caricia.

—Me mira como a un bicho raro —protesté.

—Porque le veo como un espejo.

—¿Y qué se refleja en él?

—Supongo que decir «su alma» será una cursilería; pero eso es lo que veo; y también a mí misma...

—¿Y qué le asusta más?

—Ninguna de las dos cosas. Es más, incluso la imagen mía que veo reflejada en usted me gusta... Hace mucho tiempo que no lograba verme así...

—¿Así...?

—Sí, así... —desistió inmediatamente—. No podría explicárselo. Quizás algún día...

Mi esperanza se cumplió casi un año después de aquellas palabras.

Orencia era una mujer de posibles por parte de su familia, aunque vivía marginada de ella por lo que su padre aún no le había perdonado: ser madre soltera. ¡Veinticinco años hacia ya de aquello!, y el padre se mantenía firme en sus trece. Orencia, con sano juicio —algo bastante raro para la época— se negó a cargar con un «picha brava», así lo dijo, tan guapo y excelente follador como infatuado cabecita loca. El padre le asignó unos recursos más que generosos y la borró de su vida, si bien aceptó —exigió, en realidad— tener contacto con su nieta: Esperanza. Por su hija supo Orencia que su padre no la había olvidado, y por aquél, más que por Orencia, conoció Esperanza la vida, obra y milagros de su madre.

Hasta el día de nuestra primera cita mantuvimos un contacto telefónico casi diario. A ella le recordaba, esa relación telefónica, los tiempos de la adolescencia. Para mí era una novedad, pues rarísimamente llegábamos a utilizar el teléfono en el Seminario. Me hizo mucha gracia una expresión suya a propósito de aquellos tiempos: «novios telefónicos». No le faltaba razón cuando afirmaba que las personas no son las mismas si dialogan a través del teléfono o en presencia unas de otras.

A las once de aquel domingo de nuestra primera cita eran, pues, dos viejos conocidos los que se encontraban. Yo le tendí la mano y ella me la estrechó para acercarse mejor hacia mi rostro, donde dos besos de cálida ternura dejaron impreso su saludo carminal. Sacó a continuación un pañuelo del bolso y lo borró, sin retirarlo.

—Hacía mucho que no me pintaba —se disculpó—, y ya me parecía a mí que se me iba un poco la mano. Además he dormido fatal y me he levantado muy tarde: creí que no llegaba.

—Yo te hubiera esperado.

—Lo sé.

Lo dijo sin ningún resabio autoritario o presuntuoso; antes bien, con esa suerte de ciega confianza que se tiene en las personas a las que se ama y nos aman. Lo cual no significa que aquella mañana dominical de un verano agonizante pudiera hablarse de nosotros en tales términos. Incluso ahora mismo, que llevamos tantos años compartiendo nuestras vidas, dudo que se pudiera.

Pronto, en el paseo, la comida y la sobremesa, ésta última ya en su casa, quedaron puestas boca arriba las cartas de cada cual. Ella estaba acostumbrada —ésas eran las suyas— a gobernar a los hombres, a «usarlos» y, después, deshacerse de ellos; pero yo —¡cómo no!— era distinto. Enseguida aclaró que aunque para ella esa expresión había sido más de una vez un mero cumplido en el juego de la seducción, esta vez la decía con plena consciencia de su significado real, el literal. Lo que le costó Dios y ayuda fue explicar en qué se cifraba la distinción. De su confusión sólo rescaté dos constataciones: no había sentido necesidad de seducirme, ni tampoco estaba enamorada de mí. Pero hacía años que no se sentía tan bien al lado de alguien como se sentía conmigo. Mis cartas se las enseñé atacando por derecho: sabedor de que una demostración práctica era lo único que podía convencerla de mi credo. Y me puse a ello, insensato de mí, sin haber calibrado antes la escasa práctica que yo tenía en lo que a llevar la iniciativa se refería; pues como ya he dejado escrito, lo propio de mis andanzas ha sido siempre dejarme llevar, seguir la corriente.

¡Qué le diría, con todo, para que ella viese de lo más natural mi deseo de calzármela? Vagamente recuerdo un discurso tan confuso como el que le había oído a ella momentos antes, y lleno de conceptos místicos de baratillo que, a pesar de todo, debieron de impresionarla favorablemente. No se me despinta aquel desabotonarse la camisa viniendo hacia mí y repitiendo que también ella quería llegar a Dios, y acompañarme en mi camino con su más ardiente entrega. Con ser pelín ridícula su conversión paulina, mucho me cuidé de enfriar su acólita disposición, y la recibí sobre mis rodillas para abrazarme a ella y hundir mi rostro en la generosidad de sus pechos firmes, tersos, abundantes y tibios. Espabilé sus pezones negrísimos y algo velludos con el sostenido aleteo de mi lengua y las opresivas succiones de mis labios, mientras ella se arremangaba la falda hasta la cintura y reptaba por mis muslos hacia el contacto con mi vara enardecida.

—Espera —le dije.

Y la tumbé sobre el sofá para poder desnudarme y dejar que ella hiciera lo propio. Como ella acabó antes, jugueteó con su pie sobre mi espalda, mientras yo me quitaba los pantalones y los calzoncillos, y lo hacía trazando caricias que me recorrían la columna desde la cintura hasta la nuca, y con el otro las trazó sobre mi vientre, primero, y luego por entre las albaidas y sobre la tranca, tirando suaves pellizcos con sus ágiles dedos: todo un recital de habilidades bípedas exhibidas con la satisfacción de quien sabe que sorprende con ellas. Cuando me liberé de la ropa, me giré hacia ella, me abrí paso entre sus piernas y la penetré sin dilación. Me embebí en su oscura y agitada laguna de dulces y espesas aguas al tiempo que me inclinaba hacia sus labios rojos, de entre los que una lengua picuda y pálida salió a recibirme como liberales albricias. Correspondí a su anterior exhibición manteniéndome yo en equilibrio sobre una mano y yendo, con la libre, a acariciarle su túmido cuerpecillo carnoso mientras ralentizaba mi metisaca para sentir cómo las paredes de su vagina tiraban, estrechándose contra él, de mi fuete. Salivaba Orencia, cercana ya a su éxtasis y yo, acompañándola, mis labios casi amordazados en su cuello, entoné el dulcísimo y ferviente «pange lingua gloriooooosi...» que, para mi pasmo, y apenas yo hube llegado al si cadente, fue continuado, «corporis misterium, sanguinisqui preciooooosi...» por Orencia. Me uní a ella y acabamos el bello himno en un dúo bien entonado y decorosamente armónico: entrañable escena hacia la que mi memoria, que tan a menudo la selecciona, debe de sentir especial afecto. Ese encadenamiento de cuerpos y tesituras anudó, hasta hoy, nuestros destinos.

El carácter liberal de Orencia le permitió comprender, desde que decidimos cohabitar regularmente, mi disposición a aceptar cualquier tentación que me provocara; del mismo modo que yo no le exigía fidelidad alguna. El caso fue que, entre nuestras frecuentaciones carnales y coloquiales, las últimas sobre las virtudes de mi peculiar vía religiosa y su necesidad de acogerse al sagrado de la fe, las oportunidades de sucumbir a las tentaciones se fueron reduciendo hasta casi desaparecer. También es verdad que tardé mucho en agotar las posibilidades tentadoras de Orencia —porque ella supo, instintivamente, cómo renovarlas—, así como que, cuando el agotamiento llegó, mis impulsos místico-eróticos no me obsedían ya como hasta antes de conocerla.

Con bastante anterioridad a la referida decadencia, la hija de Orencia, Esperanza, después de haber roto relaciones con su último amante, vino a pasar una larga temporada con nosotros; en parte para conocerme, en parte para buscar el consuelo de la muda presencia familiar.

14/17
AnteriorÍndiceSiguiente
Tabla de información relacionada
Copyright ©Dimas Mas, 2005
Por el mismo autor RSS
Fecha de publicaciónDiciembre 2006
Colección RSSNarrativas globales
Permalinkhttps://badosa.com/n270-14
Opiniones de los lectores RSS
Su opinión
Cómo ilustrar esta obra

Además de opinar sobre esta obra, también puede incorporar una fotografía (o más de una) a esta página en tres sencillos pasos:

  1. Busque una fotografía relacionada con este texto en Flickr y allí agregue la siguiente etiqueta: (etiqueta de máquina)

    Para poder asociar etiquetas a fotografías es preciso que sea miembro de Flickr (no se preocupe, el servicio básico es gratuito).

    Le recomendamos que elija fotografías tomadas por usted o del Patrimonio público. En el caso de otras fotografías, es posible que sean precisos privilegios especiales para poder etiquetarlas. Por favor, si la fotografía no es suya ni pertenece al Patrimonio público, pida permiso al autor o compruebe que la licencia autoriza este uso.

  2. Una vez haya etiquetado en Flickr la fotografía de su elección, compruebe que la nueva etiqueta está públicamente disponible (puede tardar unos minutos) presionando el siguiente enlace hasta que aparezca su fotografía: mostrar fotografías ...

  3. Una vez se muestre su fotografía, ya puede incorporarla a esta página:

Aunque en Badosa.com no aparece la identidad de las personas que han incorporado fotografías, la ilustración de obras no es anónima (las etiquetas están asociadas al usuario de Flickr que las agregó). Badosa.com se reserva el derecho de eliminar aquellas fotografías que considere inapropiadas. Si detecta una fotografía que no ilustra adecuadamente la obra o cuya licencia no permite este uso, hágasnoslo saber.

Si (por ejemplo, probando el servicio) ha añadido una fotografía que en realidad no está relacionada con esta obra, puede eliminarla borrando en Flickr la etiqueta que añadió (paso 1). Verifique que esa eliminación ya es pública (paso 2) y luego pulse el botón del paso 3 para actualizar esta página.

Badosa.com muestra un máximo de 10 fotografías por obra.

Badosa.com Concepción, diseño y desarrollo: Xavier Badosa (1995–2018)