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El tardío vuelo de la avucasta

La tentación de la camilla

Dimas Mas
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink Ebook MapaSantiago de Compostela

Cuando decidí adquirir el Seat 600-D, quién sabe si para justificar el esfuerzo que me costó conseguir el permiso de conducir, me vi en la necesidad de aceptar clases particulares a fin de redondear el magro sueldo, del que las letras del coche se llevaban la tajada más suculenta. ¡Qué ironía, bien desbravada, por cierto, el que yo fuera para mis compañeros, algunos hasta con cuatro hijos, un potentado! La comparación, desde luego, no era muy distinta de la que se pudiera hacer entre una lombriz y un gusano para saber cuál de los dos es más airoso y elegante. Pero yo admiraba sin reservas su capacidad para sobrevivir con tan mísero sueldo como el nuestro; como aún lo seguirá siendo, supongo, para cuantos ingenuos hayan equivocado sus pasos por la tortuosa senda de la docencia. Vale. Me detengo. Sé que a quien pueda algún día seguir estas líneas no son los problemas de la justicia salarial los que le animarán a continuar.

Las clases me las pasó un colega, prodigioso artista del pluriempleo, al que un infarto le recordó ciertas verdades de Perogrullo que conviene no olvidar. Entre ellas, la de que nuestra capacidad de trabajo no es ilimitada, por más que la ambición (¡o la necesidad, que es más dramático!) así nos lo quiera hacer creer.

Avisado como me dejó su ejemplo, acepté sólo dos alumnos, ninguno de los cuales pertenecía al Instituto, requisito deontológico que Ricardo S. siempre tenía presente.

Alfonso Luis Rodeón era hijo de una familia sin muchos posibles, pero empeñada en que el primogénito de la prole llegara hasta los estudios universitarios, costase lo que costase. El nene, voluntarioso, pero más corto de luces que una casa de ciegos, hubiera tenido un excelente futuro en profesiones tan lucrativas como la fontanería o la mecánica; pero no, tuvo que vérselas el pobre con unos conceptos que le venían tan anchos como a mí se me iban estrechando los recursos pedagógicos para hacérselos comprender. No tardé mucho en intentar convencer a sus padres de la inutilidad, de la poca rentabilidad de su inversión en las clases que yo le daba. ¡Imposible luchar contra el orgullo y la ambición paternos! ¿Solución? Seguí dándole las clases, aunque a mitad de precio.

El caso de Lucía Valderrama era muy distinto. La niña era despierta, trabajadora, ordenada y limpísima, desde el punto de vista de la higiene mental. Había comenzado el curso con muy malos resultados, producto del retraso que le había supuesto la pérdida de casi dos trimestres del curso anterior. La causa fue el fallecimiento de su padre, un capitán de artillería, en el curso de unas prácticas de tiro. La desesperación de la hija no tuvo reflejo en la madre, según supe después. Para la sufrida esposa la muerte del carcamal había significado un alivio de peso. Lucía era ignorante, como debía ser, dada su edad, del reverso de la imagen de Sagrada Familia que le ofrecían sus padres, consumados artistas de la apariencia.

Hija y madre me recibieron desabridamente, aunque la segunda conociera la afectuosa recomendación con que me avaló Ricardo S. Era disculpable. Como que yo debo de tenerlo todo de reglamentaria excepción al amor a primera vista..., y a segunda, y tercera..., hasta que el trato me desfigura, o los ciega...

No tardé mucho en granjearme el respeto, e incluso el afecto, de la pequeña. Ambos debieron de obrar en mi favor para que doña Casilda volviera sobre los pasos de su distante actitud y se acercara más a mí. Jornada larga en su camino de vuelta lo fue la invitación a merendar para que la pusiera al corriente de los progresos de la niña. Yo le dije lo evidente: la niña era tan espabilada que en breve tiempo podría perfectamente prescindir de mis servicios, pues seguiría sin problemas el ritmo natural de las clases. Casilda sonrió discretamente. Era la primera vez que la veía hacerlo. Estaba orgullosa, henchida como la falda sobre el miriñaque. Por mi parte, yo había tratado de decírselo con la más amable cortesía de que era capaz, aun siendo consciente del efecto grotesco que puede resultar de la mezcla de tal contenido con tal continente.

—¡Menudo disgusto se llevaría la niña! —¿Y la madre?, pensé yo para mí—. ¿No sabe que está deseando salir de la escuela para llegar a casa y tener la clase con usted? ¡Hasta de merendar se olvida a veces! Es extraño el cariño que ha llegado a cogerle... Bueno —rectificó enseguida—, entiéndame, no he querido decir...

—La entiendo perfectamente, no tiene por qué disculparse.

—Quería decir —insistió— que desde la muerte de su padre Lucía se había vuelto un poco huraña e introvertida. ¡Ella, que era un volcán de alegría! Incluso respecto a mí manifestaba un cierto desapego, como si intuyese...

Se detuvo en seco, aunque tarde. Por fuerza hubo de darse cuenta de que yo ya había hecho mis cábalas...

—Le pido disculpas.

—Por favor... Nada tan sagrado como la propia intimidad, ¿no le parece?

—Usted mismo, don Antonio, debió de percibir esa frialdad en las primeras clases.

—Así fue, en efecto. Pero no es difícil para un profesor, por lo general, conquistar el afecto de un alumno —¿Y el de su madre?, pensé para mí—. Basta con darles lo mismo que se espera recibir de ellos. Y créame, los niños suelen ser muy agradecidos; su generosidad es tan intensa como conmovedora.

—No sabe usted el bien que me hace oírle hablar así —hizo una breve pausa. Daba la impresión de no atreverse a decir lo que, finalmente, acabó diciendo—. Yo, don Antonio, le debo una disculpa. Sí, sí —me impidió que, a mi vez, la impidiese continuar—. Soy consciente de que el recibimiento que le dispensé faltaba a la más elemental regla de cortesía, y estoy sinceramente arrepentida. Hace ya varias semanas que vengo reuniendo el valor necesario para, como hoy lo hago, reparar mi falta. Y del mismo modo que ha sabido vencer la frialdad con que mi hija también le recibió, y trocarla en la admiración que ahora le profesa, quiero que sepa que, sin usted proponérselo, la misma victoria ha conseguido sobre la madre... Perdóneme...

Se había emocionado. Yo también. Ella sacó un pañuelito con fileteado de encaje, que se llevó a las narices, y salió decidida, camino, sin duda, del cuarto de baño, o de su tocador. Yo me bebí el resto de café, ya frío, que me quedaba en la taza y luego la dejé en la mesita.

Casilda era, entonces, una mujer relativamente joven, no muy hermosa, pero sí bien parecida, y con un físico estupendo. Se apreciaba que no estaba dispuesta a dejarse vencer por las acometidas de la edad. Ya había abandonado el luto, pero solía vestir prendas de tonos oscuros: grises y verdes, sobre todo; lo que, añadido al cabello recogido en moño, la hacía mayor de lo que era. Sus firmes nalgas y los erguidos y desafiantes pechos, a los que se ceñían los conjuntos de punto que solía usar, contradecían de forma irrefutable la impresión anterior.

El ambiente oscuro y agresivo del salón en que nos encontrábamos contribuía a acentuar, con su severa y recargada decoración de santuario familiar, la desolación de su dueña: los muebles de caoba; la alfombra persa; la panoplia con condecoraciones; el bibelot; el jarrón de Murano; reproducciones minuciosas de cañones antiguos —formando, en conjunto, casi una didáctica exposición de la evolución de tal arma—; fotografías de abuelos, padres, del día de la boda, de la comunión de Lucía; una inmensa marina de aficionado...; y todo ello dispuesto en el espacio con notable orden y escasísimo gusto. No era, conforme a los hábitos de la clase media acomodada, un lugar que albergara su presencia de forma habitual. Aquella merienda fue la primera y la última que hicimos en el salón.

Enseguida regresó y volvió a sentarse en el sofá, más cerca, ahora, del sillón que yo ocupaba. Se alisó la falda sobre los muslos, se retocó el moño y comprobó con la palma si aún estaba el café caliente en la cafetera.

—¿Otra taza?

—Por favor.

—No sé qué pensará usted de mí...

—Pienso que ha pasado por una de las más duras experiencias que no es dado vivir: la pérdida de los seres queridos. Y, si me lo permite, quiero decirle que me parece usted una persona de extraordinario valor. Seguir adelante, sola, con su hija..., superando el dolor, el recuerdo, la soledad... Porque la soledad debe de ser lo más terrible...

—Tengo a mi hija, a Dios gracias.

Ella me había entendido, y yo a ella: aún estaba en agraz la dulce fruta de las confidencias íntimas.

—¿He de entender que usted ha pasado por lo mismo?, y perdone mi indiscreción.

—No, no. La soledad en mí es casi una condición natural. Y en cierto modo es un consuelo saber que nadie sufrirá por mi desaparición... Bueno, bueno, mejor ahuyentemos esas tristezas de crepúsculo. Usted, Casilda, aún es joven, aún tiene una vida por delante: nada le está negado...

—Si yo le contara...

Aquella tarde no me lo contó.

A la merienda le siguió, pocos días después, una comida. A la comida, unas semanas más tarde, una cena. A la cena, meses después, un fin de semana, con Lucía, en un hermoso pueblecito de la sierra. Y sólo allí, en aquel hotelito, en aquel refugio de montaña, terminó de abrirse a mí.

—Yo soy muy distinta de como tú me imaginas, Antonio.

La ambigüedad de la frase tan útil la hacía para tener razón como para no tenerla, y de ambas propiedades gozó por igual. Ella no creería, por ejemplo, que yo nunca la imaginé tan envarada, tan prosopopeyesca, como se empeñó en manifestarse ante mí durante nuestras primeras entrevistas: una señora viuda, respetable y doliente. En la severidad de su empaque había un cierto fuego contenido, un reprimido ardor vital que yo deduje de sus erguidos pechos, del rojo intenso de la pintura de sus labios y de su tafanario firme y respingón. Tampoco imaginé, y ahí sí que ella acertaba, que su fuego fuera un incendio, que su ardor fuera una fiebre.

Su historia matrimonial era bien vulgar. Ella, una adolescente de buena familia deslumbrada por el uniforme y unos ojos magrebíes; él, seducido por la perspectiva de un buen braguetazo. La cursi pasión de ambos, al final: fuego de virutas. Sus débitos, con el paso del tiempo: tan raros como avistar la isla de San Borondón.

—Mi vida ha sido un infierno.

—¿Por tu marido?

—¡Por todo! Principalmente por él, claro. Pero es la suma de muchos factores lo que me ha hecho la vida imposible, lo que aún me la hace..., ¡si no fuera por momentos como éste!

He olvidado decir cómo y dónde estábamos: habíamos cogido habitacioness contiguas y comunicadas. Cuando Lucía, después de una agotadora jornada, se quedó profundamente dormida, Casilda se reunió conmigo en mi habitación. Allí estábamos los dos, conversando sobre la cama, vestidos aún, como dos bobos adolescentes deseosos de probarse que la sola presencia del otro basta para colmar la medida de sus amores; que el deseo de fuego de la carne no lo es todo. Hablábamos quedamente, a pesar de que Lucía tenía un tranquilo dormir envidiable.

—Pues para mí las noches han sido mi principal pesadilla. ¡Cuántas, Dios mío, no he pasado en blanco! Ildefonso, sin embargo, era meterse en la cama y ¡zas!, como un leño.

—¿Quieres decir...?

—Exactamente. Y todo fue a raíz de mi embarazo. No es que antes hubiera sido muy fogoso, muy apasionado, pero desde que tuve a Lucía puede decirse que dejó de verme como mujer y sólo veía en mí la madre de su hija. ¡Y como era tan reservado! Jamás llegué a saber con claridad por qué me rehuía, por qué ya no quería tener tratos íntimos conmigo. Cuando tuvimos el gran disgusto, la primera y la última pelea de nuestro matrimonio, no logré sacar de él sino una frase que me repitió hasta la saciedad: «Yo te debo un respeto.» ¡Valiente majadero, e hipócrita! ¿Tú sabes en qué consistía el respeto? Pues en echarse una querindonga con la que se despachaba a gusto, ¡a sumo gusto! Vamos, que se sentaba comido a la mesa... ¡ahíto! Yo me puse hecha una furia. «¿Qué te da ésa, le decía, que no pueda darte yo! ¡Qué, que te baila la danza de los siete velos antes de acostarse contigo? ¿Que te acaricia con malas artes de puta?» Él, a todo esto, impasible, impávido: una estatua. «¿O es que te la chupa...?» No me dejó continuar: me dio un bofetón, y, sin alterarse apenas, me dijo antes de salir del dormitorio: «No te pierdas el respeto a ti misma.» Yo me quedé paradísima, blanca, confundida: nunca hubiera imaginado que se atreviese siquiera a levantarme la mano, ¡cuánto menos, pues, a que, como lo hizo, la descargara sobre mí! ¡Qué humillación, Antonio, qué impotencia, qué desolación! Nunca más volvimos a ser un matrimonio. Pero entre nosotros, créeme, hubo toneladas de respeto... Inmediatamente después del bofetón, la verdad es que ni siquiera pensaba en mi dolor, o en la humillación que había sufrido. No hacía sino admirarme del valor que había tenido para decirle lo que le dije y, más aún, del propio hecho de haber llegado a decírselo. Lo cierto es que el muy lerdo ni siquiera se preguntó cómo era posible que yo conociera esa perversión...

—¿Perversión, Casilda? —la interrumpí con dulce astucia.

—Por tal la tenía yo entonces. Hasta que... —vaciló. Dudó durante unos segundos si llegar hasta lo más íntimo de sus revelaciones. Venció la duda y continuó—: Hasta que, para luchar contra la soledad, contra el abandono en que Ildefonso me tenía, recurría yo a los tocamientos y esa imagen me excitaba hasta el delirio. ¡Qué no habré imaginado yo! ¡Locuras!

—¿Por qué no hiciste lo mismo que él?

—Éste es un mundo de hombres, Antonio; y mientras que lo de Ildefonso me constaba que hasta era público, ¿cómo crees tú que hubieran reaccionado esos hombres, sus mujeres, o incluso mi propia familia, si yo hubiera hecho lo mismo? No quiero ni pensarlo. Los hombres sois muy crueles, Antonio..., aunque hay excepciones, por supuesto... —me dijo, mientras una caricia afectuosa se deslizó por mi mejilla, previsoramente rasurada. Su sonrisa, la bondad de su mirada, la propia caricia, su proximidad a mí, me tenían desconcertado. Ninguno de los dos ignoraba que la charla era un ritual de iniciación, que muy pronto nuestras lenguas hablarían de otro modo; pero aun así, mi desconcierto se basaba en la posibilidad de que, después de todo, no se me quisiera sino como estricto, como mero y esforzado confidente—... Toda la comprensión que sois capaces de tener para con vosotros mismos se torna intransigencia e intolerancia respecto a nosotras. Vuestras infidelidades son debilidad; las nuestras, depravación de prostitutas. ¡Y para colmo, después de ser madres nos ascendéis a santas! Conque imagínate tú a una santa buscando consuelo para una carne que se abrasa... Y luego está el medio, los ambientes a que siempre he pertenecido, porque yo soy, además, hija de militar. Muy corteses y educados todos con nosotras, te hablo de los grados superiores, claro; pero para ellos no hemos sido en el fondo, y siempre, sino seres inferiores, avecillas indefensas y frágiles necesitadas de protección. Ningún valor es tan cotizado en nuestros círculos como la hipocresía. Se trata, a toda costa, de ofrecer a ojos de los demás una imagen que no desmerezca del lustre obsesivo de sus uniformes... Una pantomima perpetua que, la verdad, acaba por desquiciar a cualquiera...

—¿Ves? No eres tan distinta, frente a lo que tú decías, de como yo te había imaginado... —me acerqué más a ella, le recogí la cara entre mis manos y la besé amorosamente en los labios. Después proseguí—: Tú eres como yo, Casilda. Rendidos esclavos, los dos, de imágenes turbadoras —lentamente la tendí sobre la cama y, estando de costado junto a ella, apoyado en uno de mis codos, recorrí su cuerpo, sin dejar de mirarla a los ojos, con una caricia tan dilatada e intensa como quería que mis palabras lo fuesen para sus oídos—. Desde que te vi, viví en el acto este momento. Nos vi tal y como ahora estamos. Supe —conduje mi caricia bajo su suéter de punto, hacia su pecho palpitante para liberarlo del yugo del sostén— que estos pezones altivos se estremecerían cuando mi lengua, rodeándolos, ascendiera por sus oscuras laderas hasta conquistar su cumbre, hasta azotarla con la furia del viento que acama las mieses; supe, Casilda —y entonces llevé mi mano a sus muslos para iniciar, desde la rodilla, la misma, y distinta, ascensión—, que, bajo esa falda de cuyos bordes tú estirabas para mantener una decente compostura, una boca de dilatados labios sinceros me estaba diciendo con su silencio húmedo: «Póstrate ante mí y sé yesca viva para mi hoguera líquida; que la saliva de tu lengua chisporrotee sobre mis brasas palpitantes...» Porque siempre lo has querido, porque tus propios dedos los veías, los sentías, ¡los querías! una lengua sedienta; porque veías por la calle esas lenguas jadeantes de los lobos alsacianos y no podías reprimir un escalofrío ante el imaginado placer contranatura...

—¡Antonio, por Dios!

—... porque en alguno de tus sueños, Casilda, has recibido a un visitante en cuyo cuello no se asentaba cabeza alguna, sino una lengua poderosa, brava, tierna, jugosa, alegre, sabia: un extraño que no te inspiraba ningún temor: un ser fuerte y cariñoso que te levantaba en vilo y, colocándote los muslos sobre sus anchos hombros, te besaba con su lengua, sin boca ni labios, y recorría los tuyos y buscaba, campana fundida en los altos hornos del placer, la música celestial de tu badajillo...; mientras tú, la breve espalda asentada en sus firmes manos, dejabas caer hacia atrás la cabeza y, desde ella, colgar, desordenados, como una cascada, tus hermosos cabellos...

—¡Sí, sí...! —me jaleó con ardores contenidos, sin apenas moverse; esperando, quizás, que descendiese por el caliente trecho de su cuerpo desde mi intenso decir al gozoso hacer. De repente, sin embargo, se encaramó sobre mí y buscó para su otero conquistado el mástil de mi bandera victoriosa, al mismo tiempo que, entre chupetada y chupetada a mis pezoncicos, me tomaba la palabra—: Pero también he visitado yo a quien me esperaba, al fondo del pasillo, en una habitación llena de espejos, desnudo sobre sábanas azules de seda, con una polla inmensa que me hacía señales de que me acercara. Y he ido y me he quitado los tirantes del camisón para que esa carne deliciosa jugueteara con mis pechos mientras reptaba, marcando su camino con la tibia baba de la excitación, hacia los labios de mi boca. Y entonces, Antonio, entonces...

Medio desnudos como ya estábamos, la interrumpí para reacomodarme mejor sobre la cama. Goberné con facilidad su cuerpo menudo y dócil, atraje hacia mi boca su sexo mientras dejaba sus labios sobre el mío. Allí fue, tras ese entonces suspendido, una lucha de mordiscos sin dientes, de arañazos sin uñas, de silencios sabedores, de mmms ciegos, de simas abiertas y volcanes emergentes... ¡Dios, con qué fiereza me la chupaba: sorbía de mí; me mordisqueaba; me lameteaba; escurría arriba y abajo sus labios, o sus dientes...; restregaba su cara contra la columna, como una devota, o una gata...; se metía un testículo en la boca, o los dos, y los hacía rodar...! Luchar contra aquella novicia desmelenada —su cabellera me cubría como un lienzo de castidad— era más que difícil. Abismada como estaba en la lustración del fuste, debió de ser el instinto lo que la indujo a buscarme el ano con la caricia de sus dedos, o quizás la devolución cortés de lo que ella entendió por iguales caricias al sentir mi puntiaguda nariz en el suyo...; y fue el caso que no se cerró a la, sin duda, novedad para ella: dilató la corola, como si una alcachofa se abriera, insólitamente, al rocío matinal, y quiso sentirse hendida, traspasada, llena... Por ese entonces, a pesar de que mi lengua trocara los canales de su prospección, andaba ya yo por el tetrámetro asclepiadeo, que, como es sabido, consta de un espondeo y cuatro dáctilos con una cesura después del segundo y tercer pie; pasaba al alcaico hipercatalecto, compuesto por un espondeo, un yambo, una cesura y dos dáctilos; seguía por el escazonte, un senario yámbico cuyo último pie es espondeo; y, mientras volvía a su badajillo para satisfacerla, yo llegaba al faleucio, que consta de cinco pies: el primero espondeo, el segundo dáctilo y los demás troqueos...

—¿Qué recitabas, Antonio? —me preguntó, extrañada y, sin embargo, dulce como el azúcar de redoma.

—Un homenaje a tu nombre.

—¿...?

—Casilda significa poesía.

Felinamente invirtió su posición y se abrazó a mí, para cubrirme de besos, y alguna lágrima furtiva...

Casilda ha sido en mi vida una de las más fuertes tentaciones que he tenido que vencer. No, ciertamente, porque yo no pudiera luchar contra sus discretos encantos, sino porque ella me ofrecía lo que aquel estúpido Ildefonso no supo conservar: una familia. Era la tentación de la mesa de camilla; redonda como un altar y alrededor de la cual oficiábamos el rito de una religión de la que me costó mucho apostatar: Lucía y yo repasábamos sus lecciones y deberes; Casilda cosía, o leía; los tres, antes de irme yo, merendábamos...

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Fecha de publicaciónNoviembre 2006
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