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El tardío vuelo de la avucasta

Hospitalario ensueño

Dimas Mas
Tamaño de texto más pequeñoTamaño de texto normalTamaño de texto más grande Añadir a mi biblioteca epub mobi Permalink Ebook MapaSantiago de Compostela

Mi extravagante rostro de enfermo desmiente, sin negarla, la salud de hierro de que, salvo algunos ocasionales contagios venéreos y lo que de inmediato se cuente, siempre he disfrutado, gracias a Dios y a la asidua práctica atlética a la que, por su singular hermandad con el bromuro potásico, concedían en el Seminario un lugar de honor en el cuadro general de actividades.

Por lo común, los seres humanos vivimos de modo ambiguo nuestra relación con la enfermedad. De un lado, hacemos como que no existe, en lo que a uno mismo concierne, pretendemos que nada tiene que ver con nosotros, que es algo ajeno, y que somos inmunes a sus embates —a veces furiosas embestidas—; de otro, es la más viva de nuestras inquietudes, el tema alrededor del cual dan ignorantes vueltas la mayor parte de las conversaciones cotidianas. Y de igual modo que la descripción de un síndrome puede horrorizarnos, estaremos orgullosos de padecerlo, siempre que podamos contarlo, claro, y que no sea algo excesivamente común. Es más, cuando se sufre alguna dolencia vulgar, por extendida, siempre nos hallamos prestos a singularizarla: «Pues lo mío...»; «pues me ha dicho el doctor que es bien curioso lo que me pasa a mí...»; «eso no es nada comparado con lo mío...» y un insaciable repertorio que responde a la principal de las necesidades humanas —tras el alimento y la bebida—: diferenciarnos de nuestros semejantes. El dolor es seguramente la vía más accesible para llegar a esa soledad orgullosa en la que, muy a menudo, la vanidad nos extravía la razón. El corolario de lo anterior debería ser que nos gusta sufrir. Sin embargo, pensamos en la felicidad como lo opuesto al sufrimiento. ¿Por qué? Aquí es cuando abandono estas reflexiones de baratillo y que sólo tangencialmente afectan a lo que me disponía a relatar.

Era de noche. Yo dormía con el más ligero de los sueños merced al incomodo propio del sudor que me pegaba a las sábanas. En una de las enérgicas vueltas con que, al cambiar de posición, intentaba desasirme de la húmeda mortaja transitoria, sentí un vivísimo dolor en un testículo, el izquierdo: como una caricia eléctrica. Después tuve la impresión de que se me encogía y ascendía velozmente vientre arriba. Me senté, estiré las piernas y, al llevarme las manos hacia la ingle para detener aquella cruelísima ascensión, percibí al tacto que era de otra naturaleza que la testicular la de aquel bulto de mis dolores:

—¡Herniado! ¡Estoy herniado, leche!

Me grité atemorizado, en mitad de la noche, a oscuras sobre la cama. Encendí la luz y me busqué el espanto que me había helado el sudor. Nada se observaba a simple vista, pero el dolor aún ejecutaba su despiadada danza de zancos sobre mi tupida red nerviosa. Ignorante como lo soy de cualquier etiología, salvo las corrientes para las pulmonías, el alcohol para la cirrosis, el cloro de las piscinas para las conjuntivitis y un mal paso para los esguinces de tobillo, sólo se me ocurrió pensar que la hernia estaba directamente relacionada con mi sólita, por aquellos días, actividad masturbatoria. La suspendí desde ese momento y acudí, avergonzado, a la consulta del mago de la tribu.

¿Esfuerzos violentos? Pues sólo las vueltas en la cama; solo, sí, por supuesto... Al final, un remedio radical: cirugía. Entre la decisión y la operación mediaron tres días. Como en ninguno de ellos volvió a repetirse el ataque, dudé seriamente acerca de la necesidad de pasar, por primera vez en mi vida, por el quirófano.

A sor Iluminada por la Divina Pasión, enfermera diplomada, la conocí cuando vino a prepararme para la operación. Era una mujer de aspecto tan delicado como enérgico, y amable y dulce su verbo. Entró sonriente, con los útiles barberos en las manos y, después de presentarse, enseguida se dispuso a cumplir con su obligación.

—Bájese el pijama y, si los lleva, también los calzoncillos, aunque luego habrá de quitárselo todo y ponerse esta bata que le traigo.

A mí me extrañó mucho que fuera una hermana la encargada de tales afeitados íntimos, pero me abstuve de hacer el más mínimo comentario. Cumplí, pues, sus órdenes mientras ella preparaba el jabón en la bacinilla.

—Ahora tiéndase y relájese. Estaré en un momento.

Con experta diligencia me enjabonó el vello púbico, apartándome a uno u otro lado el sexo con la misma inhibición e impasibilidad con que una madre asea a su bebé. Desde mi posición, apenas incorporada la cabeza por la almohada, seguía con dificultad los movimientos de Sor Iluminada. Cuando acabó de enjabonarme, dejó la bacinilla sobre la mesilla y cruzó su mirada con la mía. No sé qué expresión aprensiva debió de ver en mi polifacético rostro que justificara sus palabras, y su cariñosa, maternal, ironía:

—No me dirá que le da vergüenza...

—La verdad es que temo ofenderla si...

Mi pudor verbal, cuando ya ella había comenzado a rasurarme, llegó con retraso: la visión de sus castos ojos, fijos en mi viril desnudez; la pervertida sensación de ser voluptuosamente agarrado por aquellos castos dedos; más la comezón que me produjo la progresión amenazadora de la maquinilla hacia la base del tallo emergente, sumaron la temida y vigorosa erección. Estaba tan desolado como excitado, y era incapaz de articular una disculpa.

—¡Santo cielo, qué sensibilidad la suya! —Yo, mudo y congestionado por la vergüenza. Ella, se volvió hacia mí, sonriente y comprensiva—. No se preocupe, incluso me facilita la labor.

Siguió, en efecto, con el rasurado; pero ahora, en vez de gobernar el sexo con los dedos, lo había agarrado con toda la mano y lo mantenía enhiesto, facilitándose, como así lo había dicho, la labor.

—¿Quiere decir que no la ofendo...? —me atreví a preguntar tímidamente.

—¡Cómo podría ofenderme la obra de Dios! En todo lo que Él ha creado se manifiesta su gloria. Y sobre todo —tironeó un poco de mi miembro como si quisiera arrancármnelo— en las cosas hermosas...

En ese estado de desasosiego, la anestesia obró como el descabello en el astado: fulminante. ¿Llegué a comenzar la cuenta atrás que me indicaron que siguiera? ¡Ay, si así fuera el tránsito final!

Cuando desperté, presa de los estertores con que se vuelve en sí tras la anestesia general, sor Iluminada estaba a mi lado. Me enjugó el sudor frío de la frente y me arropó. Supongo que, entre las muecas de dolor que yo hiciera, la aparición de una sonrisa con que intenté agradecer su solícita presencia debió de desfigurarme de tal modo que ella no pudo evitar una risa fresca y cantarina, rebajada de toda acrimonia por la dulcísima caricia que recorrió mi mejilla huesuda.

—No se esfuerce, Antonio, descanse...

Oí, lejanamente, antes de sentir una enorme pesadez en los párpados y volver al sueño artificial —esta vez obra de sedantes— del que con tantos escalofríos me había costado salir.

Apreté la perilla del timbre frenéticamente, con la desesperada ingenuidad de quien cree que la velocidad del sonido dependerá de la presión angustiada del pulgar. Sor Iluminada entró en tromba. Yo retiré la sábana de arriba y la bata con que me llevaron al quirófano: se me habían saltado los puntos y estaba empapado de la sangre que supuraba sin cesar la herida. Se fue y regresó, a la carrera, con un cosedor de caballos en plazas de tercera, que de tales fueron mis relinchos quejumbrosos cuando aquel aprendiz de verdugo me recompuso el ojal. Entre él y un celador me trasladaron a una camilla para que la sor pudiera asearme y, después, prepararme de nuevo el lecho.

—¿Qué habrá hecho este Antonio, Señor?

Dijo, sin acritud, mientras llevaba una y otra vez de mi cuerpo a la jofaina la esponja enrojecida. ¿De dónde sacaba las fuerzas con que, en un momento dado, me sostuvo las dos piernas en el aire para limpiarme el canal de las nalgas, por donde la sangre también se había escurrido? ¿Fue producto del mero afán perfeccionista aquel demorarse tanto, ya con la toalla, en secarme la huevada? Aquel trajín de sus dedos de algodón, tan pronto oficiando de patena como de balanza, sobre la que reposaban mis bolas, o como hiedra trepadora alrededor de mi falo, ¿tenía acaso otro fin que estimular una erección en absoluto extraña para ella? Me resistía a reconocerlo, pero aquellas piadosas manos habían pasado más cuentas que las muy menudas de los rosarios..., y le había quitado el polvo a más de un cirio, y no precisamente pascual...

—¿Pero de qué orden es usted, hermana?

—De las Pasionistas.

Me contestó sin inmutarse lo más mínimo a pesar de mi excitada perplejidad. Con no menor impasibilidad, se acercó a la puerta y la cerró por dentro. Volvió junto a mí, ya sin la toalla, y, junto a mi camilla, se destocó. El cabello corto y planchado hacia atrás que me descubrió la asemejaba a un joven agraciado. Ella, con celestial coquetería, se lo ahuecó y alborotó entremetiendo sus dedos sin mucha fortuna, tal era lo apurado del corte. Yo, espectador y expectante, trataba de adelantarme a la representación y estar, así, preparado para lo que pudiera venir. De esa vigilante tensión pagó las consecuencias la hermosa erección que, ahora, lentamente se desmoronaba.

—¡Arriba, arriba, flor de mi vida!

Me animó sor Iluminada, aun a sabiendas de que no fue el poder de su voz melodiosa lo que me la puso dura de nuevo. Había, la devota de la ¿p?asión, encajado su mano extendida entre mis testículos y el borde fruncido del ano, sobre el que uno de los dedos presionó suavemente. Cambió después la posición y encajó en el hueco de su palma la arqueada raíz del capullo; allí sus dedos ejecutaron una sucesión de arpegios que me aturdieron. Vencidas las alegrías a ambos lados del nardo, invirtió la posición original de su mano y hallaron sus dedos como sierpes expedito el tronco hacia la copa, también destocada, bien que calva e insolada. Enseguida, teniéndome en un puño, la oscureció con el prepucio. Se detuvo en esa posición y, cuando no deseaba yo sino que volviera a la luz y luego a la sombra y a la luz y a la sombra y a la luz..., sor Iluminada bajó su rostro hacia mi bravura y, para mi perdición, introdujo su lengua picuda y experta entre el glande y su capucha: rebañándola, primero, como un niño un tazón de natillas; y lamiscándola, después, como el majaderillo el ajiaceite en el almirez. Cautivo de un placer ingobernable, no hallé lañas que pudieran cerrar, como a mí me habían cerrado la herida, el cráter por el que sentía ascender un magma bullicioso y tan densamente blanco como espaciosa y oscura era la cueva donde buscaba derramarse para morir. La sor, deslizando sus labios por mi verga hasta introducírsela por completo en la boca, sorbía de ella, al retroceder, dejando la lengua sobre el glande como una ventosa. No sólo mi verga se estremeció con temblores que la mandaban de unos dientes a otros; todo mi cuerpo se agitó como si habitara el epicentro de un terremoto. ¡Allí iba, no podía retenerlo: reptaba, trepaba, ascendía, vencida mi resistencia, el blanquecino río de mi pecado! Sor Iluminada me agarró con los dientes para que nada cayera fuera de su boca, a pesar de mis esfuerzos por correrme sin mancharla. ¡Mancharla! Me exprimió hasta dejarme seco; quieta ella sobre mí con el recogimiento de una orante. Salió de él cuando trajo hacia mí su boca colmada y buscó mis labios para besarme como nunca antes, ni después, me besaron. Se acercó lentísimamente, puso sus manos en mis mejillas y me miró —¡cómo era posible!— con la mirada más serena que jamás me haya sido dado contemplar. Descendió a mí, los ojos ya cerrados, y yo entreabrí los labios para dejar que su beso vertiera en mi boca mi espesa y tibia derrota. Comenzó entonces una tierna batalla de lenguas enardecidas mientras con la mano que yo había dejado caer para facilitarle su aproximación intentaba buscarle la brasa escondida. No me dejó, aunque su lengua me recorría el rostro con caricias que pronto me renovaron la excitación. Apenas ella, que jugueteaba con mis alegrías, percibió mi apresto, suspendió tajantemente juegos y caricias y, después de sonreírme en silencio, se retiró al cuarto de baño. Volvió ya aseada, se tocó y se llevó la jofaina para cambiar el agua, hecho lo cual me limpió de nuevo y, tras cambiarme las sábanas y ayudarme a ponerme una bata nueva, abandonó la habitación.

—Ya le explicaré.

Fue cuanto dijo. Al poco rato vinieron dos forzudos celadores que me devolvieron al lecho. ¿O nunca me había movido de él?

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Copyright ©Dimas Mas, 2005
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Fecha de publicaciónOctubre 2006
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