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El tardío vuelo de la avucasta

Amalia’s Kingdom

Dimas Mas
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Quienes hayan vivido de pensión alguna temporada de su vida, especialmente en la madurez, conocerán muy bien el complejo, el enmarañado mundo de pasiones que suele tejerse en ese ámbito cerrado y ajeno a las normas legales y morales del mundo circundante. Cada pensión es una monarquía independiente, y en cada una rigen leyes distintas: siempre, eso sí, emanadas del poder absoluto de su reina gobernanta. Yo viví en uno de esos reinos durante los cinco años de mi primer destino profesional. Mi reina particular, y la de mis cinco consúbditos, se llamaba Amalia.

No puede decirse que en mi vida haya habido un bautismo sexual o tenido una experiencia iniciática en ese mismo sentido, pues desde que tengo uso de razón mi roce con esa realidad, con mayor o menor intensidad o ingenuidad, ha sido constante. Pero sí he de reconocer que en el reino de Amalia acabé de forjar el credo al que he permanecido fiel el resto de mi vida. Además, aprendí mucho acerca de la naturaleza humana en aquel ámbito real. Casi estoy por afirmar que toda mi vida no ha sido sino un perseverante estudio de esa extraña naturaleza, de esa obra del Señor, cuyas formas y accidentes son como sus caminos: infinitos.

El día de mi llegada la reina me recibió con la alegría de quien cubría una vacante reciente, alejando así la amenaza de una merma en sus haberes, y con la prevención de quien acogía en su sagrado a un forastero de quien siempre se recela que pueda ser, además, forajido.

Amable y distante, me condujo a mi habitación y, ya en ella, antes de dejarme solo, me leyó el Estatuto Real, al que yo debía jurar acatamiento mientras morase en aquel Alcázar de la decencia. Di mi conformidad, pagué el primer mes por adelantado y se me convocó en el comedor a las nueve de la noche, para cenar. Su última frase, escanciada por unos labios rígidamente sonrientes, «Nos llevaremos bien, seguro», resumió admirablemente mi futuro en aquel predio, por más que entonces yo no captara sino su significado coloquial.

Amalia, pues el primer artículo del Estatuto rezaba que ningún tratamiento había de anteceder a su augusto nombre, no manifestó durante mi primer año de estancia una preferencia especial por mí. Aunque por mi juventud y con mi desgraciado físico, ningún otro súbdito lo hubiera considerado como una muestra de favoritismo. Su desapego real, ostentoso, parecía buscar la reacción caritativa de los demás residentes: ser empujada a prodigarme ternezas y cuidados, casi como una exigencia a la que ella, magnánima, accedería. Sus precauciones eran excesivas, por lo que luego supe. Dios me libre, sin embargo, de juzgarla: ¿o acaso no ha sido, y es, más incomprensible mi pecaminosa y absurda vanidad: acabar estando orgulloso de ser como soy?

El asedio comenzó de improviso, con franqueza y sin equívocos, hacia la primavera del tercer año. Aquella tarde yo estaba solo en el salón. Leía, en el sillón próximo a la chimenea, las liras demasiado humanas del demasiado divino San Juan de la Cruz.

Apoyado en el brazo izquierdo de mi butacón, tenía el cuerpo inclinado hacia ese lado, de tal modo que mi codo sobresalía como una antena a través de la cual captara la realidad, o como un bauprés que cortara el viento sobre las aguas de los mares procelosos: en cualquier caso, y momentos después, toda la sensibilidad de mi cuerpo se concentraría en aquella picuda articulación.

La reina penetró en la estancia llevando entre sus manos una bandeja. La dejó sobre la mesa. Yo seguí leyendo. Después se acercó a mí con tales pasos de lana que no percibí su presencia sino cuando mi codo quedó mullidamente encarcelado entre las paredes interiores de sus muslos, tocante al monte de Venus. Levanté los ojos hacia ella, que sonreía. Me era imposible retirar el brazo sin una excesiva brusquedad. Ella se inclinó ligeramente hacia mí, al tiempo que se frotaba sin disimulo contra mi esquina ósea. Pasó su mano sobre mi nuca y me la acarició maternalmente. Después hizo lo mismo con el cuello, rodeándolo suavemente hasta llegar a mi prominentísima nuez de Adán, contra la que rozó su palma extendida, no sin cierta morbosidad que no me pasó inadvertida.

—¿Qué lees, Antonio?

—De San Juan de la Cruz, Amalia.

—Léeme algo, ¿quieres?

La complací sin alterar el punto al que había llegado. Continué, pues, para mí y para ella:

—Gocémonos, Amado

»y vámonos a ver en tu hermosura

»al monte o al collado

»do mana el agua pura;

»entremos más adentro en la espesura.

» 

»Y luego a las subidas

»cavernas de las piedras nos iremos,

»que están bien escondidas,

»y allí nos entraremos,

»y el mosto de granadas gustaremos...

»Allí me mostrarías...

—No sigas, Antonio —me interrumpió bruscamente, aunque ahorcajándose más sobre mi codo huesudo—. ¡Vaya con el santito de tu devoción!

Yo intenté deshacer el equívoco, pero Amalia, seductoramente, me puso un dedo en los labios, sellándomelos.

—No hay más que añadir. Hago míos todos y cada uno de los versos que has recitado. Y ahora tú y yo nos vamos a merendar ese chocolatito con picatostes que nos está esperando ahí sobre la mesa. Te vendrá bien el cacao —me guió un ojo—: lees demasiado, Antonio.

Como en tantas otras ocasiones, años después, me dejé llevar. Me cogió de la mano y nos acercamos a la mesa. Merendamos sin cruzar más que miradas y sonrisas: tímidas por mi parte; por la suya, dominadoras.

No era de piedra la «caverna» de Amalia, pero sí estaba bien escondida en el piso superior, dominio al que ningún súbdito tenía acceso. Ella entró la última y, apoyada de espaldas contra la puerta, cerró ésta con dos vueltas de llave. Yo me giré y la observé sin inmutarme, aparentando dominar la situación. Fue en vano.

—Es tu primera vez...

Se acercó lentamente hacia mí, recorriendo el pasillo con un contoneo de caderas bastante chusco, casi un malhadado trasunto del de las suripantas de las revistas musicales. A cada paso iba alzándose las haldas, ofreciendo a mis ojos lo que ella debió imaginar como «sublime tentación» y que yo consideré, en su estricta carnalidad, como dos amenazadores tórculos adiposos.

—Depende...

—Vaya vaya con el licenciado licencioso...

Rió explosivamente, con las fauces abiertas su chiste mediocre y siguió avanzando, después con una morosidad de leona cazadora. Yo era la presa y tenía la amenaza frente a mí y no pude evitar lo que ocurrió.

«Here we go!» fue lo que oí, y lo que me paralizó, antes de que su lasciva y frondosa humanidad se encaramara de un ágil salto en mi cintura. Yo extendí instintivamente los brazos, como si temiera que no llegara hasta mí y pudiera evitarle el batacazo consiguiente. Llegó, no obstante, elástica y volatinera, como llegan los tifones a las costas de la India: devastadores. Sus muslos fornidos se encajaron en mis caderas y mis manos solícitas apenas sí pudieron hacer presa en su resbaladiza nalgalidad fajada. Así, insólito padre de mi madre, retrocedí tambaleándome hasta caer de espaldas contra el entarimado del piso. La habilidad con que ella supo desanudar sus tobillos, caer con las piernas separadas e incluso agarrarme con sus brazos para amortiguar mi caída incontrolada indicaba a las claras que no era, desde luego, la primera vez que ejecutaba tal suerte; por más que, después de su cabalgata en el salón, no se necesitaran ulteriores evidencias de su afición ecuestre.

Tendido yo supino, y con ella sentada sobre mi vientre mientras se desabotonaba la blusa, comencé a entender cabalmente su primera salutación: «Nos llevaremos bien», y a preguntarme por el origen de su aparente dominio de la lengua inglesa. Yo había cruzado los brazos por detrás de la cabeza, como si estuviera tendido al sol en la playa, y contemplaba su desvestimiento con cierta serenidad. Se despojó, finalmente, de la blusa y exhibió frente a mí un par de tetas cuyas dimensiones, bajo los vestidos habituales que solía usar, era imposible sospechar. Mi admiración la encalabrinó.

—¿No son hermosas?

Se las sostenía con las palmas de las manos y las agitaba rítmicamente al tiempo que reculaba buscando la dureza de mi verga.

—¿Y qué me dices de estos pezoncicos, tunante? Estos sí que son buenos picatostes, eh...

Sonrió con malicia y se inclinó hacia mí lentamente, hasta que, apoyada en las manos, y afincadas las rodillas en el suelo, aquel par de domingas flotantes quedó a la altura de mi cabeza. Yo intenté descruzar los brazos para proceder a acariciárselas, creyendo que era lo que se esperaba de mí que hiciese en esos momentos; pero ella rectificó el apoyo de sus brazos y me inmovilizó los antebrazos, no sin hacerme un cierto daño. Después hizo descender ligeramente su espalda, combándola, de modo que sus gruesos y duros pezones pudieran pasearse a su antojo por mis mejillas, nariz, labios y mentón: ahora uno, luego el otro. A veces la depresión de la espalda era mayor y todo mi rostro se perdía en medio de aquellas dos prominencias generosas. En esta última posición, yo me giraba hacia una y otra teta amagando mordiscos que se resolvían en lametadas, pellizcos con los labios y amagos de hincarle los dientes. Volvía a elevarse y retomaba el juego pezonal. Tras tres repeticiones del mismo ritual, depositó por fin uno de sus picatostes, como ella dijo, sobre mis labios entreabiertos y me susurró:

—Ordéñame, Antonio, ordéñame...

Obedecí efusivamente su orden y a pequeños mordiscos me introduje en la boca la tierna y morada punta de espárrago gigante, chupando de ella con la avidez de un lechón. La propia Amalia, con trémula voz plácida, me urgía a ir de uno a otro: y a cada nueva succión se apretaba más contra mi cara, como si confiara en el prodigio de que en mi boca cupiese, íntegra, aquella inmensidad carnal, cada una de aquellas dos estrellas lácteas.

Después de haber mareado la lengua sobre las crestas ahumadas, y mientras sujetaba una de ellas con los dientes en el límite de la areola, Amalia irguió su espalda obligándome con las manos en la nuca a no dejar la presa y acompañarla en su viaje ascendente. Liberado de manos, como quedé, pudo, por fin, magrear con arrebato aquella carne suspendida. Ella, por su parte, me había bajado la cremallera y el elástico del calzoncillo hasta dejar al aire la verga y los testículos. Empuñó la vara y con el glande se acarició a cámara lenta los lados descendentes de su felpudo, casi rozando la fina labor de encaje de las bragas. Enseguida se levantó, arrancándome el pecho de la boca de un tirón brusco. Estaba convencido de que al pasar el pezón por entre los dientes tuvo que hacerse daño, pero el estremecimiento que agitó su cuerpo indicaba justo lo contrario.

—Desnúdate, ¿quieres?

La mezcla de autoridad y sumisión me desconcertó. Pero yo quería, en efecto; y además estaba dispuesto a obedecer sin rechistar. Allí mismo, en el pasillo, nos desnudamos los dos. Ya desnudos, ella se puso delante de mí, dándome la espalda; me hizo abrazarla, llevándome las manos a sus pechos, y abrió en compás las piernas para que por debajo de las nalgas introdujera mi verga. Así unidos, fuimos caminando hacia su dormitorio. Amalia recostaba de vez en cuando su cabeza contra mi cuello y me sorprendía con un lengüetazo en la nuez que me hacía cosquillas.

—Eres un cielo, Antonio, un cielo.

Me decía una y otra vez, mientras apretaba las nalgas contra mi vientre. La expresión no encajaba en la situación, desde luego, pero yo la agradecí, porque en cierto modo era un dulce recordatorio de mi verdadero interés, tanto más distante del de Amalia cuanto mayor era el íntimo contacto de nuestros cuerpos.

Su cama, sobre la que me dejé caer de espaldas, resultó ser casi más dura que el propio piso del pasillo. Amalia se giró y volvió, como poco antes en el pasillo, a montarse sobre mí. Esta vez, sin embargo, se abrió los labios del sexo y tras acercarse mi vara se dejó deslizar por ella hasta llenarse por completo. Comenzó, entonces, un carrusel brincador tan enérgico que no menor energía hube de emplear yo en el rezo de los misterios dolorosos para evitar que el mercurio de mi placer siguiera subiendo termómetro arriba. De vez en cuando, para mi alivio, trepaba por el falo hasta desocuparse, pero reteniéndolo entre los labios; se abría más de piernas y, venciéndome la verga hacia delante, se aliviaba el clítoris contra ella. Le gustaba: el flujo le manaba a borbotones: yo sentía descender aquel río de placer por mis huevos y por la cara interior de mis muslos, pero la posición me resultaba cómoda y relajada. Cuando más concentrada parecía en sus friegas —los ojos cerrados; la boca entreabierta, de la que se escurría un hilillo de saliva; la cabeza contraída hacia atrás, encajada entre los hombros encogidos— se detuvo bruscamente, inclinó la cabeza hacia mí, sonrió y dijo:

—Ahora, a por la guinda.

Avanzó, aún a horcajadas, pecho mío arriba, con la morosidad peculiar de sus preludios. ¿Qué partitura iba a tocar? Lo desconocía. Yo erguí la cabeza y desentumecí la lengua, apartándome de mis rezos, pues intuí que aquel coño húmedo y dilatado buscaba mi beso lobo.

—Desde que llegaste a esta casa he estado esperando este momento, Antonio.

—Me hablaba desde su asiento en lo alto de mi pecho, y me parecía, con la manos a la espalda, jugando con mi pene, casi masturbándome, una primitiva diosa de la fecundidad: el vientre sobre mi esternón, las tetas voluminosas sobre su vientre, las crenchas espesas sobre los hombros, y el rostro ancho, casi oriental: de ojos grandes, de labios carnosos, con el mentón redondo y las mejillas hinchadas, tersas.

—Te miraba en el comedor y me decía: ha de ser tuya, Amalia, has de subirte a esa gloria. Cada bocado que engullías me excitaba casi como el recuerdo de mi primera noche con Harry, aquí mismo, en esta cama —hizo una breve pausa, dejó de masturbarme y me acarició las mejillas con sus manos—. Ahora, antonio, golpéame con las manos planas sobre las nalgas y después, ya te darás tú cuenta de cuándo, méteme dos dedos por el culo, sin miedo...

Aún me duraba el desconcierto provocado por su parlamento, pues supuse, mientras hablaba con aquella dulzura mimosa que se refería a mi verga. Pero enseguida se deshizo el equívoco. Sus manos se habían agarrado a mi crespa cabellera y tiraban de la cabeza hacia atrás. Ya no vi nada más. Su cuerpo se había abatido sobre mi rostro y noté una mesurada presión húmeda en la garganta: Amalia, mientras yo la azotaba a conciencia, restregaba su sexo contra mi nuez de Adán. Primero suavemente; después, a los pocos instantes, con una violencia y un ardor que me hacían difícil la respiración. Yo tiraba del mentón hacia atrás y eso la excitaba aún más:

That’s it, that’s it! —mugía entre dientes.

Cuando sus quejidos arreciaron, recogí un poco de flujo del final de su coño y le hinqué en el ano el índice y el anular, perforando con fuerza aquel ámbito tibio y mullido, como un canal de natillas. Sus convulsiones se volvieron frenéticas. Yo apenas sí podía respirar, y me sentía empalmado hasta el dolor, como si el frenillo fuera a rompérseme. Un «My goodness!» estentóreo, seguido de un erguimiento súbito de la espalda, parecieron poner punto y final a aquella excéntrica escena. Amalia se derrumbó, como un fardo inerte, hacia un lado de la cama y yo me apresuré, conteniendo a duras penas los pujos del semen, a retomar los misterios dolorosos. Como sentía que el magma incandescente arreciaba su hervor, tuve que utilizar el, hasta ese día, recurso infalible: Me persigné con devoción, me arrodillé y todo mi ser se unció a cada uno de los sonidos salvíficos:

Kyrie, eleison; Christe eleison; kyrie, eleison; Christe audi nos, Christe, exaudi nos; Pater de caelis Deus; Fili, Redemptor mundi, Deus; Spiritus sancte Deus; Sancta Trinitas unus Deus, Sancta Maria, Sancta Dei Genetrix, Sancta virgo virginum, Mater Christi, Mater divinae gratiae; Mater purissima, Mater castissima, Mater inviolata; Mater intemerata, Mater inmaculata, Mater amabilis...

—¡Antonio!

Amalia me zarandeó por el brazo hasta despegarme las palmas y conseguir que me volviera hacia ella, interrumpiendo la letanía.

—Pero Antonio, hijo, ¿para tanto ha sido...? Por estas cosas no se dan las gracias rezando, leche; eso sí que deberías saberlo. Porque tú estabas rezando, ¿o no?

—Cada cual goza según le place, Amalia.

That’s right! Digo..., que sí, que eso sí que es una verdad como un templo.

—Y templo del Señor son también nuestro cuerpos, Amalia.

—Pues algún gustirrinín habrá tenido hoy el Señor, eh...

Me dio un codazo de complicidad en las costillas, una invitación. No la acepté. Satisfecho como estaba por mi victoria, cambié de conversación y me interesé por lo que más me intrigaba: sus súbitos cambios de lengua. La historia se resume en cinco líneas.

Amelia Lame era viuda y heredera de Harry Lame, un inglés con ciertos posibles que se afincó en X., como quien dice: «Aquí me quedo y no doy ni un paso más», durante un largo viaje turístico por la península, cuando un turista era, en según qué rincones de nuestro país, una auténtica novedad. Convivió con él diez años.

—Los mejores años de mi vida —dijo ella.

—¿También tenía...? —me palpé la nuez.

—Eres su vivo retrato.

No me atreví a preguntar de qué falleció. Pero hice lo imposible, desde aquel día, por evitar las meriendas con picatostes, no siempre con éxito...

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Fecha de publicaciónAgosto 2006
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